Luces del Sur

— Vámonos de aquí, Mariana. Esto ya no tiene remedio.

Valentina soltó la frase como quien sacude una migaja de la mesa. Sin rabia, casi con aburrimiento. Mariana se quedó mirando la taza de café frío frente a ella, el mismo que había preparado hacía dos horas, cuando aún creía que esta conversación sería otra.

Diecisiete años juntas. Diecisiete años compartiendo un taller de cerámica en el garaje de la casa de Coral Gables, mercados de diseño los fines de semana, tres perros rescatados que ya no estaban. Y ahora esto.

— ¿Es por Felipe? —preguntó Mariana, aunque ya sabía la respuesta.

Valentina no contestó. Se alisó la blusa de lino y miró por la ventana hacia la piscina de la casa que habían remodelado juntas, baldosa por baldosa.

— Me voy a mudar a Orlando —dijo al fin—. Él tiene un estudio de arquitectura allá. Tú puedes quedarte con la casa, yo ya hablé con el banco.

Mariana asintió sin escuchar. Llevaba semanas sintiendo que la mitad de su cuerpo se le había dormido. Ya casi no le dolía. Lo único que le importaba de esa casa era un ser de cuatro patas que en ese momento dormía enroscado en el sofá del porche.

Luna. Una gata atigrada color miel con ojos color ámbar que parecía entenderlo todo. Había llegado cinco años atrás, un domingo de tormenta tropical, empapada y preñada, directo a refugiarse bajo el auto de Mariana. Desde entonces no se habían separado.

— ¿Y la gata? —preguntó Mariana, rompiendo el silencio.

Valentina se encogió de hombros.

— Tú decides. Pero la mudanza ya sabes que estresa a los animales.

Dos semanas después, Mariana metió lo que cabía en una camioneta alquilada y se fue a vivir a un pequeño apartamento en St. Augustine, cerca de donde su hermana menor estudiaba restauración de arte. Dejó la casa casi vacía, el taller de cerámica embalado en cajas que no pensaba abrir pronto. Y dejó a Luna con Valentina.

No era que desconfiara. Valentina quería a la gata. La trataba con mimo, le hablaba en ese tono cantarín que uno reserva para los animales y los bebés. Luna la seguía por la casa como un perrito faldero cuando ella estaba concentrada en sus bocetos.

Pero cuando Mariana se despidió, agachada a la altura del sofá, Luna clavó en ella unos ojos que no olvidaría jamás. No era reproche, exactamente. Era algo peor: una tristeza profunda, líquida, como si ya supiera que la estaban abandonando.

El viaje por la I-95 fue un borrón de asfalto y lluvia fina.

En el apartamento nuevo, Mariana pintó las paredes de amarillo, compró muebles que no tenían historia, intentó que cada rincón oliera a nuevo. Pero cada noche, al volver del trabajo, se quedaba parada en la entrada esperando un sonido que no llegaba: el tintineo de la chapita del collar contra el piso de baldosas, el ronroneo en la oscuridad.

Tres meses. Tres meses sin noticias de Valentina, más allá de algún mensaje seco por un tema de impuestos que compartían. La ruptura había sido limpia, quirúrgica. No había espacio para saber cómo le iba a la otra, si Felipe cocinaba bien, si eran felices en Orlando.

Hasta que una noche sonó el teléfono. Era Camila, su hermana, con esa voz que ponía cuando iba a soltar algo difícil de digerir.

— Mari, Luna se escapó.

— ¿Qué?

— Hablé con Vale hace un rato. Me dijo que la gata se fue hace como un mes. No la han vuelto a ver.

Mariana colgó y se quedó mirando la pared amarilla como si pudiera atravesarla con los ojos. Sintió un vacío helado en el estómago. No era solo la pérdida. Era la culpa, esa culpa espesa y negra que llevaba tres meses tratando de domesticar. Había fallado a la única criatura que no entendía de traiciones, de papeles firmados, de casas que se vacían de golpe.

Pidió tres días libres en la galería donde trabajaba y se subió a un autobús de madrugada rumbo a Miami.

No avisó a Valentina. Para qué. Se bajó frente a la vieja casa de Coral Gables al atardecer, con una sensación extraña de estar violando su propio pasado. Las buganvillas estaban descuidadas. La piscina tenía hojas flotando.

Se quedó un rato parada en la acera de enfrente, sin saber muy bien qué esperaba. Y entonces la vio.

Doña Rosario, la vecina de la esquina, una cubana de ochenta y pico que llevaba cuarenta años en esa calle y se sabía la vida de cada casa mejor que un detective, venía caminando con su bolsa de pan y un periódico enrollado bajo el brazo.

— ¿Mariana, mi vida? ¡Qué milagro!

Se abrazaron. La señora la escudriñó con esos ojos de lince que no se le gastaban.

— Tú estás flaca. ¿Estás comiendo?

— Rosario, discúlpeme —Mariana fue directo al grano—. ¿Usted ha visto a Luna? ¿Una gata atigrada, con los ojos amarillos?

La vecina cambió el gesto de inmediato.

— Ay, corazón, sí la vi. Como tres semanas atrás andaba por aquí, flaca como un papel y con un susto que no se dejaba agarrar. Le dejé atún dos noches, en la entrada de mi cochera, y se lo comió, pero salía corriendo en cuanto me veía mover las patas. Después ya no apareció más.

A Mariana le dio un vuelco el corazón.

— ¿Tres semanas? ¿Aquí, en esta calle?

Esa gata no se había escapado. Había vuelto. Había recorrido no sabía cuántos kilómetros desde quién sabe qué lugar de Orlando, para refugiarse en la única casa donde alguna vez había sido feliz.

Mariana se puso a buscarla como una loca. Recorrió cada metro del vecindario, llamándola con esa voz aguda que solo usaba con ella, metiéndose entre arbustos, detrás de los contenedores de basura, bajo autos estacionados. El sudor le pegaba la camiseta a la espalda. La garganta le ardía de tanto llamarla.

Nada.

Se sentó en la acera, agotada, con las piernas estiradas sobre el cemento todavía caliente del día, y se echó a llorar. Lloró por la gata, por los diecisiete años, por el taller de cerámica que nunca volvió a abrir, por todo. Lloró hasta quedarse sin aire.

— Luna… regresa… perdóname, mi niña…

Un portazo la sobresaltó. Levantó la vista.

Valentina salía de la casa, con las llaves en la mano y cara de pocos amigos. Detrás de ella, Felipe se asomó un instante y volvió a meterse, sin saludar. La tensión se mascaba en el aire de la tarde.

— ¿Se puede saber qué haces aquí? —preguntó Valentina, con los brazos cruzados—. ¿Espiando?

Mariana se puso de pie lentamente, agotada pero con una rabia nueva asomando.

— Perdiste a Luna. O la dejaste ir. O no la buscaste. Es lo mismo. Y ella volvió aquí porque aquí estaba su casa, la que tú vaciaste.

Valentina apretó la mandíbula.

— Se habrá asustado con la mudanza. Felipe no está acostumbrado a gatos y fue un estrés constante. No es culpa de nadie.

— Vino hasta aquí, Vale. Una gata doméstica que nunca había pisado la calle. Atravesó media Florida. ¿Y tú qué hiciste? Nada.

— ¡Porque no es mi responsabilidad ya! —estalló Valentina—. Tú la dejaste conmigo, ¿recuerdas? Tú decidiste irte.

— ¡Y tú decidiste engañarme con ese arquitecto de feria y ahora vives en su mansión de cartón!

El grito rebotó contra las palmeras del vecindario y quedó flotando un instante en el aire denso. Doña Rosario, desde su jardín, hacía como que podaba unas rosas y no se perdía detalle.

Valentina dio un paso al frente, con el índice levantado, pero entonces sus ojos se desviaron un segundo hacia algo detrás de Mariana. Se quedó pálida.

— ¿Qué es eso? —murmuró.

Mariana se giró.

De detrás de un viejo Ford estacionado apareció un bulto diminuto, grisáceo, casi esquelético. Una criatura de pelo sucio y erizado, con una costra en la oreja izquierda y las patas llenas de barro seco. Avanzaba con paso tembloroso pero firme, directo hacia ella.

No hizo falta que maullara.

— Luna…

La gata alzó la cabecita. Esos ojos ámbar, inconfundibles, la atravesaron como la primera vez. Mariana se agachó y extendió las manos. Luna cubrió los últimos metros a trompicones y se estampó contra sus palmas, ronroneando con una fuerza que parecía imposible para ese cuerpecito frágil.

La levantó y la apretó contra su pecho. La gata enroscó la cola en su muñeca y enterró la cabeza en el hueco del cuello, igual que hacía cinco años, aquella noche de tormenta.

Mariana no dijo nada. Miró a Valentina, que seguía inmóvil bajo el portal de la casa, y sintió que algo, por fin, se cerraba.

— Adiós, Vale.

Se fue caminando, con Luna hecha un ovillo contra su hombro, comprobando que respiraba, que estaba viva, que volvía a casa.

Pasó tres días en un hostal que admitía mascotas, cerca de Little Havana. Le compró comida húmeda de la cara, la llevó a un veterinario de urgencia donde le curaron la oreja, le pusieron suero y le dieron el alta con una lista de cuidados. Luna dormía pegada a su almohada, despertándose de vez en cuando para asegurarse de que ella seguía allí.

La mañana de la vuelta, en la estación de autobuses, un sol anaranjado empezaba a despuntar sobre los edificios. El andén olía a café y a gasolina. Mariana esperaba con el bolso al hombro y el transportín en el suelo cuando Luna, inquieta, asomó una patita por la rendija de la rejilla.

— Quieta, preciosa, que ya embarcamos.

— ¿Viaja con usted la princesa?

La voz venía de un hombre de unos cincuenta años, con camisa de lino arrugada y un libro de Paul Auster en la mano, que esperaba a un par de metros con una bolsa de lona. Tenía los ojos castaños y una cicatriz fina sobre la ceja derecha que le daba un aire despistado y entrañable a la vez.

— Viaja —dijo Mariana—. No me cabe duda de que es más lista que la mayoría de pasajeros de hoy.

El hombre sonrió y se acercó despacio, con permiso, como quien se aproxima a un animal asustado.

— Se llama Luna —añadió ella—. Y no se fíe de lo flaca, que come como una leona.

— Me alegro. Yo soy Nicolás.

— Mariana.

Se sentaron juntos en el autobús, con el transportín entre los pies, y Luna se pasó el viaje ronroneando cada vez que él hablaba. Nicolás era profesor de literatura en una universidad de Jacksonville, divorciado desde hacía cuatro años, padre de una chica que estudiaba en Chicago. Hablaba despacio, haciendo pausas como si midiera cada palabra antes de soltarla. Le contó que en su casa no tenía animales porque los horarios se lo comían, pero que había crecido con un pastor alemán que se comía los zapatos de su madre cada domingo.

Mariana le habló de la cerámica, de las cajas que seguían sin abrir, de las paredes amarillas. No mencionó a Valentina. No hacía falta.

Cuando llegaron a St. Augustine y bajaron a la plataforma, el calor les dio de lleno en la cara. Él cargó con la bolsa sin preguntar. Luna, ya liberada del transportín y sujeta con un arnés improvisado, olisqueaba el suelo como si estampara su firma en cada baldosa.

— ¿Alguien viene a buscarte? —preguntó él.

— Mi hermana está en clase. Voy en taxi.

Nicolás se quedó un segundo callado, con las manos en los bolsillos.

— Te acompaño. No es molestia, de verdad. Es que me da curiosidad ver si la famosa Luna aprueba el nuevo apartamento.

Mariana se echó a reír, esa risa que sale del vientre y que tenía siglos sin sentir.

— No sé si aprueba, pero el té seguro que sí.

— Con té me conformo. Y si hay galletas, mejor.

— Puede que haya galletas.

Llegaron a la puerta del apartamento justo cuando el sol empezaba a bajar. Nicolás dejó la bolsa en el umbral y se quedó un instante mirando a Mariana, una sonrisa suave bailándole en los labios.

— Entonces, ¿me invitas a ese té? Porque no pienso irme sin probarlo.

Luna maulló desde el suelo, como dando el visto bueno.

— Está decidido, pues —dijo Mariana, abriendo la puerta.

La gata entró primero, con paso lento, inspeccionando cada rincón de la sala. Se subió al sofá de dos plazas que había comprado en un mercadillo de segunda mano, dio tres vueltas y se enroscó en el cojín del centro, el más mullido.

Nicolás se sentó a su lado y acarició a Luna detrás de las orejas. La gata respondió con un ronroneo profundo mientras él miraba a Mariana moverse por la cocina, llenar la tetera y buscar las galletas entre cajas aún sin desembalar.

— Quédate, Nicolás —dijo ella, sin darse vuelta—. No el té. Quiero decir… si quieres, quédate.

Él sonrió.

— ¿Me está pidiendo que me mude una gata y una mujer que no me conocen?

— Exactamente. Date por aludido.

Dos semanas más tarde, Nicolás llegó con dos maletas y una cafetera italiana. Y a la semana siguiente, Luna ya dormía sobre su pecho todas las noches, como un sello de aprobación.

Tres meses después, una mañana de sábado, Mariana despertó a las ocho con el aroma a café recién hecho y pan tostado. Nicolás estaba en la cocina, en pantalón de pijama, sirviendo dos tazas. Luna descansaba en su sitio favorito, entre las macetas de la terraza, tomando el sol.

La vida se sentía ligera, como si por fin hubiese terminado de cerrar una puerta y abrir otra.

El celular de Mariana vibró sobre la mesa. Una notificación, silenciosa y pequeña, pero imposible de ignorar: «Valentina Ruiz ha actualizado su foto de perfil. Estado: soltera. Ciudad: Miami, FL.»

Mariana miró la pantalla tres segundos, tal vez cuatro. Nicolás la observó desde la cocina, con la cafetera en la mano y una ceja levantada.

— ¿Todo bien?

— Todo perfecto —contestó Mariana.

Bloqueó el teléfono, lo dejó bocabajo sobre la mesa y fue a servir el desayuno.

Luna levantó la cabeza un instante, parpadeó dos veces y volvió a dormirse.

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