Esa mañana no quería ni levantar la persiana. El viento del desierto aullaba contra los ventanales de la recepción y la arena se colaba hasta el mostrador. Le dije a César, mi esposo, que ningún cliente iba a venir con esa tolvanera, que para qué abríamos la clínica. Pero en Valle del Sol la gente quiere a sus animales, y a las ocho y cuarto ya tenía a la señora Domínguez en la puerta con su gato siamés envuelto en una toalla.
La perrita la trajeron cerca de las nueve y media. Un chavo de la preparatoria, mojado de sudor y con los lentes llenos de polvo, la cargaba atravesada en los brazos. Una pastor belga, de ese color miel con el lomo negro, las orejas tiesas y los ojos como dos pedazos de vidrio oscuro. La pata trasera derecha le colgaba en un ángulo que no era normal.
—La atropellaron —dijo el muchacho, casi sin aire—. Se me atravesó en la Miller Road. No es mía, nomás venía corriendo por el arcén y luego… No alcancé a frenar del todo.
El doctor Ortega le revisó la pata y torció la boca. Fractura. Nada que pusiera en riesgo la vida, pero un perro solo no sobrevive con eso. No traía placa. Un collar azul todo desgastado, viejo, sin teléfono, sin identificación.
—Busquémosle el chip —dijo el doctor, pasándole el escáner por el lomo—. A lo mejor anda extraviado.
No tenía chip.
La instalamos en uno de los cubículos del fondo, el número cuatro. Ese mismo día le pusieron la férula y le dimos algo para el dolor. La perra no gruñó. No enseñó los dientes ni cuando el doctor le manipuló la fractura, aunque seguro le dolió bastante. Solamente miraba. Tenía una manera de mirar que a mí se me hizo rara. Como si estuviera esperando algo que nosotros no sabíamos.
Le llevé una cobija de polar que tenía guardada en la cajuela —gris con rayas blancas, del tiempo en que tuve a mi labrador— y se la puse en la esquina del cubículo. La olió, dio tres vueltas y se echó. Desde entonces, cada vez que yo entraba, me ignoraba por completo. Alzaba la cabeza y clavaba los ojos en la puerta.
A mí no me veía. Veía la puerta.
—Marisa, no te encariñes —me dijo Celia, la otra recepcionista, mientras archivaba unos expedientes—. Luego aparece el dueño y te quedas con el alma en un hilo. O no aparece nadie, y a ver qué haces con un pastor belga en un depa de dos cuartos.
Tenía razón. Pero al otro día llegué con un tupper de arroz con pollo que le había preparado en la mañana, porque la croqueta de la clínica apenas la tocaba. Me oyó quitar la tapa y por primera vez movió la cola. Un golpe seco contra el piso, nada más.
Pasó una semana. Pusimos anuncios en Facebook, en el grupo de vecinos de Valle del Sol, en el tablero del Walmart de la Miller Road. «Encontrada pastor belga, hembra, adulta». Llamó gente de todos lados. Un señor de Las Cruces ofreció doscientos dólares por ella, que porque quería una perra guardiana. Una muchacha preguntó si ya estaba vacunada, que si nadie la reclamaba ella la adoptaba. Pero el dueño no aparecía.
Y la perra seguía esperando. Cada mañana la misma postura: la cabeza sobre las patas delanteras, las orejas alerta, los ojos fijos en la puerta del cubículo. La férula no se la mordió ni una vez. Estaba quieta como si supiera que, portándose bien, la persona que esperaba iba a cruzar esa puerta tarde o temprano.
Yo empecé a hablarle. Le puse Sombra —por el color del lomo y porque me recordaba a la perra que tuvo mi abuela en Chihuahua—. Y la perra, cosa extraña, empezó a responderme. En cuanto oía mis pasos en el pasillo, levantaba la cabeza. Le rascaba detrás de las orejas y ella apoyaba el hocico en mi rodilla. Un segundo. Luego volvía a mirar hacia la puerta.
A los catorce días —yo ya había perdido la cuenta—, entró una mujer. Sesenta y tantos años, el pelo recogido en un chongo suelto, un saco de estambre que le quedaba grande. Se quedó parada en la entrada como si no supiera si le estaba permitido pasar de la línea del mostrador.
—Buenos días —dijo, y la voz le salió tan bajita que tuve que inclinarme—. Vengo por lo del anuncio… La pastor belga.
Sentí un nudo en el estómago. Ya me había preparado para otra oferta de «me la llevo, no me importa que tenga fractura». Pero la mujer sacó una carterita de plástico y de ahí una foto impresa en papel Kodak. En la foto estaba Sombra, mucho más joven, echada a los pies de un hombre grandote, de sombrero tejano y bigote cano. El hombre estaba sentado en una mecedora, en el porche de una casa de adobe, y la perra lo miraba con la misma expectación con que ahora miraba la puerta del cubículo.
—Es la perra de mi esposo —dijo la mujer, y por la manera en que apretó la foto entendí lo que venía—. Se llamaba Tobías. Mi esposo falleció hace un mes. Ese mismo día, la perra brincó la cerca del corral y no la volví a ver. Pensé que se la había tragado el desierto.
Se quedó callada un momento. Afuera el viento había parado y por primera vez en días entraba el sol por el tragaluz de la recepción.
—Tobías la encontró cachorra en una caja, junto al contenedor de la gasolinera —siguió—. Todavía no abría los ojos. La crió con biberón. Y desde entonces no se le despegaba. Cuando él salía a trabajar al campo, la perra se sentaba junto a la puerta del rancho y ahí se quedaba hasta que oía la troca a lo lejos. El día del funeral, ella estaba amarrada en el corral. No lo vio irse. Eso fue lo peor.
No necesité preguntarle nada más. Le señalé el pasillo y la mujer me siguió sin decir palabra. Las llaves me temblaban al abrir la puerta del cubículo número cuatro.
Sombra alzó la cabeza como siempre, con esa atención absoluta que ya me sabía de memoria. Y esta vez no se quedó quieta. Se levantó de un salto que hizo sonar la férula contra el piso, atravesó el cubículo en dos zancadas y se plantó frente a la mujer. Toda ella vibraba. Le olisqueó las manos, los puños del saco, las rodillas. Luego metió el hocico entre el brazo y el costado de la señora, justo en el hueco donde el cuerpo de una persona hace espacio para el de un perro. Y se quedó ahí, resollando, moviendo la cola tan fuerte que golpeaba la pared del cubículo como un tambor.
La señora se dejó caer de rodillas, el bastón rodó por el piso y ella ni se dio cuenta. Le rodeó el cuello con los dos brazos y hundió la cara en el lomo dorado.
—Chiquita —decía, y la voz ya no le salía bajita, sino rota—. Chiquita. Viniste a buscarlo, ¿verdad? Viniste a buscarlo.
El doctor Ortega se metió a la oficina y cerró la puerta sin hacer ruido. Celia se quedó en la entrada del pasillo con una jeringa en la mano, sin acordarse para qué la traía. Yo me apoyé en la pared y me quedé mirando al techo. En la clínica uno aprende a no llorar delante de los clientes. Pero esa mañana me tardé un rato en volver a la recepción.
Se llamaba doña Amalia. Vivía sola en el rancho, a unas tres millas del centro, en una propiedad de cuatro acres que ahora le quedaba enorme. Había pensado en vender, en mudarse a un departamento en la ciudad, pero no se decidía. Ahora la perra volvía —coja, con férula, más flaca que en la foto— y de repente el rancho ya no parecía tan vacío.
—Yo creí que ya no me quedaba nada —me dijo en el mostrador, mientras yo le imprimía las indicaciones para el cuidado de la pata—. Y mira nomás. Como si Tobías me la hubiera mandado de regreso.
Le expliqué lo de la férula —otras tres semanas—, le di el tupper del arroz con pollo para el camino, le apunté en un papelito mi número de la clínica por si se le ofrecía algo. Doña Amalia pagó la cuenta con billetes que fue sacando de uno en uno de su cartera de plástico: cincuenta y siete dólares con ochenta centavos. Yo redondeé hacia abajo y puse el resto de mi bolsillo. Ni Celia ni el doctor se enteraron.
Se fue en un taxi —un Sentra blanco que se oía rechinando desde el estacionamiento—, con la perra atravesada en el asiento de atrás. La perra iba con la cabeza apoyada en el regazo de doña Amalia, y por la ventanilla trasera yo veía las orejas tiesas recortadas contra el sol de las once.
Dos semanas después, doña Amalia mandó una foto por WhatsApp. La perra ya sin férula, echada en el porche de adobe, el hocico sobre las patas delanteras. Detrás se veía una mecedora vacía. No hacía falta preguntar de quién era.
La cobija gris con rayas blancas la lavé y la dejé doblada en el estante del cubículo cuatro. Para el siguiente. En esta chamba, uno aprende que ciertos perros no están perdidos. Están buscando a alguien. Y a veces, si uno se queda quieto y deja que el tiempo haga lo suyo, lo encuentran.
