No debí abrir ese enlace. Serían las dos de la madrugada, el aire acondicionado largando ese zumbido cansado de los apartamentos viejos de Hialeah. Yo no podía dormir y Ramón roncaba en el cuarto de huéspedes, ese que antes era mi estudio de costura y ahora olía a loción barata y a su ropa sin lavar. Entré a Facebook, aburrida, y me salió un anuncio de *LatinosConFuego*, una de esas apps para solteros que nunca en mi vida había usado. Toqué sin querer y se abrió la página. Y ahí estaba él.
La foto era de cuando todavía tenía pelo, unos diez años atrás, con una camisa de lino que yo le compré en el Dolphin Mall. “Ramón G., 54, empresario retirado. Busco mujer juvenil, sin dramas ni equipaje. Me gusta consentir y viajar.” Tengo cincuenta y uno; él cumple sesenta y cuatro en noviembre, pero en el perfil se quitó diez años de encima.
Seguí bajando y vi los mensajes con una tal Yessica, veinticinco, estudiante de cosmetología. Le decía *mi reina*, le prometía llevarla a Naples a comer mariscos, le contaba que tenía un negocio de importaciones. También estaba el hilo con Carolina, veintinueve, cajera en un Publix: a ella le ofrecía un crucero. Todo desde mi sofá, con mi internet, en la casa que yo pagué sola. Yo le había estado comprando unos tenis Nike nuevos cada tres meses porque él se quejaba de que los míos parecían “de señora de iglesia”. Y él regalándole cenas imaginarias a muchachas de la edad de mi hija.
Pero déjame contarte cómo empecé a cavar el hueco donde me metí.
Dieciocho meses atrás sonó el teléfono. Era miércoles, yo acababa de guardar las sobras del pollo al horno. Vi el número, no lo reconocí. Contesté y oí esa voz ronca: “Marisol… perdona que te moleste. No tengo a dónde ir. Perdí el trabajo y me echaron del apartamento. Necesito un lugar por unas semanas, mientras me acomodo.”
Dieciocho años sin saber de él. Desde que firmamos el divorcio en la corte de Miami-Dade, no había vuelto a pronunciar mi nombre. Pero esa noche, en lugar de colgar, me tembló la mano. Mi hija mayor se había mudado a Orlando, mi hijo estaba en la Marina, yo vivía sola en un apartamento de dos cuartos que me dejó mi mamá. Me la pasaba entre el trabajo en la oficina contable y las telenovelas turcas. Y de repente, Ramón me necesitaba. Algo en el pecho se me inflamó, una cosa pegajosa: el ansia de ser indispensable, de que alguien me dijera *gracias a ti no estoy en la calle*.
Le dije que viniera. Al día siguiente se plantó con una mochila y una bolsa negra de basura llena de ropa.
Los primeros tres meses fueron irrealmente buenos. Ramón preparaba el café a las seis, me tenía el pan tostado listo, me llamaba “mi gorda linda” con un cariño que yo creía olvidado. Íbamos juntos a la placita los sábados, comprábamos pastelitos, veíamos películas de Cantinflas en el sofá. Yo pensaba *esto es lo que debimos ser siempre*. Me olvidé de por qué nos separamos: de la mujer con la que me engañó cuando yo estaba embarazada de siete meses, de las veces que vació la cuenta del banco, de aquel día que me dijo “así como estás ya nadie te va a mirar”.
La memoria volvió a puñaladas pequeñas. Alrededor del quinto mes, una mañana, mientras revolvía el café, soltó: “¿Has pensado en hacer algo con esos brazos? Se te ven un poco sueltos.” Esa misma semana me inscribí en un gimnasio de la esquina y empecé a ir cuatro veces por semana. Luego fue: “Ese perfume es muy fuerte, parece de señora mayor.” Dejé mi colonia de rosas, llevé al basurero el frasco nuevo. Después me dijo que mis dos únicas amigas, Luz y Carmen, eran “chismosas y envidiosas”, y yo dejé de contestar sus mensajes. Compré cortinas distintas porque a él no le gustaba el estampado. Cambié la receta del ropa vieja porque según él la hacía “sin sazón”. Cada semana un comentario nuevo. Y yo, boba, convencida de que si me esforzaba lo suficiente, él volvería a ser el hombre de los primeros meses.
Aquella noche, con el perfil de Ramón brillándome en la pantalla y los mensajes con Yessica y Carolina delante de los ojos, algo se partió. No fue dolor. Fue una especie de alivio mudo, porque era como terminar de leer un libro que ya sabías cómo acababa. Cerré la laptop despacio, fui a la cocina y me serví un vaso de agua. El reloj del microondas marcaba las 3:17.
Me quedé de pie junto a la ventana. Las palmeras del estacionamiento se movían con el viento caliente de agosto. Pensé en el día que mi mamá me dio las llaves de este apartamento: “Es tuyo, mijita, para que nunca dependas de nadie.” Y yo lo había llenado de un hombre que no solo no aportaba un centavo, sino que buscaba novia con mi techo y mi comida.
Ahí mismo agarré el teléfono y busqué *cerrajero 24 horas Miami*. Me atendió un muchacho con voz de sueño, le dije que viniera a las siete de la mañana. Le pedí que no tocara el timbre, que yo lo esperaba abajo. Dormí dos horas, vestida.
A las siete menos diez bajé descalza al portón. El cerrajero llegó puntual en una Ford F-150 blanca. Le expliqué lo que necesitaba: cambiar la cerradura de la entrada principal, sin ruido, y darme las dos copias. Me cobró ciento ochenta dólares en efectivo, le di dos billetes de cien. Mientras él trabajaba, yo subí, saqué la maleta vieja de Ramón del clóset y empecé a meter su ropa: las camisas de segunda mano, el pantalón de vestir que nunca usaba, el frasco de loción que me daba alergia. También puse el cargador de su celular, que yo pagaba. En el bolsillo pequeño de la maleta metí un billete de cincuenta dólares y una nota escrita con mi letra de contadora: “Para un motel o un boleto de autobús. No me busques.”
Ramón se despertó a las ocho y media, cuando yo ya estaba sentada en la sala con la maleta a mi lado. Salió del cuarto restregándose los ojos, vio la maleta y frunció el ceño.
—¿Y eso, gorda? ¿Vas a viajar?
—Es tu maleta. Ahí tienes tus cosas. Y en el bolsillo pequeño hay cincuenta dólares. Es lo justo para que empieces a buscarte otro sofá donde caer.
Se quedó quieto, los brazos caídos. Luego soltó una risa corta.
—¿Estás loca? ¿Adónde voy a ir?
—A la parada del autobús, o a llamar a Yessica, la de veinticinco. O a Carolina, la del Publix. Seguro alguna de ellas te recoge.
El color se le fue de la cara. Intentó abrir la puerta para salir al pasillo y la encontró bloqueada. Probó la llave vieja que traía en el bolsillo y no giró. Se giró hacia mí y por un segundo vi al Ramón de hace veinte años: el mismo desconcierto, pero ahora sin ningún poder.
—Marisol, esto es mío también… llevo más de un año viviendo aquí.
—Llevas dieciocho meses viviendo de mí. Dieciocho meses que suman, redondeando, veintidós mil dólares entre comida, cuentas y caprichos. El apartamento es mío, la cerradura es nueva y la paciencia se me acabó.
Cogí su maleta por el asa, la puse en el descansillo y le señalé la escalera. Ramón me miró con los ojos entrecerrados, esperando que yo me quebrara. Pero no. Mis manos estaban firmes, la espalda recta. El cerrajero me había dejado las dos copias de la llave en un llavero de metal brillante, y yo las apretaba en la palma como si fueran un amuleto.
Bajó tres escalones, se detuvo y dijo:
—Te vas a arrepentir cuando estés sola otra vez.
—Hace años que estoy sola —le contesté—. Solo que ahora sin tu equipaje.
Cerré la puerta. Oí sus pasos arrastrando la maleta por el pasillo alfombrado. Sentí el ruido de la puerta metálica del edificio al abrirse. Me asomé por la ventanita de la cocina y vi cómo se alejaba bajo el sol blanco de la mañana, con la bolsa de ropa colgando del hombro, hacia la parada del autobús de la 49.
Me serví un café bien cargado y saqué mi libreta de cuentas. Anoté: *Saldo a partir de hoy: cero deudas emocionales*. Y empecé a hacer la lista de lo que iba a hacer con los veintidós mil dólares que a partir de ese mes dejaban de salir de mi cuenta. Lo primero: un curso de patronaje industrial. Lo segundo: volver a llamar a Luz.
