Vecinas frente al Hudson

Yo vivo en el 4B del edificio de ladrillo en la calle Palmetto, en Union City, Nueva Jersey, justo arriba del salón de belleza dominicano donde me hago las uñas cada tres semanas. Llevo veintidós años de portera en este mismo edificio, y le puedo decir una cosa: se aprende más de un matrimonio por el sonido de los pasos en la escalera que por lo que la gente cuenta en el pasillo.

A la pareja del 4A, Marisol y Rogelio Feliz, los conozco desde que llegaron de Santo Domingo hace catorce años, con dos maletas y un ventilador de pie que todavía usan. Ella trabaja en la cafetería del hospital Christ; él tiene un taller de carros en la avenida Bergenline, arreglando frenos y transmisiones de gente del barrio que paga en cuotas. Buena gente, ruidosa, de esas que uno oye discutir por la ventana del pasillo un viernes y el sábado ya los ve comprando plátanos juntos en la bodega de la esquina.

Ese viernes yo estaba trapeando el vestíbulo —tenía el radio prendido con la salsa que pone siempre don Wilfredo, el del 2C— cuando oí la puerta del 4A cerrarse de un golpe seco. Marisol bajó con una almohada bajo el brazo, una bata colgando del hombro y su termo de café. Yo, que no me meto, igual pregunté:

—¿Todo bien, mi'ja?

—Nos vamos a divorciar hasta el lunes —me dijo, así, tranquila, como quien anuncia que va a lavar la ropa.

No entendí bien, pero tampoco pregunté más. Ella siguió para el sótano, donde el súper les guarda a los inquilinos los trastes viejos, y esa noche la vi acomodar un catre plegable justo al lado de la lavandería, entre la secadora rota y las bicicletas de los muchachos del 3D.

El pleito, según me contó después la propia Marisol mientras me esperaba turno en la peluquería, había empezado por unas huellas mojadas en el piso recién trapeado. Rogelio salió de la ducha en chancletas y dejó marcas hasta la sala. Ella dijo algo, él contestó "no empieces", y ahí fue que se armó. Treinta y un años de matrimonio y esa frase —no empieces— la usaba él como quien apaga un fuego con una toalla mojada: cuando ella decía que estaba cansada, no empieces; cuando pedía que no dejara las herramientas del taller sobre la mesa del comedor, no empieces.

Total, que decidieron separase ahí mismo, en el apartamento, hasta el lunes. Sin abogados, sin nada de eso. Ella se quedaba con el sótano; él, con el 4A completo.

Yo tengo llave maestra del edificio, así que al día siguiente, sábado, bajé a revisar la caldera y me encontré a Marisol sentada en una silla plástica, leyendo una novela con una taza de café Bustelo en la mano, tan campante como si estuviera en la terraza de un resort en Punta Cana. Me enseñó una lista pegada con cinta adhesiva en la puerta de la lavandería: horarios de baño, quién usaba qué estante de la nevera, prohibido dar consejos sin que se los pidieran. Al final, con otra letra, alguien había añadido: "No añadir reglas sin consultar." Y debajo, en tinta distinta: "No tachar reglas ajenas."

—Eso lo escribió él —me dijo, señalando con la barbilla.

Esa noche llovió fuerte, de esas tormentas de verano en Jersey que hacen sonar el techo de zinc del edificio de al lado como tambor. Yo estaba en mi apartamento del primer piso, y como siempre que llueve así, bajé a revisar que el desagüe del sótano no se tapara. Ahí estaba Marisol, despierta, con un balde puesto donde gotea siempre por esa tubería que el dueño promete arreglar desde que Obama era presidente. Me contó que arriba se había escuchado un golpe fuerte, como algo cayéndose, y que ella se había quedado quieta en el catre, debatiéndose si subir o no. Las reglas no prohibían avisar de un peligro, pero sí prohibían dar consejos.

Subió de todos modos. La puerta del 4A estaba entreabierta y Rogelio, parado sobre una silla de comedor, trataba de alcanzar la ventana de la cocina que se había zafado del pestillo con el viento. Había una maceta de albahaca hecha pedazos en el piso.

—Yo no vine a ayudar —le aclaró ella, según me contó riéndose después—. Es que el ruido no me deja dormir.

Al otro día, domingo, yo estaba sacando la basura hacia el callejón cuando sentí el olor a huevo quemado colándose por la ventana de la escalera de incendios. Rogelio se había hecho el desayuno y se le había pegado la sartén. Vi a Marisol pasar por el pasillo con su plato de queso fresco y un mango, sin decir ni una palabra, aunque juraría que se le escapó una sonrisita cuando pasó por la puerta del 4A.

El domingo por la tarde llegó la hija de ellos, Yaritza, con el nieto, un chamaquito de unos seis años que enseguida quiso saber "quién se queda con el perro" —que no tienen perro— y le pareció una aventura increíble lo de la frontera entre el sótano y el apartamento. Yaritza, que trabaja de enfermera en el turno de noche y no tiene tiempo para adivinanzas, subió a preguntarme a mí si sus padres estaban bien, porque encontró dos cepillos de dientes en lugares distintos y un letrero en la nevera que decía "Arriba: Rogelio."

—Están jugando a divorciarse hasta el lunes —le expliqué yo, con la escoba en la mano.

—¿A los sesenta y tres años?

—Por eso mismo, mi amor. A esa edad ya no hay tiempo que perder.

Esa noche cenaron todos juntos en el patio de atrás, donde hay una parrilla comunitaria que compartimos los del edificio. Yaritza trajo pollo asado de la fonda de la esquina; Rogelio encendió el carbón; Marisol hizo una ensalada de aguacate. Yo los vi desde mi ventana, moviéndose por esa parrilla como si nunca hubiera existido ninguna lista pegada en la lavandería. Él le alcanzó el tenedor antes de que ella lo pidiera. Ella le llevó un plato sin que él dijera nada.

Cuando la hija se fue con el niño ya tarde, quedaba solo esa noche de "matrimonio", como ellos la llamaban. Yo bajé como a las diez a cerrar la puerta principal con seguro, y los vi sentados en las escaleras del edificio, ya sin cuaderno de reglas entre los dos, compartiendo un café con leche de un solo termo.

Al lunes siguiente, cuando llegué a las seis de la mañana a abrir el vestíbulo, ya no estaba el catre en el sótano. Vi el termo de Marisol de vuelta en la cocina del 4A, por la puerta que dejaron entreabierta para que se ventilara. Pero también vi algo que no esperaba: una repisa nueva, recién atornillada, junto a la pared donde antes estaba el catre —él mismo la había puesto esa madrugada, sin que nadie se la pidiera, para que ella tuviera un rincón propio abajo, "por si algún día quiere bajar a leer tranquila", según me explicó luego con las manos todavía manchadas de aceite del taller.

Un mes después me tocó ser testigo de otra cosa, esta vez frente al mostrador del banco de la Bergenline, adonde bajé a pagar el agua del edificio. Estaban los dos, Marisol con una carpeta amarilla bajo el brazo. Resulta que después de aquel fin de semana ella fue a la oficina del taller —el negocio estaba a nombre de los dos desde que lo abrieron, pero ella nunca había tocado ni un papel en catorce años— y pidió que la pusieran como firmante autorizada de la cuenta del negocio, mitad y mitad, como siempre debió ser. Cuatrocientos veinte dólares al mes de las cuotas que pagan los clientes por las reparaciones ahora pasan también por su firma, no solo por la de él.

No fue un pleito, ni un grito, ni nada de eso. La vi entregarle los papeles al empleado del banco con la misma calma con que sirve el café en el hospital. Rogelio estaba ahí parado, mirando cómo su esposa firmaba una línea que él llevaba catorce años llenando solo, y no dijo "no empieces". Solo le sostuvo la carpeta mientras ella buscaba el bolígrafo en la cartera.

Yo pagué mi recibo del agua y me fui para el edificio, porque a esa hora empiezan a llegar los muchachos de la escuela y hay que estar pendiente de que no se queden las puertas abiertas. Pero de camino a casa pensé que ese papel amarillo, esa firma nueva en una cuenta de banco de la Bergenline, decía más de esos treinta y un años de matrimonio que cualquier lista pegada con cinta adhesiva en la puerta de una lavandería.

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Uniad
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