Elena Gante
El Honda Civic de Titó estaba estacionado torcido frente al townhouse de mis abuelos en la calle Flagler, con dos ruedas sobre la acera. Lo supe en cuanto
Carolina nunca supo bien por qué ese miércoles decidió llegar más temprano del trabajo. El turno en la clínica dental había terminado a las tres y en lugar
Todavía se me pone la piel de gallina cuando me acuerdo de sus ojos. Bruno estaba tirado en una esquina de la jaula, con el lomo pegado a
Esa mañana, cuando pisé el porche trasero y vi el suelo tapizado de manzanas, no grité. No lloré. Alguien —y yo sabía perfectamente quién— había arrancado hasta la
La boda en la mansión de Coconut Grove iba viento en popa. Camila y Sebastián, herederos de dos imperios de bienes raíces en Miami, se habían prometido amor
En el mundo de Andrés Castellanos, la gente desaparecía por dos razones: o lo traicionaban, o le tenían miedo. Valentina Rojas no encajaba en ninguna de esas dos.
Rocío llevaba tres horas de turno en la cocina del Hotel Valencia y la espalda ya le empezaba a doler. Afuera, en el salón Riverwalk, el cumpleaños número
Rubén llevaba cuatro meses sin poner un despertador. Ni uno solo desde que le entregaron la placa de jubilado en el puerto de Miami. Cuatro meses en los
Siempre he sido de las que buscan el silencio. Cuando el mundo se vuelve demasiado ruidoso — llamadas, notificaciones, dramas de oficina — me pierdo a propósito. Agarro
—Valeria, mi amor, no quiero alarmarte, pero ese sinvergüenza de Marcos se está llevando las cosas de tu casa con una tipa. ¡Corre! La voz inconfundible de doña
