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Agosto en Phoenix no perdona. Entré al apartamento a las ocho y cuarto de la mañana con la espalda molida por la guardia nocturna en el almacén. El
Marisol dejó su sobre en el mostrador de la cocina, junto a la bolsa de regalo con el logo dorado de una tienda de cosméticos en Coral Gables.
A los sesenta y ocho años, Lucía aprendió que el silencio también se hereda. Lo cargó desde Hoboken hasta Union City, como una piedra caliente en el bolsillo
La cajera del banco en la Avenida Alameda repitió el número de la cuenta en voz alta: terminaba en 7319. Me preguntó si estaba segura. Le dije que
Yo lo dije. Fui yo. A las seis de la tarde en Madera, California, con el sol del Valle Central pegando duro y el polvo flotando en el
La alarma sonó a las 4:32 de la mañana. Mi apartamento en el lado norte de Atlanta olía a café instantáneo y a las empanadas que mi vecina
Carolina doblaba camisetas sobre la cama y las metía en la maleta. Dos semanas en Cancún. Al fin. Sin turnos de doce horas en la clínica dental, sin
Aurelio Dávila no aguantaba febrero en Chicago. En diciembre la nieve todavía parecía un milagro, como azúcar espolvoreada sobre las casas de ladrillo. En enero uno se resignaba:
Mi esposo Héctor no era de esos que uno ve empujando cargas pesadas. Lo suyo era el sofá, el iPad con los partidos de los Marlins a todo
El sábado a las dos y media de la tarde, Tony empujó la plataforma por el pasillo del complejo como si llevara el trono del rey. Sobre las
