Cuando mi marido enfermó, toda su familia no dejó de llamarme para comprobar que lo estaba cuidando. Cuando la que cayó en cama con casi cuarenta de fiebre fui yo… él simplemente se fue de pesca.
El termómetro electrónico emitió tres pitidos seguidos.
Claudia parpadeó varias veces antes de conseguir enfocar la pantalla. Le ardían los ojos, le dolía todo el cuerpo y la cabeza parecía a punto de estallar. Aun así, alcanzó a distinguir el número.
39,1.
Se dejó caer de nuevo sobre la almohada y se cubrió hasta el cuello con el edredón.
En ese mismo instante recordó, con una claridad dolorosa, lo ocurrido seis meses atrás.
Entonces quien había enfermado era su marido, Javier.
Su temperatura había sido de apenas 37,4.
Y, sin embargo, parecía que el mundo entero se hubiera detenido.
—¡Claudia! —gritó él desde el dormitorio con una voz tan dramática que ella salió corriendo desde la cocina, dejando la cena a medio preparar.
Cuando entró, lo encontró tumbado en la cama con una expresión de auténtico sufrimiento.
—¿Qué pasa?
Él levantó lentamente el termómetro.
—Treinta y siete con cuatro… Ya sabía yo que algo iba mal.
—Cariño, es una décima…
—No minimices lo que siento. Los hombres vivimos la fiebre de otra manera. Me duelen hasta los huesos.
Ella suspiró, sin discutir.
Le preparó una infusión caliente.
Fue a la farmacia.
Le hizo sopa.
Le cambió varias veces las compresas frías.
Pidió dos días libres en el trabajo para quedarse con él.
Y lo peor ni siquiera fue atenderlo.
Lo peor fueron las llamadas.
Su suegra telefoneaba cada pocas horas.
—¿Ya le has hecho caldo de pollo?
—¿Le has dado vitaminas?
—No permitas que se levante de la cama.
—Mi hijo siempre ha sido muy delicado.
Incluso la hermana de Javier llamaba para preguntarle si estaba descansando lo suficiente.
Todos parecían convencidos de que Claudia tenía una única misión en la vida: cuidar de él.
Durante cuatro días apenas descansó.
Cuando Javier empezó a sentirse mejor, incluso bromeó diciendo que había sobrevivido “por los pelos”.
Ella sonrió entonces.
Hoy comprendía que aquella sonrisa había sido demasiado generosa.
Aquella tarde de viernes volvió del trabajo temblando.
En la oficina había intentado aguantar, pensando que era un simple resfriado.
Pero durante el trayecto de regreso todo empeoró.
Cada paso le costaba un esfuerzo enorme.
Subió como pudo las escaleras del edificio y cayó rendida sobre la cama sin siquiera cambiarse de ropa.
No supo cuánto tiempo durmió.
La despertó el ruido de la puerta principal.
Javier había llegado.
Oyó cómo abría el frigorífico.
Después escuchó un golpe seco.
—¿Dónde está la cena? —preguntó desde la cocina.
No hubo un “¿cómo estás?”.
Ni un “¿te pasa algo?”.
Solo aquello.
Con muchísimo esfuerzo respondió:
—Estoy en la habitación…
Él apareció en la puerta.
La miró apenas unos segundos.
—¿Estás acostada?
—Tengo treinta y nueve de fiebre…
—Vaya momento has elegido para ponerte mala…
Claudia sintió que aquellas palabras dolían más que el propio cuerpo.
—¿Puedes traerme agua… y un paracetamol? No puedo levantarme…
Javier soltó un suspiro de fastidio.
—De verdad, siempre pasa algo.
Se dio media vuelta.
Ella creyó que iba a buscar la medicina.
Quince minutos después sonó el timbre.
Había pedido una pizza.
Mientras él cenaba viendo una serie y riéndose a carcajadas en el salón, ella seguía sin un solo vaso de agua.
Aquella noche consiguió levantarse una sola vez para llegar hasta la cocina apoyándose en las paredes.
Se tomó la pastilla sola.
Volvió a la cama llorando en silencio.
No por la fiebre.
Por la certeza de sentirse completamente sola.
A las seis de la mañana del sábado la despertó un ruido metálico.
Javier preparaba sus cañas de pescar.
Entró en el dormitorio vestido con ropa de montaña, un termo de café en la mano y una sonrisa de quien espera pasar un gran día.
—¿Te vas?
—Claro. Lo organizamos hace días.
—Javier… por favor… no me encuentro bien.
Él frunció el ceño.
—¿Qué quieres que haga? ¿Sentarme aquí a mirarte todo el fin de semana?
—Puede que necesite un médico…
—No exageres.
Luego añadió algo que ella jamás olvidaría.
—He hablado con mi madre. Dice que lo mejor es que salga de casa para no contagiarme. Tengo mucho trabajo el lunes y no puedo permitirme enfermar.
Cogió las llaves.
Abrió la puerta.
Y desapareció.
Claudia permaneció inmóvil varios minutos.
Después reunió las pocas fuerzas que le quedaban y llamó a una vecina mayor con la que apenas hablaba.
Doña Carmen acudió en menos de diez minutos.
Al verla, se llevó una mano a la boca.
—¡Pero hija, estás ardiendo!
Sin perder tiempo llamó a urgencias.
El médico confirmó una neumonía en fase inicial.
—Ha llegado justo a tiempo —le dijo mientras la ayudaban a subir a la ambulancia—. Si hubiera esperado más horas, la situación podría haberse complicado mucho.
Aquellas palabras se le quedaron grabadas.
“Justo a tiempo.”
No gracias a su marido.
Gracias a una vecina.
Javier regresó el domingo por la tarde sonriente.
Traía varias fotografías de los peces que habían pescado.
Al entrar encontró la casa vacía.
Sobre la mesa del comedor había una nota.
Solo una hoja.
La leyó de pie.
“Estoy ingresada en el hospital.
No te preocupes.
La vecina hizo por mí en diez minutos lo que tú no hiciste en dos días.
Mientras tenía casi cuarenta de fiebre descubrí algo mucho peor que una enfermedad: descubrí que para ti mi bienestar nunca fue importante.
Cuando tú tuviste 37,4 moví cielo y tierra para cuidarte. Cuando yo necesité un vaso de agua, preferiste una pizza y una jornada de pesca.
No quiero seguir compartiendo mi vida con alguien que solo sabe recibir cuidados, pero nunca ofrecerlos.
Cuando salga del hospital recogeré mis cosas.
No hace falta que vengas.”
Javier leyó la carta dos veces.
Después llamó.
Una.
Cinco.
Diez.
Claudia no respondió.
Entonces telefoneó a su madre.
Ella intentó justificarlo.
—Seguro que está muy sensible por la fiebre…
Pero ni siquiera aquella excusa consiguió convencerlo del todo.
Porque, por primera vez, recordó cada una de las veces que había dado por sentado que alguien estaría detrás de él resolviendo sus problemas.
Y entendió que aquella persona se había cansado.
Claudia permaneció ingresada cuatro días.
Ni una sola vez permitió que Javier subiera a verla.
Las flores quedaron en recepción.
Los mensajes se quedaron sin respuesta.
Las promesas llegaron demasiado tarde.
Semanas después firmaron los papeles de la separación.
Mucha gente le preguntó si de verdad un matrimonio podía romperse por una simple gripe.
Ella siempre respondía lo mismo.
—No terminó por una gripe.
Terminó porque la enfermedad solo quitó la máscara.
Cuando uno ama de verdad, no mide quién cuidó más o quién sacrificó más.
Simplemente se queda.
Sostiene la mano del otro.
Acerca un vaso de agua.
Llama al médico.
Permanece al lado.
Porque el amor nunca se demuestra cuando todo va bien.
Se revela en los días en los que cualquiera podría darse la vuelta e irse.
Javier eligió un lago.
Claudia eligió, por fin, elegirse a sí misma.
Y aquella decisión, aunque nació entre lágrimas y fiebre, terminó siendo el primer día de una vida en la que nunca más tendría que suplicar un gesto de humanidad.
