Andrés habló de la reunión de exalumnos como si fuera un trámite. “Esos veinte años no se cumplen dos veces”, dijo, y luego cambió de tema. No me invitó. Según él, los organizadores querían algo íntimo, solo los del salón. Pura nostalgia entre amigos. Yo me quedé callada, pero la distancia entre nosotros ya se media en silencios que duraban toda la cena.
Para entonces, mi esposo vivía pegado al celular. Sonreía frente a la pantalla y apagaba el brillo cuando yo pasaba cerca. Cada dos frases soltaba el nombre de Vanessa, una compañera de la generación que “nunca cambió” y que “se acordaba hasta del color de la mochila que él llevaba en tercer semestre”. Al principio lo dijo de pasada. Luego la metía en cada conversación como quien echa azúcar al café sin darse cuenta.
Un jueves, mientras él se bañaba, el teléfono vibró sobre la mesita de la sala. El mensaje era de Vanessa. No era del grupo de la reunión. “Todavía guardo aquella carta. Eres un cursi.” Leí más arriba. La cadena de mensajes se estiraba desde hacía meses. Chistes privados, recuerdos que yo no compartía, frases como “lo nuestro no fue solo un juego de adolescentes”. Me temblaron los dedos. No rompí nada; dejé el teléfono exactamente donde estaba y respiré hondo.
Esa noche le pregunté si iba emocionado por alguien en especial. Negó. Dijo que sería aburrido, puro compromiso. No mencionó a Vanessa. En ese instante supe que la reunión no era inocente y que yo no me iba a quedar en casa esperando explicaciones.
Andrés salió temprano el sábado. Dijo que quería llegar con calma para ayudar a poner globos y estupideces así. Apenas su troca dobló la esquina, llamé al cerrajero. Le pedí que cambiara el cilindro de la puerta principal y pusiera una chapa nueva con doble seguro. “Y manda las cajas de la cochera a casa de mi mamá”, le dije a mi hermano Luis, que vive a tres calles. Luego fui al banco. La cuenta conjunta tenía veintitrés mil ochocientos dólares ahorrados para el enganche de una casa más grande. Hice la transferencia completa a mi cuenta personal mientras la cajera me ofrecía un café del dispensador. Veintitrés mil ochocientos. El café sabía amargo, pero yo estaba tranquila.
Manejé hasta el DoubleTree de Montebello. Pagué dieciocho dólares de estacionamiento en billetes arrugados. El lobby olía a jazmín y al aserrín de un acuario enorme que tenían junto a la recepción. Dentro nadaban media docena de peces dorados. Me quedé mirándolos un rato; una pareja de viejitos aplaudía la ocurrencia del hotel. De fondo sonaba “Bidi Bidi Bom Bom” a volumen bajo. Todos parecían contentos. Yo sentía el pecho apretado pero las manos firmes.
Me registré en una habitación del tercer piso que pagué con mi tarjeta. Desde el balcón interior se veía el salón donde ya se apiñaban los exalumnos. Localicé a Andrés en segundos. Estaba junto a una mujer de cabello corto y vestido rojo. Vanessa. Él le tocaba el codo cada que ella se reía. Se inclinaba para hablarle cerca, como si el ruido lo obligara. Pero no había ruido; era solo la necesidad de compartir el mismo aire.
Bajé a las nueve. La parte de los discursos empezó puntual. El animador, un tipo con chaleco guinda, anunció el micrófono abierto: “Cualquiera que quiera compartir una anécdota de la prepa, adelante. Esto se graba para el recuerdo, ¿eh?”. La gente aplaudió y los celulares se alzaron como mecheros en un concierto. Andrés palmeó la mesa. A mi lado, una señora con permanente fresco dijo: “Seguro sale la historia del partido de fútbol del noventa y nueve, siempre la cuentan.”
Esperé tres turnos. La primera en hablar fue una contadora que soltó un chiste sobre un viaje a Acapulco. Luego pasó un hombre gordito que casi llora recordando a un profesor de matemáticas. Cuando el animador preguntó quién más se animaba, yo avancé entre las sillas. Sentí las miradas pero no levanté la vista del micrófono. El DJ, que estaba en su mundo, puso de fondo el intro de “Como la Flor”. La gente coreó la primera estrofa sin pensar. Yo tomé el micrófono justo cuando Selena cantaba “me diste tú”. Sonreí por un segundo; el universo tiene un sentido del humor raro.
—Buenas noches —dije, y la música bajó de golpe—. No fui parte de esta generación, pero conozco muchas de sus historias. Mi esposo las cuenta a cada rato. La del partido, la del baile de graduación, la del beso atrás de las gradas…
Un coro de risas suaves llenó el salón. Alguien gritó: “¡Uh, la del graderío!”. Andrés, desde su mesa, alzó su vaso como brindando, relajado.
—Es bonito ver cómo se reencuentran —continué—. Cómo retoman justo donde se quedaron, como si no hubiera pasado el tiempo. Por eso me alegra tanto haber conocido por fin a la mujer con la que mi esposo está reviviendo la secundaria.
Las risas se congelaron. Las cabezas giraron hacia él, hacia Vanessa, hacia mí. El animador abrió la boca y la cerró. Andrés se puso de pie tan brusco que la silla chirrió contra la loseta.
—Isabela, esto no es apropiado… estábamos grabando —dijo, y su voz sonó metálica.
—Ay, perdón, debí presentarme —respondí, y giré apenas para que más gente me viera—. Soy su esposa. La del anillo que lleva once años pagando facturas mientras él chatea con otra.
Alguien soltó un “no mames”. Una mujer cerca de Vanessa se levantó y se cambió de mesa. Los celulares grababan sin disimulo. Vanessa miraba al mantel, tiesa, sin pestañear. El de chaleco guinda me hizo una seña desesperada, pero yo ya tenía agarrado el micrófono y la verdad.
—No vine a arruinarles la fiesta. Vine porque ya me cansé de ser la única que no sabía. Y de paso, aproveché la tarde. Mientras ustedes compartían nostalgia, yo fui al banco. ¿Saben cuánto teníamos ahorrado para la casa nueva? Veintitrés mil ochocientos dólares. Los moví de la cuenta conjunta a mi cuenta personal hace tres horas.
Saqué mi celular del bolsillo trasero del pantalón y mostré la pantalla con la confirmación de la transferencia. Las letras verdes temblaron ligeramente en el reflejo del flash de una cámara. Andrés dio un paso al frente y trató de arrebatármelo; esquivé el manotazo con la misma calma con que se quita una mosca.
—Tu mitad de ese dinero —le dije, guardando el teléfono— apenas cubre lo que pagué yo sola por el abogado. El resto se va al divorcio.
El salón era un mural de bocas abiertas. El hombre gordito del discurso se persignó. Una señora con la insignia de “comité organizador” intentó alcanzarme otra vez, pero tropezó con un cable. Andrés me sujetó del brazo y me habló quedo, con rabia contenida: “Me estás humillando delante de gente que me conoce desde niño”.
Lo miré a la cara por primera vez en toda la noche.
—No te humillo yo, Andrés. Te humilla la verdad. Yo solo pasé al micrófono.
Me soltó. Caminé hacia la salida con el mismo paso tranquilo. El DJ puso “El Rey” sin querer o a propósito, no sé. La trompeta sonó justo cuando empujé la puerta de vaivén. En el estacionamiento, pedí un Uber. El aire de octubre olía a comida de birria del food truck de la esquina.
Cuando llegué a la casa, las luces del porche estaban encendidas. La cerradura nueva brillaba. Las cajas con las pertenencias de Andrés —su ropa, sus discos de vinilo, el Playstation, hasta su colección de tazas del América— estaban apiladas junto a la puerta, bien forradas con plástico, porque Luis hasta eso hizo. Metí la llave, giré dos veces y entré. Puse agua para un té de canela.
A las once y media, oí la troca frenar en la entrada. Pasos. Un golpe seco contra la puerta. Luego otro. El timbre sonó tres veces. Después sus nudillos, cada vez más fuertes. Me asomé por la ventana sin abrir la cortina del todo. Ahí estaba, corbata torcida, la cara roja, iluminado por el farol del porche.
—¡Isabela, abre! ¡Esto es mi casa también!
No le contesté. Levanté la taza de té hasta que el vapor empañó ligeramente el vidrio. Esperé a que leyera la nota que Luis había pegado en la caja de arriba: “La casa ya no es tuya. Habla con el abogado.” Andrés la encontró al bajar la mirada. La arrancó. La leyó dos veces.
Después se quedó inmóvil, con el papel colgando entre los dedos. El mismo farol que él instaló el año pasado le alumbraba la nuca. Bajé la persiana despacio. El ruido de las lamas al cerrarse fue lo último que compartimos esa noche.
