El ruido que ya no está

Me despierto a las seis y cuarto, como todos los días. No porque quiera, sino porque a esta edad el cuerpo ya no pregunta. Abro los ojos y lo primero que veo es el techo blanco, esa lámpara redonda con una mosca pegada desde hace dos semanas, y el silencio. Un silencio que aprieta. Antes, en mi casa de Boyle Heights, me levantaba con el olor a café de olla y las risas de mis nietos corriendo por el pasillo. A las siete ya tenía la mesa puesta, los frijoles refritos, las tortillas calientes, y a Vicente, mi esposo, quejándose del tráfico en la 5 Freeway. Ahora no hay mesa. No hay cocina. Solo esta cama, este ropero minúsculo y una ventana que da a un estacionamiento de asfalto agrietado.

Cuando Vicente se me fue, los muchachos dijeron que no podía quedarme sola en Los Ángeles. Marisol se asustó porque me caí en el patio y Ricardo dijo que él me conseguía algo por San Antonio, que ahí el asilo San Miguel le quedaba cerca de la oficina y era más barato. Ni me preguntaron. Me empacaron lo que cabía en la camioneta y aquí me dejaron, pegadita a la Loop 410, donde el aire acondicionado hace un ruido feo toda la noche.

Tengo ochenta y cinco años y vivo en una habitación de diez por doce. Las fotos sobre la mesita de noche son mi única compañía fiel: mis tres hijos de chiquitos, Vicente el día que se jubiló, mi nieta Valeria con su vestido de XV años. A veces me quedo mirándolas tanto que las figuras parecen moverse.

Tuve tres hijos: Ricardo, el mayor, que vive en Austin y maneja una Chevy Silverado tan grande que no cabe en mi recuerdo; Marisol, la única mujer, que trabaja en una clínica dental en Houston y me llama los domingos; y Eduardo, el más chico, el que siempre me decía «mamá, tú no te preocupes, yo nunca te voy a dejar sola». De Eduardo no sé nada desde hace dos años y medio. Su número ya no existe, su Facebook está abandonado, y yo me he pasado noches enteras preguntándome qué hice mal, en qué esquina del amor me faltó dar más. Hasta que de tanto preguntar, la pregunta se gasta y se convierte en una piedra en el pecho.

Los otros dos… bueno, hacen lo que pueden. Ricardo viene una vez al mes, con un six pack de cerveza y el teléfono pegado a la oreja por negocios. Se sienta veinte minutos, mira el reloj y se va con un «ahí me avisas si ocupas algo». Marisol me marca el domingo a las cuatro en punto, cinco minutos, a veces siete. Le pregunto por los nietos, ella me dice «están bien, mami, muy ocupados con la escuela», y se despide con un «luego te llamo» que ya sé que es mentira. Pero no me quejo. Uno aprende a no quejarse.

Quien más me visita no lleva mi sangre. Es Enrique, el enfermero que llega a las siete y media cada mañana. Me toma la presión, me arregla la almohada, me pregunta si dormí bien. Enrique es de El Salvador, tiene treinta y dos años y una risa fácil. Hablamos de las noticias, de los Spurs, de cómo hacer una buena pupusa. Él me trae de vez en cuando pan dulce de La Reyna, la panadería de la esquina, conchas de chocolate a dólar veinticinco, y ese gesto chiquito me recuerda que todavía existo, que todavía tengo un lugar en el mundo.

Lo más duro no son las rodillas, que truenan como madera vieja, ni la cadera que me duele cuando va a llover. Lo más duro es la noche, cuando el pasillo se queda mudo, y me siento en esta silla de plástico a mirar la puerta. La puerta no se abre. A veces creo oír pasos, pero son los de otra visita, para otra señora. Aquí en el asilo las visitas son un privilegio que no todas tenemos. A la vecina de al lado, doña Gloria, le llegaban flores cada viernes de su hija. Se fue hace tres meses. Un día no despertó y al otro día su cuarto estaba vacío, con las sábanas limpias y las cortinas nuevas, listo para el que sigue. A veces me pregunto si mi cuarto también olerá a desinfectante cuando yo me vaya.

Yo fui la que se levantaba a las tres de la mañana cuando uno de mis hijos tenía fiebre, la que se iba a limpiar casas ajenas los fines de semana —cincuenta dólares por casa, y a veces diez más si pedían que planchara también— para pagar los uniformes y los útiles escolares, la que se quedaba sin cenar para que a ellos no les faltara. Y di todo eso sin guardar recibos, sin cobrar intereses. Mi abuela en el rancho de Guanajuato me enseñó a apretar los dientes y seguir, sin andar contando los sacrificios.

Pero aquí estoy, sola, con las manos que ya no amasan masa para tamales, con los ojos que ya no distinguen las caras en las fotos nuevas. A veces me rindo y lloro, bajito, mordiendo la almohada para que no me oigan del otro lado. Después me limpio la cara con la sábana, me tomo un vaso de agua y me digo «ya, Cata, ya pasó».

Hasta aquel jueves de febrero. Ese día Enrique me encontró más callada que de costumbre. Me preguntó qué tenía y al principio le dije «nada, mijo, cosas de vieja». Pero luego, no sé por qué, le solté el nudo que traía en la garganta. Le hablé de Eduardo, de la llamada que nunca llega, del vacío que siento cada domingo a las cuatro y diez. Enrique me escuchó sin interrumpir. Después, con cuidado, me dijo: «Señora Cata, ¿y si le grabamos un video a sus hijos? Así, sencillo, desde el corazón. A veces las palabras escritas no bastan.»

Me quedé callada un rato. Después asentí.

Esa tarde, Enrique me ayudó con mi teléfono viejo, un Samsung gris de esos de tapita que Ricardo me regaló hace cinco años y que apenas prende. Quiso abrir la cámara pero salió un letrero de memoria llena. «A ver, a ver», dijo, y se puso a borrar fotos de su gato que tenía guardadas, y un video borroso de un partido de los Spurs. «Ya, ahora sí.» Me puso frente a la ventana, para que la luz me diera en la cara. Me arreglé el cabello con los dedos, me puse el rebozo morado que tanto le gustaba a Vicente, y respiré hondo.

—Listo, señora.

Y empecé a hablar. Les dije que no pedía dinero, ni cuidados, ni siquiera que dejaran todo por mí. Les pedí una hora, una sola hora, de una tarde. Que se sentaran aquí conmigo, que me hablaran de sus cosas, de sus hijos, de sus trabajos. Que me contaran lo que soñaban. Les recordé cuando jugaban en el patio de tierra, cuando armábamos la ofrenda del Día de Muertos con papel picado y calaveritas de azúcar. Y luego miré directo a la cámara y dije, con la voz apenas quebrada: «Eduardo, donde quiera que estés, no te guardo rencor. Solo quiero verte. Ser tu mamá otra vez, aunque sea diez minutos.»

Enrique detuvo la grabación. Me dio un abrazo y dijo que lo iba a enviar por WhatsApp a Marisol. Apretó «enviar» y el teléfono se quedó pensando un rato larguísimo, con la ruedita dando vueltas como si se hubiera mareado. «‘ta medio loco este aparato», masculló. Por fin apareció una palomita, luego la otra. «Ya se fue», dijo. Pero yo me quedé con un nudo en el estómago, sin saber si de veras había llegado.

Pasaron dos días. Dos días de mirar la puerta con más fuerza. El teléfono no sonó ni una vez. El domingo Marisol no llamó a las cuatro, y pensé que tal vez el video les había molestado, que me estaban castigando con más silencio. Enrique me decía que tuviera paciencia, que a veces la gente tarda en contestar. Pero yo ya me andaba arrepintiendo de haber hablado. Me sentí como una tonta, como una vieja chillona que nomas anda buscando lástima.

Pero a las siete y doce de la noche, cuando ya estaba oscuro y yo a punto de meterme a la cama, la puerta se abrió. No con el empujón suave de Enrique, sino con un temblor de bisagras, como si hubieran puesto el hombro.

Era Eduardo.

Estaba más flaco, con el pelo largo y una chamarra de mezclilla sucia. Tenía los ojos hinchados, como si hubiera llorado todo el camino desde sabe Dios dónde. Se quedó parado en el marco, sin avanzar, mordiéndose el labio.

Yo no pude moverme. Solo lo veía, y veía también su sombra alargada en el pasillo, y sentía el corazón dándome golpes adentro, como un pájaro queriendo salir.

—Mamá… yo… no pude, mamá. —Se le quebró la voz—. Me daba pena. Mucha pena. Perdí mi chamba en la bodega, y luego lo del apartamento, y… ni pa’l camión tenía. Me quedé en albergues, en la calle a veces. Y todos los días pensaba en llamarte, pero ¿cómo te digo que tu hijo, el que te prometió todo, se quedó en nada? No tengo nada, mamá.

Entonces me levanté. Los huesos tronaron, las lágrimas se me soltaron sin permiso, y caminé dos pasos, los únicos dos pasos que había dado en mucho tiempo con tantas ganas. Le tomé la cara con las manos y le sequé las mejillas con los pulgares, como cuando era un niño y llegaba raspado de las rodillas.

—Nunca eres nada mientras yo viva —le dije—. Siéntate, mijo.

Eduardo se sentó en la silla de plástico, frente a mí. Hablamos hasta tarde. Me contó de sus noches en albergues, de la vergüenza que le había comido la lengua. Yo le conté de las fotos en la mesita, de las veces que hablé con su retrato. No hubo reclamos y al rato dejó de temblarle la voz.

Enrique se asomó como a las once, con un cafecito de máquina para cada uno. Nos encontró a los dos en silencio, mirando las fotos viejas. Eduardo tenía entre las manos una concha de chocolate que yo le había dado, y hacía migas sobre la colcha, igual que cuando era chiquito y se comía el pan a escondidas en la cocina. Me sonreí, y él levantó la mirada y también se rio, bajito. Afuera, en el estacionamiento, alguien arrancó un carro y se oyó un claxon, pero a mí ya no me importaba.

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