Agosto en Phoenix no perdona. Entré al apartamento a las ocho y cuarto de la mañana con la espalda molida por la guardia nocturna en el almacén. El aire acondicionado zumbaba como un refrigerador viejo y no enfriaba nada. Todavía olía a chorizo frito del vecino de abajo.
Cuando giré la llave en la puerta, ya la escuché desde la sala.
—¡Ay, mija! ¿Tú crees que voy a venir a limpiar tu casa? —dijo Doña Teresa, parada junto al sofá, con su bolso de cuero colgado del brazo.
Tenía puesta su blusa floreada y los zapatos blancos de los domingos. No me había avisado que venía. Bueno, Marcos le había dado copia de la llave hacía meses.
—Buenos días, Doña Teresa —contesté, dejando la lonchera en el piso.
No me quité los zapatos. Sabía que la conversación iba a ser larga.
Ella pasó el dedo por el borde de la repisa de la entrada. Me lo mostró gris de polvo.
—Ni siquiera tienes cinco minutos para sacudir. A mi hijo le gusta la casa limpia.
—Anoche trabajé hasta las seis —dije, colgando las llaves en el gancho.
—Eso no es excusa, corazón. Yo a tu edad tenía tres chamacos y la casa limpia a las ocho de la mañana.
Marcos apareció desde la cocina con una lata de Monster en una mano y el teléfono en la otra. Llevaba puesta la misma playera gris de hacía tres días.
—Mamá, ya déjala —masculló sin levantar la vista del celular.
—¿Déjala? ¿Y tú vives en un chiquero? —Doña Teresa se plantó frente a la mesa de la cocina, donde estaba el sobre blanco.
Yo conocía ese sobre. Ochocientos dólares en efectivo. Todos los meses, desde hacía ocho, yo lo llenaba después de cobrar mis dos trabajos. Al lado, una bolsa de regalo con el logo de Ulta. Adentro, el set de cremas que ella exigía: el aceite de almendras, el exfoliante de cuarenta y cinco dólares.
—Ay, pero ¿me trajiste lo que te encargué? —dijo, jalando la bolsa hacia sí.
—Sí, Doña Teresa. Ahí está todo.
—¿Y el aceite de almendras? Porque la otra vez me diste uno de coco y me salió una roncha horrible.
—Es de almendras. Verifíquelo.
Ella destapó la bolsa y sacó el frasco. Luego me repasó de arriba abajo.
—¿Y esa blusa? —preguntó—. ¿No tienes algo más presentable? Marcos se mata trabajando y tú andas como si vinieras de limpiar baños.
Marcos se encogió en la silla. Su teléfono mostraba la pantalla de un juego de carreras.
—Marcos —dije, sin subir la voz—. ¿Le cuentas tú o le cuento yo?
—Ay, no empieces con tus dramas —dijo Doña Teresa, dejando el frasco sobre la mesa—. Mi hijo no necesita darte explicaciones. Él trae el pan a esta casa.
—¿Qué pan, Doña Teresa? —pregunté, acercándome al sobre.
—¿Cómo que qué pan? Él paga la renta, la luz, el internet. Tú nomás gastas.
Me quedé viéndola, sin parpadear.
—Su hijo perdió el empleo hace diez meses.
La cocina se quedó tan callada que se oyó el clic del compresor del refrigerador.
Doña Teresa soltó una carcajada corta.
—Ya, deja de inventar. Marcos es ingeniero de sistemas.
—Era. Ahora juega videojuegos hasta las tres de la mañana y se despierta a mediodía.
Ella volteó hacia Marcos. Él bajó el teléfono y se pasó la mano por la nuca.
—Mamá, es que el jefe era un pendejo… Estoy buscando algo mejor.
—¿Algo mejor? —repetí—. Hace diez meses que estás «buscando». Mientras tanto, yo trabajo de cajera en el CVS de la avenida Central y de noche en el almacén de la calle 24.
Doña Teresa me apuntó con su dedo, ese dedo con el anillo de oro macizo.
—Eso no te da derecho a humillarlo, pendeja. Mi hijo tiene dos carreras.
—Dos carreras y cero ingresos. Yo pago la renta de mil doscientos cincuenta. Yo pago el internet. Yo llené ese sobre con ochocientos dólares para sus masajes y su spa.
Tomé el sobre de la mesa. Ella quiso arrebatármelo. Le retiré la mano con un movimiento seco.
—Ese dinero es mío —chilló.
—Ese dinero es mío —repetí, guardándomelo en el bolsillo del pantalón—. Lo gané yo, en turnos de doce horas, mientras su hijo roncaba en el sofá.
Marcos se levantó de golpe. La silla se arrastró por el piso de linóleo.
—Noelia, ya cálmate. Estás exagerando. Mamá necesita pagar el masaje. Ya le dije que le iba a dar el dinero.
—Pues dáselo tú. Yo no vuelvo a meter un solo billete en ese sobre.
Doña Teresa se puso roja como un jitomate.
—¡Ingrata! Mi hijo te sacó de la barriada y te dio un techo.
—¿Me sacó de la barriada? —solté una risa sin ganas—. Yo me pagué mi carrera de flebotomista. Yo compré mi carro. Yo pago el puto apartamento.
—¿Y entonces por qué no te vas? —gritó ella.
—Porque ya me voy. Mañana entrego las llaves. Hace una semana firmé el contrato de un estudio en la avenida Roosevelt. Me mudo sola.
Marcos se quedó quieto, como si le hubieran quitado la batería.
—¿Sola? —preguntó con la voz ronca.
—Sola. Tú te vas con tu mami.
Doña Teresa se agarró del respaldo de la silla.
—No puedes echarlo a la calle —dijo.
—No lo echo. Usted lo recoge. Con usted se va.
—¿Y mis ochocientos?
—Cómpreme el aceite usted. Yo me quedo con la bolsa.
Tomé la bolsa de Ulta y la puse detrás de mí, sobre la encimera.
—Ahora, si me disculpa, necesito dormir. La puerta está por donde entró.
Doña Teresa apretó el puño sobre el asa de su bolso. Marcos se quedó viendo el piso de linóleo, donde la silla había dejado una marca negra.
—Noelia, no puedes dejarme así —balbuceó él.
—Puedo. Y lo estoy haciendo.
Me giré y fui al cuarto. Antes de entrar, saqué el teléfono y puse la alarma para las tres de la tarde. Tenía que ir al turno de la farmacia.
A las nueve de la mañana escuché el portazo. Alguien dejó la puerta con más fuerza de la necesaria.
Un mes después, en el estudio de la Roosevelt, me hice un café instantáneo. La ventana daba al callejón de un food truck de elotes. Por la mañana olía a maíz hervido y a chile en polvo. No era el olor a chorizo del edificio viejo, pero era mi olor.
El teléfono vibró. Un mensaje de Marcos:
«Noelia, hola. Mi mamá quiere saber cuándo le depositas lo del masaje. Le duele otra vez la espalda. Y yo aún no consigo chamba. ¿Me prestas 300 para el camión?».
Me quedé con la pantalla encendida en la mano, sin tocar el teclado. El café se enfriaba entre mis dedos.
Podía contestarle. Podía mandarle una foto del contrato de arrendamiento. Podía reírme.
En lugar de eso, toqué la app del banco. Fui a la opción «Transferir» y moví ochocientos dólares de la cuenta compartida a mi cuenta de ahorros. Le puse de nota: «mi primer mes libre». Luego abrí la lista de contactos, presioné el número de Marcos y seleccioné «Bloquear». Hice lo mismo con el de Doña Teresa.
Dejé el teléfono boca abajo sobre la mesa. El ventilador de techo giraba a su ritmo, constante. Afuera, un chihuahua le ladró a una bicicleta.
A la noche, tocaron a la puerta del estudio. Me asomé por la mirilla. Marcos, con la camisa toda sudada, alzaba el teléfono y escribía. Volvió a tocar. Tres golpes. Yo no me moví de la encimera. Terminé mi café y puse la taza en el fregadero.
La puerta se quedó cerrada. Y así se quedó para siempre.
