Elena Gante
Yo tenía catorce años cuando entendí que los adultos no se quedan. Se van. Unos llorando, otros con la boca torcida de rabia, y los menos con la
— Mija, te lo digo por última vez —la voz de Gabriel sonó como un cuchillo sin filo, de esos que desgarran en vez de cortar—. O vienes
El vapor de los tamales empañaba los vidrios de la cocina mientras doña Consuelo partía los chiles en tiras finas. Yesenia iba de un lado a otro, apartándola
Mamá estuvo tirada en el piso de la cocina casi cinco horas. El teléfono se le había quedado en la mesa, a tres pasos de donde se cayó.
Bueno, esto pasó el domingo pasado en casa de la mamá de Marco — o sea, mi suegra, doña Lucía — allá en San Antonio, por el lado
Eran las cuatro de la mañana cuando el teléfono vibró. No era el mío, era el de Mariana. Yo estaba a su lado en la cama del hotel
Nunca voy a olvidar la manera en que metió la camisa dentro del pantalón. La arregló tres veces. Con los dedos le salía mal, las puntas le quedaban
Cuarenta mil El sábado que Ricardo apareció sin avisar, yo estaba en el porche trasero arreglando el dobladillo de un vestido de quinceañera. La clienta quería lentejuelas y
En la parada del autobús de la 49 Oeste, bajo el fluorescente que parpadeaba con ese zumbido de mosquita muerta, no quedaba casi nadie. Solo una viejita sentada
La maestra me detuvo junto a la cerca del estacionamiento. Ya iba por la manija del Honda cuando oí su voz a la espalda. — Señora Carmen, ¿puedo
