La que entró por un perro y salió con dos

Marisela nunca pensó que a los cincuenta y ocho años se pararía frente a una jaula del Miami-Dade Animal Services con el maquillaje corrido y un nudo en la garganta. Pero ahí estaba, un sábado de agosto, con el aire acondicionado del refugio pegándole en la espalda sudada y el ruido de los ladridos rebotando entre las paredes de bloque.

La idea se la había metido su hermana Yolanda por teléfono, una de esas llamadas que empiezan con “¿cómo estás, mi vida?” y terminan con consejos que nadie pidió.

—Te estás apagando, Mari. Desde que se fue Felipe, esa casa es un panteón con cafetera. Consíguete un perro.

Marisela colgó molesta. Pero a las tres semanas ya estaba googleando “perros en adopción Hialeah” a la una de la mañana, sentada en la cocina con el vaso de agua de limón que ya no sabía a nada.

Su hija vivía en Jacksonville desde hacía dos años. Su hijo andaba en la marina, no llamaba ni los domingos. Y la casa en la Calle Ocho, que antes olía a frijoles negros y a colonia de Felipe, ahora olía a detergente de piso y a silencio.

Así que manejó cuarenta minutos un sábado por la mañana, con el radio puesto en una emisora cubana que ya ni escuchaba. Llevaba la decisión tomada: un perro. Uno solo. Pequeño, tranquilo, que no le rompiera las matas de mango del patio.

La voluntaria era una muchacha flaquita con el pelo recogido en un moño deshecho y las uñas mordidas. Se llamaba Daniela y hablaba de cada animal como si fueran sus primos.

—¿Busca cachorro o adulto? Los adultos son más agradecidos, sabe. Casi nadie los quiere.

—Uno tranquilo —dijo Marisela, apretando la cartera contra el pecho—. Ya yo estoy mayor para tanto trajín.

Recorrieron tres pasillos. Había un chihuahua ciego, una mezcla de labrador que movía la cola como ventilador, un pitbull blanco que dormía con la panza pa’ arriba. Marisela preguntaba por la edad, por las vacunas, por si ensuciaban mucho. Hacía como que le interesaban.

Pero los ojos se le iban pal fondo.

En la última jaula del pasillo C había dos. Dos bultitos de pelo color caramelo, uno encima del otro, como si los hubieran pegado con goma. Una levantó la cabeza y se le quedó viendo con unos ojos negros redondos, sin un parpadeo. El otro ni se movió. Estaba temblando debajo.

—Esos dos vienen juntos —dijo Daniela, y se rascó la nuca—. Son hermanos, los dejaron en una caja afuera de una gasolinera en Hialeah Gardens. Si los separamos, se mueren de tristeza. Le pasó a otros.

Marisela dio un paso atrás.

—No, no. Yo dije uno.

—Tranquila, no hay presión —la muchacha siguió caminando—. Mire, aquí hay un shih tzu que…

—¿Cómo se llaman?

La pregunta salió sola.

Daniela se detuvo.

—El machito es Bolívar. La hembrita es Sombra. Bueno, así le pusimos nosotras.

Marisela ni se acordaba de haber preguntado. Volvió a mirar la jaula. El machito se paró. Flaco, con una oreja doblada y las patas largas, de las que tropiezan con su propio cuerpo. Caminó hasta la reja y apoyó la nariz contra el metal. No ladró. No movió la cola. Solo la miró.

Marisela pensó en Felipe.

Pensó en los sábados de domingo cuando él se sentaba en el portal con el radio viejo, en cómo se quedaba viendo la calle sin decir nada, esperando a que ella saliera con el café.

—Déjame verlos de cerca.

La jaula se abrió. Bolívar salió primero, olió el borde de la sandalia de Marisela y se dejó caer contra su tobillo, rendido, como si llevara años cargando algo y por fin pudiera soltarlo. Sombra se acercó después, pegada al piso, arrastrándose. Le lamió la punta de los dedos del pie. Dos veces. Y se acurrucó al lado de su hermano.

Marisela sintió el esmalte descascarado de las uñas, el calor de los dos cuerpos, el olor a perro mojado y a desinfectante de refugio. Se le llenó la nariz de un ardor que no tenia que ver con el cloro.

—Usted me dijo uno —recordó Daniela, cuando Marisela sacó la licencia de conducir para el papeleo.

—Yo digo muchas cosas —murmuró—. Trae los papeles para dos.

Salió del refugio con una caja de cartón en el asiento de atrás y el aire acondicionado al mínimo. En el semáforo de la Flagler, Bolívar metió la cabeza por el borde de la caja y le olió el hombro. Sombra no levantó la cara. Iba aplastada contra el fondo, respirando rápido.

En la gasolinera de la esquina de la 87, un muchacho que llenaba el tanque se asomó por la ventana.

—¿Perros nuevos?

—Nuevos —dijo Marisela.

—¿Macho y hembra?

—Dos —dijo ella, sin ganas de explicar.

Pagó cincuenta y siete dólares de gasolina. El muchacho le entregó el recibo y se quedó viendo la caja.

—Se ven contentos.

Marisela arrancó. No sabía si los perros estaban contentos. Sabía que ella llevaba once meses sin prender el radio de la sala. Once meses.

La casa se llenó de ruido en menos de una hora. Bolívar se meó en la alfombra del pasillo. Sombra se escondió detrás del sofá y se negó a salir. Marisela limpió, regañó, jaló, puso agua, quitó agua, abrió la puerta del patio, la cerró porque se le escapaban. Terminó sentada en el piso de la cocina, sin aliento, con un trapo sucio en una mano y una galleta de perro en la otra.

Bolívar se acercó, le arrebató la galleta con una delicadeza inesperada y se echó sobre sus piernas. Sombra salió del escondite a los diez minutos, se tomó el agua haciendo un escándalo y se acurrucó contra la cadera de Marisela.

Se quedó dormida ahí, en el piso. Con las dos respiraciones encima.

A los cinco días, Yolanda tocó la puerta sin avisar. Entró con una caja de pastelitos de guayaba y se quedó parada en la entrada, viendo la sala.

—¿Y la alfombra?

—Se la comieron.

—¿Cuál de los dos?

—Bolívar la destrozó. Sombra lo dejó que hiciera el trabajo y le robó la mitad.

—¿Y el sofá?

—Ese lo rasguñó Sombra.

Yolanda soltó una carcajada.

—Mari, te dije un perro, no dos.

—Tú no me dijiste nada —Marisela le quitó la caja de pastelitos—. Fuiste un metrónomo por teléfono.

—Pero te conozco. Con uno no iba a ser suficiente.

Sombra salió de detrás del sofá y olió los tobillos de Yolanda. Bolívar se sentó a un metro, serio, con la oreja doblada y los ojos fijos.

—¿Y estos son los que te iban a dar vida? —Yolanda se agachó—. Parecen dos viejos cansados.

—Tienen miedo todavía. Llegaron con sarna, gusanos y una fractura en la pata de Bolívar. El veterinario de la 79 me cobró doscientos treinta dólares la primera consulta.

—¿Y tú pagaste eso?

—¿Qué iba a hacer? ¿Devolverlos?

Yolanda se enderezó y la miró de frente.

—Estás más flaca.

—Estoy más ocupada —Marisela abrió la caja de pastelitos y le ofreció uno—. No es lo mismo.

Esa noche, cuando Yolanda se fue, Marisela se sentó en el portal con el radio viejo de Felipe. Lo encendió por primera vez en once meses. Salió estática, luego una canción de Celia Cruz. Bolívar se echó a sus pies. Sombra se subió a la silla de al lado y se quedó mirando la calle.

Marisela no dijo nada. No hacía falta.

A las tres semanas, llamó al refugio. No para quejarse. Ni para devolverlos. Llamó para preguntar si podía llevar una bolsa de comida. Dijo que de diecisiete libras.

Daniela la reconoció por la voz.

—¿Cómo siguen?

—Bolívar ya no se esconde cuando suena la licuadora. Sombra me despierta a las seis y media lamiéndome el codo.

—Eso es bueno.

—Es un escándalo. Pero es mío.

Colgó. Se quedó viendo el teléfono. Luego abrió la gaveta de la cocina y sacó un sobre manila que llevaba meses guardado: la carta de la aseguradora, la póliza de Felipe, los papeles del seguro social. Los puso sobre la mesa. Los alisó con la palma.

No sabía por qué los había sacado.

Bolívar se sentó a su lado. Sombra se acercó, le olió la rodilla y empujó los papeles con la nariz, hasta que cayeron al piso.

Marisela se rió. Por primera vez en mucho tiempo, no le dolió.

Recogió el sobre, lo metió en la caja de documentos del clóset y la cerró. Sin prisa. Sin rabia. Solo la cerró.

Esa tarde, llevó a los dos al parque de la Calle Ocho. Bolívar caminó al lado de ella, con la correa floja, mirando a la gente. Sombra se sentó en la grama y se quedó viendo las palomas.

—Vámonos, que va a llover —dijo Marisela.

Ninguno se movió.

Se quedó parada, con las correas en la mano, esperando. Y por primera vez, no le molestó esperar.

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