Todavía Me Llaman Para Preguntarme Si Ya Comí

La vecina de al lado, la señora Gómez, me detuvo junto a los buzones del edificio. Llevaba tres vasos de plástico de elote en una charola y su perro, un chihuahua tuerto que se llama Pancho, le ladraba a una bolsa del supermercado. Me vio cargando mis dos bolsas del H-E-B y puso esa cara. La que ponen todos: cejas caídas, labio apretado, un suspiro contenido. La cara de “pobrecita, vive sola”.

—¿Y sí no le da miedo, doña Marisol? —preguntó, acomodando los vasos—. Una mujer de ochenta y un años, solita en ese apartamento…

Pancho seguía ladrando. Un camión de la basura hizo reversa en la esquina de Nogalitos Street y la bolsa del súper se me resbaló un poco de la mano. Le sonreí, porque en San Antonio la gente se ofende si no le devuelves el gesto.

—Miedo me daría vivir con mi yerno —le dije—. Ese sí que ronca como si estuviera pidiendo auxilio.

Se rió, pero no le llegó a los ojos. Me preguntó otra vez si no quería mudarme con mi hija Verónica. Otra vez. Como si yo fuera un mueble que no se acomoda bien en la sala.

Aquí va algo que la gente no entiende de la vejez, y que yo no me canso de repetir: no estoy esperando. No me siento en el sillón a ver si el teléfono suena o si el reloj avanza. Mi vida ya tuvo su terremoto, ya tuvo veinte años de pañales, loncheras, uniformes almidonados y noches largas en la sala de urgencias. Ya tuve cuarenta años de sacar cuentas en la tabla de planchar para ver si alcanzaba para las colegiaturas, para las quinceañeras, para el maldito aire acondicionado en agosto.

Mi esposo, Raúl, manejó un tráiler por veintiséis años. Yo cosía ojales y dobladillos en la cochera con un letrero escrito a mano: “Se corta, se sube bastilla, se pegan botones”. A veces cosía hasta las dos de la mañana con la luz de una lámpara de escritorio que todavía guardo en el clóset, en una caja con los listones del matrimonio de Verónica. Trabajé de cajera en un Fiesta Mart que ya no existe, cuidé niños ajenos, hice tamales para el Thanksgiving del templo, y una vez manejé de San Antonio a Corpus Christi con una hielera llena de emparedados porque a mi hijo Tito se le olvidó el medicamento para el asma. Tardé dos horas y media. No se me olvidó cargar gasolina. No se me olvidó el celular.

Raúl se fue hace nueve años. Una noche, junto al sofá, mientras veíamos un partido de los Spurs. Se durmió viendo el juego y yo no me di cuenta hasta que le toqué el hombro. El juego estaba en la prórroga. Le dije: “Raúl, mira, van a ganar”. Y él ya estaba frío. Dejé su asiento vacío durante una semana. Luego pusieron otra tele en el asilo donde va mi hermana Gloria, y ya no supe qué hacer con la mía.

Tito vive en Houston, es mecánico de diésel. Verónica vive aquí en San Antonio, en una casa de dos pisos en Alamo Ranch. Me llama todos los días a las once de la mañana, entre paciente y paciente, porque es asistente médica en una clínica dental sobre Bandera Road.

—Mamá, ¿comiste?

—Verónica, son las once y veintidós.

—Pero ¿comiste?

—Me comí dos tacos de barbacoa y un danés de fresa. Sé feliz.

Ahí está el detalle. Los hijos creen que el amor es vigilarte el plato. Y la gente cree que si una mujer de ochenta y un años vive sola, es porque nadie la quiere. Nada más falso. Viven conmigo el silencio del pasillo, el olor a fabuloso del pasamanos, las tardes de novela vieja en el sillón reclinable, la radio cristiana de la vecina de abajo, las películas de Pedro Infante que ya sé de memoria. Viven conmigo mis cosas: la caja de botones, la máquina de coser Singer que pesa como un muerto, el florero de cerámica de Talavera donde pongo los alcatraces que vende un señor en la esquina de Commerce con General McMullen. Los martes pone una carpa azul y vende flores y pepinos con chile. Los alcatraces me duran hasta el viernes si les cambio el agua.

Una vez vino una trabajadora social al complejo de apartamentos. Traía una tabla con un gancho de metal y una mochila llena de folletos. Hablaba rápido y me decía “mija”. Me preguntó si sabía qué día era, quién era el presidente, y si quería entrar a un programa de compañía para adultos mayores. Le dije que no, gracias, que yo tengo mi gente. Me preguntó quién era mi contacto de emergencia. Le di el número de Verónica. Me preguntó si me sentía segura. Le dije que sí, que aquí abajo hay una reja que cierra a las nueve y que el señor de mantenimiento me cambió el foquito del pasillo en enero. Anotó algo en la tabla. Me dio un folleto y se fue. Pancho le ladró desde la ventana del primer piso.

Esa noche no pude dormir. No por miedo. Por algo que me dijo la trabajadora antes de irse: “Su familia la quiere mucho, doña Marisol. Hasta su yerno pidió los folletos para usted”.

Ahí se me erizó la piel, como cuando oyes un coyote cerca de la carretera. ¿Por qué mi yerno pidió folletos? ¿Por qué no me lo dijo Verónica?

Al día siguiente, en la mesa de la cocina, con mi café de olla y una rebanada de pan del panadero que pasa por Nogalitos tocando una campanita, saqué las cuentas. No las cuentas del banco. Las cuentas de mi vida. La casa en la colonia Los Ángeles donde crié a los muchachos la vendí en 2015 para sacar a Tito de un embrollo con un préstamo del título. No me quejo. Valió cada centavo. El mes siguiente, Verónica me dijo que ya no podía llevarme a vivir con ellos porque el baño de abajo estaba en reparación. Y yo dije: “Está bien, hija. Con razón”.

Me mudé a este apartamento de dos cuartos en el oeste de San Antonio. Y aquí empecé a respirar. No lo digo con rencor, lo digo con los pies fríos por la mañana y el café caliente en la taza blanca. Empecé a comprar mis propios plátanos. A veces los quiero verdes, a veces manchados. A veces me como una paleta de mango a las diez de la noche viendo el canal de concursos. Y nadie me dice que se me va a subir el azúcar.

La soledad no es la novia triste que pintan en las películas de la tarde. La soledad es una señora que riega sus plantas en el balcón a las siete de la mañana y se ríe sola porque el pajarito que se posa en el cedro del estacionamiento le recordó al señor de la tintorería que silbaba así, así: tres notas cortas y una larga.

Pero lo de los folletos me quedó como una piedrita en el zapato.

El domingo vinieron a almorzar Verónica y su esposo, el tal Gonzalo. Un hombre que desde que se casó con mi hija, hace doce años, cree que hablar fuerte es lo mismo que ser honesto. Trajeron pollo asado de Pollos Asados del Norte, tortillas de harina y un litro de té de Jamaica. Verónica me arregló el cajón de las medicinas. Gonzalo se sentó en mi sofá y empezó a hojear la revista de cupones del supermercado.

—Suegra —dijo—, ya la pensamos bien. Usted no puede seguir aquí sola.

Verónica se volteó desde la cocina. No dijo nada. Estaba acomodando los medicamentos por colores, como si no hubiera escuchado. El botecito azul iba antes que el blanco. Ella es así, clasifica todo para no sentir que algo se sale de control.

—¿Ustedes quiénes? —le pregunté, con una tortilla en la mano.

—Verónica y yo.

—Verónica tiene boca. Y está parada ahí mismo.

Ella siguió con los botecitos. La entiendo. Le cuesta arrancar. Lo sé porque yo fui igual cuarenta años: doblaba camisas para no empezar una conversación.

Gonzalo se inclinó hacia delante, con los codos en las rodillas, como entrenador de futbol que va a explicar una jugada.

—Mire, suegra, no es que la estemos correteando. Es por su bien. Aquí se vino a vivir gente rara. Y usted está muy grande.

—Grande de edad, no de tonta.

—Yo sé, yo sé. Pero tengo un amigo que trabaja en una residencia asistida por Zarzamora. Muy limpia. Con enfermeras y todo. Allá no le va a faltar nada. Usted vende sus cositas, nosotros le guardamos el dinerito, y ya.

—¿Mi apartamento? —pregunté.

—Bueno, sí. No va a necesitar dos cuartos allá.

—¿Y mis máquinas?

—La Singer ya está muy vieja. Eso se regala, se vende o se tira.

Aquí debo decir que no me puse triste. Me puse clara. Así como cuando uno ve el agua sucia en la cubeta después de trapear toda la casa. Claro.

—¿Y cuánto cuesta esa residencia? —le pregunté, sirviéndome otro taco.

—Dos mil ochocientos al mes —dijo Gonzalo, como si me estuviera dando un premio.

—¿Y quién paga eso?

—Sus ingresos cubren una parte. Y Verónica y yo le ayudamos.

Me limpié la boca con una servilleta. Miré a mi hija. Ella seguía con las medicinas. De abajo, la vecina puso la radio cristiana. Pancho ladró en la distancia.

—Hija, ¿tú quieres que yo me venda? —le pregunté, con el español de las mías, el de los domingos con frijoles y tele abierta.

Verónica se quedó quieta. Por fin me vio. Con los ojos vidriosos, así, de pestañas juntas, como cuando era niña y no quería confesar que había perdido un suéter en la escuela.

—Es que me preocupa usted, mamá. Aquí sola, tan lejos de mí. Y Gonzalo dice…

—No te pregunté qué dice Gonzalo.

Ese hombre se levantó del sofá con tal fuerza que las llaves del carro le sonaron en el bolsillo. Me gritó que yo no quería entender, que estaba de necia, que él sólo estaba viendo por mi futuro. Le dije que mi futuro no estaba en venta. Me dijo que una vieja no puede estar sola en un barrio así. Me dijo que yo era una carga.

Ahí sentí el golpe. No en el pecho. En los dedos. Los apreté contra el reposabrazos del sillón hasta que las uñas me marcaron la palma.

Verónica no lo calló. No me defendió. No apartó la mirada del botecito azul. Y yo, que he cosido ojales con hilo resbaladizo y paciencia de santo, le dije lo único que me quedaba:

—Váyanse, hijo. Y no me hables de “dinerito”. Mi dinero y mis llaves son míos.

Gonzalo se rió por la nariz, como un toro chiquito.

—Ya va a ver. Aquí la venimos a buscar en un mes.

Verónica me dio un beso en la cabeza y se fue al carro. No dijo “adiós”. Dijo “ya luego le marco”. Y esa frase, “ya luego le marco”, me retumbó en el apartamento como el eco del elevador.

No lloré. Me senté y me comí el último pedazo de pollo frío. Luego fui a la cochera, destapé la Singer, le quité el polvo del carrete y cosí un dobladillo de un vestido que me encargó la señora del apartamento nueve. A las cuatro de la mañana me tomé un té de manzanilla. Y a las seis ya estaba frente al espejo del baño con el voltaje de las grandes decisiones.

Llamé a mi compadre Alfredo, el que vive en una casa de ladrillo en la colonia Jefferson y todavía maneja una camioneta Nissan del 2010. Le pedí que me llevara a una notaría por el centro. Le dije que era para un trámite de un seguro. No me preguntó nada. Me conoce desde que Raúl y él cargaban hielo juntos los domingos en el mercado.

La notaría quedaba en la Federal Plaza, entre un local de viajes a Zacatecas y un restaurante de mariscos. La notaria era una muchacha de unos treinta y cinco años, con el cabello teñido de un rojo como de chile guajillo. Se llamaba Lucía. Me recibió con un “¿cómo le va, señora?” y me ofreció una botella de agua.

Saqué de mi bolso una carpeta de cuero que heredé de Raúl. Tenía el olor de doce años guardada: monedas viejas, recibos, una foto de Tito en el kínder, una estampita de San Martín Caballero. Y el contrato de arrendamiento del apartamento. Y un papel que estuve llenando a mano durante dos noches, con lapicero azul, letra de cursiva que me enseñó la monja Manuela en la primaria.

Le dije: “Mire, Lucía. Tengo ochenta y un años. Mi yerno anda urgido por meterme a una residencia y venderme lo que me queda. Yo no quiero pelear. Quiero amarrar”.

Lucía me leyó el papel en voz baja. Luego me preguntó si estaba segura. Le dije que sí, con una seguridad más limpia que la cocina de mi hermana después de la birria.

Le pedí dos cosas. La primera: un poder notarial para Verónica, pero limitado. Sólo para asuntos médicos. Nada de bienes, nada de cuentas. La segunda: una declaración jurada donde constara que yo, Marisol del Carmen Herrera, era la única titular de mis bienes muebles y que cualquier intento de venta sin mi firma era nulo.

—¿Y el apartamento? —me preguntó Lucía.

—Lo dono en vida a una organización que ayuda a señoras que huyen de maridos que las golpean. La Casa de la Mujer, se llama. La que está por Mission Road.

—¿Y su hija?

—Mi hija no me necesita. Ellas sí.

Ahí sí solté el aire. No de coraje. De alivio. Como cuando terminas de doblar la última toalla de una tanda de seis cargas.

Salí de la notaría a las once y media. En la calle, un señor vendía elotes asados con mayonesa y chile. Le compré uno, con todo. Sentí el chile en los labios y las ganas de llorar se me fueron de golpe.

El domingo siguiente, a las dos de la tarde, Gonzalo llegó solo. Tocó el timbre. Tres veces. Lo dejé tocar. Desde la cocina, con la radio apagada, lo oí echar maldiciones en el pasillo y hablar por teléfono.

—No me abre, no me abre —decía, como si el apartamento fuera suyo.

Luego sonó su celular a las dos y once. Verónica me mandó un mensaje de texto. Uno solo: “Mamá, ya vamos a ir por tus cosas”. No dije nada. Esperé.

A las tres y veinte, Gonzalo movió el picaporte. Y ahí, parada detrás de la puerta con mi carpeta de cuero contra el pecho, le dije lo que necesitaba decirle:

—No te abras, puerta. Que afuera está el que me quería vender como mueble de segunda.

Él gritó. Yo no. Saqué un sobre que me dio Lucía la notaria, con sello y copia certificada, y lo deslicé por debajo de la puerta. Se alcanzó a ver el color marrón del sobre, las letras negras del remitente, la esquina doblada. Un sobre con el poder notarial limitado para Verónica y la constancia de que yo soy la dueña de mis llaves, de mis tres máquinas de coser, de mis cazuelas de barro, de mis veintiún alcatraces en el balcón, de mi paz de los domingos.

—Dile a tu mujer —le dije, con la boca cerca de la rendija— que el miércoles voy a la Casa de la Mujer a dejar firmada la donación. Y que si me busca, me encuentra en el cedro del estacionamiento, dándole de comer a los gorriones.

Gonzalo no pateó la puerta. Se rió. No de contento, sino de coraje. Sacó una hoja del bolsillo trasero y la estrujó. La oí arrugarse, así, como papel de folleto.

—Usted me las va a pagar, suegra. No va a pasar de navidad.

Yo ya no le respondí. Me fui a la cocina y puse agua para café. Mi apartamento se llenó del olor a canela. Afuera, los pájaros se movieron de rama. El sol de San Antonio entraba por la ventana y hacía brillar el polvo dorado de los muebles.

A los tres días, a las diez y cuarenta y tres de la mañana, me llamó Verónica llorando. Me dijo que Gonzalo le había echado en cara lo del sobre, que el abogado de la Casa de la Mujer lo llamó para confirmar la cita conmigo, y que su esposo le gritó que ella tenía que arreglarlo.

—Mamá, ¿por qué no me contaste?

—Porque no me preguntaste, hija. Me ibas a vender sin avisarme. Yo te avisé por escrito.

Se hizo un silencio largo. Se oía el motor del carro en el fondo, o una lavadora, o el aire nomás.

—¿Y qué va a ser de ti? —me preguntó, con la voz hecha pedazos.

—Va a ser lo que yo decida cuando me levante. Como hoy. Me levanté a las seis y media. Me hice huevos con jamón. Regué el romero. Y luego fui contigo al teléfono, a ver qué se te ofrecía.

Ese miércoles, a la una y veinte, me presenté en la Casa de la Mujer con mi compadre Alfredo. Entregué la copia certificada de la donación. La directora, una señora canosa que se llama Teresa, me abrazó con un olor a café y a perfume de avena. Me dijo que mi nombre iba a salir en un reconocimiento anual. Le dije que no, gracias, que lo único que me importaba era que ninguna de esas señoras volviera a sentir que su vida no vale nada. Que la vida vale, y que las llaves de una, por viejas que estén, son de una.

Regresé al apartamento a las tres y media. El pasillo olía a pino, como si hubieran trapeado temprano. Pancho dormía afuera de la puerta de la señora Gómez, con una pata sobre la bolsa del súper. La puerta de mi apartamento, la que cerré con doble llave al salir, seguía cerrada. Con la misma doble llave.

Entré. Dejé la carpeta de Raúl sobre la mesa del teléfono. Me serví agua de la jarra. Y en el contestador, un mensaje de Verónica:

—Mamá, soy yo. No vayas a donar nada, por favor. Necesito hablar contigo. Es que no quiero que me dejes fuera. Escúchame, por favor… llámame cuando llegues…

Borrè el mensaje. No por venganza. Porque ya no tenía nada que explicar.

Me senté en el sillón reclinable, con la máquina de coser enfrente, y prendí la tele. Estaban pasando una película de Pedro Infante. Era la escena en la que él canta en la feria, con el sombrero en la mano. Le subí el volumen. No me comí una paleta de mango. Me comí dos.

Y a las once de la noche, con las luces del centro de San Antonio brillando a lo lejos como una promesa, apagué la tele y me fui a dormir. Sola. Entera. Dueña de mis llaves, de mis veintiún alcatraces, de mi maldita paz.

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