La cajera del banco en la Avenida Alameda repitió el número de la cuenta en voz alta: terminaba en 7319. Me preguntó si estaba segura. Le dije que sí, que quería mi mitad. Eran mil novecientos veintiún dólares con nueve centavos. Cuarenta y tres años de vida juntos cabían en un cheque de caja.
Eso fue después del cumpleaños de Valentina. Pero la historia empezó mucho antes, una mañana de julio con el termómetro clavado en los 106 grados.
El aire acondicionado de la casa de Rodolfo se había descompuesto. Llegó con una maleta gris de Costco y una bolsa de plástico del H-E-B de Zaragoza. Yo llevaba tres semanas viviendo sola en el Lower Valley, en un departamento de una recámara con vista a los cerros Franklin. Tres semanas de tomar café a las once de la noche si me daba la gana, de dejar la radio encendida en la cocina mientras regaba mis dos macetas de hierbabuena.
El timbre sonó un sábado a las diez y cuarto de la mañana. Destrabé la cerradura y empujé la puerta. Ahí estaba Rodolfo, con la camisa mojada de sudor y la maleta gris parada junto a la puerta como un perro que se niega a entrar.
—Se descompuso el aire de la casa —dijo—. Déjame quedarme unos días.
Cecilia, mi hermana, me había prestado unas cortinas amarillas que él seguro encontraría ridículas. Yo las colgué el primer fin de semana. Ahora Rodolfo las estaba viendo desde el pasillo, con la boca apretada.
—Puedes ir a casa de Andrés —le dije—. O a un hotel. Hay un Motel 6 en la interestatal.
—Estás hablando como una loca. Somos familia, no te estoy pidiendo que me mantengas.
Eso era exactamente lo que estaba pidiendo. Cuarenta y tres años de matrimonio me enseñaron a leer entre líneas. Rodolfo no extrañaba mi compañía. Extrañaba no tener que pensar en la lavadora, no saber cuánto tiempo se cocina el espagueti, no preocuparse por si la camisa está arrugada. Yo me fui y él se quedó con una casa llena de aparatos que nunca aprendió a usar.
Me senté en el sofá. Él se paró en la entrada, con la maleta todavía en la mano. Le serví un vaso de agua. Afuera el aire olía a pavimento caliente y a tierra mojada del canal de riego. La luminaria del pasillo estaba fundida y la vecina del 4B empujó la puerta un centímetro cuando oyó el timbre. Su chihuahua, Firulais, empezó a ladrar.
—Si vienes a arreglar las cosas entre nosotros, dímelo ahora —le dije.
—No empieces con el drama. Solo necesito dormir en el sofá un par de noches.
Un par de noches. Yo recordé las noches en la casa de la calle Durazno: él decidía qué programa veíamos, a qué horas se apagaba la lámpara, si yo hablaba mucho por teléfono. Siempre había una corrección. Siempre había un "así no se hace".
—No puedes quedarte —le dije.
Rodolfo dejó caer la maleta. El golpe sonó en todo el pasillo. Firulais siguió ladrando detrás de la puerta de la vecina.
—¿Después de cuarenta y tres años me corres a la calle? —su voz ronca rebotó en las paredes delgadas—. ¿Eso es lo que quieres?
—No te estoy corriendo. Tienes un seguro de hogar que cubre esto. Llama al técnico.
Me acusó de haber cambiado, de que Cecilia me estaba llenando la cabeza. Le pregunté cuántas veces le cambió el filtro del aire acondicionado en la casa que compartimos. No supo responder. Ese fue mi momento.
Le pedí que se fuera. No se movió. Entonces tomé la bolsa del H-E-B y la puse junto a la maleta. Le crucé la maleta con la mano y se la fui acercando hasta que la tuvo que agarrar. No había nada más que decir.
Se fue arrastrando la maleta. Escuché el elevador, luego el portón del estacionamiento. Después me senté en el sofá y miré mis cortinas amarillas. La tela era barata, de Ross. Las había pagado con mi tarjeta de débito. Eran mías.
Llamé a Andrés para avisarle que su papá estaba en camino. Andrés me dijo lo de siempre: "Mamá, a su edad no se anden con estas cosas." Le respondí que su edad era exactamente la razón.
Rodolfo pasó dos noches en el sofá de la sala de Andrés. La tercera noche ya estaba de vuelta en su casa. El técnico cambió el motor del aire en una hora. Cuatrocientos sesenta y ocho dólares, me mandó un mensaje con la factura. Le contesté con un pulgar. Después me empezaron a llegar preguntas: que cómo se pone la lavadora en modo delicado, que cuánto tiempo se deja el arroz, que dónde quedan las escrituras. Le respondí algunas. Otras no.
En agosto contrató a una señora que le cocina los domingos. Aprendió a no quemar las camisas con la plancha. Me mandó una foto de una frittata con la orilla un poco negra. Eran huevos revueltos con tortilla, me dijo. Le di un "qué bueno" por mensaje.
El cumpleaños de Valentina cayó en sábado. Andrés la hizo en su casa, con globos azules y una piñata de unicornio. Rodolfo llegó puntual, con una camisa que no estaba arrugada. Se notaba más flaco, pero se veía bien. Hablamos poco. Él estaba molesto por lo del banco.
Porque una semana antes yo fui a la sucursal de la Avenida Alameda. La cuenta conjunta llevaba años existiendo, desde que compramos la casa en 1981. Nunca la cerramos. Cada mes caía mi depósito y yo ni lo pensaba. Pero esa mañana de septiembre, con el aire ya más fresco, entré y pedí remover mi nombre.
La cajera era una muchacha con uñas largas pintadas de violeta. Me entregó la forma 732-C y me preguntó si mi esposo estaba de acuerdo. Le dije que mi ex esposo no tenía que estar de acuerdo. En Texas, una cuenta conjunta se puede disolver con una sola firma. Estampé la mía temblando un poco. Luego me dio un cheque de caja por mil novecientos veintiún dólares con nueve centavos. La mitad exacta.
Cuando salí del banco, el sol me pegó en la nuca. Guardé el cheque en la bolsa del mandado. En el semáforo de la Alameda con la Yarbrough, lo saqué y lo volví a guardar. No era culpa. Era la parte que me tocaba.
Rodolfo se enteró al día siguiente, cuando el banco le mandó una notificación. Me llamó tres veces. No contesté. Después me mandó un mensaje: "¿Entonces esto es en serio?" Le respondí con una sola palabra: "Sí."
En el cumpleaños de Valentina me saludó de beso, como siempre. La niña sopló las velas, rompimos la piñata, y cuando ya me iba, Rodolfo me detuvo en el porche.
—La cuenta ya no existe —dijo, como si yo no lo supiera.
—Lo sé.
—Pude haberte pedido que firmaras.
—Ya firmé.
Se quedó callado un momento. Adentro, los niños corrían y alguien puso la canción de Las Mañanitas. Rodolfo metió la mano al bolsillo y sacó una envoltura de caramelo de piñata. La apretó en el puño.
—Tenía que hacerlo —le dije—. Para no estar siempre a una llamada de distancia.
Él quería decir algo más. Yo lo noté. Estaba a punto de decir que yo me había vuelto fría, que su mamá no le habló así en cuarenta y tres años. Pero no lo dijo. Solo tiró la envoltura en la maceta de la entrada.
—Pues ya —dijo.
Me fui a mi departamento. Las cortinas amarillas se veían desde el estacionamiento. Dejé el cheque sobre la mesa, junto a la radio. Esa noche cené un yogurt y un pan dulce del H-E-B. Nadie me dijo que no podía.
