El Segundo Nombre en el Papel

La mujer del refugio hizo clic con el bolígrafo.

—¿Va a firmar por Rayo? —preguntó.

Irma sujetaba su bolso con las dos manos. No quería responder todavía. Había llegado hasta San Antonio desde la zona de Marbach Road con una idea fija: quería un perro tranquilo. Un perro que la acompañara, que no le diera pelea. Algo que llenara el ruido de la casa vacía.

La empleada del refugio —una muchacha joven con el pelo recogido en una coleta alta— le sonreía con paciencia, pero Irma notaba que los zapatos le apretaban. Había visto a Rayo en la página de Facebook del refugio. Un perro grandote, blanco y negro, con la lengua de fuera y una pata levantada. Parecía un animal que sabía lo que era la felicidad. El tipo de perro que se para en la puerta y no te deja hundirte en el sofá.

Irma tenía sesenta y ocho años. Su hija vivía en Seattle y la llamaba cada domingo por la noche. "Mamá, tienes que salir de esa casa." Y ella salía. Iba al H.E.B., iba a la iglesia, iba a la biblioteca. Pero no quería un proyecto. Quería un compañero con el lomo caliente y el hocico frío.

El problema estaba echado en una esquina de la jaula, hecho un ovillo de costillas y pelo color óxido.

—Luna —dijo la empleada, sin que Irma tuviera que preguntar—. Llegó con él. La encontramos debajo de un puente en el West Side. A Rayo lo tenían amarrado con una soga al cuello. A Luna no. Ella lo seguía por la carretera, a medio morir de hambre.

Irma suspiró. El aire frío de febrero entraba por el estacionamiento. Olía a asfalto mojado por los aspersores. No había venido a rescatar a nadie. Había venido a salvarse un poco ella misma.

—Solo quiero a Rayo —dijo Irma, y sonó más dura de lo que pretendía. Su propia voz le sonó a sierra.

La empleada se frotó el puente de la nariz.

—Es que no es tan simple. Rayo no la deja atrás. Y Luna no come sin él. Lo intentamos una vez. La pasamos a otra jaula para buscarle adoptante. Rayo lloró toda la noche. Luna se sentó junto a la puerta y se quedó viendo el pasillo. No comió nada en dos días. Tuvimos que juntarlos otra vez antes de que se nos apagara.

Irma volvió a ver la jaula. Rayo estaba de pie, moviendo la cola tan fuerte que golpeaba las paredes metálicas. Luna seguía hecha una bola contra la reja. No le ladraba a nadie. No pedía comida. Simplemente esperaba. Existía al lado de Rayo.

—¿Cuánto tiempo lleva aquí? —preguntó Irma.

—Siete meses. A Rayo le llueven solicitudes. Es un perro increíble. Pero nadie quiere cargar con la otra.

Irma sintió un nudo caliente en la garganta. No era lástima por Luna. Era rabia. Rabia contra la gente que adopta un perro bonito y deja al otro tirado. Rabia contra el refugio por ponerle ese precio al amor. Y, sobre todo, rabia contra ella misma, porque en el fondo también pensaba: "No me compliques la vida. Ya viví bastante."

—Necesito pensarlo —dijo Irma.

Salió del refugio sin firmar. Las puertas de cristal se cerraron tras ella con un susurro neumático.

Se subió a su Honda Accord del 2011. En el espejo retrovisor colgaba un rosario de plástico azul pálido, de esos que regalan en la tienda de regalos del hospital. Lo tocó con la punta de los dedos. Luego echó un vistazo al asiento de atrás. Todavía estaba la camisa de franela de su marido. La había lavado el mes pasado, pero aún olía un poco a su loción.

Arrancó el carro y se fue al H.E.B. de Marbach.

Dentro del supermercado, las luces fluorescentes rebotaban en el piso recién pulido. Pasó junto a la vitrina del pan dulce y no agarró una concha, aunque le gustaban. Empujó el carrito hacia los pasillos de comida para mascotas. Se detuvo frente a los collares. Le temblaban las manos. Agarró un paquete de huesos de cuero crudo. Lo devolvió al estante.

—¿Señora? ¿Está bien?

Era la muchacha de la caja. Irma no se había dado cuenta de cuánto tiempo llevaba parada ahí.

—No me decido —dijo Irma, y notó que la voz se le quebraba.

—¿Perro o gato?

—No. Eso ya lo resolví.

Irma dejó el carrito donde estaba, en medio del pasillo de los cereales. Salió del supermercado con el bolso apretado contra el cuerpo, no se le fuera a escapar el corazón por la boca.

Manejó de regreso al refugio sin fijarse en las luces del semáforo. Solo veía los ojos de Rayo, y detrás de ellos, la sombra rojiza de Luna esperando.

Cuando entró, la muchacha de la coleta levantó la vista del mostrador.

—¿Se le olvidó algo?

Irma abrió la cartera. Sacó la chequera de donde no la sacaba nunca, solo para pagar el recibo del agua o la luz. La puso sobre el mostrador con un golpe seco.

—¿Cuánto es por los dos?

La muchacha se quedó muda. Parpadeó un par de veces.

—¿Los dos? ¿Rayo y Luna?

—No voy a separarlos. Ustedes mismos lo dijeron. Ninguno de los dos sabe vivir sin el otro. ¿Quién soy yo para meterme en medio de eso?

—Señora, son dos perros. Son $275 en total.

—Le voy a dar $300 —dijo Irma—. Cóbrese y ponga el resto en el bote de donaciones.

La muchacha sacó el contrato. Irma lo leyó dos veces, aunque no entendía la letra chica. Necesitaba hacer tiempo para que el pulso se le calmara. Luego sacó la pluma y escribió.

Apretó tanto el bolígrafo que la tinta se corría un poco. Escribió: "Rayo y Luna". No escribió solo "Rayo". Escribió los dos nombres en la línea de "Mascota(s)". La tinta azul quedó marcada en el papel como una promesa.

La gerente salió de la oficina de atrás. Era una mujer alta, con el cabello oscuro salpicado de canas y una carpeta en la mano.

—¿Qué pasa? ¿Firmó solo por Rayo? —preguntó, mirando por encima de sus lentes.

Irma le plantó el cheque en la mano.

—No. Me los llevo a los dos. Ahí está el pago. Son míos.

La gerente miró el cheque. Luego miró a la muchacha de la coleta. Luego miró a Irma. No dijo nada. Se quedó inmóvil, con la carpeta colgando de los dedos, como si el papel le quemara.

—No podemos darle los papeles a cambio de un sobre vacío —dijo al fin.

—Es un cheque. Lo puede verificar —Irma no le quitó la vista de encima—. No estoy de broma.

La muchacha intervino con rapidez.

—Yo le preparo las correas. No se preocupe.

Fue al área de las jaulas. Irma la siguió. Mientras abrían la puerta, Rayo salió disparado al pasillo, dando vueltas sobre su propio eje, ladrando con eco contra las paredes de concreto. Luna se pegó al suelo, arrastrándose, insegura.

Irma se quedó callada. Solo observó cómo Rayo se detenía en seco, regresaba hasta la jaula y tocaba el hocico de Luna. Luego le lamía la oreja. Luna se levantó temblando y pegó su cuerpo al de él, como si le transmitiera corriente.

La gerente los miraba desde la entrada. El bolígrafo de la muchacha hacía clic sin parar, un tic nervioso.

—Esto es un error —dijo la gerente en voz baja, más para sí misma que para Irma—. Usted es una señora mayor. Dos perros la van a sacar de quicio.

—Peor sería no dormir —respondió Irma—. Peor sería voltear a ver la jaula vacía y saber que lo dejé a medias.

La gerente apretó los labios. No se disculpó. Solo dio un paso atrás.

Irma pagó. Le dieron los registros de vacunación en una carpeta azul. Le dieron una bolsa con comida barata, de la que patrocinaba una tienda local. La muchacha de la coleta metió un puñado de galletas en una bolsa de plástico.

—Para los dos —dijo.

Irma le hizo un gesto de agradecimiento con la mano. No dijo ni "gracias" ni "hasta luego".

El estacionamiento estaba más frío que antes. El sol de la tarde teñía el horizonte de un naranja pálido. Irma abrió la puerta trasera del Accord. Rayo saltó adentro de inmediato, moviendo la cola contra el respaldo del asiento.

Luna se quedó parada en el asfalto, viendo el hueco oscuro. No se atrevía.

Rayo se asomó. Dejó escapar un gemido corto, urgente.

Luna dio un salto tímido y aterrizó en el asiento, pegada a él. Rayo se hizo a un lado. No mucho. Solo lo justo para que Luna cupiera entre su lomo y la puerta.

Irma se sentó al volante. Ajustó el espejo retrovisor. Por un instante, sus ojos se toparon con los de la gerente, que estaba parada junto a la puerta del refugio. No se había movido. Tenía la carpeta apretada contra el estómago. No parecía enojada. Parecía vacía.

Irma encendió el motor. El rosario se meció contra el parabrisas. El motor sonó áspero al principio, como si al carro también le costara arrancar.

Vio por el espejo cómo Luna apoyaba la cabeza sobre el lomo de Rayo. Los dos quedaron inmóviles. Los dos respiraban al mismo ritmo.

Irma puso las dos manos sobre el volante.

—Ya nos vamos —dijo.

Y arrancó rumbo a casa.

Esa noche, cuando Irma cerró la puerta de su recámara, escuchó un ruido en la sala. Se asomó.

Rayo estaba tirado en la alfombra, con la pata encima de Luna. Luna tenía los ojos cerrados y la tripa subiendo y bajando con un ritmo parejo, tranquilo.

Irma se quedó un momento en el marco de la puerta, con la mano en el interruptor. Bajó el switch de la sala, pero dejó prendida la luz del pasillo, por si Luna quería bajar a tomar agua.

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Uniad
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