Marisol Reyes llevaba veinte años recortando fotos de Sandra Bullock y pegándolas en un cuaderno de espiral que guardaba bajo la cama, en su departamento de Boyle Heights. No era una obsesión de fanática loca; era, más bien, una costumbre de sobrevivencia. Cada vez que su vida se desmoronaba —y se había desmoronado varias veces—, Marisol abría ese cuaderno y releía las entrevistas que había pegado ahí, subrayadas con marcador amarillo, como si las palabras de una desconocida pudieran sostenerla.
La primera vez fue cuando su esposo la dejó con dos niños y una renta atrasada. La segunda, cuando el diagnóstico de cáncer de su madre llegó un martes cualquiera, sin avisar, como llegan siempre las peores noticias. Y la tercera vez fue ahora, este verano, cuando Marisol perdió su trabajo en la fábrica de empaques Golden Bell Foods después de veintitrés años, reemplazada por una máquina que no pedía aguinaldo ni seguro médico. Su último cheque fue de $612.40, con el descuento del seguro ya aplicado.
Su hija Daniela, de diecinueve años, la encontró una noche de julio sentada en la cocina con el cuaderno abierto sobre la mesa de fórmica, con las manos apoyadas sobre una foto vieja de la actriz sonriendo en una alfombra roja.
—Mamá, ¿por qué guardas esto? —preguntó Daniela, sirviéndose agua del refrigerador—. Ni siquiera la conoces.
—No la conozco —dijo Marisol, pasando el pulgar por el borde gastado de la página—. Pero una vez, en una entrevista, dijo que después de que su casa se inundó en Nueva Orleans lo perdió todo, y que lo único que hizo fue empezar de nuevo, pieza por pieza, como si reconstruir fuera lo único que uno pudiera controlar. Yo escuché eso el día que tu papá se fue. Y me lo repetí tantas veces que ya es mío.
Daniela se sentó frente a ella. Afuera, el ruido de la Avenida César Chávez entraba por la ventana entreabierta: bocinas, un carrito de elotes, alguien discutiendo en la calle.
—Perdiste el trabajo, mamá. No es lo mismo que una casa inundada.
—Es la misma sensación —contestó Marisol—. Es empezar de cero a los cincuenta y un años.
Daniela guardó silencio un momento, mirando el cuaderno. Luego tomó su teléfono y empezó a buscar algo.
—Mañana es su cumpleaños —dijo—. Cumple sesenta y dos.
—Lo sé. Siempre lo sé.
—Vamos a hacer algo, entonces. No para ella. Para ti.
A la mañana siguiente, Daniela llevó a su madre a la biblioteca pública de la calle Cuarta, donde había una sala de cómputo con clases gratuitas de currículum, un programa que Daniela había encontrado buscando en internet la noche anterior. Marisol se resistió al principio —le daba vergüenza sentarse frente a una computadora a los cincuenta y un años, como si fuera estudiante otra vez—, pero su hija no la dejó dar marcha atrás.
—Si esa señora pudo reconstruir una casa entera después de perderlo todo, tú puedes aprender a llenar un formulario en línea —le dijo Daniela, empujándola suavemente hacia la puerta.
La primera entrevista fue en un Food 4 Less de la calle Soto. El gerente, un hombre de unos treinta años con una credencial que decía "Kevin, Store Manager", ni siquiera la invitó a sentarse.
—¿Maneja usted sistemas de inventario digital? ¿Excel, escáneres RF? —preguntó, sin levantar los ojos de la pantalla.
—Puedo aprender rápido —dijo Marisol—. Llevo veintitrés años en control de calidad, sé organizar…
—Necesitamos gente que ya venga lista, señora. No tenemos tiempo para entrenar desde cero.
Kevin cerró la carpeta con el currículum de Marisol —una sola hoja, impresa en la biblioteca, con una mancha de café en la esquina que ella no había notado hasta ese momento— y se lo devolvió por encima del mostrador sin mirarla.
—Gracias por venir.
Marisol caminó las nueve cuadras de regreso a casa porque no quiso gastar en el autobús. Le sangraba un poco el talón derecho, rozado por unos zapatos que no usaba desde la boda de su sobrina. Esa noche no lloró frente a Daniela. Esperó a que su hija se durmiera, sacó el cuaderno del clóset y estuvo un rato larguísimo con él entre las manos, sopesándolo, calculando cuánto pesaba veinte años de recortes, antes de meterlo en la bolsa de basura de la cocina, entre cáscaras de plátano y un envase de yogurt vacío.
A la mañana siguiente lo sacó de ahí, le limpió una mancha de grasa con papel de cocina húmedo y lo volvió a guardar bajo la cama, sin decirle nada a nadie.
Hubo una segunda entrevista, en una tienda de conveniencia de Whittier Boulevard, donde el dueño le preguntó su edad dos veces, como si esperara que la respuesta cambiara. Hubo una tercera, por teléfono, que terminó a los cuatro minutos con un "lo vamos a tener en consideración" que Marisol reconoció, por el tono, como una mentira antes de colgar.
Esa noche, buscando algo que no sabía nombrar, releyó otra frase que había recortado años atrás, de una revista que ya ni recordaba: la actriz hablando de sus hijos adoptivos, diciendo que la familia no es la que uno planea, sino la que uno decide sostener con las manos, todos los días, aunque cueste. Marisol pensó en Daniela empujándola hacia la puerta de la biblioteca. Pensó en su propia madre, que había cruzado la frontera embarazada de ella, sin saber una palabra de inglés, y aun así había sostenido a su familia durante cuarenta años en Los Ángeles.
La cuarta entrevista fue un lunes a las 8:15 de la mañana, en la bodega de una farmacia CVS de Atlantic Boulevard. Marisol llegó veinte minutos antes y se sentó en la parada del autobús de enfrente, repasando en voz baja las respuestas que había ensayado con Daniela la noche anterior, hasta que un supervisor llamado Rubén, con una playera azul de la cadena y un radio prendido en el cinturón, la hizo pasar al almacén, entre cajas de cartón que olían a plástico nuevo y a cardboard húmedo.
—El puesto paga $17.25 la hora, turno de seis a dos —dijo Rubén, sin dejar de acomodar una caja mientras hablaba—. Es levantar, es cargar, es estar de pie. ¿Puede con eso?
Las manos de Marisol, apoyadas sobre sus propias rodillas, no dejaban de moverse, alisando una y otra vez la tela de su pantalón.
—Puedo con eso —dijo—. Llevo toda la vida de pie.
Tres semanas después llegó la llamada. Marisol estaba en la cocina, con el teléfono pegado a la oreja y la otra mano sosteniendo el filo de la mesa de fórmica, cuando escuchó la palabra "contratada". Colgó, se quedó mirando el aparato un segundo, y luego llamó a Daniela, que trabajaba turno de tarde en un Target de Montebello.
El primer día llegó a casa con un uniforme azul todavía doblado en su bolsa de plástico, con la etiqueta del precio colgando de una manga. Daniela estaba en la cocina, sirviendo café en dos tazas desiguales, una con el logo de una gasolinera y otra sin asa.
—¿Y el cuaderno? —preguntó Daniela.
Marisol lo sacó de su bolso, un poco más gastado que antes, con una hoja nueva pegada al final: un recorte de periódico sobre el cumpleaños número sesenta y dos de la actriz, que Daniela había impreso esa mañana sin decirle nada.
—Lo voy a seguir guardando —dijo Marisol, sentándose junto a su hija.
—¿Para qué, si ya conseguiste el trabajo?
Marisol no respondió enseguida. Pasó el dedo por el borde de la página nueva, todavía tiesa, sin el desgaste de las otras.
—Por si acaso —dijo, y se llevó la taza a la boca.
Afuera, el carrito de elotes pasaba frente al edificio, con su campanita metálica sonando dos veces, como cada tarde a esa hora.
