Almas Perdidas

Valeria seguía sentada en la banca del parque Bachechi, sin poder moverse. Las palabras de Marco todavía retumbaban en su cabeza: «Lo siento, Vane, esto ya no funciona». Primero fue la incredulidad. ¿Cómo? ¿Por qué ahora? ¿Qué hice mal? Ni siquiera alcanzó a reaccionar cuando él ya se alejaba a paso rápido, casi corriendo, como si temiera que ella se pusiera a gritar, a llorar, a rogarle de rodillas. Pero Valeria solo miraba su espalda cada vez más pequeña entre los álamos temblones del otoño de Albuquerque. En un minuto ya no había nadie.

Ahí fue cuando el peso le cayó encima como un yunque. El aire dejó de entrarle a los pulmones. No podía ni llorar. El reloj de la torre de la iglesia de San Felipe dio las tres y media, luego las cuatro, y ella seguía igual, con las manos frías metidas en los bolsillos de la chamarra, sintiendo cómo el mundo se le desarmaba pieza por pieza.

Un escalofrío le subió por la nuca. Alguien la observaba. Levantó la vista con una chispa absurda de esperanza —¿volvió?— pero en la banca de enfrente solo había un perro callejero, un mestizo color miel con las orejas gachas y los ojos clavados en ella. Valeria lo vio apenas un segundo y volvió a bajar la cabeza. En ese momento no podía pensar en nada más que en ese hueco abierto en el pecho, justo donde hasta hacía una hora latía su vida ordenada, su rutina, su pequeña felicidad doméstica.

Cuando por fin pudo ponerse de pie, las piernas le temblaban. Caminó hacia la salida del parque, rumbo a su departamento en la Avenida Río Grande. El perro color miel no se movió. Solo giró el hocico para seguirla con la mirada hasta que la silueta de Valeria se perdió entre los árboles.

En casa fue peor. Mucho peor. En la entrada todavía flotaba el olor del cologne Spicebomb de Marco. Su taza del Starbucks estaba en la mesa de centro. En el refrigerador había un tupper lleno de pollo asado que ella había preparado para la cena del viernes, la que nunca iba a pasar. Su cepillo de dientes junto al lavamanos. Una sudadera suya colgada en el respaldo de la silla.

Valeria empezó a moverse por el departamento como un fantasma, abriendo y cerrando cajones, tocando las cosas de él. El vacío ya no era solo vacío. Ahora ardía. Un ardor espeso y turbio que amenazaba con tragársela entera.

Agarró el celular. ¿A quién le marcaba? A su mamá, ni de chiste. Doña Sofía nunca lo tragó a Marco; desde el día uno dijo que ese tipo no le convenía, y si le contaba esto, en lugar de consuelo iba a recibir un «te lo dije» con todas las letras. ¿Amigas? Había perdido contacto con casi todas. Mariana estaba de gerente en un call center y no contestaba hasta el fin de semana. Daniela se había ido a vivir a Phoenix con el novio y respondía los mensajes tres días después. Un par de compañeras de la oficina, pero con ninguna tenía la confianza suficiente para llamar un viernes a las cinco a decir «me dejaron». No había nadie. En cinco años, Marco se había convertido en el centro de todo. Su universo entero giraba alrededor de un hombre que acababa de salir por la puerta sin voltear atrás.

En eso andaba, dando vueltas como animal enjaulado, cuando pasó frente al espejo del pasillo. Se detuvo y levantó los ojos. La cara que la miró era la de otra. Ojerosa, pálida, los labios secos. Pero eso no era lo peor. Lo peor era la expresión. Una mezcla de desconcierto, súplica y derrota. El puro retrato de la «dejada», pensó.

Y de pronto recordó.

Esa mirada. Ya la había visto antes. Hoy mismo, hacía apenas un par de horas. Los ojos del perro callejero en el parque. Ese animal llevaba como dos semanas merodeando por los mismos arbustos, cerca de la banca junto a la acequia. Valeria pasaba por ahí todos los días al volver del trabajo, pero siempre iba con prisa, con la cabeza llena de pendientes, de «¿qué le preparo de cenar?», de «ojalá hoy Marco llegue temprano». Veía al perro de reojo y no se detenía. Bastante tenía con lo suyo. Un perro sin dueño es triste, sí, pero ¿qué podía hacer ella?

Ahora, parada frente al espejo, entendió de golpe lo que esa mirada significaba. La misma confusión, el mismo «¿qué hice mal?». La misma sensación de haber entregado todo y que te dejaran tirado en una banca de parque sin aviso y sin explicación. Otra alma perdida. Otra «dejada».

Se puso la chamarra sin pensarlo dos veces. Abrió la puerta, pero se regresó con los tenis puestos, directo a la cocina, agarró el tupper del pollo asado y salió al pasillo golpeando la puerta con el pie.

Cuando llegó al parque ya estaba oscureciendo. Una llovizna helada empezaba a caer sobre los cerros de la Sandía. Valeria recordó que siempre veía al perro más o menos en el mismo sitio, cerca del puentecito de madera. Seguramente a él también lo abandonaron por ahí cerca, igual que a ella. Con el suelo mojado y las hojas amontonadas, localizar a un animal de ese color era casi imposible. Además, el perro nunca se acercaba a la gente. Siempre miraba de lejos.

—Ojalá el olor del pollo lo saque de donde sea —murmuró.

Se sentó en la banca mojada —la misma de hacía rato— y dejó el tupper abierto en el suelo, a sus pies.

—Anda, chaparrito, sal. No tengo a dónde ir y tú eres lo único que…

No terminó. Se quedó con los ojos fijos en el charco de luz del farol más cercano, sin saber que el perro ya la estaba escuchando. Llevaba un buen rato echado bajo la banca, hecho un ovillo para protegerse del frío. El olor del pollo era una locura, pero el hambre no le ganaba al miedo. En sus pocas semanas de vida callejera había aprendido rápido: no toda persona que ofrece comida tiene buenas intenciones.

Pero a esta mujer la conocía. La veía pasar todas las tardes. Caminaba rápido, sonriendo a medias, siempre con la mirada perdida en sus pensamientos. A veces la acompañaba un hombre. Ese mismo hombre que hoy se marchó a grandes zancadas. Y entonces la mujer se quedó sin moverse, igual que él cuando su dueño se subió a la camioneta y arrancó sin mirar atrás. De los humanos brotan oleadas de emoción que los perros perciben sin esfuerzo. Miedo, rabia, lástima, cariño. De esta mujer emanaba la misma tristeza de animal abandonado, tan conocida, tan familiar, que daban ganas de echarse a aullar.

Mejor dar un paso. Acercarse. Mirarla a los ojos. Lamerle una mano.

Y total, una probadita al pollo no le caería mal.

Valeria sintió que el hueco negro del pecho se le expandía. La sola idea de volver al departamento vacío, donde cada rincón olía a Marco, era físicamente insoportable.

—Mielita, por favor. Sal. Te juro que te necesito más de lo que te imaginas.

No sabía que la perra estaba a un metro, escondida en la sombra, escuchando cada palabra. Con la cabeza gacha, Valeria siguió hablando sola, porque ya no aguantaba el silencio.

—Perdóname que antes no te haya hecho caso. Pasaba a tu lado y ni te miraba. Y ahora, ya ves… me tocó sentirlo en carne propia. Con un solo vistazo a esos ojos tuyos entendí todo. Lo siento. De veras.

Un nudo le cerró la garganta.

—Ven conmigo, preciosa. Aunque sea tú y yo. Las dos juntas. A lo mejor entre las dos podemos con esto. Yo no puedo sola.

Otra vez esa sensación. Una mirada fija en ella. Levantó la cara.

La perra estaba sentada a treinta centímetros, con el hocico apuntando al tupper pero los ojos clavados en los de Valeria. Ni siquiera tocó el pollo de inmediato. Primero dio un paso más y apoyó la cabeza en la rodilla mojada de la mujer.

Algo se rompió dentro de Valeria. Pero no fue otro pedazo de vacío. Fue la represa. Las lágrimas le cayeron de golpe, calientes, y con ellas salió un sollozo que traía atorado desde las tres y media de la tarde. Abrazó a la perra sin importarle el lodo, el frío, ni la lluvia.

—Gracias —le dijo al oído peludo—. Nos vamos a casa.

El animal no necesitaba palabras. Entendió el abrazo, entendió el llanto, entendió el olor a tristeza que por fin empezaba a mezclarse con otra cosa, algo tibio y nuevo. Cuando Valeria se levantó, la perra se puso en pie y la siguió sin dudar. Caminaron juntas por la calle mojada, las dos empapadas, las dos sin nadie más en el mundo.

En el departamento, Valeria le puso agua en un tazón de cerámica y vació el tupper de pollo en un plato hondo. La perra se lo comió todo en cuarenta segundos, moviendo la cola a toda velocidad. Luego se echó en el tapete de la entrada y se quedó dormida en dos minutos.

Valeria la miró desde el sofá, secándose las últimas lágrimas con la manga de la sudadera de Marco.

—¿Cómo te voy a llamar? —susurró.

La perra movió una oreja, soñando quizás con un hueso, o con un dueño que no la dejara tirada.

—Ya sé. Te llamas Milagros. Porque apareciste justo hoy. Y a una cuadra está la veterinaria de la calle Milagro, ¿viste? Tiene sentido.

Se quedó dormida sin ir a la cama, con las piernas encogidas en el sofá y el brazo colgando hacia el suelo, casi rozando el lomo color miel de la perra. La lluvia seguía golpeteando la ventana, pero dentro del departamento, por primera vez en toda la tarde, hacía un silencio que no dolía.

Nunca más volvió a sentirse sola.

Tres meses después, Valeria soltó el turno de la tarde en la oficina de admisiones del hospital y caminó al parque con Milagros trotando a su lado. Hacía frío, pero el sol del desierto calentaba lo suficiente. Se sentó en la misma banca de aquel viernes y la perra se echó a sus pies, con el hocico apoyado sobre las agujetas desatadas de los tenis.

Un tipo se acercó por el camino de tierra. Venía con un pointer negro de correa corta y cara de turista perdido.

—Disculpa, ¿sabes si por aquí hay alguna fuente de agua para los perros? —preguntó, señalando al pointer con el mentón.

—Sí, junto a los baños, detrás de los pinos —contestó Valeria, y sin pensarlo, añadió—: ¿Quieres que te acompañe? Así los perros aprovechan y se conocen.

El hombre sonrió. Milagros levantó una ceja y miró a Valeria como diciendo «a ver si este no sale corriendo a la media hora».

No salió corriendo.

Esa noche, Valeria llegó al departamento, le sirvió croquetas a Milagros y encontró un mensaje en el celular. Era de Marco. «Vane, necesito hablar contigo. Me equivoqué. ¿Podemos vernos mañana?».

Se quedó viendo la pantalla. Milagros se le acercó, todavía masticando una croqueta, y apoyó el hocico en su muslo. Los ojos de la perra seguían siendo los mismos de aquella tarde: atentos, pacientes, llenos de un amor sin condiciones.

—Ni hablar, gordita —le dijo, rascándole detrás de la oreja—. Esta vez sí vamos a elegir bien, ¿no crees?

Bloqueó el número, apagó el celular y se sirvió un vaso de agua fresca. Afuera, el cielo de Albuquerque se teñía de un naranja violento detrás de los cerros. Milagros soltó un bostezo enorme y se enroscó a los pies de Valeria, justo como aquella primera noche.

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