Carolina doblaba camisetas sobre la cama y las metía en la maleta. Dos semanas en Cancún. Al fin. Sin turnos de doce horas en la clínica dental, sin facturas del condo, sin el ruido del vecino de arriba.
—Ricky, ¿checaste los boletos?
—Dos veces, babe. Salimos mañana a las seis pa’ ganarle al tráfico de Miami.
—¿Y el perro?
Ricky se asomó desde la cocina con una cerveza en la mano.
—¿Qué perro?
—Canelo, ¿quién más?
—Ay, mi amor, ese perro aguanta. Se queda en el patio. Alguien le avienta algo.
Carolina miró por la ventana. El perro colorado, panzón, con una mancha blanca en el pecho, estaba echado en la grama, con los ojos entrecerrados por el calor de agosto. Cuando la brisa movía la palma, movía una oreja. Siempre estaba ahí.
—Es que… no sé.
—Ni que fuera hijo tuyo. Es un perro de calle, mi amor. Sobrevivió antes, sobrevive ahora.
El ventilador zumbaba. La tele encendida en Univision decía que el huracán andaba lejos todavía. Carolina dobló un vestido de playa y lo puso encima del resto.
—Okay.
A las seis y cuarto de la mañana, Ricky sacó la camioneta del carport. Canelo se paró, movió la cola, creyó que iban pa’l parque. Se acercó a la puerta del copiloto.
—Quítate, bicho. No te toca, —Ricky lo empujó con la rodilla, nomás pa’ que no se metiera.
Canelo se sentó junto a la puerta. Los vio subir maletas, cerrar la cajuela, arrancar. Salió trotando detrás de la camioneta hasta la esquina. Se paró en el borde del swale, mirando las luces rojas doblar hacia la avenida.
La calle quedó callada, con el sol echándose encima del asfalto.
Adelina Reyes estaba en el porch tomando su café con leche y una rebanada de pan cubano. Vivía tres casas más abajo, viuda, setenta y tres años, con las piernas flacas y las manos todavía firmes. Vio a Canelo pasar corriendo tras la camioneta. Luego lo vio volver, con la cabeza gacha, y echarse en el carport de la casa vacía.
—Malditos, —dijo por lo bajo. Bajó del porch, entró a la cocina, abrió una lata de frijoles.
Esa noche Canelo seguía ahí, acurrucado contra la puerta del garaje. Al día siguiente, cuando Adelina salió a regar los crotones, el perro estaba tirado de panza en el concreto, mirando la calle. No ladró. Solo levantó la cabeza.
—¿Tienes hambre?
Le llevó arroz con pollo en un plato desechable. Canelo lo olió. Primero dio una vuelta, desconfiado. Después se lo tragó en segundos y se quedó parado esperando más.
Adelina le sirvió agua en un pote de mantequilla lavado.
—Te dejaron, mi’jo. Así pasa.
El cuarto día, Canelo seguía durmiendo en el carport. Cuando pasaba un carro parecido a la camioneta de Ricky, se levantaba de golpe. Cuando no era, se volvía a tumbar.
Adelina le habló al perro desde la acera:
—No van a regresar hoy. Ni mañana.
Canelo la acompañó de regreso a su casa. Se quedó en el porch, con el hocico entre las patas, viendo llover a las tres de la tarde. El aguacero caía fuerte, de esos que inundan las calles en veinte minutos. El perro no se movió.
Adelina abrió la puerta.
—Entra.
El perro entró despacio. Se sentó en el área del living, gotas todavía en el lomo, con olor a perro mojado y a tierra. Adelina le puso una toalla vieja.
El choque llegó exactamente diez días después de que se fueron.
Adelina iba saliendo del Publix con dos bolsas. Canelo iba a su lado, sin correa, como ya se había acostumbrado. Cruzaban la 87 Avenida cuando un Mustang blanco dobló con el semáforo en amarillo.
Canelo no entendió. Vio un carro, pensó que era la camioneta de Ricky. Se lanzó.
El frenazo rechinó. Luego el golpe seco.
—¡Canelo! —el grito salió de Adelina sin que lo pensara.
El perro quedó tirado de costado, con la pata trasera doblada raro. El muchacho del Mustang salió con las manos en la cabeza.
—¡Yo no lo vi! ¡Se me metió!
—¡Ayúdame a levantarlo! —la voz de Adelina sonó más firme de lo que se sentía.
En la clínica veterinaria del strip mall, el doctor revisó a Canelo y se quitó los lentes.
—Fractura de fémur. Hay que operarlo. Ya. Si se infecta, lo perdemos.
—¿Cuánto es?
—Tres mil seiscientos cincuenta. Con medicamentos, entre tres y cuatro.
Adelina se quedó mirando al perro. Canelo respiraba rápido, con la lengua afuera, los ojos medio cerrados.
—¿Tiene descuento si pago en efectivo?
—Bajamos a tres mil.
Sacó la cartera. Tenía doscientos en billetes.
—Deme chance.
Esa semana Adelina vendió el anillo de casada. Treinta y un años con un hombre y tres horas en una joyería de Kendall para que le dieran mil doscientos dólares. Sacó del banco el resto de la cuenta de savings. Mil ochocientos. Le quedaron cuarenta y tres dólares en la cartera.
La cirugía salió bien. Canelo pasó cuatro noches en observación, con antibióticos y una pata envuelta en vendas. Adelina lo visitaba a diario. Se sentaba en el piso de la clínica, junto a la jaula, y le pasaba la mano por la cabeza.
—Ya, mi’jo. Aquí estoy.
El día que lo dieron de alta, Canelo cojeaba. Pero caminaba.
En la casa de Adelina, el perro se echó en una alfombra al lado del sofá. Tardó tres días en mover la cola otra vez.
Diecinueve días después del viaje, Carolina y Ricky regresaron a la calle.
Traían bronceado, dos bolsas del duty free y la camioneta llena de arena del estacionamiento del aeropuerto. Ricky se estacionó en el carport. Al salir, se quedó viendo el rincón vacío junto al garaje.
—¿No está el perro?
—Quizá anda por el vecindario.
—Que raro ese animal, siempre lo dejaban en el patio, —dijo la vecina de al lado, sin detenerse.
Esa tarde, Carolina se asomó por la ventana del frente. Vio a Adelina caminando por la acera con Canelo a su lado. El perro cojeaba un poco. Se veía llenito. Con el pelo brillante.
—¡Ricky! ¡Ahí está! ¡Con la señora esa!
Salieron a la acera.
—¡Canelo! —gritó Carolina, y el perro volteó la cabeza. Se acercó, moviendo la cola, olió la mano de Carolina. Luego regresó a los pies de Adelina.
—Qué bueno que lo cuidó, —dijo Carolina, forzando una sonrisa—. ¿Cuánto le debemos?
Adelina metió la mano en el bolsillo del vestido y sacó un sobre doblado.
—Aquí está la cuenta.
Carolina abrió el sobre. Hojeó los papeles.
—¿Tres mil seiscientos…? ¿Qué es esto?
—La cirugía. Un carro lo atropelló.
—¿Y espera que le paguemos todo?
—Su perro. Su cuenta.
—Nosotros no la mandamos a hacer nada. No le pedimos operación ni nada. Pudo haberlo dejado, —dijo Ricky, con los brazos cruzados.
—Pude, —dijo Adelina—. Y su perro estaría muerto.
Canelo se sentó. Adelina no se movió.
—Esto es ilegal, —dijo Ricky—. El perro es nuestro. Tenemos fotos.
—El perro es mío, —dijo Adelina—. Desde hace diez días.
—Eso se pelea en corte, señora. Un perro no se cambia de dueño porque usted haga un berrinche, —dijo Carolina.
Adelina sonrió.
—No se cambia de dueño si alguien lo roba. Pero si lo abandonan, la cosa cambia. Y ustedes lo dejaron sin agua, sin comida, y se fueron de vacaciones.
—¡Que no exagere! —gritó Ricky—. Vamos con la asociación del vecindario, con la policía, con lo que sea.
Adelina sacó otro papel del sobre.
—Este es el microchip.
Carolina tomó el papel. Era un certificado de registro. El microchip estaba a nombre de Adelina Reyes. La fecha: tres días después de la cirugía.
—Usted no podía hacer eso.
—Pude. No había nadie que reclamara a Canelo. El veterinario me preguntó quién era la dueña. Le di mi nombre.
—Esto es un robo.
—No. Ustedes lo dejaron en la calle. Yo lo recogí. La ley del condado de Miami-Dade permite registrar a un animal después de siete días de abandono. —Adelina dobló el certificado con calma—. Llame a la policía si quiere. El veterinario tiene el reporte de que llegó atropellado, con pulgas, deshidratado. Y va a declarar que yo pagué cada centavo.
Ricky dio un paso al frente.
—Nosotros vamos a pelear por el perro.
Adelina lo miró sin alzar la voz.
—Entonces pague los tres mil seiscientos cincuenta. Se los acepto. Con el recibo, el perro regresa.
Carolina bajó la mirada. Ricky se pasó la mano por la nuca. Un silencio raro se estiró en la acera. Canelo se rascó el cuello con la pata buena.
—Mañana le avisamos, —dijo Carolina.
—Avísenme. El perro duerme adentro.
Adelina chasqueó los dedos. Canelo se levantó y la siguió por la acera. En la esquina, Adelina abrió la puerta de la casa y el perro entró primero. La puerta se cerró despacio.
Al día siguiente, Carolina le mandó un texto a Adelina:
«Oye, lo pensamos. Mejor te quedas con el perro. Ricky no quiere pagar. Gracias por todo.»
Adelina no respondió. Estaba en la cocina haciendo café. Canelo dormía en la alfombra del living, boca arriba, con la panza al aire.
Esa tarde, fue al Publix. Compró una correa nueva, azul. Compró una bolsa de carne y una pelota de tenis.
En el buzón de la casa de Carolina y Ricky dejó un sobre. Adentro iba el recibo del veterinario, con la cantidad marcada en amarillo. Nada más.
Cuando Ricky abrió el buzón, se quedó viendo el papel un minuto. Lo rompió por la mitad y lo metió en la basura. Luego subió el volumen de la televisión.
Adelina se sentó en el porch. Canelo se echó a sus pies y ella le rascó la parte de atrás de la oreja.
—Ya no te va a pasar nada, mi’jo.
Hacía viento. Las palmas se movían en el jardín. El olor a pasto mojado subía de la acequia. Canelo cerró los ojos.
Adelina también.
