Don Esteban soltó el cuerpo sin vida de su gato sobre la mesa del veterinario. Salió de la clínica con una caja de cartón entre las manos y los ojos ardiendo, pero secos. Dentro iba Tito, su compañero de doce años, un siamés cascarrabias que había llegado a su vida justo después del divorcio, cuando el silencio del apartamento en San Antonio le resultaba más pesado que una lápida.
Tito había muerto de madrugada, ovillado en su almohada favorita. Sin un quejido. Como si se hubiera sumergido un poco más en el sueño y ya.
—Fuiste el mejor, gordo —murmuró, mirando la caja—. Y el último. No quiero a nadie más.
Lo prometió en serio. Entró al apartamento, hizo una bola con el rascador de tres pisos, el plato de cerámica, el saco de alimento de salmón que costaba treinta y ocho dólares, y bajó todo al contenedor.
Mientras empujaba la bolsa hasta el fondo, no vio los ojos verdes que lo observaban desde detrás de unos arbustos polvorientos.
Ella no recordaba su primer abandono. Había nacido entre los matorrales del canal, detrás de una gasolinera Exxon, y desde pequeña supo que un auto que frenaba era mala noticia y una mano extendida, peor. Era una gata atigrada, flaca, con una oreja rasgada por un perro y una filosofía clara: los humanos sirven para abrir latas y patear costillas. Nada más.
El patio del complejo de apartamentos le gustó porque tenía tres contenedores de basura que siempre olían a pollo frito y un par de jubilados que tiraban migas a las palomas. Se instaló bajo un viejo Impala sin llantas y decidió pasar ahí la temporada de calor.
La tarde que Esteban bajó con la bolsa, ella se agazapó, lista para huir. Pero algo en ese hombre olía distinto. No a rabia, ni a cigarro, ni a sudor agrio. Olía a nada. A un vacío denso que la gata reconoció porque ella misma lo había sentido en los huesos después de cada patada.
Cuando él se fue, ella se acercó a lo que había dejado junto al contenedor. Una cama de felpa redonda, color gris. La olfateó. Apestaba a otro gato. Y debajo de ese olor, algo tibio, dulce. Quizás así olía una casa donde te quieren.
Una urraca gorda y atrevida aterrizó a medio metro, curioseando el hallazgo. La gata se abalanzó con un bufido tan feroz que el pájaro chilló y salió disparado hacia un roble.
Ella se metió en la cama. Se enroscó. Y por primera vez en cuatro años, ronroneó.
Al día siguiente, Esteban volvió. No buscaba nada en especial. Simplemente no soportaba el apartamento vacío y la mancha de sol en la alfombra donde Tito ya no estaba. Se sentó en el bordillo, con un café aguado de la gasolinera, y entonces la vio.
La gata salió de abajo del Impala, se estiró y se sentó a diez pasos de él. Quieta. Como una estatua egipcia.
—Así que tú te quedaste con la cama, ¿eh? —dijo él.
Ella parpadeó. Dos veces. Y no se movió.
—No esperes mucho de mí —añadió Esteban—. Ya no me queda nada para darle a nadie.
Ella ladeó la cabeza, como diciendo «a mí qué me cuentas», y empezó a lamerse una pata.
Así comenzó todo. Un pacto de mínimos. Él bajaba cada mañana con una lata de atún barato. Ella lo esperaba a tres metros de distancia. Nunca más cerca. Nunca se rozaban.
—Buenos días, Reina —la saludaba él, mientras vaciaba la lata en un plato de plástico.
Reina. El nombre se lo puso sin pensar, la tercera semana, y a ella se le quedó grabado en algún rincón primitivo del cerebro. Era mejor que «Misi» o «bicho», como le gritaban otros vecinos.
Reina aprendió sus horarios. Sabía que los lunes salía temprano con una bolsa de ropa para la lavandería. Que los jueves volvía con un carrito del mercado H-E-B. Aprendió a distinguir sus pasos entre todos los del complejo —un arrastre leve del pie izquierdo— y cuando lo escuchaba, se colocaba junto al Impala con expresión indiferente, como si llevara media hora ahí por pura casualidad.
Una mañana de noviembre, los pasos no llegaron.
Reina esperó. Se paseó frente a la puerta del edificio B. Maulló una vez, bajito, casi para sí misma. Nada.
Al mediodía, una ambulancia entró al estacionamiento con la sirena apagada pero las luces encendidas. Dos paramédicos bajaron una camilla del segundo piso. Sobre ella iba un cuerpo con una manta gris.
Reina reconoció las pantuflas de cuadros. Eran las de él.
Se quedó inmóvil, mirando cómo la camilla desaparecía dentro del vehículo y la ambulancia arrancaba. Sintió una presión rara en el pecho. Era una gata callejera, no le debía nada a ese hombre. Pero trepó al roble más cercano y se quedó allí, con los ojos fijos en la carretera vacía, hasta que anocheció.
Esteban abrió los ojos en una cama de hospital. Había tenido un infarto leve, le dijo la doctora. Un susto, dentro de lo que cabe. Su hija Gabriela había volado desde Houston, estaba en la sala de espera.
Pero él no pensaba en eso. Acababa de tener un sueño tan vívido que aún le temblaban las manos.
Soñó que Tito estaba a los pies de la cama. No flaco ni enfermo, sino macizo, con el pelaje brillante y los ojos zarcos como dos monedas.
—Viniste por mí —le dijo Esteban.
Tito parpadeó. Y negó con la cabeza.
Entonces Esteban vio que junto a Tito había otra gata. La del estacionamiento. La Reina. Tito la empujó suavemente con el hocico hacia él.
—¿Me la estás mandando, gordo?
Tito maulló. Un sonido breve, afirmativo. Y se desvaneció.
Esteban despertó con la mejilla mojada y una certeza que no necesitaba explicación.
—Papá, tienes que cuidarte más —dijo Gabriela, entrando con un café—. Me diste un susto de muerte. ¿Qué piensas hacer ahora, solo en ese apartamento?
—No voy a estar solo —respondió él, y sin saber por qué, sonrió.
Ocho días después, Esteban regresó al complejo. Caminaba despacio, apoyado en un bastón que le había prestado la clínica, con un sobre de documentos en la mano.
Reina lo vio desde el otro extremo del estacionamiento. Se quedó paralizada, con una pata en el aire. Luego echó a correr. Olvidó la cautela, olvidó las patadas, los portazos, los cuatro años de ley de la calle. Corrió como una gata doméstica que ve abrirse la puerta de casa.
Se detuvo a un metro. Los ojos verdes, enormes, fijos en él.
—Hola, Reina —dijo Esteban. Se agachó con dificultad y extendió la mano—. Perdón por la tardanza.
Ella dio un paso. Olfateó sus dedos. Y después, con una lentitud que pesaba más que cualquier carrera, frotó la cabeza contra sus nudillos.
Esteban sintió el calorcito, el roce del pelaje áspero y una vibración que venía del fondo de la garganta de la gata.
—Vámonos para arriba, entonces. El atún lo tienes ganado.
Abrió la puerta del edificio B.
Reina miró el umbral. Cuatro años esquivando interiores, cuatro años sobreviviendo a cielo abierto. Pero el olor de ese hombre ya no le olía a nada vacío. Le olía a conocido, a salmón de lata, a café aguado.
Entró. Primero una pata, luego la otra. Esteban cerró la puerta detrás de ambos y la aldaba sonó como un punto final.
Esa noche, Reina se subió a la cama por primera vez. Se acomodó justo donde Tito solía dormir, en el hueco detrás de las rodillas de Esteban. Él no dijo nada. Apagó la luz y se quedó escuchando en la oscuridad el ronroneo ronco de una gata que nunca había sido de nadie y que, por fin, había decidido serlo.
