La gata despertaba a su dueña todas las madrugadas y la echaba de la cama. Cuando la veterinaria supo la razón, se le heló la sangre.

Soy veterinaria y mi teléfono suena a cualquier hora. La gente cree que tener un título te obliga a resolverlo todo, desde el estornudo de un chihuahua hasta un infarto del dueño. Pero Marisol llamó un martes al mediodía. Su voz sonaba tan apagada que parecía arrastrar varias noches sin dormir.

—¿Clínica del Parque? Soy Marisol Díaz, tengo cita. Es por mi gata… No me deja dormir.

La frase “mi gata no me deja dormir” puede significar cualquier cosa. Pero en su tono no había fastidio, sino una angustia fina, como un cable a punto de romperse.

Llegó a las tres en punto. Cincuenta y tantos, un cardigan beige a juego con los zapatos, el cabello cortado con precisión. La transportadora la sostenía como si llevara una sopera de porcelana. De la rejilla asomaron dos ojos amarillos, enormes y tranquilos.

—Ella es Luna —dijo Marisol, y la gata gris de pelaje denso parpadeó despacio. Cero agresividad—. De día es un ángel. Pero a las tres o cuatro de la mañana se convierte en una alarma con garras.

Le pedí que me contara. Respiró hondo.

—Me despierta siempre a la misma hora. Empieza con una pata en la mejilla, así, suavecito. Si no reacciono, clava un poquito las uñas. Si sigo sin moverme, me muerde la muñeca. Ya me ha arrancado las cobijas tres veces. No para hasta que me levanto y me voy al sofá del living. En cuanto salgo de la habitación, ella se acomoda en mi almohada y ronronea hasta el amanecer.

—¿Cuánto lleva así?

—Como tres meses. Primero creí que se le había cruzado un cable. Luego pensé que el problema era yo. El médico me dijo que la falta de sueño me estaba disparando estrés, me dio pastillas. Pero no mejoró nada.

Mientras hablaba, Luna no le quitaba los ojos de encima. Estaba sentada como una esfinge, serena, con las orejas apenas hacia adelante. Revisé a la gata: corazón regular, respiración limpia, peso perfecto. Un animal sano por donde lo miraras.

Y ahí, con el estetoscopio todavía colgando del cuello, se me encendió una alarma en el pecho. No era un problema psiquiátrico de la gata. Era algo muchísimo más oscuro.

Luna no estaba loca. Luna llevaba tres meses intentando salvarle la vida a su dueña.

Recordé un seminario sobre comportamiento felino, un caso en Oregon. El instinto de los gatos detecta cambios químicos en el ambiente antes que cualquier detector. Le pregunté a Marisol por el cuarto.

—¿En su recámara tiene calefacción de gas?

Parpadeó, desconcertada.

—Bueno, sí, una estufa vieja, de esas de pared. En esta época no la uso mucho, pero a veces la dejo en piloto.

Sentí un escalofrío que me bajó por la espalda hasta los talones.

—Marisol, necesito que llame a un técnico de gas ahora mismo. Que revisen la concentración de monóxido de carbono en esa habitación. No vuelva a dormir ahí hasta que la chequeen.

Ella intentó protestar, dijo que la estufa nunca había fallado, que quizás yo exageraba. Luna, mientras tanto, se restregó contra la transportadora, mirándome fijo, como confirmándomelo.

La convencí. El técnico llegó en media hora. Me fui con ellas. La casa era un apartamento pequeño en una calle arbolada de Little Havana, impecable, con cortinas floreadas. Pero en la recámara, el aparato de gas tenía la llama piloto obstruida y una fisura casi invisible en el intercambiador de calor. Durante la noche, la combustión incompleta liberaba monóxido de carbono en niveles que no mataban a una persona de golpe, pero sí lentamente, mientras dormía. El detector portátil se disparó a los diez segundos: ochenta partes por millón, y subiendo.

El técnico cortó la llave de paso. Le explicó a Marisol que con ese nivel de intoxicación su cuerpo ya había empezado a pedir ayuda. Dolores de cabeza al despertar, náuseas leves, sueño más pesado y malestar que nunca asoció al cuarto. Luna lo olió todo desde la primera noche.

Marisol se quedó blanca. Se llevó una mano temblorosa a la boca y miró a la gata, que ya estaba subida a la almohada, a pesar de que no era hora de dormir. Rompió a llorar en silencio, abrazándola.

Yo me quedé en un rincón, con la receta de clonazepam todavía en el bolsillo de la bata. Esa noche no se la tomó. Ninguna de las dos volvió a dormir en aquella habitación, y Luna, por primera vez en noventa y tantos días, se acurrucó a los pies de su dueña en el sofá del living, ronroneando bajito hasta que amaneció.

Like this post? Please share to your friends:
Uniad
Leave a Reply

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!: