Elena Gante
— ¡Mijita, te traje unos tamalitos que hice en la mañana! — Mejor tráete un libro de etiqueta, mira que hablar con la boca llena es de mal
El centro comercial olía a pretzel quemado y a aire acondicionado reciclado. Valeria llevaba veinte minutos frente a la exhibición de lavavajillas, comparando modelos como si su vida
Eran las once y siete minutos de la mañana de un martes cualquiera en San Antonio, Texas. El olor a aceite rancio y a cilantro fresco se mezclaba
Fue una tarde de jueves, con el ventilador de techo girando como si nada pasara, mientras él jugueteaba con el borde de la servilleta. Siempre fue un hombre
A Rogelio lo conocí en una boda, de esas donde el salón rentado huele a arroz con leche y el DJ repite cumbias viejas. Yo no quería ir,
— ¡Ay, tía, mire qué anillos! ¿Alejandro no tiene plata o qué? ¡Son más delgados que un alambre y sin una piedrita siquiera! Valeria giraba la sortija entre
Carmen supo que Andrea se iba en serio cuando la vio envolver en papel periódico aquella taza rota de la abuela. La misma que ella llevaba años pidiéndole
Me despierto a las seis y cuarto, como todos los días. No porque quiera, sino porque a esta edad el cuerpo ya no pregunta. Abro los ojos y
Don Elías se quedó mirando la cesta vacía junto al calentador. Lucía, su gata de diez años, se había ido al amanecer. Sin un ruido, acurrucada en su
Eran como las once de la mañana de un domingo, y el sol ya pegaba con todo en Key Biscayne. Habíamos conseguido un lugarcito cerca de la orilla,
