# El perro que le temía a septiembre

Anthony había aprendido, a los cuatro años de calle, que agosto era el mes de las mentiras. En Providence, Rhode Island, cuando el aire empezaba a oler a hojas quemadas y los turistas de la costa recogían las sombrillas, algo se rompía siempre. Alguien lo había alimentado un verano entero detrás de un taller de bicicletas en Federal Hill. Un tipo mayor, no mala persona —eso había que reconocerlo—, que le puso un plato viejo bajo la escalera de incendios y le decía "hey, campeón" cada mañana. Nunca le puso nombre. Y cuando el aire se puso frío, el hombre se rascó la nuca y le dijo que no, que a la ciudad no lo podía llevar, que tenía que buscarse la vida. Anthony —así lo llamaba yo, aunque él todavía no lo sabía— no se sorprendió. Un perro sin nombre es un perro que nadie extraña.

Esa era la lógica del barrio de casas de verano en Charlestown, a una hora al sur, donde las familias de Providence y de Boston alquilaban cabañas desde junio hasta Labor Day. Las abuelas regaban los tomates, gritaban a los nietos, y por dentro contaban los días: pronto la escuela, pronto la ciudad, y hasta el verano que viene, una eternidad. El perro grande, color canela, con el pelo lleno de abrojos, sabía que cuando se vaciaran las cabañas el basurero comunitario iba a rendir la mitad. Tendría que volver a las afueras de la estación de tren, donde ya había suficientes perros callejeros peleando por lo mismo.

Andaba pegado a las cercas, olfateando entre las tablas, cuando el olor a algo frito con cebolla lo paró en seco. Esa casa la conocía: vivía ahí una señora de mal genio, pero dentro de lo tolerable. Valía la pena arriesgarse.

—¡Gordito! —gritó una voz desde el porche, tan fuerte que el perro dio un salto.

¿Gordito? Ahí no vivía ningún gato.

—¡Gordito, te estoy esperando! Agarra el dinero y ve al Family Dollar.

De debajo del manzano salió un muchacho de unos diez años. Regordete, con espejuelos, el celular en una mano y una manzana mordida en la otra.

—Órale, un animal —dijo al ver al perro, deteniéndose en la verja—. ¿Tampoco te dan de comer a ti? A mí tampoco mucho, últimamente. Dicen que tengo que bajar de peso —suspiró como si tuviera cuarenta años—. Espérate, te consigo algo.

El perro se sentó a esperar sin muchas ilusiones: en ese vecindario no lo querían. Grande, color ladrillo, sin raza, feo a los ojos de cualquiera. Pero el chico no mintió. Salió a los pocos minutos mirando para todos lados como en las películas de espías, cruzó corriendo hasta la verja y sacó de una bolsa una albóndiga casera, todavía tibia.

—No me lo esperaba, la verdad —el perro se la tragó en medio segundo—. Bien hecho, Gordito. El nombre es un desastre, pero cumples tu palabra. Habrá que devolverte el favor.

—¡Anthony! ¿Qué agarraste de la cocina? —la abuela volvió a salir al porche—. No queda ni una tortilla en esta casa y él dándole de comer a un perro callejero. ¡Al súper, te dije!

—Me llamo Anthony —protestó el chico, con el ceño fruncido—. Deja de decirme Gordito.

—Y a mí me parece que eres igualito a un gatito gordo. Todo el día tirado al sol esperando que le sirvan la comida. Para ir a la tienda no hay quien te mueva.

El chico agarró el dinero, la bolsa reusable, y caminó hacia la verja con cara de examen final.

—No quiero ir —murmuró para sí mismo—. Siempre están los mismos vagos ahí afuera. Se burlan.

Eso bastó. El perro se levantó y lo siguió. Una deuda es una deuda.

—¿Me acompañas? Vamos entonces.

Al principio el chico caminó en silencio, dándole patadas a una piedrita. Después habló, como habla alguien que hace tiempo no tiene con quién.

—Mis papás me mandaron aquí de campamento con mi abuela. Que respire aire fresco, que aprenda a andar en bici, que haga amigos. ¿Y cómo hago amigos si de mí se ríen todos? Y encima mi abuela decidió que tengo que adelgazar. Dice que como mucho y me muevo poco. Nada de pancakes, nada de pan dulce, y si me ve con el celular me regaña. ¿Y bajé algo de peso con tanta regañadera? Nada. Lo único que hice fue quedarme con hambre.

*Y solo*, pensó el perro. *Buen trabajo, adultos. El chico le cuenta su vida a un perro de la calle. No tiene a nadie más.*

Se sobresaltó cuando una mano tibia se posó sobre su cabeza. Ya ni se acordaba de eso.

—Oye —dijo Anthony—, ¿quieres ser mi amigo?

El perro no tenía planeado ser amigo de nadie. Mucho menos de un humano. Pero no tuvo que responder: ya habían llegado a la tienda.

Frente al Family Dollar, tres muchachos apoyaban sus bicicletas contra la pared, comiendo semillas de girasol. Uno o dos años mayores que Anthony, pero con el doble de arrogancia cada uno.

—Miren, ahí viene la bola de masa.

—Seguro nos va a comprar helado a todos.

El tercero no se quedó en palabras: recostó la bicicleta y empujó a Anthony hacia la puerta. El perro se adelantó. Bajó la cabeza, levantó el labio y soltó un gruñido que hizo temblar el charco más cercano.

—Trae un perro…

—¡Quítalo de encima!

—Déjalo, vámonos.

Las tres bicicletas desaparecieron en la esquina más rápido de lo que el perro tardó en terminar de gruñir. Se dio la vuelta hacia el chico, como preguntando si ya había pagado la deuda de la albóndiga.

—¡Se los llevaste! —Anthony dio un salto—. ¡Estuvo increíble! Te voy a llamar Trueno. Sonaste igualito a un trueno, bien fuerte.

El perro se quedó paralizado. Un nombre. El chico le había dado un nombre. Sonoro, con peso, suyo. Ya no había forma de escapar de esa amistad.

Volvieron caminando despacio. Anthony partía trozos de pan tibio de una bolsa y los compartía. Y por dentro, algo le raspaba a Trueno: menuda pareja hacían. Un chico gordito con apodo de gato y un perro que a nadie le importaba. ¿Qué futuro tenían? En tres semanas las familias se iban de las cabañas. *No hay que encariñarse*, pensó, y entendió que ya era tarde. El hilo ya estaba tendido. Cortarlo era fácil. Pero no quería.

Agosto se apuraba en convertirse en septiembre. Por las mañanas dejaba niebla sobre el estanque del parque, salpicaba de dorado las copas verdes, tiraba lluvias frías. Y Trueno corría cada mañana hasta la misma verja. Iban al río. Se tiraban en el pasto. Jugaban con una pelota hasta que se perdió entre los arbustos de zarzamora para siempre. Anthony practicó silbar con dos dedos —le salió al cuarto día, y Trueno ladró del susto.

La abuela al principio refunfuñaba:

—Le agarró cariño a ese perro asqueroso.

Después se resignó:

—Pues mira, algo bueno tiene. Al menos te mueves, que antes te quedabas sentado ahí como hongo bajo la lluvia.

Y agregó, sin mirarlo:

—Lástima que apareció tan tarde. Ya casi te toca volver a la ciudad.

Ese "ya casi te toca volver" le cortó a Trueno algo por dentro. Otra despedida. Otra vez el frío y los patios ajenos. Solo que esta vez iba a doler más, porque Anthony era su persona. Le había dado un nombre.

El consejo llegó montado en el lomo de Duquesa, una perra vieja del vecino, que llevaba toda la vida con el mismo dueño y ya caminaba despacio, como él.

—¿Por qué no saludas a los conocidos? —le dijo un día, al verlo pasar cabizbajo frente a la reja.

—Ay, Duquesa. Perdona. Estaba pensando.

—¿En qué? No te hagas del rogar, mi dueño tarda diez minutos en salir.

—Se me apareció un gatito.

—¿Gatito? —Duquesa casi se sienta de la sorpresa—. Ahora sí que me sorprendes.

—No tiene cola.

—Mejor, cuéntame ya.

Trueno terminó llevándola a ver. Anthony estaba sentado en los escalones del porche, esperándolo.

—Ah, ya veo —dijo Duquesa, alargando la voz—. Te encariñaste con el muchacho. Y quieres saber qué hacer cuando se termine el verano y se vaya a la ciudad. ¿Es eso?

Trueno asintió con la cabeza gacha.

—No le veo el problema. Vete con él.

—No me van a dejar.

—¿Ya lo intentaste? El chico vive con sus papás. Con ellos hay que negociar. Cuando vengan a buscarlo, tú te dejas ver. Cerca, sin gruñir, sin asustar a nadie. Tu trabajo es dar buena impresión.

—¿Yo? Si soy horrible. Todo desgreñado.

—Tonto no eres, pero feo tampoco. A los perros no los quieren por guapos.

—¿Entonces por qué?

Duquesa se quedó pensando un momento.

—Por lealtad. Porque estás ahí cuando todos los demás se fueron. En fin, mi consejo: inténtalo. No pierdes nada.

Dos días se pasó Trueno preparándose como para el examen más importante de su vida. Repasaba el plan en su cabeza: primero mueve la cola, después da la pata. ¿O la pata primero? ¿Sería demasiado pronto?

—Estás raro —notó Anthony—. ¿Tienes miedo de que me vaya? No te preocupes. No te voy a dejar. Le voy a pedir a mis papás que te dejen venir. Y si no, me quedo aquí contigo.

*Así de fácil es todo para él*, pensó el perro, con algo pesado en el pecho. *Como si alguien te fuera a dejar quedarte. Te suben al carro y ya.*

El Honda gris entró al camino de tierra un sábado después del almuerzo. Trueno no se sentía listo. Ni cuando bajaron dos personas y corrieron a abrazar a Anthony. Ni cuando la abuela salió al porche y los hizo pasar a todos adentro. Se acostó junto a la verja y no logró moverse de ahí.

*¿Y si no les gusto? ¿Y si no soy suficiente?*

Por fin Anthony salió de la casa con una mochila enorme. Detrás, su mamá y su papá. Detrás de ellos, la abuela.

—Despídete de tu abuela —dijo la mamá—. El verano que viene vuelves. Te hizo bien el campo.

—Mami, te dije que aquí me hice un amigo.

—¿Quieres despedirte de él? Ve rápido, ¿dónde vive?

—No vive en ningún lado. Y no hay que ir a ningún lado. Está ahí, esperándome.

Anthony señaló hacia la verja. La mamá miró. Se quedó mirando un buen rato.

—Mami, no le tengas miedo, es bueno. Le puse Trueno. Me protegió de unos chicos que me molestaban.

El chico agarró a su mamá de la mano y la llevó hasta el perro. Trueno se quedó sentado, sin respirar apenas, olvidando de golpe todos los consejos de Duquesa. Y entonces sintió una mano posarse sobre su cabeza. Quieta. Recorriéndole las orejas.

—Es un perro lindo. Pero grande. ¿Y en el apartamento? Bañarlo, sacarlo a pasear, entrenarlo…

—Mami, por favor, yo me encargo de todo. Papi, te lo prometo.

El papá se encogió de hombros: decidan ustedes. Y entonces, sin que nadie lo esperara, la abuela se puso del lado del perro.

—A Anthony le hace bien ese perro. Desde que llegó no sabía cómo sacar al chico de la casa. Antes se pasaba el día con el celular, sin correr, sin jugar, como un viejito. Y este perro apareció y el muchacho revivió. Ni parece el mismo. Antes había que rogarle para que ayudara en algo, y ahora se ofrece solo. Y bajó peso, se le ve más seguro.

La mamá volvió a pasarle la mano por la cabeza al perro.

—Está bien, Anthony. Nos llevamos a tu Trueno. Pero no me falles. Eres responsable de tu amigo.

—¿Nos vamos o qué? —gritó el papá ya desde el carro—. ¡Súbanse con todo y perro, que se nos hace tarde para la I-95!

Trueno viajó en el asiento trasero, la cabeza sobre las piernas de Anthony, todavía sin poder creerlo del todo. Por la ventana pasaban los campos de Rhode Island virando al color del otoño. Olía a gasolina, a perfume de mujer y a chico sudado. Adelante los esperaba la ciudad: pasillos de edificio desconocidos, piso resbaloso, una correa nueva colgada de un gancho en la puerta.

Trueno pensó que es difícil ser distinto a los demás. Que encontrar a alguien que te quiera es casi imposible cuando naciste perro grande y sin pedigrí, o cuando eres un chico con espejuelos al que le sobran unas libras. Todo el mundo te aparta, te pone apodos. Pero cuando por fin encuentras a alguien, te agarras con las cuatro patas y no sueltas.

A Anthony y a Trueno les había tocado esa suerte.

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Uniad
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