# El día que el canario se calló

La primera vez que vi a esa muchacha —Mariela, se llama— fue un martes. Bajaba yo con mi carrito de tamales y ella subía con dos bolsas del H-E-B. Me saludó. Así, sin conocerme. «Buenas tardes», me dijo, y siguió subiendo. Yo me detuve en el descansillo y la vi meter la llave en la puerta del 3C. Entonces supe que algo bueno iba a pasar en este edificio. El Piopio, mi canario, cantó esa noche como no cantaba desde que murió mi Ernesto. Y es que el Piopio no es un canario cualquiera: canta cuando la vida se acomoda en algún lado, y se queda mudo cuando el diablo anda suelto por el pasillo. Eso lo aprendí en once años de tenerlo.

Ahora, tres meses después, el Piopio lleva callado desde el domingo. Y yo sé por qué.

La historia empezó esa tarde. Yo estaba friendo chicharrones —los vendo a cinco dólares la bolsita, aquí en El Paso no se consiguen como en ningún otro lado— cuando oí el golpe de la puerta de al lado. No un portazo. Algo más seco. Como si alguien la hubiera empujado con rabia y la madera se hubiera quejado. El Piopio dejó de cantar. Se quedó tieso en su jaula, con el pico ladeado, como preguntándome qué estaba pasando.

Yo me asomé por la mirilla, porque ¿quién no se asoma? Vi a un hombre parado frente al 3C. Traía una gorra de los Cowboys, pero puesta de lado, como quien no le importa ni el equipo ni nada. Levantó una mano para tocar el timbre y luego la bajó. La levantó otra vez. La volvió a bajar. Se quedó así, con la mano a medio camino, como si la puerta le diera miedo.

Ese hombre yo ya lo conocía. Orlando. El novio de Mariela. Un muchacho de unos treinta, con cara de menso, de esos que te hablan bonito pero no te ven a los ojos. Se había mudado al 3C en octubre. Yo me di cuenta no porque me lo dijera Mariela, sino porque dejó su Silverado roja estacionada en el lugar de ella. La dejaba de punta, ocupando el espacio de Mariela y la mitad del mío. Una vez le reclamé. ¿Sabe qué me respondió? «¿Y?» Así, nomás. «¿Y?», me soltó. Entonces supe que ese hombre no iba a traer nada bueno.

El domingo yo no vi la escena principal. La oí. Las paredes de este edificio son de cartón, y yo no sé si es bendición o maldición, pero oigo todo. Oigo cuando los del 2A se pelean por el control remoto. Oigo cuando la señora del 1B se pone a rezar el rosario a las tres de la mañana. Y oigo cuando Mariela se ríe, que es poco, y cuando suspira, que es mucho.

Ese domingo oí la puerta del 3C destaparse como cuatro veces en una hora. Oí voces. La de una mujer mayor, con un tono que raspaba como lija, hablando de que tal cosa estaba mal, que tal otra estaba fea, que la cocina no tenía espacio, que los muebles eran viejos. Oí a una muchacha joven riéndose de algo que no era chistoso. Oí a un hombre mayor que tosió como tres veces, con esa tos de cigarro que no se le quita ni con jarabe.

Y luego, entre todo ese ruido, oí la voz de Orlando, clarita, como si la hubieran puesto en un micrófono:

—Apúrate, mujer. Sirve a mi familia, no te quedes parada como si no fuera tu casa.

Y se hizo el silencio. Un silencio que no era de paz. Era de esos silencios que se sienten cuando se corta la luz justo antes de la tormenta. El Piopio se quedó quieto, con las plumitas erizadas. Yo me persigné. No sé por qué, pero me persigné.

Lo que pasó después lo reconstruí en pedazos. Primero oí la voz de Mariela. No la oí gritar, ojo. La oí hablar bajito, con una calma que daba miedo. No entendí las palabras, pero el tono era ese tono que usa mi hermana cuando le va a decir a un cliente que no le va a fiar ni un peso más.

Luego la puerta del 3C se fue de golpe. Y salió la familia. La mujer mayor primero, con el abrigo mal puesto y los labios apretados. El hombre mayor atrás, con una tos que no lo dejaba ni caminar. La muchacha joven con la boca colgando, como pescado fuera del agua. Y el esposo de la muchacha, un flaquito con la camisa por fuera, que fue el único que se me acercó al pasar.

—Perdón, señora —me dijo, y yo le di un tamal. No sé por qué. Los nervios me hicieron compartir.

Y luego salió Orlando. Con una mochila del Mandalorian, de esas que venden en el pulguero por cinco dólares, medio descosida, con unas camisas asomándose. Mariela estaba parada en la puerta, con los brazos cruzados sobre la bata de flores.

—Las llaves —le dijo.

Y Orlando, el mero mero, el que me dijo «¿Y?» aquella vez, se puso a llorar. Así, con lágrimas y todo. Le rogaba que lo dejara quedarse, que iba a cambiar, que su mamá no lo dejaba en paz, que estaba entre la espada y la pared.

Y Mariela le repitió, con la misma voz calma:

—Las llaves.

El muchacho se metió la mano al bolsillo y sacó un llavero de los Lakers. Le temblaban los dedos. Sacó dos llaves y las puso sobre la consola que está junto a la puerta. Una plateada, otra dorada. Yo las vi brillar desde mi mirilla, porque el sol de la tarde entraba de lleno por la ventana del pasillo.

—Ahora, vete —le dijo Mariela.

Y él se fue. Sin las llaves, sin el orgullo, sin nada.

Yo me quedé tras mi puerta un rato, sin salir. No quería que creyeran que me meto en lo que no me importa. Pero la verdad es que me importaba. Porque a Mariela yo la vi llegar al edificio un año atrás, con sus cajas de cartón y su tapete de bienvenida que decía «HOME», como si quisiera convencerse de que ese departamento era su hogar. Y yo sabía lo que le había costado. Las horas extra en la clínica. El carro viejo, un Honda que a veces no encendía ni en ayunas. Las uñas sin pintar, que eso dice más de lo que la gente cree.

Esa noche el Piopio volvió a cantar. Primero bajito, como si no estuviera seguro. Luego, con ganas. Y yo encendí una veladora para la Virgen de San Juan, la que tengo desde hace once años, y le dije a mi Ernesto, que en paz descanse, que la muchacha del 3C iba a estar bien.

A la mañana siguiente fui a tocarle la puerta. No sabía cómo iba a reaccionar. A veces cuando uno acaba de terminar con alguien no quiere ver a nadie. Pero Mariela me recibió de buen modo. Con la cara lavada y el cabello recogido, como si acabara de bañarse.

—Vecina —me dijo—. Buenos días.

—Huele rico —le dije yo, porque de su departamento salía un olor a café de olla recién molido, de ese que no se toma en cualquier lado. Y porque no se me ocurrió otra cosa mejor.

—Pase —me dijo.

Y pasé. Y vi que había movido los muebles. El sillón ya no estaba contra la ventana, sino contra la pared del fondo. Y sobre la mesa, como si fuera un altar, había un plato con una pierna de pollo y unas papas. Al lado, una copita con Casamigos, de ese tequila que venden en el aeropuerto. Mariela me vio el ojo pegado a la botella y me dijo:

—La compré yo. Con mi dinero. Para brindar sola.

Y me ofreció un trago.

Yo, que nunca tomo en la mañana, acepté. Porque hay días que lo ameritan. Y brindamos. Ella no me contó la historia completa. No hizo falta. Yo ya había oído lo suficiente. Y lo que no oí, lo adiviné. Porque hay cosas que no necesitan palabras. La placa de la clínica en su carro. Los zapatos gastados. Las fotos de una mujer mayor en el buró —su mamá, seguro, que ya no está—. Y la forma en que tocó su copa con la mía, sin decir «salud» ni «gracias». Solo tocó la copa, como si estuviera tocando campanas.

Y luego vino lo que yo ya esperaba. La venganza. Pero no de gritos ni de escenas. Una venganza calladita, de las que duelen más.

Esa misma tarde vi a Mariela bajar con su bolsa y su cartera. Volvió una hora después con una bolsita de plástico transparente. Traía un candado plateado, de esos que venden en Home Depot por diez dólares con cincuenta. Yo la vi desde mi ventana, porque mi ventana da al pasillo.

Y al día siguiente Orlando volvió. Con su mochila del Mandalorian y su gorra de los Cowboys bien puesta, como recién bañado. Subió las escaleras de dos en dos, con la llave en la mano. Yo me asomé por la mirilla. Y vi que metió la llave en la cerradura.

Y la llave no giraba.

La sacó. La volvió a meter. Nada. La giró al otro lado. Nada. Y entonces, con el puño cerrado, le dio un golpe a la puerta. Fuerte. Tan fuerte que el marco de mi puerta vibró.

—¡Mariela! —gritó—. ¡¿Qué le hiciste a la puerta?!

Y la puerta del 3C se destapó. Y apareció Mariela. Con un papel en la mano.

—El cerrojo es nuevo —le dijo, con la misma voz calma, como si le estuviera explicando el pronóstico del tiempo—. Tienes dos minutos para irte antes de que llame a la patrulla.

—¿Y mis cosas? —preguntó Orlando.

Mariela le pasó el papel. Era una lista escrita a mano, con letra de mujer que tiene prisa. Orlando la agarró con las dos manos y la leyó. Y yo, desde mi mirilla, vi cómo se le subía la sangre a la cara.

—¿Trescientos cuarenta dólares? —dijo—. ¿De qué?

—De los seis meses que viviste aquí sin poner un centavo. Sumé comida, luz, agua, internet. Redondeé para abajo. Es lo que me debes. Si quieres tus cosas, pagas. Si no, las vendo en el pulguero el sábado.

Orlando se quedó callado. La miró. La miró como si no la reconociera.

—¿Y mi anillo? —le dijo.

—¿El de plata? —respondió ella—. Lo empeñé. Me dieron setenta dólares. Con eso pagué el cerrojo nuevo y me compré una bocina para oír mis corridos a todo volumen.

Y entonces Orlando hizo lo único que le salía natural: se fue. Bajó las escaleras sin decir «adiós» ni «me las va a pagar». Solo bajó, con la mochila colgando y el papel arrugado en la mano. Yo me quedé tras mi puerta hasta que oí que la puerta del edificio se cerraba.

Esa noche el Piopio cantó como no había cantado en meses. Y yo fui a la ventana y vi que Mariela estaba en su cocina, con la ventana abierta, estrenando la bocina nueva. Sonaba un corrido de banda, de esos con acordeón y todo. Y Mariela, con su bata de flores, movía los hombros al ritmo de la música mientras friendo algo en la estufa. Un olor a ajo y cebolla se metía por mi ventana, mezclado con el humo de mi veladora.

Me reí sola. Y le dije a mi canario:

—Mira, Piopio. Esa muchacha ya aprendió. Ya aprendió a ser canija.

Y el Piopio, por si acaso, cantó otra vez. Fuerte. Como para que lo oyeran hasta el 3C.

Mariela no lo oyó, me imagino. Tenía el corrido a todo volumen.

Pero eso ya no importaba. El edificio entero sabía que en el 3C vivía una mujer que ya no le tenía miedo a nada.

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