El portazo de Titó retumbó en todo el pasillo

El Honda Civic de Titó estaba estacionado torcido frente al townhouse de mis abuelos en la calle Flagler, con dos ruedas sobre la acera. Lo supe en cuanto doblé la esquina. Ese carro mal parqueado siempre significaba problemas.

Cuando entré, el ventilador de techo zumbaba en la sala y el olor a sofrito viejo se mezclaba con algo agrio. Sobre la mesa del comedor estaba desplegado un plano de una urbanización en Hialeah. Titó estaba recostado contra la nevera, con los brazos cruzados y esa seguridad ridícula que da no haber pagado una factura en la vida. Doña Elena, mi tía, removía un café que ya estaba frío.

—Ya lo decidimos, Javi —soltó Titó, como quien despacha a un niño que interrumpe a los adultos—. Nosotros tenemos al nene. Esto de tres cuartos es demasiado espacio para dos viejos. Que se vayan al apartamento mío, que es más fácil de limpiar y está en un primer piso. Ni escaleras.

Me quedé mirando el ventilador. Una de las aspas estaba torcida y golpeaba la rejilla con un clic metálico cada tres segundos.

—¿Lo decidieron? —el cuello me quemaba—. ¿Quiénes lo decidieron, Titó? Porque este townhouse tiene cuatro dueños. La cuarta parte es mía. Y a mí nadie me ha preguntado nada.

—Ay, Javi, por Dios —doña Elena soltó la cucharita y sonó contra el plato—. Tú con tus papeles. Siempre igual, mijito. Eso se habla en familia. Cinthya ya no aguanta más en ese hueco de Hialeah. El nene no tiene dónde gatear.

—A ver, tía —respiré hondo, agarrándome al respaldo de una silla—. ¿Tú sabes cuántos años estuvimos Valerie y yo viviendo en un estudio en Kendall, con las ventanas selladas porque el acondicionador de aire tiraba agua sucia? ¿Sabes cuánto tiempo me llevó pagar el préstamo del apartamento nuestro? Seis años. Seis años sin vacaciones, sin salir a comer, sin cambiar el carro. El papá de Valerie nos dio los ahorros de su retiro para ayudarnos a cerrar la hipoteca. ¿Y Titó? Titó vivió aquí contigo y con don Roberto ocho años sin pagar un centavo de luz. Ustedes le dieron el down payment para comprarse el estudio en Hialeah. ¡El estudio que ahora le queda chiquito!

Titó se despegó de la nevera. Tenía la camiseta de los Heat manchada de grasa de pizza.

—Ahí está. Ese es el problema. Tú no tienes hijos, no entiendes. Un nene necesita espacio. Patio. Nosotros tenemos familia, Javi. Ustedes no.

Valerie y yo habíamos perdido dos embarazos en tres años. Él lo sabía. Me quedé callado tres segundos. El clic del ventilador sonó ocho veces.

—Mira, Titó. Vamos a ponerlo claro. Mi parte de este townhouse no se la regalo a nadie. Si tú quieres vivir aquí, me compras mi cuota. Precio de mercado. Noventa y siete mil dólares. Cash. Si no, no hay cambio, no hay mudanza y no hay nada que hablar.

—¡Noventa y siete mil! —Titó se echó a reír, pero era una risa fea, de pánico—. ¿De dónde voy a sacar yo eso? Tú estás loco. Eso es envidia. Eso es que a ti te arde que yo tenga mi familia hecha y tú sigas ahí planificando como un contable.

—No me toques ese tema. No te atrevas.

Doña Elena empezó a llorar. Sin ruido, con la boca torcida y los dedos temblándole sobre el mantel de hule. Siempre igual. Lágrimas como moneda de cambio.

—Javi, mi amor, hazlo por tu primo —la voz le salió en un hilito—. Cinthya dice que si no se mudan, ella se va pa' casa de su mamá y se lleva al nene. Ese matrimonio se está cayendo en cantos.

—Tía, Cinthya es más manipuladora que una novela de las tres de la tarde. Y tú la estás comprando enterita.

Titó agarró las llaves del Honda del gancho. Me miró con un odio tan puro que casi podía olerlo.

—Eres un egoísta, Javi. Un miserable egoísta.

El portazo tiró un pedazo de pintura del marco de la puerta. Doña Elena se quedó hipando frente a su café frío. Don Roberto, en su sillón del rincón, no levantó la vista del periódico. Pero las páginas le temblaban.

Esa noche Valerie me sirvió un plato de arroz con pollo que no me comí. Se lo conté todo, lo del plano, lo del nene, lo del «ustedes no tienen familia». Ella escuchó en silencio y cuando terminé fue al cuarto y volvió con la carpeta de la hipoteca. La puso sobre la mesa, delante de mi plato.

—Mira esto, Javi. Cada cuota. Cada maldito mes. ¿Ves las fechas? Ese año no fuimos al cumpleaños de mi papá porque no teníamos ni para la gasolina del viaje a Orlando. Mi mamá vendió el anillo de su abuela para ayudarnos. ¿Y ahora tu primo quiere que tus tíos regalen su casa porque a Cinthya le estorban los muebles?

—No va a pasar —le agarré la mano—. Pero se va a poner peor antes de ponerse mejor.

Los días siguientes fueron una guerra fría. Titó me bloqueó del WhatsApp. Doña Elena contestaba mis llamadas con monosílabos. Solo don Roberto se escapaba a la marquesina y me llamaba bajito, con el teleobjetivo de sus binoculares en la otra mano —le gusta pajarear en el canal de atrás—, para contarme que todo seguía igual pero en silencio.

La bomba estalló un miércoles. Doña Elena me llamó llorando a las once de la noche.

—Javi, Cinthya ya tiene las maletas en la puerta. Dice que mañana se va. Que esto se acabó. ¿Tú te vas a quedar tranquilo sabiendo que rompiste un hogar? ¿Por un pedazo de papel? ¿Tú, que eres familia?

—Tía, escúchame bien. —Me senté en la cama y Valerie encendió la lámpara—. Hay una solución. Una que es justa para todo el mundo.

—¿Cuál? ¿Cuál, Javi? Porque yo ya no puedo más.

—Que los papás de Cinthya se muden al estudio de Hialeah y Titó y Cinthya se vayan al apartamento de ellos en Coral Gables. Unos viejos por otros. Tres cuartos por tres cuartos.

Al otro lado se hizo un silencio de nevera apagada.

—Pero… eso no… Ellos viven en Coral Gables, Javi. Eso es otra cosa. Ellos no tienen por qué…

—¡Exacto, tía! Ellos no tienen por qué. Pero don Roberto y tú sí. ¿Según quién? ¿Según Cinthya?

Colgué. Esa noche dormí dos horas.

Tres días después, don Roberto apareció en mi apartamento. No tocó el timbre —siempre le silba a Valerie desde la ventana, como un muchacho. Traía una bolsa de pan dulce de la Cubanería de la Ocho y una sonrisa que no le veía desde que se jubiló del hospital.

—Se prendió el bote, mijo —se sentó en el balcón con un cortadito en la mano—. Titó fue corriendo a Coral Gables con tu idea. Dizque «si es tan justo, vamos a ver qué dicen ustedes». El suegro lo echó. Pero lo echó con ganas. Le dijo que él no crió a su hija para que un vago le pidiera limosna con la mano abierta. Que la casa de Coral Gables se la va a dejar a su hija cuando se muera, no antes.

—¿Y Cinthya? —pregunté.

—Esa le armó el escándalo del siglo a Titó. Pero no por nosotros. Por los papás. No era que quería espacio pa'l nene. Era que los papás no soltaban un kilo, y ella creía que nosotros íbamos a ser más fáciles. Más pendejos. Así que se acabó la mudanza.

—¿Y tía Elena?

—Lloró dos horas, se tomó un Alka-Seltzer y esta mañana se fue pa'l Publix a comprar jamón de pierna. Dice que el domingo hagamos arroz con gandules. Que invites a Valerie.

Me reí. Del alivio, del cansancio, de todo.

—Oye, ¿y si vamos pajareando al Everglades este sábado? —le dije.

—Eso está hablado. Pero tú pones la gasolina.

Titó jamás me volvió a hablar. Cinthya lo puso a vender el estudio de Hialeah con pérdida y me enteré por mi tía de que ahora están metidos en una hipoteca para un segundo piso en Kendall.

Nosotros, Valerie y yo, llevamos ocho meses preparando el cuarto del bebé en nuestro apartamento. El moisés está armado frente a la ventana. El sábado pasado don Roberto vino y le puso un móvil de pájaros que él mismo hizo con ramitas del patio. Doña Elena trajo una caja de puro traste viejo —dice que un biberón no necesita decoración, sino la bendición de la tatarabuela.

El domingo almorzamos en el townhouse de la Flagler. Arroz con gandules, aguacate, plátano maduro. Don Roberto silbaba en la cocina mientras freía los tostones. Doña Elena me puso la mano en la mejilla y no dijo nada. Solo movió la cabeza despacio, como quien acepta algo.

Titó no fue. Siempre hay una silla vacía.

Pero el ventilador seguía sonando. Y esta vez nadie tenía prisa por levantarse de la mesa.

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