Aurelio Dávila no aguantaba febrero en Chicago. En diciembre la nieve todavía parecía un milagro, como azúcar espolvoreada sobre las casas de ladrillo. En enero uno se resignaba: el frío era un castigo seco y duro. Pero febrero era un puñal. Derretía y congelaba en el mismo día. Las calles se llenaban de charcos traicioneros que al anochecer se volvían vidrio. Y de los techos de los edificios colgaban unas estalactitas gruesas, sucias de hollín, listas para caer.
Esa noche Aurelio salió de la ferretería donde trabajaba medio turno. Eran casi las nueve. Había perdido el bus de la 49. Un viento que bajaba directo del lago Michigan le cortaba la cara. Caminó por la calle 26, esquivando los montículos de nieve gris. Una señora aún vendía tamales afuera de la panadería. El olor a masa y hoja de maíz se mezclaba con el humo del escape de un camión. Le recordó a Lupe, su esposa, que llevaba cinco años muerta.
El celular vibró. Valeria, su hija.
—Apá, ¿ya llegaste?
—Voy en camino, mija.
—Hace un frío que pela. ¿Por qué no te compraste la camioneta que te dije?
Aurelio bufó. Siempre con lo mismo.
—No necesito carro. Camino bien. Lupe caminaba conmigo.
—Lupe ya no está, papá. Y tú ya estás grande para andar en el hielo.
—Luego te llamo.
Colgó antes de que Valeria empezara con el sermón de siempre: que vendiera la casa, que se mudara a Berwyn, que jugara con su nieto. Aurelio no quería. Su barrio era su barrio. Su casa, aunque vieja y con la calefacción fallando, era lo único que le quedaba de ella.
Al llegar a su edificio de dos pisos en la calle 24, vio a Chato. El famoso Chato. Un perro callejero, color camel, que todo el barrio alimentaba pero nadie adoptaba. Los niños de la cuadra le dejaban sobras de pizza; doña Meche, la de la lavandería, le ponía agua fresca. Chato se acercó a Aurelio.
—Quítate, Chato. No traigo nada.
El perro no se movió. Aurelio dio un paso a la izquierda. Chato bloqueó. Dio un paso a la derecha. Chato se paró enfrente, tieso como un palo.
—¿Qué te traes, animal? Ya estoy cansado.
Aurelio intentó rodearlo, pero Chato le mordió el puño de la chamarra y lo jaló con una fuerza que no le conocía. Aurelio tropezó con el filo de la banqueta.
—¡Suéltame, escuincle!
Y justo en ese instante, se escuchó un crujido seco. Un chasquido como de una rama gigante rompiéndose. Del techo se desprendió una placa de hielo del tamaño de una mesa. Cayó justo donde él había estado parado un segundo antes. El golpe fue brutal. El barandal de hierro forjado se dobló como si fuera de plastilina. Las macetas de la entrada estallaron. El silencio que siguió fue denso, espeso.
Aurelio quedó tirado en la nieve. Tenía el pantalón mojado. El hielo le había rozado el brazo. Chato estaba a su lado, jadeando, con el hocico abierto y el aliento saliendo en nubes blancas.
Las luces de los porches se encendieron. Alguien gritó en inglés. Doña Meche salió con una bata de franela.
—¡Ay, Dios mío! ¡Aurelio, casi te mata!
Aurelio no respondió. Estaba fijo en la puerta de su casa, a solo tres pasos de donde había caído el hielo. Si no hubiera sido por Chato, su cabeza habría quedado reventada en ese umbral.
—Tú sabías —le dijo al perro, con la voz ronca—. Tú oíste que el hielo se estaba partiendo.
Chato le lamió la mano. Aurelio no lo apartó. Lo agarró del cuello. El pelaje estaba áspero, frío, con olor a calle y a humedad. Le temblaban los dedos al tocarlo.
Llamó a Valeria.
—Apá, ¿se te pasó el enojo?
—Valeria, estoy bien.
—¿Qué pasó? ¿Por qué hablas así?
—El techo. Se vino abajo. El hielo… me cayó enfrente.
Valeria empezó a llorar. Aurelio la escuchaba sollozar al otro lado de la línea.
—Ya no aguanto, papá. Por favor, dime que estás bien.
—Estoy bien, mija. Estoy bien.
Cuando llegaron los bomberos y la policía, Aurelio ya estaba sentado en la entrada de la lavandería. Chato no se le despegaba. Un paramédico le ofreció una cobija térmica. Aurelio la rechazó. No sentía el frío. Sentía un calor extraño en el estómago, un nudo de pavor y alivio.
—¿Ese es su perro? —preguntó el paramédico.
—No.
—Pues hoy se ganó un hueso. Lo vi en las cámaras de la licorería. Él no lo dejó pasar.
Aurelio subió a su departamento. No se cambió la ropa. Fue directo al clóset del pasillo. Sacó una caja de zapatos. Dentro, entre papeles viejos y fotos de Lupe, estaba el título de una camioneta. Una Chevy Silverado del 92. La había comprado hacía once años para restaurarla con ella. Estaba en el garaje, llena de polvo, con las llantas ponchadas.
—Ni modo.
Bajó al garaje con una lámpara. Levantó la lona. La camioneta seguía ahí, intacta, esperando. Le pasó la mano por el cofre. Estaba helada.
—Ya es hora de que sirvas para algo —murmuró.
Agarró el título. Firmó.
Eran las dos de la mañana. El frío calaba hasta los huesos, pero Aurelio sentía una extraña urgencia. Llamó a su compadre Ramiro, que tenía un deshuesadero en la avenida 32.
—Ramiro, te vendo la troca.
—¿La Silverado? ¿Esa que no soltabas ni por veinte varos?
—Esa mera.
—¿Estás borracho, compadre?
—Estoy despierto. ¿Cuánto me das?
—Te doy cuatro mil quinientos. Ahora mismo.
—Trato hecho.
Cuando Ramiro se llevó la camioneta, Aurelio contó el dinero en la mesa de la cocina. Billete por billete. Cuarenta y cinco billetes de cien. Los olió. Olían a polvo y a gasolina. Era el precio de su pasado.
A la mañana siguiente, mientras los vecinos barrían los pedazos de hielo de la banqueta, Aurelio fue a la biblioteca pública. Usó la computadora. Compró un boleto de autobús con espacio para mascotas. Uno de ida. De Chicago a Berwyn. Confirmación: GRH-4477. Pagó ciento cinco dólares en efectivo.
Luego fue al banco. Hizo un giro postal por cuatro mil dólares. En el concepto escribió: "Para Sebastián, los libros y lo que venga."
Fue a la oficina postal. Le costó treinta dólares enviarlo con acuse de recibo. Le puso una nota adentro. "Mija, ya no voy a postergar nada. Vendo la casa en primavera."
Regresó a su edificio. Chato estaba sentado en la entrada, como si lo hubiera estado esperando toda la noche.
—Nos vamos, Chato.
Compró una correa roja y una placa de identificación en la tienda de mascotas. La grabadora le preguntó qué nombre ponerle.
—Chato Dávila.
Le puso la placa en el collar. Chato movió la cola.
Esa noche, Valeria lo llamó por videollamada. Estaba con su esposo y Sebastián, un niño de nueve años con los dientes chuecos.
—Apá, acabo de ver el depósito. No puedo creerlo. ¿Qué hiciste?
—Vendí la troca, mija.
—¿La que ibas a restaurar con mamá?
—Esa mera.
Valeria se tapó la boca con la mano. Se le aguaron los ojos.
Aurelio se rascó la nuca. Se sentía extraño, expuesto, como si llevara media vida sin decir la verdad en voz alta.
—Ya vendí la troca. No servía de nada juntando polvo en ese garaje. Perdóname por no haberte escuchado antes.
—Papá…
—Llego el viernes. Llevo a Chato. Nos quedamos un mes.
Sebastián pegó un grito.
—¡El abuelo viene! ¡Va a traer al perro!
Aurelio movió la cámara del celular hacia Chato. El perro estaba acostado en una cobija nueva, junto al radiador.
—Se llama Chato. Es el nuevo dueño de la casa.
Valeria se rio entre lágrimas.
—No sabes cuánto te quiero, papá.
—Yo también, mija. Nos vemos.
Colgó. Afuera, la noche estaba helada. El viento seguía soplando. Aurelio miró a Chato. Le pasó la mano por el lomo.
—Gracias por no dejarme entrar.
Chato abrió un ojo, movió la cola y volvió a cerrarlo. Aurelio apagó la luz de la cocina y se quedó un momento parado en la oscuridad, con la mano todavía tibia del pelaje del perro.
