# Dos gatitos y una casa en silencio

Rosa María nunca pensó que a los cincuenta y ocho años terminaría manejando su Honda Civic hasta un refugio de animales en las afueras de Tucson, buscando un gatito. Uno solo. Así lo tenía decidido desde la mañana, cuando se sirvió el café y se dio cuenta de que llevaba puesta la misma bata que el día anterior.

Todo empezó a cambiar hacía año y medio. Su hija Verónica se había mudado a Phoenix con el esposo y el nieto que Rosa María apenas conocía por videollamada. Y Ernesto, su marido de treinta y un años, murió de un infarto un martes de octubre mientras regaba las plantas del patio. Desde entonces la casa de dos recámaras en el sur de Tucson, la misma donde había criado a Verónica, se quedó con ese silencio que zumba en los oídos cuando uno menos lo espera.

Al principio apagaba las luces temprano para no ver los cuartos vacíos. Después dejó de cocinar de verdad —¿para quién, si era ella sola?— y se acostumbró a una taza, un plato, una cuchara en el fregadero. Por las tardes se sentaba junto a la ventana de la sala y veía las luces de las casas vecinas encenderse, veía a la gente volver del trabajo, veía a los niños de la cuadra correr detrás de una pelota. Y en su casa, nada. Solo el zumbido del refrigerador y el noticiero de Univisión que dejaba prendido nomás para que hubiera voces.

Fue Consuelo, la vecina de al lado, quien metió la idea. Llegó una tarde a pedir prestada una taza de azúcar, recorrió con los ojos la casa impecable pero muerta de Rosa María, y le dijo sin rodeos:

—Rosita, cómprate un gato. Mete algo vivo a esta casa. Porque ya ni pareces tú.

Rosa María soltó una risa corta y dijo que no, que qué necesidad, que pelo por todos lados, que quién iba a limpiar. Pero la idea se quedó ahí, dando vueltas. Dos semanas después se encontró a sí misma buscando en el celular "gatitos en adopción cerca de mí" a las once de la noche, con el teléfono pegado a la cara y los lentes empañados de tanto acercarse a la pantalla.

En el refugio olía a alimento seco, a paja limpia y a algo cálido que no sabía nombrar. La voluntaria que la atendió, una muchacha delgada con una playera de una universidad estatal, la fue guiando entre las jaulas y hablaba de cada animal como si describiera a un pariente.

—¿Busca gatito o adulto? Los adultos son más tranquilos, ¿sabe? Pero casi nadie los quiere, todos piden bebés.

—Uno chiquito —dijo Rosa María, firme—. Nomás uno. No necesito más.

Y de verdad lo tenía todo planeado. Un gatito café o gris, no importaba el color. Tranquilo, que no le arruinara las cortinas ni la despertara a medianoche. Entrar, escoger, firmar, salir. Así de simple.

Hasta que llegaron a una jaula en la esquina del pasillo. Ahí había dos. Dos gatitos atigrados, con los mismos ojos azules, pegados uno al otro como si los hubieran soldado. El más atrevido se paró en las patas traseras y se agarró de las rejas, estirándose entero hacia ella. El otro se quedó atrás, con un aire serio, casi de adulto, que a Rosa María le apretó algo por dentro.

—Ah, a esos dos solo los damos juntos —suspiró la voluntaria—. Son hermanos. Los encontraron en una caja de cartón en la orilla de la Interestatal 10. No saben vivir separados. Si los separa, los dos se enferman de tristeza.

Rosa María dio un paso atrás.

—No, no. Dos no puedo. Vine por uno.

—Entiendo —dijo la muchacha, sin insistir—. Ándele, le enseño otros.

Recorrieron más jaulas. Había gatitos anaranjados, negros, unos blancos esponjosos que quitaban el aliento. La voluntaria acariciaba a cada uno y contaba su carácter. Rosa María preguntaba, hasta cargó un gatito anaranjado que ronroneaba como motor de camioneta vieja. Pero los ojos se le iban, una y otra vez, hacia esa esquina. Hacia la jaula donde los dos atigrados no le quitaban de encima esa mirada azul. El atrevido seguía parado, agarrado de las rejas. Como si esperara. Como si supiera algo que ni ella misma sabía todavía.

—¿Sabe qué? —dijo por fin, y su propia voz la sorprendió—. Enséñeme otra vez a esos dos.

La voluntaria abrió la jaula sin decir nada. El gatito atrevido se trepó de inmediato a los brazos de Rosa María, hundió el hocico en su mano y empezó a ronronear. El otro, el cauteloso, se quedó mirando un momento. Después se arrastró despacio y se acurrucó también.

Dos bultitos tibios en sus brazos. Dos corazones latiendo rapidísimo. Rosa María se quedó parada ahí, entendiendo que ya estaba perdida.

—Usted dijo que solo uno —le recordó con cuidado la voluntaria mientras le entregaba los papeles de adopción.

—Dije eso, sí —refunfuñó Rosa María—. Qué importa lo que dije. Ahora digo que dos.

Manejó de vuelta a casa con la transportadora en el asiento del copiloto, y todo el camino por la Sixth Avenue sonaba un maullido doble, agudito. En el semáforo de la calle 22, el señor del carro de al lado la vio hablarle a la caja y le gritó por la ventana:

—¿Nietos, o qué?

—Peor —soltó Rosa María, la primera risa de verdad en muchos meses—. Hijos.

Lo que pasó al llegar a casa no hay palabras que lo describan bien. El silencio se acabó en el instante en que abrió la transportadora. Los dos torbellinos atigrados se repartieron la casa en cosa de una hora. El macho, al que bautizó como Tigre, se trepó de inmediato a las cortinas de la sala y se quedó ahí colgado, con los ojos como platos. La hembra, Luna, tumbó la maceta de albahaca de la cocina y se sentó en medio de la tierra regada con una cara de inocencia que ni ella misma se creía.

Rosa María corría con el trapeador, regañaba, se agachaba a limpiar —y no lograba borrarse la sonrisa de la cara. Esa tarde no le sobró ni un minuto para extrañar a nadie.

Ahora se despertaba no por el silencio, sino porque dos bolitas calientes se le acomodaban contra las costillas a mitad de la noche. Ahora volvía a cocinar de verdad —porque alguien tenía que aprender que de la mesa no se roba, aunque de todos modos ella les deslizara un pedacito de pollo cuando nadie miraba. Ahora había otra vez sonidos en la casa. Maullidos, macetas volcadas, despertares a las tres de la mañana. Pero era vida.

Consuelo pasó a los ocho días. Se paró en la puerta, vio a Rosa María —con un rasguño en el antebrazo, juguetes de peluche regados por toda la sala— y le dijo:

—Mira nomás. Ya volviste a ser tú.

—Tú me dijiste uno —le recordó Rosa María.

—¿Y qué? Uno era poco —Consuelo se agachó y levantó a Luna, que se restregaba contra sus piernas—. Mira qué bonitos los dos. Hiciste bien en llevarte a los dos.

Pasaron los meses. Tigre creció grande y mandón, dueño del sofá; Luna se volvió la sombra silenciosa que dormía en el hueco del brazo de Rosa María cada noche, sin falta. Verónica llamaba por FaceTime desde Phoenix y su hijo de cuatro años pegaba la cara a la pantalla para verlos correr.

—Mami, ¿de veras casi te llevas solo uno? —le preguntó Verónica una tarde, riéndose.

—De veras —contestó Rosa María, mientras veía a Tigre estirado sobre el respaldo del sillón y a Luna enroscada sobre sus pies—. Y mira nomás lo que me hubiera perdido.

Esa noche guardó la carpeta de adopción del refugio dentro de la gaveta del buró, junto a la foto de Ernesto. Ahí estaban los dos nombres escritos con letra apretada de la voluntaria: Tigre y Luna, hermanos, no separar. Cerró el cajón despacio. Luna saltó al buró, olfateó la madera un segundo y se acomodó justo encima, como si ese fuera su lugar de siempre. Rosa María la dejó quedarse ahí y apagó la lámpara.

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