Clara pasó casi todo el día llorando.
No eran esas lágrimas que brotan durante unos minutos y luego desaparecen. Eran de las que vacían el alma, de las que llegan en silencio y no dejan respirar. Desde la mañana sintió un peso insoportable en el pecho, como si alguien hubiera apagado la luz dentro de ella.
Todo comenzó con una llamada inesperada.
Era Laura, una amiga de muchos años.
—Clara… perdóname por ser yo quien te lo diga, pero creo que tienes derecho a saber la verdad.
Aquellas palabras hicieron que el corazón de Clara se acelerara.
—¿Qué ha pasado?
Del otro lado hubo unos segundos de silencio.
—He visto a Javier.
Clara sonrió con nerviosismo.
—¿Y?
—No estaba solo.
La sonrisa desapareció de inmediato.
—¿Qué quieres decir?
Laura respiró hondo.
—Estaba abrazando a una mujer. Pero no era un abrazo cualquiera… La besó delante de todo el mundo. No parecía una aventura de una noche. Parecían una pareja.
Durante unos instantes Clara fue incapaz de responder.
Sentía que escuchaba cada palabra desde muy lejos.
—¿Estás segura de que era él?
—Completamente. Incluso pensé en acercarme, pero no supe qué hacer.
Clara agradeció la llamada con la voz quebrada y colgó.
Después permaneció sentada en el sofá sin moverse.
Miró el reloj.
Las agujas seguían avanzando como si nada hubiera ocurrido.
El sol seguía entrando por la ventana.
Los coches seguían pasando bajo su edificio.
El mundo continuaba exactamente igual.
Solo el suyo acababa de derrumbarse.
Intentó convencerse de que todo podía tener una explicación.
Quizá Laura se había confundido.
Quizá aquella mujer era una compañera de trabajo.
Quizá todo parecía diferente desde lejos.
Quizá…
Se aferró a cada una de aquellas posibilidades como quien intenta mantenerse a flote en medio del mar.
Pero cuanto más lo pensaba, más recordaba pequeños detalles de los últimos meses.
Las reuniones de trabajo que terminaban demasiado tarde.
Los viajes inesperados.
El móvil siempre boca abajo.
Las llamadas que respondía en otra habitación.
Los mensajes que borraba con rapidez.
Aquellas señales que había decidido ignorar porque amar también significa confiar.
Y ella había confiado.
Con todo su corazón.
Cuando Javier llegó por la noche, lo hizo exactamente igual que cualquier otro día.
Entró en casa silbando una canción.
—Hola, cariño.
Se acercó a ella y le dio un beso en la frente.
Después la abrazó con total naturalidad.
Clara sintió que el cuerpo se le helaba.
Quería apartarlo.
Quería gritar.
Quería preguntarle quién era aquella mujer.
Pero no dijo una sola palabra.
Se limitó a sonreír con un esfuerzo que casi le rompía el rostro.
Mientras él se duchaba, preparó la cena.
Sirvió una sopa caliente.
Colocó carne con patatas sobre el plato.
Puso el pan en la mesa.
Todo como siempre.
Era extraño cómo el cuerpo podía seguir realizando gestos cotidianos mientras el alma estaba hecha pedazos.
Javier cenó con apetito.
Le habló de un compañero de oficina.
Comentó un partido de fútbol.
Se quejó del tráfico.
Ni una sola palabra revelaba que ocultara un secreto.
O quizá era precisamente eso lo que más dolía.
La facilidad con la que alguien podía fingir.
Cuando terminó de comer, dejó el plato en el fregadero y fue hasta el dormitorio.
Encontró a Clara sentada en la cama.
—¿Vienes?
Ella negó suavemente con la cabeza.
—No me encuentro bien.
Él se acercó.
Le acarició el cabello.
—Seguro que mañana estarás mejor.
Intentó besarla otra vez.
Clara giró el rostro.
—Solo necesito descansar.
Javier pareció sorprendido, pero no insistió.
Apagó la luz y se acostó a su lado.
Al cabo de unos minutos, su respiración profunda llenó el silencio de la habitación.
Él dormía tranquilamente.
Clara, en cambio, permaneció con los ojos abiertos hasta el amanecer.
Miraba el techo sin verlo.
Cada vez que cerraba los ojos imaginaba aquella escena que Laura le había descrito.
Las manos de Javier rodeando a otra mujer.
Su sonrisa.
Sus besos.
Los mismos gestos que durante años habían sido únicamente para ella.
Y el dolor volvía a empezar una y otra vez.
A la mañana siguiente, Javier anunció que debía viajar dos días por trabajo.
Clara lo ayudó a preparar la maleta.
Doblando sus camisas pensó que quizá aquella sería la última vez que lo hacía.
Cuando él salió por la puerta, la casa quedó envuelta en un silencio insoportable.
Por primera vez en muchas horas respiró profundamente.
Encendió el ordenador.
Abrió una conversación.
Miró el cursor parpadeando.
Escribió una sola palabra:
«Adiós.»
La observó durante varios minutos.
Después la borró.
La volvió a escribir.
La volvió a borrar.
No era miedo.
Era incredulidad.
Porque una parte de ella seguía negándose a aceptar que el hombre con quien había construido tantos años pudiera haber llevado una doble vida.
Fue entonces cuando sonó el timbre de la puerta.
