El día que enterramos a Leticia, el estacionamiento del panteón Mission Park olía a lluvia de las tres y a flores de cempasúchil. Yo me quedé junto a mi troca, con la corbata floja, viendo cómo los de la funeraria plegaban las sillas. Entonces se acercó Benjamín Ortiz, el abogado. Traía un sobre de manila café, de los que se usan en las cortes del condado.
—Leticia me pidió que te lo entregara hoy —dijo.
Me estiró el sobre. Luego se inclinó un poco, como si el pasto mojado le costara.
—No volvió solo por amor, Andrés.
Yo tenía el Big Red a medias en la mano izquierda. No supe si el nudo en el estómago era por el entierro, por el calor de San Antonio o por la frase que acababa de escuchar.
Conocí a Leticia Galindo a los diecisiete años en la panadería de su tía sobre Commerce Street. Yo no iba por las empanadas de calabaza, pero compraba dos cada viernes para verla detrás del mostrador. A los diecinueve ya vivíamos juntos en un cuarto rentado por la West Side. A los veinticinco hablábamos de hijos. A los veintiséis compré un anillo con un diamante diminuto y lo escondí en el cajón de los calcetines.
Un viernes regresé del trabajo y Leticia ya no estaba. Se había llevado la ropa, la maleta, hasta el cepillo de dientes. Sobre la mesa de la cocina dejó una nota escrita en un papel del recibo del gas.
«Andrés, no me busques. No puedo darte la vida que mereces. Algún día vas a entender. Perdóname.»
No entendí ni perdoné. No en ese momento. La busqué casi dos años. Luego me fui acostumbrando a la ausencia, que es distinto a superarla. Tuve una relación de tres años y un compromiso que duró once semanas. Nunca me casé.
Veintisiete años después, sonó mi teléfono un martes a las ocho de la mañana. Reconocí su voz antes de que dijera mi nombre.
—Andrés.
Me senté en el piso de la cocina, junto al refri.
—Leticia.
Al día siguiente ya estaba en la clínica. La encontré junto a la ventana, con un paliacate color crema en la cabeza y las manos tan delgadas que parecían transparentes. Cáncer de páncreas, etapa cuatro. Le quedaban meses. Quizá menos.
La primera semana discutimos casi a diario. La segunda empezamos a reírnos. La tercera me pidió que me casara con ella.
—¿Por qué matrimonio? —le pregunté.
—Porque quiero despertar una sola vez siendo tu esposa.
Le dije que no era una respuesta. Ella contestó que para ella sí. Al día siguiente no fui. Ni el otro. Al tercer día me mandó un mensaje: «No te cases conmigo. Solo ven. No quiero que nuestra segunda despedida sea igual a la primera.»
Fui. En la mesita de la clínica había una cajita azul. Adentro estaba el anillo que compré hacía veintisiete años. Lo reconocí por la rayadura en la parte de adentro.
—¿De dónde lo sacaste? —pregunté.
—Lo encontré esa noche, antes de irme.
—¿Y te lo llevaste?
—Fue lo único que me permití tomar de ti.
La boda fue en la capilla del hospital, un sábado por la mañana. Mi hermana Rosa, dos amigas de Leticia, tres enfermeras y Benjamín Ortiz, el abogado. Ella no usó peluca. Se puso un vestido blanco sencillo y el paliacate color crema. El padre dijo las palabras, nosotros dijimos «sí». Me casé con Leticia un 14 de octubre.
Fue mi esposa veintitrés días.
Los primeros días en mi casa fueron raros y felices. Leticia me obligó a comprar un tocadiscos en una tienda de segunda de Fredericksburg Road porque, según ella, la música del teléfono no tenía alma. Veíamos películas viejas en el sofá. Una noche la encontré frente al refri abierto.
—Estoy buscando una paleta de mango.
—Tienes prohibido el frío.
—Me estoy muriendo, Andrés.
—No es excusa para comer mal.
Ella soltó una risa corta.
—Sigues igual.
—Y tú sigues sin hacer caso.
Comió dos mordidas y ya no pudo. Ese tipo de momentos eran los peores, porque la felicidad llegaba con fecha de caducidad.
El día diecisiete me pidió que la llevara a Woodlawn Lake. Nos sentamos en una banca de concreto, junto al agua. El sol se metía por detrás de los árboles y un chihuahua de una casa cercana ladraba a los patos.
—Andrés.
—Dime.
—Si te enteras de que hice algo malo, ¿vas a poder acordarte de que te quise?
—¿Qué hiciste?
—No contestes con otra pregunta.
Me quedé viendo el agua un rato.
—Si lo hiciste para destruirme, no sé. Si pensabas que me estabas salvando, tal vez.
Leticia se soltó llorando.
—Quiero que eso sea verdad.
—Pues dímelo ya.
En ese momento sonó su teléfono. El doctor. Los análisis salieron mal. La llevé al hospital y ya no volvió a salir.
La última noche se despertó casi a las cuatro de la mañana. Me tomó la muñeca.
—El sobre… Benjamín…
—¿Qué sobre?
—El niño… nuestro…
No pudo terminar. Llamé a la enfermera, luego al doctor, luego todo fue movimiento y luces. Leticia murió a las 4:27. Yo fui su esposo veintitrés días.
En el entierro, cuando Benjamín me dio el sobre, me subí a la Silverado, cerré la puerta y rompí la solapa. Adentro venían tres cosas: una carta, un acta de nacimiento y una fotografía. La foto era de Leticia a los veintisiete años, sentada en las escaleras de una casa color durazno, agarrando la mano de un niño de unos tres años. Detrás decía con su letra:
«Julián. Tu hijo. 3 años.»
El niño tenía mis ojos.
La carta empezaba así:
«Andrés, si lees esto es porque otra vez no tuve el valor de decírtelo viéndote a la cara.»
La leí dos veces. Leticia estaba embarazada cuando desapareció. No huyó sola. Huyó con mi hijo.
La razón tenía nombre y apellido: Elías de la Cruz, mi papá.
Él tenía lavanderías, contactos en el hospital y una relación de años con la oficina del sheriff. Según la carta, se enteró del embarazo porque la mamá de Leticia trabajaba limpiando un consultorio privado. Un asistente le pasó el dato. Mi papá fue a verla un martes por la noche.
Le ofreció dinero. Ella lo rechazó. Entonces él puso sobre la mesa dos cosas: el expediente del hermano de Leticia, que venía de la cárcel del condado por una DUI, y una carta del hospital donde decía que la mamá necesitaba una operación del riñón.
Le dijo: «Tu hermano no tiene papeles, Leticia. Tu mamá tampoco. Si no te largas, mañana mismo llamo a la migra y al hospital. Y si le cuentas a Andrés, me encargo de que el bebé nazca bajo custodia del estado.»
Ella tenía veintiséis años. Se fue a Del Río, luego a El Paso. Cambió de apellido. Mi papá la encontró otra vez a los cuatro meses del nacimiento y volvió a amenazarla con quitarle al niño.
Por miedo, Leticia no me buscó. Julían creció creyendo que su papá no quería saber nada de él. Y yo ni siquiera sabía que existía.
Cuando mi papá murió, once años atrás, Julían ya era mayor de edad. Leticia quiso buscarme, pero él le dijo: «Si nos hubiera querido encontrar, tuvo dieciocho años para hacerlo.»
Poco antes del diagnóstico, Julían encontró una caja con cartas de mi papá. Ahí estaban las amenazas. Entendió que quizá yo no era el culpable. Peleó con Leticia, dejó de hablarle tres meses, luego volvió con una sola pregunta:
—¿Cómo pudiste decidir por él si tenía derecho a saber que yo existo?
Entonces Leticia decidió buscarme. Ya lo había decidido antes de saber lo del cáncer. La enfermedad solo le quitó el tiempo para decir las cosas en persona.
Me casé con ella veintitrés días después de reencontrarnos. No fue solo por el amor. Fue para que, legalmente, todos los papeles llegaran a mis manos si ella no se atrevía a hablar. En el sobre también venía una prueba de ADN, con número de teléfono y una nota de Julían:
«No sé si quiero llamarte papá. Pero tienes derecho a saber que existo. Tú y yo decidiremos lo demás.»
Me quedé mirando el teléfono. No llamé esa tarde. Fui a casa, me senté en el porche, dejé el sobre sobre las rodillas. El chihuahua del vecino ladró desde las seis hasta las nueve.
Julían era arquitecto, tenía treinta años, esposa y una hija de cinco, Sofi. Lo supe cuatro días después, cuando nos reunimos en un café de Southtown. Llegué cuarenta minutos antes. Cuando entró, no lo reconocí por los ojos, sino por cómo se rascó la nuca con la mano izquierda. Yo hago lo mismo cuando no sé qué decir.
Me extendió la mano. Estrechar la mano de mi propio hijo fue de las cosas más raras que he hecho.
Con los meses nos fuimos conociendo. Despacio, sin promesas. Julían me enseñó fotos de su boda, su primera casa, los planos que dibujaba. Un día me llevó una caja de cartón.
—Esto te lo dejó mi mamá.
Adentro había cientos de cartas que Leticia nunca envió. La primera decía:
«Andrés, hoy nació tu hijo.»
La quinta:
«Hoy Julían preguntó por qué no tiene papá.»
La última la escribió seis días antes de llamarme:
«Esta vez no voy a huir. Aunque Andrés me odie. Aunque Julían no me perdone. El miedo a un muerto nos gobernó demasiado tiempo.»
Tardé casi un año en decidir qué hacer con la herencia de mi papá. La casa de la Southcross Street, las dos lavanderías, una cuenta de ahorros con $38,000. Todo estaba a mi nombre desde que él murió.
Una tarde le pedí a Julían que me acompañara al banco.
—¿Para qué?
—Vamos a cerrar un ciclo.
En la caja de seguridad del banco, a nombre de Elías de la Cruz, había once hojas. Eran cartas, pagarés, una lista de personas a las que mi papá les pagó por quedarse callados. La máquina trituradora del banco tardó siete minutos en deshacerlas. Julían se quedó junto a mí sin decir nada mientras las páginas caían en tiritas.
Después le pedí a Benjamín que preparara una escritura de renuncia. La casa de mi papá, 1,300 pies cuadrados, pasaba a nombre de Julían por diez dólares y consideración de amor y afecto. Así se dice en los documentos de Texas.
—No la quiero como herencia de Elías —le dije a Julían—. Quiero que sea tuya porque tu mamá limpió escaleras ajenas para mantenerte a salvo. Eso vale más que diez dólares.
En la tarde, fuimos los tres al panteón. Sofi llevaba una bolsita de gomitas abierta y un ramo de flores amarillas que se le doblaban por el calor. Yo puse la cajita azul con el anillo sobre la tumba de Leticia.
Julían me vio de reojo.
—¿Y ahora?
—Ella lo cargó veintisiete años. Que se quede aquí con ella.
Sofi se subió al borde de concreto y se sentó. Sacó dos gomitas de la bolsa y las puso sobre la lápida.
—Pa que la abuela coma algo dulce.
Julían encendió una vela. La pantalla de su teléfono se apagó justo cuando empezaba la canción once de la lista de Leticia, una versión vieja de «Paloma Negra». Sofi la encendió otra vez y subió el volumen.
Nadie dijo nada más. El chihuahua del vecino del panteón ladró en la distancia. Julían se pasó la mano por la nuca, igual que yo, y soltó una risa corta.
—Papá —dijo, sin planearlo.
Yo no corregí nada. Tampoco me di la vuelta. Me quedé viendo la flama, escuchando la canción, con la bolsa de gomitas todavía en la mano.
