Cuando era joven había una familia a la que iba casi todos los días. Si soy sincero, aquello ya ni siquiera podían llamarse visitas.

Cuando era joven había una familia a la que iba casi todos los días. Si soy sincero, aquello ya ni siquiera podían llamarse visitas. Apenas terminaba mi jornada de trabajo, mis pasos me llevaban automáticamente hasta aquella casa. La razón tenía nombre y apellido: una mujer de la que estaba profundamente enamorado, aunque nunca me atreviera a decirlo en voz alta.

Pasábamos horas enteras juntos. Al menos eso era lo que contábamos cuando alguien preguntaba qué hacíamos. Decíamos que jugábamos al ajedrez, a las damas o a las cartas. Y no era mentira… solo que entre partida y partida siempre encontrábamos motivos para demorarnos un poco más uno al lado del otro.

En aquella casa también vivía un gato negro llamado Simón.

Lo habían encontrado una tarde lluviosa, acurrucado junto a un contenedor de basura. Cuando lo llevaron al veterinario descubrieron que era completamente ciego. Cualquiera habría pensado que un animal así tendría una vida difícil, pero ocurrió justo lo contrario.

Toda la familia lo convirtió en uno más. Dormía donde quería, comía como un rey y recibía tantas caricias que parecía convencido de ser el dueño absoluto de la casa.

Con los años dejó de ser aquel gatito frágil. Se convirtió en un auténtico gigante. Tenía el pecho ancho, el cuello fuerte y unos músculos que harían sentir envidia a más de un deportista. Nadie entendía cómo un gato que no veía podía moverse con tanta seguridad.

Lo más sorprendente era su memoria.

Si cambiaban una silla de sitio, tardaba apenas unas horas en memorizar el nuevo recorrido. Caminaba por el pasillo sin tropezar, subía las escaleras de un salto y era capaz de encontrar cualquier rincón de la casa únicamente guiándose por los sonidos, los olores y una intuición que parecía imposible de explicar.

Pero había algo todavía más increíble.

Cada mañana, si su plato aparecía vacío, Simón tenía un ritual.

Saltaba primero sobre una silla.

De allí pasaba a la mesa.

Después avanzaba lentamente hasta la pared donde colgaba un enorme cuadro heredado del abuelo.

Se levantaba sobre las patas traseras, apoyaba una de las delanteras contra la pared y con la otra enganchaba el marco con las uñas.

Lo separaba todo lo que podía…

Y lo soltaba.

¡BUM!

El cuadro golpeaba la pared con un estruendo capaz de despertar a todo el edificio.

Más de una vez salimos corriendo desde la habitación contigua, donde, digamos, estábamos mucho más ocupados el uno con el otro que con las damas o el ajedrez.

—¡Ya va, Simón! —protestaba yo riéndome mientras llenaba su plato.

El gato escuchaba el sonido del pienso cayendo y caminaba orgulloso hacia la cocina, como si acabara de ganar otra batalla.

Así transcurrían los días.

Felices.

Sencillos.

Inolvidables.

Hasta que una tarde todo cambió.

Regresaba del trabajo cuando vi una columna de humo elevándose sobre las azoteas. Sentí un nudo en el estómago antes incluso de reconocer el edificio.

Eché a correr.

Frente al portal estaban todos los vecinos. Los bomberos aún no habían llegado. La madre lloraba desconsoladamente. El padre caminaba de un lado a otro sin saber qué hacer.

Y ella…

Ella sostenía a Simón entre los brazos mientras las lágrimas le corrían por las mejillas.

Del apartamento salía un humo negro y espeso.

—La abuela… —susurró con la voz rota—. La abuela sigue dentro…

Todos miraban hacia las ventanas, impotentes.

El incendio había comenzado en el viejo televisor del salón. Era un aparato enorme, de los de antes, con dos altavoces en los lados. Llevaban años diciendo que había que cambiarlo, pero la abuela siempre respondía lo mismo.

—Lo compró vuestro abuelo con su primer sueldo. Mientras yo viva, este televisor no saldrá de casa.

Aquella tarde un cortocircuito convirtió ese recuerdo en una trampa mortal.

Los bomberos llegaron pocos minutos después, pero el humo era tan espeso que nadie podía asegurar si la anciana seguía consciente.

De pronto ocurrió algo inesperado.

Simón comenzó a retorcerse desesperadamente en los brazos de la mujer.

Maullaba con una fuerza que jamás le habíamos oído.

Intentaron sujetarlo.

Fue imposible.

Saltó al suelo y, antes de que nadie pudiera reaccionar, se lanzó escaleras arriba hacia el apartamento en llamas.

—¡No! ¡Simón! —gritamos todos.

Pero el gato ya había desaparecido entre el humo.

Los segundos parecían horas.

Nadie hablaba.

Solo se escuchaba el crepitar del fuego.

Uno de los bomberos estaba a punto de entrar cuando, desde el interior, comenzó a oírse un maullido constante.

No era un sonido de miedo.

Era una llamada.

El bombero siguió aquel maullido hasta el dormitorio del fondo.

Allí encontró a la abuela, desorientada, casi sin fuerzas para respirar.

Y junto a ella estaba Simón.

El gato no intentaba escapar.

Se restregaba una y otra vez contra las piernas de la anciana para que ella supiera dónde estaba. Cada pocos segundos maullaba, guiando también a los bomberos entre la nube de humo.

Ambos salieron con vida.

Cuando la ambulancia se marchó, la abuela pidió que le acercaran al gato.

Con manos temblorosas acarició su cabeza y rompió a llorar.

—Toda mi vida pensé que yo había salvado a este pequeño cuando lo recogimos de la calle… Hoy he comprendido que él llevaba años esperando el momento de devolverme el favor.

No hubo un solo vecino que pudiera contener las lágrimas.

El apartamento quedó prácticamente destruido.

El viejo televisor desapareció para siempre.

Los muebles pudieron reemplazarse.

Las paredes volvieron a pintarse.

Pero nadie volvió a mirar a Simón como a un simple gato ciego.

Porque aquel día todos entendimos algo que jamás olvidaría.

Hay personas que ven con los ojos y aun así pasan de largo ante quien necesita ayuda.

Y existen seres que nunca han visto un solo amanecer, pero son capaces de encontrar el camino hacia un corazón en medio del humo, del miedo y de la desesperación.

A veces creemos que somos nosotros quienes rescatamos a un animal abandonado.

La vida, sin embargo, tiene una forma misteriosa de equilibrar las deudas.

Y cuando menos lo esperas, aquel ser indefenso al que un día abriste la puerta de tu casa termina convirtiéndose en quien te devuelve la vida.

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Uniad
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