El martes 14 de marzo, después de un turno de doce horas en el hospital, Verónica llegó a casa con una caja de tamales de la señora que los vende en la esquina de la calle Durango. Lucy estaba en la mesa de la cocina dibujando con marcadores, y Adrián entró media hora más tarde, se lavó las manos con jabón de avena y se sentó al otro lado de la mesa, con ese aire de quien tiene mucho que decir y poco tiempo.
—Ya está decidido —dijo—. A finales de mayo vendemos la casa y nos mudamos con mis papás al rancho.
Verónica terminó de acomodar los tamales en un plato y lo puso frente a él.
—¿Estás hablando en serio, Adrián?
—Muy en serio. Mis papás ya no pueden solos. El terreno es grande, hay que darle de comer a las gallinas, arreglar los corrales, podar los nogales. Los costos de agua y luz se han ido hasta el cielo. Mi papá tiene la cadera maltratada y mi mamá ya no puede cargar las cubetas.
—¿Y la escuela de Lucy? ¿Y mi trabajo?
—La escuela del pueblo es decente. Yo salí de ahí y mírame. Tú puedes pedir transferencia al centro de salud de la zona, siempre necesitan gente.
—¿Y la casa? Esta casa está a mi nombre, Adrián. La pagué con mis ahorros antes de casarme. No me voy a ir a vivir a un rancho de dos hectáreas a cuidar chivas para que tu hermana Maribel siga llevándose la cosecha gratis.
Adrián apretó el tenedor contra el plato.
—No hables de mi hermana así.
—Voy a hablar de ella como yo quiera. La última vez que fuimos al rancho, Maribel cargó tres bolsas de mandado en la camioneta y se fue sin despedirse. Y tú le pasaste dinero a tu mamá «para el gasto» el mismo día.
—Eso no es cierto.
—Yo vi la transferencia de doscientos cuarenta dólares, Adrián. La vi en el estado de cuenta que dejaste sobre el microondas.
Adrián no contestó. En la sala, Lucy seguía dibujando, ajena al pleito, con la punta de la lengua asomando entre los labios.
—Mira —dijo Adrián más suave—, esto es lo que hay. Necesitamos estar cerca de mi familia. La casa la podemos rentar.
—No se va a rentar nada. Y tampoco vas a vender nada. Esta casa es de Lucy y mía. Ve tú solo si tanto quieres.
—¿Eso es lo que quieres? ¿Que me vaya solo?
—Quiero que respetes lo que construimos aquí.
La plática duró hasta la una de la mañana. Verónica no cedió ni una coma. Al final, Adrián subió a dormir y ella se quedó en la cocina, lavando los platos con el agua bien caliente, viendo por la ventana el brillo de la luna sobre los techos de las casas vecinas, todas parecidas, todas con su trampolín o su camioneta estacionada afuera.
En junio, Verónica y Lucy salieron rumbo a Orlando con maletas rosadas y una mochila llena de snacks comprados en la H-E-B. Pasaron cinco días entre filas, helados de Mickey y churros. Lucy se subió a la montaña rusa dos veces y Verónica guardó los boletos de recuerdo en el bolsillo de su chamarra.
Adrián mandó un mensaje el día del regreso: «No voy a poder pasar por ustedes. Tengo asuntos pendientes en el rancho.»
Cuando llegaron a la casa, el aire estaba enrarecido. Verónica empujó la puerta y notó el silencio primero, luego el hueco en la consola donde estaba el televisor. La lavadora de la cochera ya no estaba. Tampoco el microondas ni la freidora de aire.
Lucy corrió a su cuarto y volvió con los ojos aguados.
—Mamá, ¿dónde está mi laptop? ¿Nos asaltaron? ¿Fue papá?
—No te preocupes, mi amor. Ahorita lo averiguo.
Verónica marcó el número de Adrián. Contestó al tercer timbre.
—¿Adrián? ¿Qué hiciste con las cosas?
—Ya me llevé todo lo necesario al rancho. Aquí las espero.
—¿Te llevaste la laptop de Lucy? ¿La que le regaló tu mamá para su cumpleaños?
—Era un regalo de mis papás. Yo la compré y la envolvieron ellos. Te dije que me voy a llevar lo que es de mi familia.
Verónica respiró hondo. Lucy lloraba pegada a su cintura.
—Adrián, escúchame bien —dijo—. Ya no vas a volver a entrar a esta casa. Ni hoy ni nunca.
—¿Ah, sí? ¿Y quién me va a detener?
—La cerradura nueva. Y si vuelves a tocar, le hablo a la policía.
Colgó. Esa noche no durmieron ni ella ni Lucy. A la mañana siguiente, Verónica llamó a un cerrajero de nombre Héctor, recomendado por una vecina de la cuadra. Le pagó ciento diez dólares por cambiar las dos cerraduras y por instalarle una cadena de seguridad. Luego se fue al centro comercial y compró una laptop nueva para Lucy, una Acer con pantalla de quince pulgadas, mejor que la que se llevó Adrián.
—A veces los grandes hacemos tonterías —le dijo a Lucy, sentada en la orilla de la cama—. Pero nadie te va a quitar lo que es tuyo. Eso se acabó.
Tres días después, Adrián estacionó la camioneta de su papá frente a la casa. Tocó el timbre una vez, dos veces, y luego intentó meter la llave en la cerradura. La llave giró en falso.
—¡Verónica! —gritó—. ¡Déjame entrar! ¡Vengo por las demás cosas!
Ella no bajó. Se quedó en el cuarto de Lucy, escuchando los golpes contra la puerta desde arriba. Lucy estaba sentada en la alfombra, armando un rompecabezas de mil piezas que le habían regalado en Orlando. Ni siquiera levantó la vista.
—¿Vas a ir con papá? —preguntó.
—No, mi amor. Papá ya no vive aquí.
Los golpes se fueron apagando. Verónica oyó el arrancón de la camioneta y el chirrido de llantas al doblar la esquina.
La demanda de divorcio llegó dos semanas después, entregada en la puerta por un mensajero en bicicleta que silbaba una cumbia. Verónica la leyó de pie, en la cocina, mientras hervía agua para el café. Adrián pedía la disolución del matrimonio y, en la misma hoja, la venta de la casa para repartir ganancias.
Verónica llamó ese mismo día a la tía Gloria, que era abogada de familia desde hacía treinta y cinco años. La tía Gloria se rió por teléfono.
—Déjalo que intente, mija. Esta casa la compraste antes del matrimonio, está a tu nombre, y ese muchacho no tiene derecho a un centavo de la propiedad. Pero sí le vamos a pedir manutención para Lucy.
El juez fijó ochocientos cincuenta dólares mensuales, de acuerdo a sus ingresos. También ordenó que Adrián no se acercara a menos de cien metros de la casa sin supervisión.
Ahora Adrián vive en el rancho, en el cuarto que era de los abuelos, con un colchón de resortes que se hunde por el centro. Se levanta a las cinco de la mañana para dar de comer a las gallinas y a la chiva. Los fines de semana le toca deshierbar la huerta y cargar botes de agua porque la bomba del pozo está descompuesta desde el año pasado. Maribel sigue dejando a sus tres hijos todos los veranos y se lleva la verdura y los huevos frescos en su SUV.
Adrián trabaja en la mueblería del pueblo ganando seiscientos dólares a la semana. Después de pagar la manutención y los gastos del rancho, le quedan menos de cien dólares libres al mes.
El sábado pasado le mandó a Verónica un mensaje de texto:
«Quiero regresar. No sabía lo que era esto. Me equivoqué.»
Verónica no contestó. Esa tarde llevó a Lucy a su práctica de natación en la alberca pública del centro. Mientras Lucy nadaba de ida y vuelta, Verónica se sentó en las gradas con un café de la gasolinera y miró el agua, que brillaba como si alguien hubiera tirado escarcha desde el techo.
Lucy salió de la alberca, se secó el pelo con una toalla morada y se acercó.
—Ma, la entrenadora dice que puedo clasificar al torneo estatal.
—¿Y tú quieres ir?
—Sí, ma. Quiero.
—Pues entonces vamos, mi amor. Vamos las dos.
Verónica guardó el café en la bolsa y bajó de las gradas. Caminaron juntas al estacionamiento, pasando junto a la camioneta vieja de un señor que vendía agua fresca y raspados. Lucy señaló el letrero.
—¿Me compras uno de mango?
—Claro que sí.
Le pusieron chilito en polvo, como a ella le gustaba. Y siguieron caminando, con el sol de San Antonio cayendo sobre la explanada.
