La primera vez que doña Rosa Pérez subió una vara de pino al techo de su casa en Socorro, Nuevo México, los muchachos de la vecindad se rieron. La segunda vez, dejaron de reírse. A la tercera semana, la cuadra entera hablaba de ella en voz baja, como se habla de alguien que ya no tiene remedio.
Rosa tenía sesenta y dos años y vivía sola desde que su esposo, don Efraín, murió dos años atrás. La casa era una construcción de adobe y madera que ellos levantaron juntos cuando llegaron de El Salvador con nada más que una maleta de cartón y una promesa. El techo, plano y grueso, aguantaba el sol de julio y las heladas de enero. Nunca dio problemas. Hasta que Rosa empezó a llenarlo de estacas.
No eran estacas cualquiera. Las tallaba ella misma con un machete heredado, lijaba cada punta hasta dejarla fina como lápiz, y las fijaba con abrazaderas de acero inoxidable entre las tejas de asfalto. Las ponía en ángulos extraños, como si el techo estuviera erizado. Un vecino dijo que parecía un erizo gigante. Otro, más dramático, juró que era un altar para espantar demonios. Nadie se atrevía a preguntarle de frente.
Hasta que llegó Irma Cervantes, la presidenta del comité de vecinos y dueña de la casa de la esquina con los girasoles de plástico.
—Rosa, por el amor de Dios —dijo Irma, plantada en la acera con las manos en la cadera—, dime que no estás haciendo brujería ahí arriba.
Rosa bajó de la escalera con un trapo de cocina atado a la cintura y el cabello recogido con una peineta agrietada. No respondió de inmediato. Sacó una botella de agua del refrigerador portátil que mantenía junto a la puerta y bebió un trago largo.
—Son para lo que viene —dijo al fin, sin mirar a Irma.
—¿Qué viene? ¿El fin del mundo? Porque si es así, avísame para comprar velas.
Rosa guardó la botella en el refrigerador y volvió a subir la escalera. Irma se quedó abajo, hablando hacia el techo como si las palabras pudieran subir por las patas de la escalera.
—La gente dice que desde que murió Efraín no has sido la misma. Que te oyen hablar sola por las noches. Que dejaste de ir a la iglesia.
—La iglesia queda lejos —respondió Rosa—. Y la gasolina está cara.
—El padre Miguel me preguntó por ti. Le dije que andabas ocupada con tus palos. Se persignó.
Rosa no contestó. Apretó una tuerca con una llave de dado y el ruido metálico resonó en la calle vacía. Irma se quedó un rato más, murmulló algo sobre un cheque que le habían dado del city council para arreglar el canal de drenaje y se marchó arrastrando sus chanclas por el cemento agrietado.
Esa noche, Rosa se sentó en la cocina a oscuras, con la puerta trasera abierta para que entrara el aire seco del desierto. En la encimera había un plato hondo con frijoles fríos y una tortilla a medio romper. Frente a ella, sobre la mesa de formica, un sobre del seguro social con el nombre de Efraín todavía impreso en la esquina. Llevaba dos meses sin abrirlo. Dos meses sin tocar siquiera la pila de ropa del clóset.
A las nueve y media sonó el teléfono. Era su hija Cecilia, desde El Paso.
—Mamá, ¿es cierto que pusiste clavos en el techo?
—Son estacas —corrigió Rosa—. No son clavos.
—Ay, mamá, es lo mismo. Ya me llamó la tía Leticia. Dice que todo el barrio está asustado. ¿Qué estás haciendo?
Rosa miró por la ventana hacia el norte, donde las tormentas de octubre se formaban sobre las montañas de Magdalena. Había un rumor en el aire que nadie más escuchaba. Un zumbido bajo, constante, que le recordaba el final de un velorio.
—Tu papá me avisó —dijo Rosa.
Del otro lado de la línea hubo un silencio pesado, como si Cecilia estuviera mordiendo una palabra.
—Papá murió, mamá.
—En el sueño —continuó Rosa—. Me mostró el techo. Me dijo que las puntas debían quedar así, separadas cada cuarenta centímetros, con el ángulo hacia el norte. Me dijo que pusiera tres hileras. Y que no me tardara.
—Mamá, eso fue un sueño. Tienes que ver a alguien. Un doctor, un consejero.
—No necesito consejero, hija. Necesito una caja de grapas de tres cuartos. Ya me quedan pocas.
Cecilia colgó después de un rato, con la voz quebrada. Rosa se quedó un momento con el teléfono en la mano, luego lo dejó sobre el sobre del seguro social. Apagó la luz y se quedó dormida en la silla, con los brazos cruzados y los dedos sucios de astillas.
A la mañana siguiente, un día miércoles, Rosa encontró un aviso pegado en la puerta. Era del departamento de construcción del condado. Citaban a una inspección por “estructura no permitida sobre techo de vivienda unifamiliar”. Al pie de la hoja, alguien había escrito con marcador negro: “Quite eso antes del viernes o le van a multar”.
Rosa despegó el papel, lo dobló en cuatro y lo guardó en la gaveta de los cubiertos. Luego se puso el sombrero de paja, se ató el trapo a la cintura y salió a medir cada estaca con una cinta métrica de Efraín. Cada dos estacas, hacía una pausa y tocaba la punta con la yema del índice, como si estuviera afinando un instrumento.
El viernes llegó con viento del norte. Rosa amaneció con un dolor agudo en la rodilla izquierda, la que se había lastimado treinta años atrás en la cosecha de algodón en Texas. No le importó. Subió la escalera una vez más y verificó los ángulos con un transportador de plástico que su nieto le había regalado en Navidad. Todo estaba en orden.
A las once de la mañana, un camión de inspección se detuvo frente a la casa. Bajó un hombre joven con chaleco reflectante y una tabla con papeles. Detrás de él, dos vecinas se plantaron en la banqueta con los brazos cruzados.
—Señora Pérez —dijo el inspector—, esto no está permitido. Tiene que desmontar todo.
—No lo desmonto —dijo Rosa—. Las medidas están bien.
—Señora, el código municipal no permite estructuras que sobresalgan del techo más de treinta centímetros.
—Yo pedí permiso a Dios.
El inspector soltó un suspiro largo. Las vecinas se miraron una a la otra. Irma apareció por la esquina, con su bolso de cuero desgastado y un rosario en la mano.
—Rosa, por tu bien, hazle caso al muchacho —dijo Irma—. Te van a quitar la casa.
Rosa cerró la puerta sin responder. El inspector se quedó afuera un rato, escribió algo en su tabla, encajó una copia del citatorio en una bolsa de plástico y la amarró al picaporte. A las once y media, el camión se fue.
Esa tarde, Rosa no salió al techo. Se puso un vestido café con flores deslavadas, se pasó un peine por el cabello y caminó hasta la iglesia de San Lorenzo, a seis cuadras. En el camino, los carros le pitaban y un perro flaco la siguió hasta la esquina de la tienda de llantas. No miró atrás.
En la iglesia buscó al padre Miguel. Lo encontró en el patio, regando unas macetas con crisantemos amarillos.
—Padre, vine a confesarme.
El padre se enderezó con los pantalones mojados en las rodillas. La miró con paciencia de confesionario.
—¿Te confiesas de algo?
—No me arrepiento de nada de lo que hice en el techo.
—Entonces no es una confesión, Rosa.
—Es un aviso. Algo va a pasar. Y necesito que la gente no diga que no sabía.
El padre cerró la llave del agua. El chorro se detuvo y el silencio dejó escuchar el viento que ya se colaba entre los álamos.
—¿Qué va a pasar, Rosa?
Rosa miró hacia el norte, donde las nubes crecían sobre las montañas de Magdalena, y no dijo nada.
El lunes siguiente, el cielo se puso color de barro. Los meteorólogos de El Paso hablaban de una tormenta que se movía lenta, como si no quisiera llegar a ningún lado. La escuela del pueblo suspendió clases. Los vecinos clavaron tablas en las ventanas y amontonaron costales de arena frente a las puertas.
Rosa no hizo nada de eso. Se sentó en la sala, con la puerta abierta de par en par, y se puso a coser un botón en la camisa de trabajo de Efraín. El viento entraba en ráfagas y le movía el cabello. Una vela de la Virgen de Guadalupe ardía en la mesa del rincón, dentro de un vaso de veladora con la etiqueta del supermercado aún pegada.
A las ocho de la noche, el agua del canal de drenaje se desbordó. El arroyo que cruzaba detrás de la cuadra se convirtió en un río fangoso. Los bomberos del condado llegaron con sirenas y megáfonos, pidiendo evacuación.
—¡Señora Pérez, tiene que salir! —gritó un bombero desde la banqueta.
Rosa abrió la ventana de la sala y se asomó. El agua le llegaba al bombero por las rodillas.
—Yo no me muevo —dijo—. La casa aguanta.
—¡No puede quedarse!
—Usted váyase. Y avise a los que están ahí atrás.
Rosa cerró la ventana. Tomó la camisa de Efraín, la dobló con cuidado y la guardó en una maleta pequeña. Luego sacó de la gaveta de los cubiertos el citatorio del viernes y lo puso en la mesa, debajo de la vela. Se sentó en la silla de la cocina, de cara a la puerta trasera, y esperó.
A las nueve y once de la noche, un estruendo bajó de las montañas. No era lluvia. Era un río de lodo y escombros que arrastraba carros, ramas, un refrigerador y el toldo rojo de la tienda de llantas. El agua llegó hasta la calle principal y se partió en dos. Una corriente tomó por la casa de Irma, la de los girasoles de plástico. La otra, por la casa de Rosa.
El muro trasero de la casa de Irma cedió primero. El agua entró por la cocina, tumbó la estufa y se llevó el refrigerador al patio. Irma y su esposo lograron escapar por una ventana lateral, mojados, con el rosario en alto y la casa destrozada.
La corriente que golpeó la casa de Rosa se topó con las estacas. No las dobló. No las arrancó. Las puntas, afiladas y fijadas con abrazaderas de acero, partieron el flujo en chorros delgados que perdieron fuerza al dispersarse. El agua rodeó la casa, levantó el lodo hasta los escalones de la entrada y se detuvo, como si pidiera permiso. Rosa no se movió de su silla.
A las once y media de la noche, un golpe seco sacudió la puerta trasera. Rosa la abrió. Era Irma, con el cabello negro pegado a la cara, la blusa rota y un zapato perdido.
—Rosa, por Dios… la casa… la mía…
Rosa la tomó del brazo y la hizo pasar. Le dio una toalla, una camiseta de Efraín y un plato de frijoles calientes que había preparado en una parrilla de gas. Irma lloraba y repetía que el agua se lo llevó todo.
—No todo —dijo Rosa—. Los girasoles de plástico están en mi patio.
A la mañana siguiente, el sol salió sobre un barrio cubierto de lodo. La casa de Rosa estaba intacta. El techo, con sus estacas clavadas, brillaba bajo la luz como una corona de agujas. Los bomberos preguntaron quién había diseñado aquello. Rosa mostró los dibujos de Efraín, guardados en una carpeta azul con manchas de café.
—Efraín siempre decía que el techo de una casa debe saber defenderse —explicó Rosa—. Él sobrevivió una inundación en el río Lempa cuando era muchacho. Perdió a su madre y a dos hermanos. Nunca lo contó, pero todas las noches, antes de dormir, miraba el techo y rezaba.
El inspector municipal regresó esa tarde. Venía distinto. Sin chaleco reflectante. Con una taza de café que le había dado la vecina de enfrente.
—Señora Pérez —dijo—, el condado quiere saber quién le hizo estas estructuras.
—Efraín me las enseñó en sueños —dijo Rosa—. Yo solo hice lo que él me recordaba.
El inspector miró las estacas, el techo, los dibujos. Hizo una anotación en su tabla y se fue sin citatorio.
Dos semanas después, llegó del condado un cheque por daños a la vivienda. Eran once mil trescientos veinte dólares. Rosa lo miró un buen rato, lo dobló en cuatro y lo guardó en la gaveta de los cubiertos.
Luego tomó el teléfono y llamó a su hija Cecilia.
—Mami, vi las noticias. La casa de Irma quedó destrozada. ¿Cómo está la tuya?
—Está de pie —respondió Rosa—. Tal como tu papá prometió.
—¿Ya puedes quitar esas cosas del techo?
Rosa miró hacia el norte, donde las nubes ya no estaban. Carlitos, el nieto de Irma, pasaba en ese momento por la calle con una caja de galletas en la mano. Se detuvo frente a la casa y apuntó con el dedo hacia las estacas.
—¿Señora Rosa, puedo subir a ver las espinas?
—Son para el agua, mijo —dijo Rosa—. Pero sube mañana. Te enseño a medir distancias.
Cecilia seguía hablando del doctor, del condado, de los vecinos. Rosa puso el teléfono sobre la mesa y salió al patio. En el poste de la ropa estaba colgada la camisa de Efraín, secándose al viento. La descolgó, la olió —ya no olía a él, olía a tormenta— y la dobló con cuidado.
Después tomó la carpeta azul, el cheque del condado y el acta notarial de la casa con el nombre de su esposo. Se sentó en el porche con un bolígrafo en la mano. En el sobre del condado escribió, con letra grande y firme: “Para el fondo de reconstrucción de la señora Irma Cervantes.”
Metió dentro el cheque, lo selló con cinta canela y caminó hacia la casa de Irma, que ahora no tenía puerta. Irma estaba barriendo lodo con una escoba sin cerdas. Levantó la vista, cansada, y vio a Rosa parada en el umbral con el sobre en la mano.
—No necesito limosna.
—No es limosna —dijo Rosa—. Es tu parte del agua.
Irma tomó el sobre, le dio vueltas entre los dedos como si pesara demasiado para ser un papel. Rosa se agachó, recogió del suelo un girasol de plástico torcido y lo enderezó contra la pared.
—Mañana los muchachos y yo te ayudamos a limpiar —dijo Rosa—. Pero primero me ayudas a desmontar unas varas del techo. Ya cumplieron.
Irma no preguntó qué varas. Solo guardó el sobre en la bolsa del delantal y volvió a barrer. Rosa cruzó la calle llena de lodo hasta su casa, subió la escalera y desató la primera hilera de estacas. Las bajó una a una, las limpió con el trapo de cocina y las apiló en el patio, junto a la leña.
Esa noche, por primera vez en dos años, durmió en la cama grande. El teléfono seguía descolgado en la cocina, y en la gaveta de los cubiertos, debajo del cuchillo de Efraín, quedaba el dibujo del techo con las medidas exactas. No lo tiró. Solo lo dejó ahí, por si el sueño volvía.
