El primer aullido llegó cuando Clara apagó el motor frente a su casa.

El primer aullido llegó cuando Clara apagó el motor frente a su casa.

Eran casi las cinco de la mañana. Venía del hospital con los pies hinchados, el pelo recogido de cualquier manera y ese cansancio que no se quita ni con dormir diez horas. Durante unos segundos se quedó sentada dentro del coche, con las manos todavía sobre el volante, mirando la calle vacía.

Y entonces lo oyó.

Un lamento largo, roto, como si alguien estuviera llorando desde muy lejos.

Clara bajó la ventanilla.

El sonido venía del solar que quedaba detrás de su patio, justo donde empezaba la vieja tapia cubierta de hiedra. Al principio pensó que sería algún gato peleándose, pero no. Era un perro.

Salió del coche despacio, con la chaqueta cerrada hasta el cuello. La farola de la esquina parpadeaba. Al fondo, junto al limonero seco que su marido nunca terminaba de cortar, vio una silueta pequeña.

Era un perro mestizo, de pelo color miel, tan flaco que parecía hecho de sombra y huesos. Tenía las orejas caídas, el hocico levantado al cielo y los ojos cerrados mientras aullaba.

—¡Eh! —dijo Clara, más por miedo que por enfado—. ¡Vete de aquí!

El animal calló al instante.

La miró.

Y Clara sintió algo extraño. No era una mirada de perro perdido. Tampoco de miedo. Era como si la conociera. Como si llevara días esperándola.

—Vamos, anda… —murmuró ella, bajando la voz—. No puedo llevarme ahora más problemas a casa.

Entró sin hacer ruido, pero no logró dormir. Cada vez que cerraba los ojos volvía a ver aquellos ojos oscuros junto a la tapia.

A la mañana siguiente, su suegra ya estaba en la cocina.

Doña Remedios removía el café con una cara de funeral.

—Anoche aulló un perro —soltó sin saludar—. Eso nunca trae nada bueno.

Clara dejó el bolso sobre una silla.

—Será un callejero.

—Los perros no lloran así porque sí. Algo presienten.

—Mamá, por favor… —intervino Andrés desde la puerta, abrochándose la camisa del trabajo—. No empieces con tus historias.

Pero ni él sonaba tranquilo.

Andrés llevaba meses de mal humor. En la fábrica hablaban de despidos, de cierres, de recortes. Cada noche volvía más callado, más duro, como si la vida le fuera poniendo piedras dentro del pecho. Apenas miraba a Clara. Apenas jugaba con Nico, su hijo de seis años.

Aquella noche el perro volvió.

Esta vez el aullido despertó a todos.

Nico apareció en el pasillo abrazado a su dinosaurio de peluche.

—Mamá, ¿está llorando alguien?

Clara lo levantó en brazos.

—No, cariño. Es solo un perrito.

Andrés abrió la ventana con brusquedad.

—¡Estoy harto! ¡Mañana llamo a la perrera!

—Está asustado —dijo Clara.

—¿Y nosotros qué? ¿No tenemos derecho a dormir?

Doña Remedios se santiguó desde su habitación.

—Ese animal trae pena. Ya lo veréis.

Clara no contestó. Pero al día siguiente, antes de irse al turno de tarde, llenó un cuenco con agua y otro con arroz y pollo que había sobrado. Salió al patio y lo dejó junto a la tapia.

El perro apareció casi enseguida.

No corrió hacia la comida. Primero la miró. Después se acercó con cautela, como si no quisiera ofender a nadie por tener hambre.

—Come —susurró Clara—. Pero no aúlles esta noche, por favor.

El perro comió despacio. Al terminar, no se fue. Se quedó junto a la tapia y empezó a rascar la tierra.

Clara frunció el ceño.

—¿Qué haces?

El animal cavaba siempre en el mismo punto, debajo de una piedra grande medio enterrada. Luego se detenía, miraba hacia la casa y volvía a rascar.

Durante varios días todo siguió igual.

El perro comía, bebía, y por la noche aullaba.

Andrés se enfurecía más.

—Le das de comer y por eso vuelve.

—Vuelve porque no tiene a nadie —respondió Clara.

—Todos tenemos problemas, Clara.

Aquella frase le dolió más de lo que quiso reconocer.

Una tarde, mientras tendía ropa, la vecina del número 18 se asomó por encima del muro.

—¿Es tuyo ese perrillo?

—No. Lleva días aquí.

La mujer se quedó seria.

—Creo que se llamaba Sol.

Clara se acercó.

—¿Lo conoces?

—Vivía con un muchacho de la calle de atrás. Lucas. Un chico muy bueno. Repartía pan por las mañanas y cuidaba a su abuelo por las tardes. El perro no se separaba de él.

—¿Y qué pasó?

La vecina bajó la voz.

—Hace un año lo atropellaron en la carretera vieja. El perro desapareció después del entierro. Nadie volvió a verlo.

Clara sintió que el aire se le quedaba en la garganta.

Esa noche, cuando Andrés llegó, le contó la historia.

Él no dijo nada al principio. Solo partió pan con demasiada fuerza.

—¿Y qué quieres que haga? ¿Adoptar el dolor de un muerto?

—No hables así.

—Hablo como puedo.

Nico, desde su silla, preguntó:

—¿El perro llora porque echa de menos a su amigo?

Nadie respondió.

Al día siguiente llovió. Llovió como si el cielo se hubiera cansado de aguantar. Clara volvió del hospital empapada y encontró la puerta del patio abierta.

El corazón se le paró.

—¡Nico!

Corrió por la casa. La cama del niño estaba vacía.

Andrés salió detrás de ella, pálido.

—¡Nico! ¡Nico!

El aullido sonó desde el solar.

Pero esta vez no era triste.

Era desesperado.

Clara y Andrés corrieron hacia la tapia. El perro estaba cubierto de barro, saltando y ladrando junto al agujero que llevaba días cavando. Andrés apartó piedras con las manos desnudas hasta abrir paso.

Al otro lado, junto al viejo pozo de riego que todos creían tapado, estaba Nico. Había caído en una cavidad estrecha, no muy profunda, pero suficiente para no poder salir. Lloraba, con la rodilla ensangrentada.

—¡Papá!

Andrés se lanzó al suelo.

—¡Dame la mano, campeón! ¡Dámela!

Entre Clara y él lograron sacarlo. Nico se abrazó al cuello de su padre temblando.

—Seguí al perrito… —sollozó—. Quería ver por qué cavaba.

Andrés miró al perro.

El animal estaba quieto, mojado, con las patas hundidas en el barro. Ya no ladraba. Solo respiraba fuerte, como si hubiera cumplido una misión que nadie le había pedido.

Doña Remedios llegó después, con una manta entre las manos. Al ver al niño vivo, se sentó en el suelo y empezó a llorar.

—Madre mía… madre mía…

Andrés no dijo nada. Caminó hasta el perro. Se agachó delante de él y, por primera vez en mucho tiempo, se le quebró la voz.

—Perdóname, amigo.

El perro acercó el hocico a su mano.

Aquella noche Sol durmió dentro de casa.

Doña Remedios, que había jurado que ese perro traía desgracias, fue quien le puso una manta junto al radiador. También fue ella quien le calentó leche y le dijo, con la voz más dulce que Clara le había oído nunca:

—Tú no traías pena, hijo. Venías avisando.

Pasaron semanas.

Andrés perdió finalmente el trabajo, pero ya no se hundió como Clara temía. Empezó a arreglar cosas por el barrio, luego consiguió empleo en un taller pequeño. No ganaban mucho, pero la casa dejó de parecer un campo de batalla. Nico se recuperó de la caída y cada tarde se sentaba en el patio con Sol, contándole secretos de niño.

Un domingo, Clara encontró debajo del limonero seco una medalla oxidada que el perro había desenterrado entre la tierra removida. Tenía un nombre grabado: “Lucas”.

La limpió con cuidado y se la colgó de nuevo al collar.

Sol cerró los ojos cuando ella lo acarició.

Esa noche no aulló.

Por primera vez desde que había llegado, se acostó en la entrada de la casa, apoyó la cabeza entre las patas y durmió tranquilo.

Clara lo miró desde el pasillo con lágrimas en los ojos. Entendió entonces que a veces aquello que llamamos mal presagio no viene a traer desgracia, sino a impedirla. Que hay dolores que caminan bajo la lluvia hasta encontrar una puerta donde alguien todavía sea capaz de escuchar.

Y desde aquel día, cuando alguien en el barrio decía que un perro que aúlla anuncia muerte, Clara respondía siempre lo mismo:

—No. A veces anuncia que todavía estamos a tiempo de salvar a alguien.

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Uniad
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