—¿De verdad piensas comprar ese vestido, mamá?

—¿De verdad piensas comprar ese vestido, mamá?

La voz de Laura sonó tan alta que varias mujeres dejaron de mirar los percheros y giraron la cabeza.

Mercedes sostenía frente a sí un vestido azul claro, ligero, con una falda que caía suavemente por debajo de las rodillas. No era escotado. No era extravagante. Solo tenía un color luminoso, parecido al cielo de una mañana de primavera.

Durante unos segundos, Mercedes no respondió. Se limitó a acariciar la tela con la punta de los dedos.

—Me gusta —dijo al fin—. Pensé que podría ponérmelo en el cumpleaños de Paula.

Laura soltó una risa breve.

—Mamá, tienes sesenta y dos años.

Las palabras cayeron entre ellas como una puerta cerrándose.

—Ya lo sé —contestó Mercedes.

—Entonces compórtate de acuerdo con tu edad. Ese vestido es para chicas jóvenes.

Una clienta que estaba cerca fingió interesarse de pronto por una chaqueta. Otra bajó la mirada. Nadie quería intervenir, pero todos escuchaban.

Mercedes volvió a observar el vestido. Hacía años que no se permitía elegir algo simplemente porque le pareciera bonito.

Desde la muerte de Andrés, su marido, su vida se había reducido a una rutina silenciosa: levantarse temprano, abrir las persianas, preparar café para una sola taza, ir a trabajar unas horas a la panadería de su cuñada, volver a casa, regar los geranios y esperar alguna llamada de sus hijos.

En el armario seguían colgadas dos blusas de colores que Andrés le había regalado. Mercedes no las usaba. Le parecía una traición vestirse alegre cuando él ya no estaba para verla.

Pero aquella mañana, al pasar frente al escaparate, había visto el vestido azul.

Por primera vez en mucho tiempo, no había pensado en su edad, ni en su viudez, ni en lo que dirían los vecinos.

Había pensado: “Qué bonito sería sentirme así otra vez”.

—Voy a probármelo —murmuró.

—No, mamá.

Laura le quitó casi de las manos la percha.

—No hagas el ridículo. Mira a tu alrededor. ¿Ves a alguna mujer de tu edad vestida así?

Mercedes recorrió la tienda con la mirada. Había mujeres jóvenes, madres con carritos de bebé, dos adolescentes riéndose frente a un espejo y una señora mayor que examinaba unos pantalones beige.

—No estaba mirando a las demás —respondió.

—Pues deberías. A veces hace falta verse desde fuera.

Una dependienta de unos treinta años se acercó. Llevaba una cinta métrica alrededor del cuello y una expresión amable.

—¿Desea que le prepare un probador?

Mercedes abrió la boca, pero Laura se adelantó.

—No, gracias. Ya nos vamos.

—Yo sí quería…

—Mamá, por favor. Ese vestido ya no es para tu edad.

Lo dijo todavía más fuerte.

Mercedes sintió el calor subirle desde el pecho hasta las mejillas. De pronto se vio pequeña, torpe, fuera de lugar. Volvió a colocar el vestido en el perchero.

—Claro —susurró—. Seguramente tienes razón.

Laura cambió de humor al instante.

—Ven. Te enseñaré algo más apropiado.

La llevó hasta una sección llena de prendas oscuras y amplias.

—Mira este. Es elegante.

Mercedes observó un vestido marrón sin forma.

—Parece cómodo —dijo.

—Exacto. Y este gris también. Te estiliza.

Mercedes apenas escuchaba. Todos aquellos colores le recordaban los días de lluvia, las salas de espera de los hospitales, la ropa que había usado durante el entierro de Andrés.

Estaba a punto de decir que prefería no comprar nada cuando la dependienta volvió a acercarse.

—Disculpen —dijo con calma—. ¿Puedo hacerles una pregunta?

Laura se giró, molesta.

—¿Qué pregunta?

La joven miró primero a Mercedes y después a su hija.

—¿En qué momento exacto una mujer deja de tener derecho a sentirse bonita?

El ruido de la tienda pareció apagarse.

Laura frunció el ceño.

—No se trata de eso.

—Entonces, ¿de qué se trata?

—De vestirse con sentido común.

La dependienta tomó el vestido azul del perchero.

—Este vestido llega por debajo de la rodilla, no tiene un escote pronunciado y su corte es clásico. No veo nada ofensivo ni inapropiado.

—No he dicho que sea ofensivo.

—Ha dicho que no es para su edad.

Laura cruzó los brazos.

—Mire, es mi madre. Yo sé lo que le conviene.

La dependienta no levantó la voz.

—Quizá sabe qué talla usa, qué medicamentos toma o a qué hora tiene cita con el médico. Pero eso no significa que pueda decidir qué color tiene permitido llevar.

Mercedes levantó los ojos.

La frase le dolió y, al mismo tiempo, le abrió una grieta por dentro.

Laura se puso roja.

—No tiene derecho a hablarnos así.

—Tiene razón —intervino Mercedes de pronto.

Su voz fue tan baja que ambas tuvieron que mirarla.

—Mamá…

—He dicho que tiene razón.

Mercedes respiró profundamente.

—Desde que murió tu padre, todos empezasteis a tratarme como si yo también hubiera desaparecido un poco. Me llamáis para que cuide a los niños. Para que prepare croquetas. Para que recoja paquetes. Para que os acompañe al médico. Pero nadie me pregunta qué me gusta.

—Eso no es verdad.

—¿Cuándo fue la última vez que me preguntaste si estaba contenta?

Laura abrió la boca, pero no encontró respuesta.

Mercedes siguió hablando, ya sin mirar al suelo.

—Cuando tenía tu edad, tú te ponías una falda roja que a mí me parecía demasiado corta. ¿Recuerdas qué te dije?

Laura desvió la mirada.

—No.

—Te dije que salieras con ella si te hacía sentir fuerte. Tu padre pensaba que debía prohibírtelo. Yo lo convencí de que confiar en ti era más importante que controlarte.

A Laura se le humedecieron los ojos, aunque intentó disimularlo.

—Yo solo quería evitar que la gente se riera de ti.

Mercedes sonrió con tristeza.

—La única persona que se estaba riendo de mí eras tú.

La frase dejó a Laura inmóvil.

La dependienta abrió la puerta del probador y colgó dentro el vestido.

—Puede probárselo sin compromiso —dijo.

Mercedes entró.

Mientras se cambiaba, le temblaban las manos. Durante un instante estuvo a punto de volver a ponerse su falda negra y salir sin mirar a nadie.

Entonces recordó a Andrés.

Recordó una tarde de agosto, muchos años atrás, cuando él la había llevado a bailar a una verbena. Mercedes llevaba un vestido azul casi del mismo color. Andrés no dejó de mirarla en toda la noche.

“Cuando vistes de azul”, le había dicho, “parece que la tristeza no se atreve a acercarse”.

Mercedes cerró los ojos. Después subió la cremallera.

Al salir del probador, nadie habló.

El vestido le sentaba bien. No la convertía en una muchacha, ni ocultaba las arrugas de sus manos, ni borraba los años. Pero su espalda estaba más recta. Sus ojos parecían más vivos.

La dependienta sonrió.

—Le queda precioso.

Una mujer mayor, que había seguido la escena desde lejos, se acercó unos pasos.

—Y el color le ilumina la cara —añadió.

Mercedes se miró en el espejo.

Durante años había evitado hacerlo. Solo veía las canas, la piel cansada, el cuerpo que había cambiado. Sin embargo, aquella vez vio algo distinto.

Vio a la mujer que había criado a dos hijos, trabajado sin descanso, acompañado a su marido durante una enfermedad larga y aprendido a dormir sola.

No era una mujer terminada.

Era una mujer que seguía allí.

Laura se acercó lentamente.

—Mamá…

Mercedes no se volvió.

—No necesito que te guste el vestido.

—No, espera.

Laura se colocó a su lado frente al espejo.

—Te queda muy bien.

Mercedes la miró.

—No lo digas por pena.

—No es pena.

Laura tragó saliva.

—Creo que… me asustó verte distinta. Desde que murió papá, te acostumbraste a necesitarme para muchas cosas. Y quizá yo me acostumbré demasiado a decidir por ti.

Mercedes no respondió.

—Perdóname —continuó Laura—. No quería hacerte daño. Solo que no me di cuenta de que estaba tratándote como si ser mayor significara no poder elegir.

La dependienta se alejó discretamente para atender a otra clienta.

Mercedes volvió a mirar el vestido.

—Me lo voy a llevar.

Laura asintió.

—Y yo te invito.

—No.

Mercedes sonrió por primera vez aquella mañana.

—Me lo compro yo.

Una semana después, en el cumpleaños de su nieta, Mercedes apareció con el vestido azul, unos pendientes pequeños y los labios pintados de un tono suave.

Al entrar en el restaurante, Paula corrió hacia ella.

—¡Abuela, pareces una princesa!

Todos rieron, pero no hubo burla en aquellas risas.

Laura se acercó y le acomodó con cuidado un pliegue del hombro.

—Estás guapísima.

Mercedes notó que varias personas la miraban. Durante un instante regresó la antigua inseguridad. Luego enderezó la espalda.

Más tarde, cuando comenzó la música, uno de sus nietos le pidió bailar. Mercedes aceptó.

Giró torpemente al principio. Después se dejó llevar. La falda azul se movía alrededor de sus piernas y, por primera vez desde la muerte de Andrés, recordó una noche feliz sin sentir que el recuerdo debía doler.

Laura la observó desde la mesa.

Lloraba en silencio.

No porque su madre pareciera más joven.

Sino porque acababa de comprender que nunca había dejado de ser una mujer con sueños, vergüenzas, deseos y ganas de vivir.

Al terminar la fiesta, Mercedes volvió a casa caminando despacio. Antes de quitarse el vestido, se colocó frente al espejo del dormitorio.

En la mesita estaba la fotografía de Andrés.

—Al final me atreví —susurró.

La casa permaneció en silencio, pero Mercedes creyó escuchar su risa tranquila.

Abrió el armario, apartó los vestidos negros y dejó el azul en el centro.

A la mañana siguiente sacó también las dos blusas de colores que llevaba años sin tocar.

Porque cumplir años cambia el cuerpo, la voz y la forma de mirar el mundo.

Pero ninguna edad debería obligar a una mujer a pedir permiso para sentirse viva.

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Uniad
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