El viejo y la regla de los sesenta años

La sala del hospital olía a desinfectante de pino y a las tortillas que la nieta de la señora del 304 había traído de contrabando. Afuera, el sol de El Paso pegaba duro, pero aquí dentro el aire acondicionado te dejaba los huesos como palitos de hielo. Carmen, postrada en la cama junto a la ventana, miraba el reloj de pared. Las tres y cuarto. José llegaba siempre a las tres. Hoy no.

Recordó el día de su boda, en el patio de la casa de su suegra, allá en el Segundo Barrio, con guirnaldas de papel picado y un trío que tocaba “Las Mañanitas”. La doña Chuy, su suegra, la apartó antes de que terminara la fiesta. “Mira, m’ija”, le dijo, bajando la voz mientras se secaba las manos con el delantal. “Te voy a decir una sola cosa y te la guardas: nunca se acuesten enojados. Por lo que más quieras. Aunque se estén mordiendo la lengua, aunque estén que echan chispas. Se sientan en la mesa y no se levantan hasta que se les pase. Porque una noche de coraje se vuelve dos, y luego un año, y un día amaneces con un extraño en la misma cama”. Carmen apretó los labios, con el vestido prestado todavía sudado de tanto bailar, y se lo metió en el alma.

Sesenta años. Sesenta años sin faltar a esa regla ni una sola noche. José era de esos hombres que se encienden rápido, como una parrilla con demasiado carbón. Podía alzar la voz, podía salir azotando la puerta y sentarse en el porche a fumar un cigarro tras otro. Pero siempre, antes de que ella apagara la luz, regresaba. A veces con un taco de carnitas del puesto de la esquina, a veces con una flor arrancada del jardín de la vecina. Y se sentaba al borde de la cama: “Carmen, ya, no estés enojada”. Y ella estiraba la mano hasta que sus dedos se enredaban.

Tuvieron cinco hijos. Cuando nació el primero, él estaba varado en Albuquerque con una carga de muebles y no llegó hasta dos días después. Entró al cuarto oliendo a gasolina y sudor, y se quedó mudo al ver al bebé. Luego se le doblaron las rodillas y se hincó junto a la cama. “Perdóname, Carmen, por no estar”. “Estás aquí ahora —le dijo ella—. Eso alcanza”.

Cuando perdieron al menor, el Toñito, por una meningitis fulminante, Carmen se quedó tirada de cara a la pared. No hablaba. José andaba por la casa como fantasma, se le caían las cosas de las manos. Una madrugada de febrero, con el frío del desierto colándose por las rendijas, se metió en la cama y la abrazó por atrás. “Carmen, llora conmigo”. Y ella se quebró. Lloraron juntos hasta que el sol entró por la ventana. Después se levantaron y prepararon café.

Y ahora, a los ochenta y dos, el corazón le estaba fallando. El médico, un muchacho con acento puertorriqueño, dijo que necesitaba quedarse en observación, que los latidos andaban como reloj descompuesto. José, con ochenta y cuatro, tomaba el camión de Sun Metro todos los días desde el Lower Valley. Se levantaba a las cinco, se hacía su café instantáneo, le daba de comer al gato y se subía al 44. A las ocho ya estaba en el hospital. Se pasaba el día entero en una silla de plástico, viendo la televisión sin sonido para no molestarla. Al atardecer se despedía con un beso en la frente y se iba de vuelta.

Pero Carmen veía cómo le temblaban las manos cuando le servía el agua, cómo se le olvidaba la palabra “pasillo” y decía “el caminito”. Lo veía flaco, con la camisa de cuadros que ella le planchó durante cuarenta años ahora colgándole de los hombros. Y le entró un miedo atroz. No de irse ella, sino de que él se quedara solo, perdido en aquella casa con las fotos de los nietos y el jardín seco.

El quinto día, José llegó con una bolsa de plástico del H-E-B. Traía mangos, de los chiquitos, medios arrugados, pero a ella le encantaban. Se sentó y empezó a pelar uno con la navaja.

—José, necesito hablar contigo —dijo Carmen.

—Ajá —él no levantó la vista.

—Ya no vengas.

La navaja se detuvo. El mango quedó a medio pelar.

—¿Cómo que no venga?

—No vengas. Estás cansado, estás viejo. Ese camión tarda una hora, el calor te va a matar, o peor, te vas a caer en la calle. Por favor, quédate en casa. No quiero que te pase nada.

José soltó el mango sobre la mesita. La miró con esos ojos grises que el tiempo había desteñido, pero que todavía soltaban chispas.

—Me estás corriendo.

—Te estoy cuidando.

—Sesenta años juntos, Carmen. Sesenta años. ¿Y tú me dices que no venga? ¿Qué me quede en la casa como un perro viejo esperando a que se muera su dueña? No puedo. No puedo, ¿entiendes?

Se puso de pie. La silla de plástico rechinó contra el suelo.

—Vengo todos los días porque te necesito. Y tú me sales con esto. Me corres.

—José…

—No. Ya. Ya oí suficiente.

Agarró su gorra de los Marlins, esa que tenía la costura rota, y salió de la habitación. La puerta se cerró de golpe. En la tele sin sonido, una presentadora movía la boca. Carmen se quedó quieta, con las lágrimas rodándole por las mejías, y el olor del mango abierto llenándolo todo.

Afuera, el sol ya había caído y una tormenta de verano se estaba armando. Nubes negras y gruesas. José se sentó en la parada del camión, bajo la marquesina, y esperó. El viento le tiraba arena en los ojos. Pasaron veinte minutos, treinta, cuarenta. El 44 no aparecía. Un señor que pasaba empujando un carrito del supermercado le dijo: “No espere, compa, acaban de anunciar que la ruta está suspendida por el desmadre del tráfico. Se inundó el puente de la Paisano”. José se quedó solo. El viento ahora traía goterones de lluvia. Hasta su casa eran por lo menos dos millas. No había taxis, no tenía celular.

Se levantó del banco. Le dolían las rodillas, la espalda. Y empezó a caminar en dirección contraria a su casa, hacia el hospital. La lluvia se convirtió en aguacero. El agua le empapó la gorra, le chorreaba por la cara. Pasó por el estacionamiento vacío, por la gasolinera cerrada. Los zapatos se le llenaron de lodo. Pero él caminaba, tropezando con los bordillos, murmurando: “Que no se duerma, que no se duerma”. Porque la regla era más fuerte que el cuerpo dolorido y que el miedo. Sesenta años no se tiraban por la borda una noche de tormenta.

Llegó a la entrada principal chorreando agua, la ropa pegada al cuerpo, tiritando. El guardia de seguridad, un muchacho con uniforme azul, lo detuvo: “Señor, las visitas terminan a las ocho”. “Tengo que ver a mi esposa”, dijo José, con la voz quebrada. “No se puede”. Pero la auxiliar de enfermería que bajaba con una charola lo reconoció. Era la misma que lo veía todas las mañanas: una mujer canosa, de caderas anchas, con gafas de aumento.

—¿Don José? Pero si está empapado. ¿Qué pasó?

—Vengo a pie. El camión no pasó. Déjeme subir.

—Es tarde, don José. Las reglas…

—Mire —José alzó la mano temblorosa—. Nosotros tenemos una regla. Sesenta años. Nunca dormir enojados. ¿Usted entiende? Ella está allá arriba, enojada conmigo. Si me quedo aquí, se va a dormir enojada. Y eso no puede ser.

La auxiliar lo observó. Vio sus dedos hinchados, la gorra chorreando, la terquedad de un hombre que no estaba pidiendo permiso sino avisando. Suspiró.

—Suba. Pero se seca antes de entrar. Y si la supervisora dice algo, yo no me hago responsable.

José subió las escaleras porque el elevador le daba miedo. Cada escalón era un trámite con sus ochenta y cuatro años. Llegó al pasillo, al cuarto 312. Empujó la puerta despacio. La luz del pasillo se metió en la habitación. Carmen no dormía. Estaba de lado, mirando hacia la puerta. Sus ojos brillaron al verlo. En la mesita, el mango seguía pelado, oxidándose.

—José… —dijo, y él vio que no había dormido nada.

Se acercó, dejando un rastro de agua en el suelo. Se sentó en el borde de la cama, como tantas noches. No dijo nada. Estiró la mano, y los dedos de Carmen se enredaron en los suyos. Se quedaron así un rato, oyendo la lluvia contra la ventana.

—Perdóname —dijo él por fin—. No debí gritarte.

—Y yo no debí pedirte que no vinieras —ella le apretó los dedos—. Pero me da miedo. Me da miedo dejarte solo.

—No me voy a quedar solo, Carmen. Tú vas a salir de esta.

—No sé…

—Sí. Y si no, nos vamos juntos cuando toque. Pero no me pidas que me quede en la casa. Eso no.

Ella no respondió. Afuera, la tormenta empezó a amainar. José se quitó la gorra y la puso en la mesita. Se inclinó y apoyó la frente en el hombro de Carmen, mojándole la bata del hospital. Se durmieron así, enredados, incómodos. Pero en paz.

A la mañana siguiente, Carmen despertó con el olor del café de la cafetería. José estaba sentado en la silla, con una taza entre las manos. Ya se había puesto una sudadera seca que la auxiliar le había prestado. Carmen lo miró. Vio las ojeras, la ropa ajena, las manos quietas. Y supo lo que tenía que hacer.

—José, tráeme el teléfono y mi bolsa.

Él le alcanzó la bolsa de tela que estaba en el armario. Ella rebuscó hasta encontrar su tarjeta del banco y un papel arrugado con el número del abogado de la familia. Marcó con el celular.

—¿Licenciado Hernández? Soy Carmen Ortega. Quiero que venga al hospital. Necesito firmar unos papeles.

José se quedó viéndola, sin entender.

—¿Qué vas a hacer?

—Justo lo que no quería: sacarte la última espina.

El abogado llegó a las once. En una carpeta traía el testamento vital, la orden de no resucitar, y sobre todo, otra cosa: el documento de alta voluntaria. Carmen lo leyó despacio, con los lentes que siempre se le resbalaban. “Yo, Carmen Ortega, declaro que me retiro del hospital en contra de la recomendación médica, asumiendo la responsabilidad”. Lo firmó. Luego tomó el segundo documento que el abogado había preparado a petición suya por teléfono: un adelanto de herencia. Le cedía a José la pequeña casa del Lower Valley y la cuenta de ahorros que tenían juntos, con una única condición: que usara ese dinero para contratar a una enfermera que la cuidara en casa. En la cuenta había once mil doscientos dólares. Suficiente para varios meses. José leyó el papel y se quedó blanco.

—Carmen…

—No me interrumpas. No voy a morir en un hospital. Si me queda poco, que sea en nuestro cuarto, oliendo a tu café. Y tú no vas a reventarte en el camión. Contratamos a alguien. Tú te sientas conmigo en el porche y punto. ¿Está claro?

Él abrió la boca. La cerró. Aceptó con un gesto mudo, porque a esa mujer nunca se le podía llevar la contraria. La auxiliar, que miraba la escena desde la puerta, fingió que se limpiaba los lentes. Pero se le había empañado la vista también.

Esa tarde, Carmen salió del hospital en silla de ruedas, empujada por José, que había recuperado la firmeza en el paso. El sol de El Paso caía a plomo y el asfalto echaba ola de calor. José la ayudó a subir al taxi que habían llamado. Ella se recargó en su hombro todo el camino, viendo pasar las calles del Segundo Barrio, donde un día una suegra flaca le había enseñado la regla más importante.

Llegaron a casa. El gato maulló. José preparó café de olla en la cocina, y puso dos tazas en la mesa. Esa noche, después de que la enfermera les explicara las medicinas y se fuera a su cuarto, ellos se sentaron en la cama, uno al lado del otro. José estiró la mano. Los dedos se enredaron.

—¿Estás enojada? —preguntó él.

—No, viejo terco. Ya no.

—Yo tampoco.

Y apagaron la luz. Pero antes, en la penumbra, ella sonrió. Sesenta años y un día. La regla seguía viva.

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