El sábado por la noche, cuando Carolina metió la llave en la cerradura, supo que algo andaba mal antes de abrir. El pasillo del edificio olía a frijoles refritos, como siempre, y la vecina del 302 había dejado sus chanclas afuera. Pero cuando empujó la puerta, el aire salió frío. Demasiado silencio.
Camila entró corriendo detrás de ella, todavía con la bolsa de la práctica de gimnasia colgada del hombro. Tenía nueve años y media, y los brazos llenos de tiza.
—Ma, ¿y la tele?
Carolina encendió la luz del living. El soporte de pared estaba vacío. Los cables colgaban como tripas. En la cocina, la encimera quedó despejada: sin microondas, sin air fryer, sin cafetera. En el baño, ni rastro de la lavadora. Hasta el monitor de la bebé que no usaban desde hacía tres años se lo habían llevado.
Camila abrió la puerta de su cuarto y soltó la bolsa.
—Ma. Mi iPad no está. ¿Nos robaron?
Carolina no respondió. Marcó el número de Andrés y se sentó en el borde de la cama. Él contestó al tercer tono, tranquilo, como si estuviera viendo el partido.
—¿Qué pasó, Carolina?
—Tú dime. Llegamos y falta media casa.
—No falta nada. Está todo aquí, con mis papás. Ya te dije que nos mudamos a finales de mayo. Nada más me adelanté.
—Te llevaste las cosas de la niña sin decirle una sola palabra. Camila está temblando, pensó que nos habían metido ladrones.
—Exageras. Además, el iPad se lo regalaron mis papás. Lo compré yo con mi dinero. Si te pones difícil, me lo llevo. Es lo justo.
Carolina apretó el teléfono. La funda le crujió entre los dedos.
—Tú no compraste nada. Lo pagamos entre los dos. Lo que pasa es que tus papás lo entregaron en la piñata, y con eso te sientes dueño.
—No vamos a pelear por un aparato. Nos vemos en el rancho.
—Andrés, escúchame bien. Camila y yo no vamos a ir a Hemet. Ni hoy, ni el mes que viene, ni el año que entra.
—Entonces el divorcio es tu culpa. Yo ya avisé.
Carolina colgó y se quedó un rato sentada, con el teléfono apoyado en la rodilla. No lloró. Fue al cuarto de Camila, se acostó con ella y le explicó que los adultos a veces hacen cosas estúpidas. Que el iPad era de ella, sin importar quién lo hubiera envuelto. Que mañana compraban uno nuevo, el más rápido.
A la mañana siguiente, Carolina hizo tres cosas. Compró el iPad nuevo, llamó a un cerrajero para cambiar los cilindros de ambas puertas y abrió la app del banco para revisar la cuenta conjunta.
Andrés había sacado cuatro mil trescientos dólares el viernes por la tarde. El remanente quedaba en doscientos once. Ese dinero era para el campamento de verano de Camila y para el pago del seguro del carro.
Carolina no gritó. Tomó captura de pantalla. Movió su sueldo —que era casi el doble del de él— a una cuenta separada a su nombre. Después llamó a una abogada que le recomendó la mamá de una compañera de gimnasia.
La abogada se llamaba Gutiérrez y cobraba ciento cincuenta por la consulta. Carolina llevó impresos los estados de cuenta, las facturas del iPad viejo y del nuevo, la captura de los cuatro mil trescientos y el contrato de renta del departamento, que estaba solo a nombre de ella.
—Su esposo se equivocó —dijo la abogada, hojeando los papeles—. No puede vaciar la vivienda y menos llevarse los bienes de la convivencia. Y si quiere divorcio, lo va a tener.
Andrés contestó la demanda una semana después. Estaba ofendido. Llamó a Carolina por teléfono y le dijo que se estaba portando como una mujer fría, que él solo quería cuidar a sus padres, que una esposa de verdad seguía al marido.
—Ya no soy tu esposa —dijo Carolina.
Él se rio, con una risa corta.
—No has firmado nada.
—Firma tú primero. Yo voy detrás.
La audiencia fue en el centro de Los Ángeles, en un edificio donde el aire acondicionado sonaba como una secadora. Andrés llegó con su mamá, la señora Teresa, una mujer bajita con el pelo recogido en una trenza húmeda. Carolina llegó sola, con una carpeta roja y el teléfono cargado. La abogada Gutiérrez la esperaba en la entrada.
Adentro, Andrés repetía lo mismo: que sus papás estaban grandes, que el rancho en Hemet necesitaba brazos, que su hermana Leticia tenía tres hijos y necesitaba ayuda. Que Carolina no entendía lo que era la familia.
La jueza le preguntó por los cuatro mil trescientos dólares. Andrés se puso rojo. Dijo que era para la reparación del corral. La jueza le pidió los recibos. No los tenía. Dijo que el iPad era un regalo de los abuelos. La jueza le pidió el comprobante de la compra. Tampoco lo tenía.
Carolina sacó de su carpeta un recibo de Best Buy con fecha del año anterior. El comprobante estaba a nombre de Carolina Mendoza y Andrés Rivera.
—Eso no prueba nada —dijo Andrés—. El dinero salió de mi tarjeta.
—¿De la tarjeta de quién? —preguntó la jueza.
—De la del banco. La que usamos los dos.
—¿La tarjeta conjunta?
—Sí, pero el depósito venía de mí.
—El depósito que usted diga —dijo la jueza—. Los fondos son conyugales.
Andrés miró a su mamá. La señora Teresa tenía las manos apretadas sobre la cartera, una cartera de plástico con un gallo bordado. No dijo nada.
La pensión alimenticia se fijó en ochocientos setenta dólares mensuales, más la mitad de los gastos médicos y escolares. A Andrés le tembló la firma al final de la hoja. Carolina lo vio desde la silla, y sintió que el pecho se le llenaba de algo parecido al alivio, pero más callado.
A la salida, Andrés la esperó junto a las escaleras.
—Me dejaste en la calle.
—No —dijo Carolina—. Yo me quedé con mi hija. Tú escogiste a quién cuidar.
—Voy a apelar.
—Apela. Yo tengo todo guardado.
Ella caminó hasta el estacionamiento, se subió a su Corolla gris y no miró por el retrovisor. De regreso, pasó por Boyle Heights, por el letrero de la panadería La Favorita, y se detuvo a comprar tres conchas para el desayuno de Camila.
Esa noche, Camila le preguntó si iba a ver a su papá.
—Sí, si él quiere verte —dijo Carolina—. Yo nunca se lo voy a impedir. Pero no va a volver a vivir aquí.
—¿Y si me pide el iPad prestado?
—Me lo dices a mí.
Camila asintió y se fue a dormir con una pierna colgando de la cama. Carolina apagó la luz del pasillo. Dejó la cadena del cerrajero puesta, aunque hizo cambiar las llaves de nuevo la semana siguiente, porque Andrés intentó abrir una tarde, y la llave vieja no giró. La vecina del 302, la de las chanclas, le comentó en el pasillo que Andrés estuvo como diez minutos rascando la cerradura.
—¿No le abriste? —preguntó la vecina.
—No, María. Ya no.
Un mes después, Andrés volvió a llamar. Quería conversar. Le faltaba dinero. La pensión de sus papás no alcanzaba para la comida, y su hermana Leticia había metido a los tres niños al rancho, como siempre. La mamá se quejaba de la ciática. Andrés se levantaba a las cinco para dar de comer a las gallinas, a las cabras y ahora también a un cerdo que compró Leticia por doscientos veinte dólares en un establo de Riverside.
—No sé qué quieres que haga —dijo Carolina.
—Podrías prestarme tres mil. Nada más por unos meses.
—No.
—¿Así de fácil?
—Así de fácil.
—Eres otra, Carolina. Antes no eras así.
—Antes no tenía una abogada —dijo ella.
Él guardó silencio. Se oyó, al fondo, un gallo y la voz de la señora Teresa. Después la llamada se cortó.
Carolina guardó el teléfono en el bolsillo de la bata y fue a la cocina. Se sirvió un vaso de agua, regó el cactus pequeño sobre el microondas nuevo, y se quedó un momento viendo la ciudad por la ventana. Las luces del downtown parpadeaban en la neblina. Había tráfico en el puente. En el cuarto de Camila, el nuevo iPad proyectaba una luz azul contra la pared.
Ella apagó la lámpara del living.
A la mañana siguiente, Carolina ingresó a la página de la Corte Superior del condado de Los Ángeles, descargó la minuta de la audiencia, la imprimió y la guardó en la carpeta roja, junto a la captura de los cuatro mil trescientos dólares. Después marcó el número de la trabajadora social que le había dado la abogada Gutiérrez.
—Es por mi hija —dijo—. Necesito un régimen de visitas supervisadas. El padre ha entrado a la vivienda sin permiso y le ha quitado sus cosas. Quiero que quede por escrito.
La trabajadora social le dio una cita para el jueves a las diez de la mañana.
Carolina colgó y abrió la app del banco. La cuenta conjunta ya no existía. Su cuenta separada tenía treinta y dos mil cuatrocientos dólares. De ahí saldría el pago inicial de un condominio pequeño en Montebello, con dos recámaras, un patio de cemento y una escuela a dos cuadras. El depósito lo apartó esa misma tarde: doce mil cuatrocientos. Escribió en el memo: «Inicial — solo Carolina Mendoza».
Luego cerró la app. Se puso los tenis. Dejó las chanclas junto a la puerta, junto al par de Camila, y salió a recogerla al entrenamiento. En la calle, el sol rebotaba contra los carros estacionados. Un perro callejero dormía junto a una boca de riego. Carolina le hizo un gesto, como si el perro le hubiera preguntado algo, y siguió caminando.
