Eduardo entró dando un portazo. El calor húmedo de julio en Houston se colaba por las rendijas de la ventana del apartamento en Montrose. Sin siquiera saludar, abrió la nevera y resopló con desprecio.
—Aquí no hay ni un mal seis de Corona. ¿Se supone que esto es una casa?
Valeria levantó la vista de su laptop. Llevaba desde las cuatro de la tarde trabajando en los planos de una remodelación para el estudio de arquitectura. Estaba agotada.
—La cena está en la estufa, mi amor. Son tacos de barbacoa. Ya casi termino esto y te caliento.
—¿Tacos? ¿Y la ensalada? ¿El guacamole? ¿Postre? Eso parece comida de comedor comunitario —bufó él, picoteando con un tenedor la carne que ya estaba fría.
—Era lo que había. Con lo que me pagaron esta quincena, no me dio para el H-E-B entero.
Eduardo dejó el tenedor en la barra con un golpe seco.
—Mi mamá siempre dijo que una mujer que no puede ni tener lista la cena cuando llega el marido es una inútil completa.
Valeria sintió un pinchazo en el pecho.
—Tu mamá lleva ocho años diciendo que soy una inútil. Pero esta mujer inútil te tiene la casa limpia, la niña en clases de ballet y encima te pone un plato caliente. ¿Sabes qué falta para que sea perfecto, Eddie? Que tú pongas los frijoles.
—Tú ganas como arquitecta, ¿no? Pues mantenme bien.
—Mira, Julio, el del taller, anda diciendo que llevas meses sin gastar un peso en la casa. Que toda tu lana se va para donde tu mamá.
—Ella está sola desde que mi papá se fue. ¿Tú qué sabes de eso? Además, mi hermana Karina está pasando por un divorcio horrible. Mamá le está ayudando. ¿Con qué cara le voy a negar yo la ayuda?
Valeria apagó el monitor con más fuerza de la necesaria.
—Tu mamá le ayuda a tu hermana con el dinero que tú le das. Y yo te pago la comida, la guardería de Renata y hasta tu seguro del carro. ¿En qué cabeza cabe eso, Eddie?
—Mi mamá siempre dijo que las mujeres de hoy son egoístas. Tú eres la prueba.
—Pues si tan mala esposa soy, llámale a tu mamá para que te recoja.
Eduardo agarró las llaves de su Ford Mustang y se paró en seco.
—Me voy a casa de mi mamá. A ver si ahí aprendes a respetarme.
Se fue. Sin voltear. Sin preguntar por Renata.
Tres días después, Valeria llegó del trabajo y encontró a Eduardo sentado en el sofá, con una sonrisa que no le veía desde hacía meses.
—Mi mamá se llevó a Renata a pasar el fin de semana a Fort Worth. Van a ir al zoológico de Dallas. Tú y yo necesitamos hablar. Solos.
Valeria se quedó de pie, con el bolso colgado del hombro.
—Habla entonces.
—Mi mamá necesita más apoyo, Vale. No solo dinero. Presencia. Tiempo. Yo estoy allá casi todas las noches. Karina está muy mal, los niños lloran todo el día, la casa se está cayendo a pedazos. Mamá está desbordada.
—¿Y esta casa no se cae? ¿Renata no llora cuando pregunta dónde está su papá todos los viernes en la función del colegio? ¡Llevas un año desaparecido de esta familia! ¿Qué apoyo necesita tu mamá que te quite todo el cheque, todo el tiempo y ni siquiera te deje comprarle un miserable vestido de princesa a tu hija? ¿Ni una flor para tu esposa?
—Son rachas, Vale. Cuando mi hermana esté mejor, todo vuelve.
—Tu hermana nunca va a estar mejor porque tu mamá la acostumbró a vivir de arrimada a costillas de los demás. ¿Sabes lo que es esto? Yo mantengo a tu mamá y a tu hermana a través de ti. Y eso se acabó. Hoy mismo se acabó. Donde duermes, comes. Donde te gastas el sueldo, que te laven y te planchen.
Eduardo se fue esa noche con una mochila al hombro. Oficialmente estaba viviendo con su mamá. Valeria sintió alivio y tristeza todo al mismo tiempo.
Pasaron cuatro meses. En verano, con sus ahorros de todo un año, Valeria compró dos boletos de avión para Cancún y se fue con Renata una semana entera. Le escribió a Eduardo por pura cortesía para invitarlo. La respuesta fue un escueto “no traigo, diviértanse”.
El viaje se cortó abruptamente. Su mamá, que vivía sola en San Antonio, se cayó en la regadera y hubo que operarla de la cadera. Valeria manejó de madrugada casi seis horas con la niña dormida en el asiento trasero. No paró ni a tomar café.
Abrió la puerta del apartamento con el corazón en la boca por lo de su madre y se encontró un pasillo en penumbra. Eduardo estaba parado en medio de la sala, pálido como si hubiera visto un fantasma, bloqueando la puerta del cuarto principal.
—¿Ya volvieron? Si les quedaban como cuatro días pagados en el resort… —tartamudeó.
—Mi mamá está en el hospital en San Antonio. Eddie, ¿qué estás escondiendo?
No le dio tiempo a responder. De la recámara salió una muchacha jovencísima, envuelta en la bata de seda color marfil que la abuela de Valeria le había regalado en la boda.
—Eddie, ¿quién es…? Ay.
—Es… es Alondra. No tiene dónde vivir. El papá la corrió. Solo van a ser un par de días, Vale, te lo juro.
—Un par de días y ya está usando mi bata. Conque ésas teníamos.
Alondra cruzó los brazos con aire de suficiencia.
—Mira, güera, Eddie ya me contó todo. Yo estoy embarazada. De él. Así que este va a ser nuestro hogar y tú te puedes ir largando con tu escuincle de una vez.
Valeria soltó las maletas. El sonido rodante rebotó en el piso de duela. Se acercó dos pasos, con la espalda muy recta.
—¿Ven, señorita? Aquí tiene un pequeño problema. Esta casa está a nombre de los dos. Mañana mismo voy a la corte del condado de Harris a pedir el divorcio. Vamos a dividir esta propiedad. Va a tener que pagar la mitad si la quiere, y créame que no tiene con qué. Además, Eddie va a pagar manutención de Renata los próximos catorce años. ¿Cree que con eso le alcanza para pañales y fórmula? Les van a embargar hasta el Mustang.
El descaro de la chica se resquebrajó de golpe.
—Pero… pero tu suegra… Eddie dijo que su mamá…
Valeria sonrió, una sonrisa helada.
—Ah, la famosa mamá de Eddie. ¿Sabe usted algo? Doña Rosaura, mi suegra, a mí me odió desde que llegué porque “no sé ni hacer tortillas a mano” y porque soy una “interesada”. Ya me imagino la bienvenida que le va a dar a usted, que le va a llevar otro nieto sin pedírselo. Mis sinceras felicidades. Los dos. Fuera. Ya. Ahorita mismo agarran sus mugres y se van a casa de doña Rosaura. Entre menos las vea, mejor.
Alondra palideció.
—Eddie… ¿tú no habías dicho que ya estabas divorciado? ¿Y que este apartamento era solo tuyo? ¿Ahora qué voy a hacer yo con esta panza?
—Lo mismo que yo —la cortó Valeria—. Arreglárselas sola. Pero fuera de mi casa. Tengo a mi mamá en el hospital, estoy molida del viaje y no he dormido. Hora de irse.
En menos de veinte minutos la muchacha juntó sus cosas en bolsas de súper y salió llorando a gritos por el pasillo. Eduardo, lívido, se quedó parado en la puerta como esperando un milagro.
—Vale, son las dos de la mañana. ¿A dónde voy a ir yo ahora?
—Con tu mamá, Eddie. Exactamente a donde has estado llevando todo este tiempo. A casa de tu mamá.
Al día siguiente, Valeria fue al juzgado. Pidió el divorcio, la división de bienes y la pensión. Eduardo intentó razonar con ella en la calle, frente a la fuente del Discovery Green.
—Podemos arreglarlo sin abogados. Tú vives en el apartamento y ya. Te paso una lana cada quincena y poco a poco te voy comprando mi parte. Pero mi mamá no quiere meterse en líos. Alondra le cayó fatal. No la soporta. Y tú podrías irte un tiempo a San Antonio mientras…
—Eddie, estás mal de la cabeza. O me compras mi parte al valor de mercado, o vendemos el apartamento y se reparte en un juzgado. No hay punto medio.
Duró casi medio año en venderse. Al final, la plusvalía de Montrose ayudó. Valeria se quedó con la propiedad, comprándole a precio justo su parte a Eduardo, que necesitaba el efectivo con urgencia porque Alondra lo estaba presionando a diario. Firmaron los papeles en una notaría con vista al skyline de Houston. Él se fue con un cheque de caja y una deuda de manutención mensual.
Empezó una rutina extraña. Eduardo visitaba a Renata religiosamente cada quince días, pagaba su pensión puntual, y de su madre y su hermana no quería ni oír hablar. Había despertado del hechizo, aunque demasiado tarde. Alondra también le metió una demanda por pensión, pero el juez ordenó una prueba de ADN y resultó que el bebé no era de él. Lo desecharon como un Kleenex usado.
Pasaron dos años. Valeria no quería saber nada de volver, aunque a veces, cuando Eduardo llegaba a dejar a Renata y se le quedaba viendo con esos ojos de perro apaleado, sentía un nudo en la garganta.
De repente, el cuerpo de Valeria dijo basta. Un dolor abdominal la tumbó en plena junta y acabó en el Houston Methodist con el diagnóstico más temido: un tumor complicado que requería cirugía mayor y un posoperatorio larguísimo con quimioterapia. Su mamá aún se movía en silla de ruedas. No había quién cuidara de Renata.
Eduardo apareció en la habitación 412 a las dos horas de la operación. No pidió permiso. Sencillamente llegó, puso una panza de cristal con agua fresca sobre la mesita, recogió la ropa sucia del piso, habló con las enfermeras, le ajustó la almohada a Valeria mientras ella apenas podía abrir los ojos por la anestesia. Sacó a Renata del colegio todos los días, la llevó a la piscina de terapia, la inscribió en un campamento de arte.
Noches enteras en un sillón reclinable. Vomitó con ella en el baño a las tres de la madrugada. Aprendió a pasar la licuadora de purés y a contar los mililitros de drenaje de la herida. Pedía trabajo remoto de chofer para una plataforma y lo hacía de madrugada, mientras Valeria dormía. Así pasaron seis meses de infierno.
Una mañana de febrero, con el sol entrando a rayas por las persianas venecianas, Valeria se levantó de la cama sin ayuda. Caminó hasta la cocina sobre sus propios pies. Se sintió la mujer más fuerte del mundo.
Al sexto día de verla estable, Eduardo dobló su camiseta de los Texans, la guardó en la mochila y la dejó junto a la puerta. Se quedó de pie en la entrada, con las llaves del Mustang en la mano y la mirada perdida en el marco de acero. Estaba mucho más flaco.
—Ya estás bien, Vale. Ya me puedo ir a mi cuarto rentado. De aquí eres tú. Misión cumplida.
Valeria lo observó desde el pasillo. Vio al muchacho arrogante del pasado y también al hombre que la había bañado con una esponja cuando ella no podía ni levantar los brazos. Vio al que le había fallado y al que se había quedado cuando todos los demás, incluso su propio orgullo, le habían dado la espalda.
Él ya había girado el picaporte cuando ella habló.
—Eddie… no te vayas.
El tintineo de las llaves se detuvo.
—¿Qué?
—Que te quedes. En serio, te lo digo. Te quedas en tu casa.
Se hizo un silencio espeso. Solo se oía el motor del compresor del refri.
—¿De verdad, Vale? ¿Después de todo?
—Ya pagaste con creces, tonto. Pero te advierto una cosa —Valeria apuntó con el dedo hacia la cocina, con una sonrisa renaciéndole apenas en la comisura de los labios—. Los tacos de barbacoa, de ahora en adelante, los preparas tú.
Él dejó caer la mochila al suelo de duela. No dijo nada. Simplemente caminó hacia ella y la envolvió en un abrazo que olía a suavizante de telas barato y a gasolina. Afuera, una tormenta de primavera empezaba a soltar toda el agua del cielo sobre Houston. Pero adentro, por primera vez en años, hacía bueno.
