La lluvia caía con fuerza, golpeando el asfalto como miles de agujas diminutas.
Danilo no me soltó la mano.
—No mires atrás —dijo en voz baja.
Naturalmente, hice exactamente lo contrario.
El hombre del teléfono había abierto un paraguas negro. Caminaba despacio, sin prisa, con la vista fija en la pantalla. Cualquiera habría pensado que solo seguía su camino.
Pero cada vez que nosotros acelerábamos, él también lo hacía.
—Nos está siguiendo.
—Lo sé.
Cruzamos la avenida cuando el semáforo todavía estaba en amarillo. Los coches tocaron el claxon y un taxi estuvo a punto de rozarme.
Danilo me sujetó por la cintura antes de que perdiera el equilibrio.
Durante una fracción de segundo sentí el mismo abrazo que una semana antes, cuando bailábamos nuestro primer vals.
Me aparté inmediatamente.
—No olvides que para mí seguiste muerto durante seis días.
Su expresión se ensombreció.
—Lo sé.
Doblamos por una calle estrecha, llena de edificios antiguos. Allí apenas había luz. Solo el reflejo de los escaparates cerrados y el agua que corría por las aceras.
Frente a una vieja librería abandonada, Danilo se detuvo.
No llamó a ninguna puerta.
Golpeó tres veces una tubería oxidada que sobresalía de la pared.
Un segundo después se abrió una puerta metálica casi invisible.
—Entren rápido.
El hombre que apareció tendría unos sesenta y cinco años. Cabello completamente blanco, barba de varios días y unos ojos grises que analizaban cada detalle.
—¿Ella es Sofía?
Danilo asintió.
—Sí.
El desconocido me observó durante unos segundos.
—Pasa. No tenemos mucho tiempo.
La puerta volvió a cerrarse tras nosotros con un pesado sonido metálico.
El edificio parecía abandonado por fuera, pero el interior era completamente distinto.
Había monitores encendidos, mapas pegados en las paredes, varias cámaras de seguridad mostrando diferentes calles y una mesa llena de carpetas.
—Soy Iván Melnyk —dijo el hombre mientras dejaba una taza de café sobre el escritorio—. Durante treinta y cuatro años fui investigador de homicidios.
—¿Y ahora?
—Ahora intento terminar los casos que otros enterraron.
Danilo dejó una mochila sobre la mesa.
—¿Alguien nos siguió?
Iván pulsó varias teclas.
En una de las pantallas apareció la cámara instalada frente al edificio.
El hombre del paraguas negro seguía allí.
No intentó acercarse.
Solo esperaba.
—Ya avisó que los encontró —murmuró Iván.
Sentí un nudo en el estómago.
—¿Avisó a quién?
El investigador respiró profundamente.
—A la persona que lleva meses organizando todo esto.
Danilo me miró.
—Sofía… antes de seguir necesito que prometas una cosa.
—¿Cuál?
—Pase lo que pase, no firmes absolutamente ningún documento mañana.
—Si todo esto es verdad, no pienso firmar nada.
Iván abrió un cajón y sacó una pequeña grabadora digital.
—Antes de escuchar esto debo advertirte algo.
—¿Qué?
—Después de oír la grabación ya no podrás volver a confiar en la mayoría de las personas que forman parte de tu familia.
Mi garganta se secó.
—Ponla.
El anciano pulsó el botón.
Durante unos segundos solo se escuchó el ruido de platos y conversaciones.
Era el restaurante donde habíamos celebrado la boda.
Después apareció una voz masculina.
La reconocí al instante.
Artem.
—Cuando Danilo desaparezca, Sofía estará completamente destrozada. Firmará lo que sea.
Después habló una mujer.
No necesité más de dos palabras.
Era mi tía Larisa.
—Lo importante es que la viuda siga creyendo que nosotros somos lo único que le queda.
Sentí que me faltaba el aire.
Las voces continuaban.
—¿Y la madre de Danilo? —preguntó Artem.
Hubo unos segundos de silencio.
Entonces Larisa respondió con una tranquilidad escalofriante:
—Valentina hará lo que siempre hace. Llorar.
Pero no preguntará demasiado.
El mundo comenzó a girar a mi alrededor.
Iván detuvo la grabación.
—Hay más.
—No… —susurré.
Necesitaba respirar.
Necesitaba pensar.
Todo lo que había creído durante veintisiete años empezaba a derrumbarse.
Danilo se acercó lentamente.
—Ahora entiendes por qué desaparecí.
Lo miré directamente a los ojos.
—Entiendo por qué huiste.
Hice una pausa.
—Pero todavía no entiendo por qué me dejaste sola.
Él bajó la cabeza.
—Porque cometí el peor error de mi vida.
Antes de que pudiera responder, una alarma comenzó a sonar en toda la habitación.
Uno de los monitores cambió automáticamente de imagen.
La cámara exterior mostraba al hombre del paraguas alejándose.
Iván no parecía aliviado.
Todo lo contrario.
Amplió otra cámara.
Un automóvil negro acababa de detenerse frente al edificio.
Luego apareció un segundo.
Y un tercero.
Cinco hombres descendieron de los vehículos al mismo tiempo.
Todos llevaban impermeables oscuros.
Uno de ellos abrió el maletero.
Sacó una escopeta.
Otro levantó la vista hacia una de las cámaras de seguridad.
Y sonrió.
Iván apagó todas las luces de la habitación.
—Nos encontraron.
Danilo dio un paso hacia el armario del fondo y sacó una pequeña pistola.
Yo lo miré horrorizada.
—¿Desde cuándo llevas un arma?
—Desde el día en que me enterraron.
Entonces escuchamos el primer golpe contra la puerta metálica.
Toda la pared vibró.
Un segundo golpe.
Luego un tercero.
Y una voz sonó desde el exterior:
—¡Sabemos que están ahí! ¡Entréguennos a la viuda… y quizá los demás salgan con vida!
