# Un perro que le salvó la vida en Providence

Ramón Ibarra nunca soportó el final del invierno en Providence. Diciembre por lo menos tenía sentido: las luces navideñas en Federal Hill, el olor a canela en la panadería de la esquina, los vecinos deseándose feliz Año Nuevo en la lavandería del edificio. Pero febrero engañaba. Por la tarde el hielo se derretía en las aceras de Broad Street, el sol calentaba el asfalto, y uno pensaba que la primavera ya andaba cerca. Y para la noche todo volvía a congelarse. Las calles se ponían resbalosas como pista de patinaje, los carámbanos colgaban de los canalones como cuchillos, y la nieve amontonada junto a los edificios se ponía gris y dura, casi como cemento sucio.

Esa noche de jueves Ramón llegó tarde del trabajo. Tenía cincuenta y ocho años y desde hacía once trabajaba como encargado de bodega en una ferretería de la avenida Cranston. El trabajo no estaba mal, aunque la espalda le dolía para cuando cerraban y el polvo del cemento se le metía hasta en los bolsillos del abrigo. Esa tarde llegó un camión con azulejos y tubería, el chofer venía apurado, los números de la factura no cuadraban con las cajas, y entre contar todo y encontrar el error se les fueron casi dos horas.

Cuando Ramón salió del portón ya eran casi las nueve. Esperó el autobús de la RIPTA como veinte minutos parado en la esquina, viendo pasar los faros de los carros por el pavimento mojado. Cuando por fin llegó, iba tan lleno que la gente cerca de la puerta viajaba con la barbilla pegada al pecho. Ramón se paró junto a la ventana y miró la ciudad borrosa a través del vidrio empañado: las luces de la farmacia CVS, del Dunkin' de la esquina, del colmado dominicano que cerraba tarde. En el bolsillo le vibró el teléfono. Era un mensaje de su hija.

"Pa, ¿ya llegaste a casa?"

Quiso contestar, pero el autobús pegó un brinco en un bache, alguien le pisó el pie, y guardó el teléfono sin escribir nada.

Yesenia vivía en Hartford, Connecticut, a hora y media en carro. Después de graduarse se había quedado allá trabajando en un hospital, se casó, tuvo un hijo. Con su papá hablaban los domingos, no porque estuvieran peleados, sino porque así se había ido dando: el trabajo, el niño, la prisa de todos los días.

El domingo anterior Yesenia había sonado rara. Le preguntó por su presión, por si le costaba trabajo vivir solo en el apartamento, y de repente le dijo:

—Pa, ¿por qué no vienes en la primavera aunque sea una semana?

—Vamos a ver —contestó él.

—Siempre dices lo mismo.

—Es que uno nunca sabe cómo va a estar el trabajo.

—El trabajo no se va a ir a ningún lado.

Después de eso su hija se quedó callada. Ramón alcanzó a oír al nieto de fondo, pidiéndole que le viera un dibujo.

—Bueno, Pa, tengo que colgar. Te llamo el domingo.

Colgaron. Ramón pensó entonces que debió haber dicho que sí. O por lo menos preguntarle si todo estaba bien con ella. Pasaron los días y nunca la llamó.

Se bajó del autobús frente al supermercado Stop & Shop. De ahí a su edificio eran unos diez minutos caminando. Durante el día la temperatura había subido casi hasta cero grados Celsius, y ahora había vuelto a helar. El hielo crujía bajo sus botas. El viento arrastraba nieve fina por la calle, aunque el pronóstico solo hablaba de nublado.

Caminó despacio, mirando el suelo. Al llegar a su cuadra se detuvo un momento para tomar aire. Su edificio era uno de esos triple-decker viejos de Providence, con los balcones agrietados, pedazos de pared remendados y antenas satelitales bajo las ventanas. En un par de apartamentos había luz encendida. En el primer piso, detrás de una cortina, parpadeaba un televisor.

Junto a la entrada había un perro sentado. Ramón lo conocía de vista. Grande, de pelaje rojizo y blanco. Llevaba meses viviendo en el patio del edificio. La señora del segundo piso a veces le sacaba arroz con pollo, los niños le daban salchichas, y el encargado del mantenimiento lo dejaba dormir cerca de la caldera. Le decían de todo: unos "Rusty", otros "Capitán", y el encargado, sin ninguna razón, le decía "Tony".

Esa noche el perro estaba sentado justo en medio del caminito de entrada.

—Muévete, socio —le dijo Ramón—. Que hoy llegué tarde de por sí.

El perro no se movió. Ramón dio un paso a la derecha; el perro también. Dio un paso a la izquierda; el perro le cerró el paso otra vez.

—¿Qué te pasa a ti?

El perro lo miraba fijo, con las orejas paradas. Ramón dio otro paso. El animal se levantó de golpe, gruñó bajito y le agarró la manga con los dientes. No lo mordió. Solo apretó la tela y tiró hacia atrás.

—¡Oye! ¡Suelta!

Ramón jaló el brazo, pero el perro no aflojaba.

—¿Tú estás loco? ¡Suelta, te digo!

Retrocedió un paso. El perro soltó la manga al instante, pero volvió a plantarse delante de él. Ramón se revisó la manga, molesto. La tela estaba entera, solo con una mancha de saliva.

—Así me agradecen —masculló—. La gente te da de comer y tú agarrando a mordidas.

El perro ladró una vez, corto, y volvió a mirar hacia la entrada del edificio. Ramón levantó la vista también. Sobre la puerta colgaba un techito de metal, viejo, oxidado. Desde el otoño los vecinos habían estado juntando dinero para arreglarlo, pero unos no pagaron su parte, otros dijeron que eso le tocaba a la administradora, y al final nadie hizo nada. En el borde del techo del edificio se había formado una capa gruesa de nieve que, después de varios días de deshielo y hielo otra vez, se veía ennegrecida y pesada. De ahí colgaban carámbanos como estalactitas.

Ramón no vio nada raro.

—¿Y qué es lo que tú andas oliendo ahí?

Volvió a caminar hacia la puerta. El perro se le tiró encima, le puso las patas delanteras en el pecho y casi lo tumba.

—¡¿Pero qué te pasa a ti?!

Ramón retrocedió hasta chocar con el banco del patio. Y en ese momento se oyó un crujido arriba. Primero bajito, como una rama que se parte bajo el peso de la nieve. Después un estruendo sordo. Ramón apenas alcanzó a levantar la cabeza cuando una masa enorme de hielo y nieve se desprendió del techo y cayó justo frente a la puerta del edificio. El golpe fue tan fuerte que el techito de metal se dobló y cayó de lado con estrépito. Volaron pedazos de hielo, yeso y polvo de nieve gris por todo el patio. Un carámbano atravesó el bote de basura de plástico; otro rebotó a centímetros del banco.

Por unos segundos el patio quedó en completo silencio. Ni el perro ladraba. Ramón seguía pegado al árbol con la espalda, mirando la puerta. Ahí, exactamente ahí, era donde él debía estar parado en ese momento. Si el perro no le hubiera cerrado el paso, ya estaría sacando las llaves. Puede que estuviera justo bajo el techito. Puede que se hubiera agachado a forzar la cerradura, porque el botón del interfón llevaba meses sin funcionar bien. La distancia entre él y la entrada no pasaba de quince metros. Unos segundos de caminar normal.

Se abrió una ventana en el primer piso.

—¡¿Qué fue eso?!

Se abrió otra ventana más.

—¡Dios mío, se cayó el techo!

—¡No se acerquen! —gritó Ramón, aunque la voz apenas le salía—. ¡Puede caer más!

El perro estaba a su lado. Tenía el pelaje cubierto de polvo de nieve. Ramón se agachó y le puso las manos en el cuello.

—¿Tú sabías? —preguntó, casi sin voz—. ¿Cómo sabías tú?

El perro respiraba agitado, mirándolo con los ojos oscuros.

—Tú me salvaste…

Lo atrajo hacia él. El pelaje olía a calle, a nieve mojada, a humo de leña de alguna chimenea del vecindario. Al tacto el perro estaba tibio. Real. Vivo. Ramón sintió que no podía respirar hondo. Todo lo que había guardado dentro por años —la costumbre de no quejarse, de no mostrar miedo, de contestar "bien" aunque nada estuviera bien— se le vino encima de golpe. Los ojos le ardieron.

—Gracias —le dijo al oído del perro—. ¿Me oyes? Gracias.

En pocos minutos el patio se llenó de vecinos. Alguien llamó al 911, alguien más a la compañía administradora del edificio. La presidenta de la junta de condóminos gritaba por teléfono tan fuerte que se le oía desde los apartamentos.

—¡Yo puse la queja hace dos semanas! —protestaba—. ¡Me dijeron que iban a mandar una cuadrilla! ¿Dónde está esa cuadrilla?

Un vecino del edificio de al lado alumbraba el techo con una linterna.

—Ahí queda otro pedazo colgando. ¡Que nadie se acerque!

Los bomberos acordonaron la entrada con cinta amarilla. Uno de ellos, joven, con el casco puesto, se acercó a Ramón.

—¿Usted está bien? ¿No le cayó nada?

—No. No alcancé a llegar.

—Tuvo suerte.

Ramón miró al perro.

—No fue suerte. Él no me dejó pasar.

El bombero también miró al animal.

—¿En serio?

—Me agarró de la manga. Dos veces me cerró el paso.

El muchacho se agachó y le extendió la mano al perro. El animal olió el guante, pero no se dejó tocar. Se apartó y volvió a sentarse junto a Ramón.

—Parece que ahora solo confía en usted —sonrió el bombero.

Ramón asintió sin decir nada.

Todavía no dejaban entrar a los vecinos por la puerta principal; había que revisar el techo y quitar el hielo restante. Alguien le ofreció a Ramón calentarse en el edificio de al lado, pero él prefirió quedarse. Se sentaron cerca de la placita de juegos, él y el perro.

—¿Y ahora qué hago yo contigo? —le preguntó.

El perro ladeó la cabeza.

—En casa casi no hay comida. Arroz, huevos, un poco de pollo en el freezer. Ni siquiera tengo un plato para ti.

El perro golpeó la cola contra la nieve.

—Mira nada más, ya está contento. Todavía no he prometido nada.

La cola volvió a sonar contra el suelo.

—Tremendo vivo.

Sacó el teléfono. Dos llamadas perdidas de Yesenia y un mensaje nuevo: "Pa, ¿por qué no contestas? Estoy preocupada."

Esta vez marcó de inmediato. Su hija contestó al primer timbrazo.

—¿Pa, dónde estás?

—Cerca de la casa.

—¿Por qué te tardaste tanto? Ya me imaginé cualquier cosa.

—Aquí pasó algo.

—¿Qué cosa?

Ramón miró el techito destrozado.

—Se cayó nieve del techo. Con hielo y todo.

—¡¿A ti?!

—No. No alcancé a llegar.

Del otro lado se hizo un silencio.

—Pa —dijo Yesenia por fin—, dime la verdad. ¿Estás entero?

—Entero.

—¿Seguro?

—Segura, mi'ja.

—¿Y por qué no alcanzaste a llegar?

Ramón miró al perro.

—Un conocido me entretuvo aquí.

—¿Qué conocido?

—De cuatro patas.

—Pa, yo ya no entiendo nada.

—Hay un perro que vive en el patio del edificio. No me dejó llegar a la puerta. Me agarró de la manga y me jaló para atrás. A los pocos segundos se vino todo abajo.

Yesenia soltó el aire de golpe.

—Dios mío…

—Esa es toda la historia.

—No, no es toda. ¿Ahora para dónde vas?

—Para el apartamento. Ya dejan entrar por la puerta de al lado.

—¿Y el perro?

Ramón lo miró.

—También para el apartamento.

—¿Con quién?

—Conmigo.

—Tú siempre decías que en tu apartamento no había lugar para animales.

—Muchas cosas he dicho yo.

Yesenia se quedó callada, y después se rió, con esa risa que se le sale a uno cuando quiere llorar.

—Ay, Pa.

—¿Qué?

—Nada. Es que me da alegría.

—¿Por qué?

—Porque por fin hiciste algo que no estaba en el plan.

Ramón también sonrió.

—Parece que el plan ya me lo hicieron a mí.

Entraron al apartamento por la puerta trasera del otro edificio. El perro subió los tres pisos sin correa, tranquilo, sin adelantarse. Frente a la puerta, Ramón se detuvo.

—Bueno, entra.

El perro cruzó el umbral y se quedó parado en el pasillo, olfateando la alfombra, la pared, el zapatero. No avanzó más.

—¿Qué te pasa? —le preguntó Ramón—. Ya no eres visita.

El apartamento era chiquito: dos cuartos, una cocina angosta, piso de madera viejo y un papel tapiz que hacía años necesitaba cambio. Desde el divorcio Ramón casi no le había tocado nada, solo compró un refrigerador nuevo y cambió las ventanas. Su exesposa vivía hacía años en Orlando; al principio se llamaban de vez en cuando, después solo se felicitaban el cumpleaños. Yesenia varias veces le había propuesto que vendiera el apartamento y se mudara cerca de ella, pero Ramón siempre decía no. Decía que era la costumbre de su ciudad. En realidad, seguramente, era miedo a los cambios.

El perro dio unos pasos más y se sentó en medio del pasillo.

Ramón se quitó el abrigo y trajo del baño una toalla vieja.

—Dame las patas. No me mires así. En esta casa hay reglas.

El perro, obediente, levantó la pata delantera.

—Ah, mira, tú sí entiendes.

Le limpió las patas, la barriga, el lomo. Bajo el pelo sucio el animal resultó más claro de lo que parecía en la calle. En el cuello tenía la marca de un collar viejo.

—Así que tuviste dueño —dijo Ramón—. ¿Y a dónde se fue?

El perro apartó la mirada.

—Está bien. Si no quieres contar, no cuentes. Yo tampoco cuento todo de una vez.

En la cocina, Ramón descongeló un pedazo de pollo, lo cocinó con arroz y lo sirvió en un tazón plástico grande. El perro esperó un momento, como si no creyera que la comida fuera para él.

—Come ya.

Se acercó y comió, sin apuro, sin tragarse los pedazos enteros.

Ramón puso a hervir agua para café. Después sacó del clóset una cobija vieja, la dobló varias veces y la puso junto al radiador.

—Este va a ser tu lugar.

El perro terminó de comer, tomó agua, se acercó a la cobija y se acostó.

—Así está bien.

Ramón se sentó a la mesa de la cocina. Las manos todavía le temblaban un poco. Se le venía a la mente la masa de hielo cayendo sobre el techito, se imaginaba a sí mismo debajo, y apartaba la idea enseguida.

Le llegó un mensaje de Yesenia: "Mañana en la noche te llamamos por video. Nos presentas a nuestro salvador."

Nuestro. Ramón leyó la palabra dos veces.

Tomó la taza, pero antes de darle un sorbo el perro se levantó y se le acercó. Le puso la cabeza en la rodilla.

—¿Qué, no puedes dormir?

El perro cerró los ojos. Ramón le pasó la mano por el lomo.

—Hay que ponerte nombre.

Pensó en varios: Rusty, Capitán, Rocky. Ninguno le cuadraba.

—¿Qué tal Nieve? —No, qué tontería.

El perro suspiró.

—¿O Suerte?

El animal abrió un ojo.

—¿Tampoco te gusta?

Ramón miró por la ventana. Ya había parado de nevar. A la luz del poste caían despacio los últimos copos sueltos. Abajo trabajaba una máquina quitando los escombros junto a la entrada.

—Tú me protegiste —dijo Ramón—. Entonces te vas a llamar Guardián.

El perro levantó la cabeza.

—Guardián —repitió Ramón.

La cola golpeó el piso.

—Trato hecho.

Esa noche a Ramón le costó dormir. Guardián estaba acostado en la cobija junto a la cama. De vez en cuando levantaba la cabeza para revisar que su dueño siguiera ahí. Cerca de las tres de la madrugada Ramón se despertó por el silencio. Estiró la mano y sintió el lomo tibio del perro.

—Aquí estás —murmuró.

Guardián movió la cola, medio dormido.

Por la mañana Ramón llamó al trabajo y por primera vez en años pidió el día libre.

—¿Estás enfermo? —le preguntó el supervisor, extrañado.

—No.

—¿Entonces qué pasó?

—Tengo que llevar a alguien al veterinario.

—¿A quién?

—Al veterinario. Me conseguí un perro.

El supervisor se quedó callado unos segundos.

—Ramón, ¿en serio?

—En serio.

—Bueno… entonces ve. Después de lo de ayer te lo mereces.

En la clínica veterinaria de Elmwood Avenue les dijeron que el perro tenía unos seis años. Estaba flaco, con una vieja lesión en la pata trasera, pero en general sano. No tenía microchip. La veterinaria, una mujer joven con un prendedor de gato en la bata, le preguntó:

—¿Hace cuánto lo recogió?

—Ayer.

—¿Y ya le tiene tanta confianza?

—Es que a nosotros nos pasó todo muy rápido.

—Se nota.

Esa noche llamó Yesenia. Al lado de ella, en la pantalla, se movía Mateo, de siete años.

—¡Abuelo, muéstrame el perro!

Ramón giró el teléfono. Guardián estaba sentado junto al sofá, con un collar azul nuevo.

—¡Wow, es grande!

—Grande —confirmó Ramón.

—¿Cómo se llama?

—Guardián.

—¿Por qué?

—Porque me cuidó.

Mateo se quedó pensando un momento.

—Abuelo, ¿y él se va a quedar contigo para siempre?

Ramón miró al perro. Guardián le devolvió la mirada.

—Para siempre —dijo Ramón.

—¡Entonces vengan los dos a visitarnos!

Yesenia se rió.

—Mateo, primero hay que preguntarle a tu abuelo si quiere.

Antes, Ramón hubiera contestado "vamos a ver". O hubiera dicho que tenía trabajo, que el viaje era largo, que no tenía con quién dejar al perro. Ahora ya no había con quién dejarlo, porque se lo llevaría con él.

—Vamos a ir —dijo—. En cuanto suba un poco la temperatura.

—¿En serio, Pa?

—Ya lo dije.

Su hija sonrió como sonreía de niña, cuando él la recogía temprano de la escuela y se iban por un helado a Federal Hill.

—Entonces te espero.

Después de colgar, Ramón se quedó un buen rato sentado junto a la ventana. En el patio ya habían recogido la nieve y los escombros. La entrada seguía acordonada, pero la gente pasaba por el edificio de al lado. Donde antes estaba el techito de metal ahora se veían las vigas torcidas.

Guardián estaba a su lado, con el hocico sobre las patas.

Al martes siguiente llegó una carta certificada de la compañía administradora, ofreciendo cubrir los gastos médicos si alguno de los vecinos hubiera resultado herido, junto con la notificación de que la cuadrilla de reparación por fin llegaría el jueves. Ramón la leyó una vez, la dobló y la guardó en el cajón de la cocina, sin llamar a nadie, sin exigir nada: total, no había habido heridos que reclamar.

El sábado siguiente, Ramón sacó del clóset una maleta que llevaba tres años sin usar. Metió dos mudas de ropa, sus pastillas para la presión, el registro de vacunas de Guardián y una correa nueva que había comprado en el PetSmart de Warwick. Llamó a la ferretería y pidió una semana de vacaciones acumuladas —tenía derecho a dieciocho días y nunca los había tocado.

—¿Vacaciones, Ramón? —le preguntó el supervisor por teléfono, sin poder creerlo—. Tienes como tres años sin pedir ni uno.

—Ya era hora.

El viernes por la tarde, Ramón cerró con llave la puerta del apartamento, bajó las escaleras con la maleta en una mano y a Guardián trotando tranquilo a su lado, y subió a su Honda Civic del 2011 estacionado en la calle. Antes de arrancar, sacó el teléfono y le escribió a Yesenia: "Salimos ya. Llegamos como a las siete."

Ella contestó con un solo mensaje: "Mateo no ha dejado de preguntar si ya vienen."

Ramón guardó el teléfono, miró a Guardián en el asiento de atrás, con la cabeza asomada entre los dos asientos delanteros, y arrancó el carro. Afuera, el sol de media tarde le pegaba de lleno al parabrisas, derritiendo los últimos restos de hielo sucio en las cunetas de la calle. Faltaba poco para la I-95, y de ahí, hora y media hasta Hartford.

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