El día que conocí a la señora Alba, yo olía a cloro de hospital. Trabajaba como asistente dental en una clínica comunitaria de Hialeah, y ese martes habíamos tenido pacientes desde las siete de la mañana sin parar. Eran casi las once de la noche, la frente me palpitaba y los pies me ardían dentro de las Crocs. Lo único que quería era llegar a mi apartamento en Kendall, abrir una lata de Malta y desplomarme en el sofá.

En la parada del autobús de la 49 Oeste, bajo el fluorescente que parpadeaba con ese zumbido de mosquita muerta, no quedaba casi nadie. Solo una viejita sentada en el borde del banco de cemento. Tenía dos bolsas de tela a los lados y miraba la carretera vacía con una fijeza que me incomodó. Ni siquiera parpadeaba.

Pasé de largo. Iba a cruzar la calle, pero algo me frenó. No fue lástima. Fue un pinchazo raro en el estómago. Me di la vuelta.

—Señora, ¿está esperando a alguien?

Me miró con los ojos muy abiertos, como si llevara horas sin que nadie le hablara.

—Ay, mija, no. Es que el autobús ya no pasa. —Se señaló la muñeca, donde llevaba un reloj de esos que les dan a los diabéticos en el Centro—. Me dijeron que a las diez y media, pero ya vi que no.

Había estado en el Jackson Memorial, en una consulta de neurología, y el examen se alargó hasta tarde. Perdió el último 37 que iba hacia Homestead, donde vivía.

—¿Y no tiene quien la busque?

Negó con la cabeza. Se llamaba Alba, tenía setenta y ocho años y una hija en Orlando que la visitaba en Navidad, si acaso. Un hijo en Nueva Jersey. «Trabaja mucho», me dijo, justificándolo como hacen las madres, con ese tono que es más un perdón que una excusa.

Pedí un Uber. Cuando llegó el Toyota gris, ella vio el celular en mi mano y calculó.

—Mija, eso es muy caro. Si serán como veinte millas. No, no, yo me quedo.

—Súbase —le dije, recogiendo sus bolsas. Pesaban como si cargara ladrillos. Luego supe que eran latas de leche evaporada y naranjas de un árbol del patio. Algo llevaba para sus vecinos.

En el carro habló sin parar. El chofer bajó el volumen de la bachata y ella me contó que antes despachaba en una cafetería de la Calle Ocho, que enviudó en el 98, que el hijo de Nueva Jersey le había prometido bajar para el Día de las Madres y nunca apareció. Lo que más soledad le daba no era la casa vacía: era no tener a quién decirle «hoy hice flan». Eso me tumbó.

Cuando llegamos a su casa, una construcción bajita con techo de tejas verdes y un jardín de trinitarias moradas, insistió en que pasara.

—Aunque sea un café. Tengo pastelitos.

Abrí la boca para decirle que al otro día entraba temprano, pero vi la manera en que se aferró al marco de la puerta, como si soltarlo fuera a dejarla caer, y me callé. Adentro todo olía a canela y a Pinol. Un crucifijo de madera sobre la mesa, el mismo calendario de la bodega del barrio y una foto borrosa de un muchacho en la graduación del high school. El hijo. El café estaba hirviendo y los pastelitos, dulcísimos.

Antes de irme sacó un termo viejo y una bolsa del Publix.

—Llévate esto. Es guarapo de caña. Y unos mangos que me trajo la muchacha de al lado.

Me puso el bulto en las manos con una fuerza que no esperaba de esos brazos flaquitos.

Pasaron como diez días. Yo estaba un sábado en pijama viendo el canal de las novelas turcas cuando tocaron el timbre. Tres veces, con nudillos duros. Abrí.

Un moreno calvo, de camisa azul arremangada y los mismos ojos de la foto borrosa, me miraba desde el corredor del apartamento. Sostenía una bolsa de papel de estraza.

—¿Tú eres Valeria? —dijo, sin saludar.

—Sí… —respondí, y sentí un frío en la nuca. Mi primer pensamiento fue el hospital, una caída, algo con la presión.

—Soy Javier. El hijo de doña Alba.

No dijo más. Solo me extendió la bolsa.

—Dice mi mamá que esto es para ti.

Adentro había un par de medias tejidas a mano, de lana gruesa, azul marino. Las toqué y estaban calientes todavía, como si las acabara de sacar del regazo. Debajo de las medias, una nota con letra torcida: «Para el frío de la clínica».

Me quedé parada en la puerta, apretando el papel, y el tipo me miraba con una mezcla rara de vergüenza y agradecimiento que no sabía dónde poner.

—Mi mamá no habla de otra cosa —dijo por fin—. Que si la muchacha del Uber, que si va a volver. Hasta le prendió una velita a Santa Bárbara por ti el lunes.

El que me prendió una vela a mí fue él. No dijo nada más, solo asintió y se fue por las escaleras.

Empecé a visitarla los domingos. A veces le llevaba croquetas de la pastelería cubana de la 107. A veces simplemente nos sentábamos en el portal mientras ella me enseñaba a deshojar las trinitarias secas. La casa se fue llenando de chácharas mías: una taza que dejé olvidada, un cojín que le compré para la mecedora.

Un día de abril, Javier apareció sin avisar. No en mi puerta: en la de ella. Se había pedido un transfer a la sucursal de Miami. Llegó con una maleta chiquita y una caja de herramientas. Ese domingo lo encontré arreglando la persiana del cuarto trasero. Me vio llegar con el pastel de guayaba y me hizo una seña para que saliéramos al patio.

—Ella no sabe por qué estoy aquí de verdad —dijo, pasándose la mano por la calva—. Le dije que era un proyecto del trabajo. Pero no. Renuncié en Jersey.

Abrí la boca, pero él siguió antes de que yo pudiera preguntar.

—Tú, una extraña, le cambiaste el ánimo en una noche. Le devolviste la risa. ¿Y yo? Yo no podía ni llamarla los domingos sin tener prisa por colgar. —Pateó una piedrita—. Me dio asco de mí mismo. Así de simple.

Ocho meses después, me tuvieron que operar de la vesícula. Una bobada, ambulatorio, pero igual me dejaron en observación una noche. No le avisé a casi nadie. Estaba grogui, con esa pasta de hielo en la boca y el dolorcito sordo en el costado, cuando vi una sombra bajita en la puerta de la habitación.

Era ella. Doña Alba llegó agarrada del brazo de Javier, con un bastón que no le había visto nunca y un tuppers en la mano libre. Avanzó hasta la cama con pasitos cortos y dejó el envase sobre la mesita.

—Sopita de pollo —me dijo—. Con fideos y culantro. Como la que te gusta.

Después se quitó el chal y me lo puso sobre los brazos. Estaba calientito, con olor a su casa, a canela y a Pinol. Se sentó en la silla de las visitas, apoyó las manos sobre el bastón y se quedó mirándome fijamente, con la misma fijeza de aquella noche en la parada, solo que ahora no había carretera vacía. Ahora me miraba a mí.

Esta vez no me dio las gracias. No dijo «ahora me toca a mí», porque entre ella y yo ya no se llevaban cuentas. Simplemente se quedó ahí, en silencio, cuidándome el sueño hasta que amaneció. En la ventana del cuarto, un gajo de trinitarias que Javier había cortado esa mañana empezaba a abrirse con el sol.

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Uniad
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