El roce que me dejó sin palabras

Siempre he sido de las que buscan el silencio. Cuando el mundo se vuelve demasiado ruidoso — llamadas, notificaciones, dramas de oficina — me pierdo a propósito. Agarro las llaves del auto, manejo hacia las colinas detrás de Escondido y me meto por cualquier sendero de tierra que no tenga gente.

Ese martes de agosto el calor era seco, de esos que te resecan los labios apenas sales. El pasto estaba pajizo, quebradizo bajo los pies. El sol caía en rayos casi blancos entre las ramas torcidas de los robles. El lugar perfecto para despejarse, ¿no?

Llevaría unos veinte minutos caminando cuando algo brillante me llamó la atención entre unas ramas caídas. No era basura, no era una lata aplastada. Me acerqué con cuidado y el estómago se me subió a la garganta. Una serpiente. Grande, de un color crema amarillento, con manchas marrones. Una serpiente toro, de casi metro y medio, enredada de mala manera entre las varas secas de un arbusto espinoso.

Me detuve a una distancia prudente. Estaba atrapada. No era una rama suelta, era un ovillo de espinas y madera muerta donde cada movimiento parecía apretarla más. Se quedaba quieta unos segundos, luego se retorcía un poco y volvía a congelarse. Su respiración era lenta, muy lenta. Y los ojos, esas pupilas redondas de serpiente no venenosa, me miraban fijamente.

No sé explicarlo. No soy de las que rescatan arañas ni hablan con los animales. Pero ahí había un bicho enorme, agotado, que no parecía estar luchando para atacarme, sino para sobrevivir. Y sentí un nudo en el pecho. Lástima, tal vez. O simple terquedad: no me iba a dar la vuelta y dejarla ahí.

Busqué una rama larga, de esas quebradizas de eucalipto. Regresé con cuidado, hablándole quedito, como si eso sirviera de algo.

—Tranquila, tranquila… ya te ayudo, no me muerdas, ¿sí? Tranquila.

Palabra por palabra me salía un acento más mexicano del que uso en la ciudad; cosas de los nervios.

Empecé a mover las ramas. Primero una lateral, luego otra por encima. Cada vez que tocaba algo cerca de su cuerpo, la serpiente se tensaba y yo también. Tenía los dedos sudados, la camiseta pegada a la espalda. El viento dejó de soplar justo entonces, como si el monte entero se hubiera puesto a mirar.

Tardé una eternidad. Ramita por ramita. Al final quedó solo una vara gruesa atravesada justo sobre su lomo. La levanté con la punta de mi palo, milímetro a milímetro, hasta que salió por completo. La serpiente dejó de estar presa.

Esperé que saliera disparada entre los arbustos. Que se perdiera en un segundo, como cualquier animal salvaje. Pero no. Se quedó perfectamente quieta sobre la tierra caliente, extendida como si todavía estuviera evaluando su nuevo estado.

Di un paso atrás con una sonrisa de alivio. Estúpida yo.

Entonces levantó la cabeza.

Despacio. Muy despacio. Y en lugar de girar hacia los matorrales, la giró hacia mí. Esos ojos oscuros se clavaron en los míos. Sentí un vacío helado en el estómago. Mi cerebro, ese imbécil, me gritó de inmediato: «Corre». Pero mis piernas no se movieron.

Comenzó a avanzar.

No era un movimiento nervioso ni errático. Se deslizaba suave, en línea recta hacia donde yo estaba, sin pausa, sin ruido. Cada ondulación la acercaba medio metro. Contuve la respiración. Los latidos me retumbaban en los oídos. Pensé en todas las historias de gente que había subestimado a un animal salvaje y no había vuelto a casa.

Cuando estaba a menos de dos metros, pude ver las escamas brillando con el sol de la tarde, una por una. Mi mano derecha apretó la rama, lista para soltarla y salir corriendo. Pero no hice nada. Me quedé ahí, como hipnotizada. Una parte de mí seguía esperando el ataque; otra parte, no sé cuál, simplemente se rindió.

La serpiente redujo la distancia a centímetros. Dejé de pensar. Cerré los ojos un instante, solo un instante, y cuando los abrí ya estaba al lado de mi pie derecho. Subió la cabeza lentamente. Muy lentamente. Como si tuviera todo el tiempo del mundo. Y entonces la sentí.

Un roce frío y suave en la mejilla.

No fue un toque defensivo, no fue un golpe. Fue como si apoyara la cabeza un par de segundos, justo bajo mi pómulo. Su piel lisa, increíblemente seca, cálida por el sol, apenas rozaba la mía. El mundo se apagó. No había sonido de pájaros, no había viento. Solo ese contacto imposible.

No podría decir cuánto duró. Quizá tres segundos. Tal vez diez. Después, con la misma calma con que se había acercado, bajó la cabeza, giró grácilmente hacia unos matorrales polvorientos y desapareció. Las hojas apenas se movieron a su paso; un susurro y nada más.

Seguí de pie. Con los brazos caídos, la rama de eucalipto todavía en la mano, la mejilla hormigueándome. Me la toqué con la punta de los dedos, como si fuera a borrarse la sensación. Estaba temblando, pero no de miedo. Ni yo entendía de qué.

Cuando al fin logré moverme, me senté en una piedra cercana. Miré el arbusto vacío, las ramas que yo misma había apartado, el sendero por donde había llegado. Todo seguía igual: el mismo calor, las mismas chicharras zumbando ahora de nuevo, el mismo cielo azul desteñido. Todo igual, menos yo.

Tardé días en contarlo. Lo primero que hice al volver a casa fue meterme en la ducha y quedarme allí un rato largo, sin jabón, solo dejando que el agua caliente me bajara por la cara. Después me senté en el sofá y abrí el teléfono para buscarle sentido. Serpientes toro, comportamiento inusual, ¿pueden mostrar gratitud? Los foros de internet eran un desastre: mitad decían que los reptiles no sienten nada, mitad contaban anécdotas parecidas que nadie les creía.

Una semana más tarde, en una comida con mi amiga Valeria, solté la historia de golpe. Ella es veterinaria en el zoológico de San Diego, alguien que ha trabajado con todo tipo de bichos. Esperaba que se riera o me soltara un sermón científico. En lugar de eso, dejó el tenedor y me miró con los ojos muy abiertos.

—No es tan raro como crees —dijo al fin—. Un animal agotado y sin amenaza puede bajar la guardia de formas que no esperamos. Lo del roce, bueno… no digo que fuera un «gracias» como el de un perro. Pero algo pasó ahí. Algo real.

No sé por qué, pero esas palabras me calmaron más que cualquier explicación técnica.

Han pasado tres años y todavía manejo a esas mismas colinas cuando necesito respirar. Ya no busco encuentros, no soy idiota. Pero cada vez que veo una serpiente en el camino —una pequeña culebra rayada, una de cascabel a lo lejos— no doy un brinco ni grito. Me quedo quieta, la miro, y le cedo el paso.

Aquella tarde no me hizo más valiente. Me hizo un poco más humilde, tal vez. Porque pasé décadas creyendo que sabía cómo iban a terminar las cosas antes de que empezaran. Estaba segura de que una serpiente acercándose era peligro, un ataque, una urgencia. Y en lugar de eso, me dejó un recuerdo que todavía me eriza la piel, pero no de horror.

Ahora, cuando alguien me pregunta por el momento más extraño de mi vida, no menciono viajes ni ascensos en el trabajo. Cuento lo de la serpiente. Todos esperan un final con gritos, un mordisco, una carrera al hospital. Pero la historia termina así: conmigo de pie bajo el sol, tocándome la mejilla, y una sensación de asombro tan nueva que no le encontraba nombre.

A veces, las sorpresas más grandes no vienen con estruendo. Vienen sin avisar, en un sendero polvoriento, y te rozan la cara para recordarte que el mundo está lleno de cosas que aún no entiendes.

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Uniad
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