Lo que Bossi y Mimi nos devolvieron

La semana pasada, mi esposo Héctor y yo tomamos una decisión con el corazón, no con la cabeza: adoptamos dos perros viejos del refugio del condado, ese que queda pasando la 95, cerca del Home Depot de Hialeah. Se llaman Bossi y Mimi. Han vivido juntos toda la vida. La misma familia, la misma casa, día tras día, año tras año. Y cuando terminaron en el refugio… no se podían separar. Simplemente no sobrevivirían el uno sin el otro.

Por qué llegaron ahí, prefiero no entrar en detalles. Hay cosas que es mejor no decir en voz alta.

Bossi es grande, de pelaje gris, con esa mirada pesada de los perros que ya vieron demasiado. Casi no se mueve sin razón. Mimi siempre está pegada a él. Es más callada, más suave, pero tiene algo en los ojos que duele mirar directo.

En el refugio nos dijeron una sola cosa: "Si se los llevan, se los llevan juntos." Los papeles costaron 85 dólares por los dos, vacunas incluidas. Nosotros no los rescatamos. Simplemente no pudimos dejarlos ahí.

Llegamos a esa decisión en un mal momento. Dos días antes, yo había estado sentada en el borde de la bañera de nuestra casa de Kendall, mirando una prueba con una sola rayita, la segunda ese mes. Héctor tocó la puerta del baño y preguntó si estaba bien, y yo dije que sí, aunque los dos sabíamos que no. Llevábamos dos años así. Ya ni discutíamos por eso. Simplemente dejamos de hablarlo, cada quien cargando su parte en silencio, él revisando el carro en el garaje más tiempo del necesario, yo quedándome despierta viendo el techo. El sábado, cuando pasamos frente al refugio camino a Home Depot por unas bombillas, Héctor frenó sin avisar y dijo: "Vamos a ver nada más." Yo sabía que no era cierto.

La primera noche en casa, Bossi se quedó parado frente a la puerta del cuarto como diez minutos, sin decidirse a entrar, hasta que Mimi pasó primero. Entonces él la siguió.

El aire de ventana hacía su ruido de siempre y el vecino tenía puesta su radio con Willy Chirino a todo volumen, como cada domingo. Los perros caminaban despacio por los cuartos, se acomodaban con cuidado a un lado, como si tuvieran miedo de ocupar demasiado espacio. Al principio ni tocaban la comida si uno los estaba mirando.

La crisis llegó el jueves. Bossi dejó el plato intacto por la mañana, y otra vez por la tarde. Para la noche estaba tirado en el piso de la cocina, sin fuerzas para levantar la cabeza, y Mimi no se despegaba de su costado, empujándolo suavemente con el hocico como si pudiera obligarlo a comer a fuerza de insistencia. Héctor lo cargó él solo hasta el carro —cuarenta y tantas libras de perro viejo— mientras yo sostenía a Mimi, que no dejaba de forcejear para ir con ellos. En la clínica de emergencia de la Kendall Drive, a las once y veinte de la noche, la veterinaria dijo la palabra "pancreatitis" y algo sobre que a esa edad cualquier bajón podía ser el último. Nos pidieron setecientos y pico de dólares para el suero y los estudios, y Héctor sacó la tarjeta sin preguntar cuánto quedaba disponible.

Pasamos la noche en la sala de espera, en unas sillas plásticas pegadas a la pared, sin decir casi nada. En un momento Héctor se tapó la cara con las dos manos y se quedó así un rato largo. Cuando por fin habló, no fue de Bossi.

—Llevo dos años sintiendo que no sirvo para esto —dijo—. Para cuidar a nadie. Ni siquiera pude darte lo que querías.

Yo no supe qué contestar enseguida. Me acuerdo de que le agarré la mano, ahí en esas sillas duras, y que se la apreté fuerte, como si con eso pudiera desmentirlo.

—Estás ahí adentro luchando por ese perro como si fuera lo único que importa en el mundo —le dije—. Eso no es no servir. Eso es exactamente lo contrario.

A las cuatro de la mañana salió la veterinaria y dijo que Bossi iba a quedarse en observación pero que había respondido bien al tratamiento. Íbamos a poder llevarlo a casa esa misma tarde.

Cuando por fin lo trajimos de vuelta, Mimi no se le despegó ni un segundo. Le olió las patas, el hocico, cada parte, como pasando lista. Bossi se dejó hacer, cansado pero entero.

Esa noche, Héctor hizo algo que no había hecho antes: se sentó en el piso de la cocina, junto al plato de Bossi, y se quedó ahí acompañándolo mientras el perro comía despacio, poquito a poco. No dijo nada. Solo se quedó.

Yo lo miré desde la puerta un rato antes de acercarme. Me senté a su lado, en el piso frío, con la espalda contra la gaveta de los cubiertos. Mimi vino y apoyó la cabeza sobre el lomo de Bossi, que ya comía tranquilo. Héctor, sin decir nada, buscó mi mano y la sostuvo así, los dos con la espalda contra el mueble de la cocina, viendo comer a un perro viejo como si fuera lo más importante que había pasado en mucho tiempo.

Like this post? Please share to your friends:
Uniad
Leave a Reply

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!: