La chancleta de la discordia

— ¡Mijita, te traje unos tamalitos que hice en la mañana!

— Mejor tráete un libro de etiqueta, mira que hablar con la boca llena es de mal gusto.

Gloria soltó el comentario apenas las puertas del elevador se cerraron, sin voltear a verla. Valeria se quedó con los tamales humeando en las manos y una sonrisa a medio camino, sin saber si todavía estaba invitada a la cena.

Llevaban apenas tres semanas casados cuando Alejandro la llevó a conocer a su madre. Gloria Rivas, editora en jefe del suplemento cultural de *El Nuevo Herald*, recibió a su nuera en la puerta de su apartamento en Coral Gables con un beso en el aire que ni siquiera rozó la mejilla.

— ¿Y esa greña? — fue lo primero que dijo, mirando la trenza negra que le caía hasta la cintura —. ¿No te la has cortado desde que cruzaste el río?

Valeria se encogió de hombros.

— Es que a mi Ale me gusta.

— Tu *Ale* — repitió Gloria, saboreando el diminutivo como quien mastica un limón —. Muy bien, pasen.

El apartamento olía a canela y a libros viejos. Todo estaba en su sitio. Las porcelanas en la vitrina, los lomos de los libros perfectamente alineados, el retrato de los abuelos fundadores en la pared del comedor. Valeria, que se había criado en una finca polvorienta en las afueras de Homestead entre gallinas y matas de mango, sintió que ocupaba demasiado espacio con su sola presencia.

— Ay, Gloria, qué casa más bonita — soltó Valeria, y la señora cerró los ojos como si alguien acabara de arañar un pizarrón con las uñas.

— Se dice *qué bonita casa*, no *qué casa más bonita*. Si vas a vivir en esta familia, al menos habla como la gente.

Alejandro se mordió el labio y pasó un brazo por los hombros de su esposa.

— Mamá, por favor, esta noche no empieces.

Pero Gloria ya había empezado.

Esa primera cena fue un desfile de pequeñas humillaciones. Que por qué no usaba cubiertos en el orden correcto, que por qué se persignaba antes de comer como si estuviera en misa de pueblo, que por qué había pedido un vaso de leche con la carne asada. Valeria no se inmutó — respondía con una calma que sacaba de quicio a cualquiera — mientras su esposo se hundía en la silla y su suegro, don Ernesto, observaba todo en silencio con una sonrisa divertida escondida bajo el bigote.

Gloria tenía un plan para su hijo único. Lo había mandado a la Universidad de Miami, lo había empujado a derecho, lo había sentado en las cenas del Club Cubano con las hijas de sus amigas. Abogadas, arquitectas, mujeres con máster y el inglés impecable. Y Alejandro le había salido con una muchacha que había dejado la escuela a los dieciséis, trabajaba cuidando niños en una guardería de Hialeah y decía *haiga* sin pestañear.

— ¿Y los hijos? — preguntó Gloria una tarde de domingo, como quien pregunta por el parte meteorológico —. Porque no estará pensando en tenerlos con esa mujer.

— Valeria, mamá. Se llama Valeria.

— Llámala como quieras.

Los meses siguientes fueron un tira y afloja silencioso. Gloria corregía el habla de Valeria en la mesa, y Valeria le respondía poniéndole el triple de azúcar al café. Gloria le regalaba libros de protocolo, y Valeria los usaba para calzar la pata coja de la mesa de noche. No era guerra declarada — era algo peor, una fricción constante de sables en la penumbra.

Hasta que un día apareció la tía Carmen.

Carmen llegó desde Hialeah en una camioneta destartalada, con dos cajas de mangos, un termo de guarapo y tres recipientes de lechón asado. Era la mujer que había criado a Valeria cuando sus padres murieron en un accidente en la carretera del campo. Carmen medía metro y medio y pesaba lo mismo que un tractor pequeño. Entró en el apartamento de Gloria como quien entra en una iglesia — con respeto y sin quitarse las chanclas.

— Así que usté es la suegra — dijo, plantándose frente a Gloria con las manos en la cintura —. La niña me ha contao que es bien fina.

Gloria tragó saliva. No sabía si era un cumplido o una declaración de guerra.

— Valeria, mija, cántale algo a tu suegra, que la música amansa a las fieras.

Y Valeria cantó.

Se paró en medio de la sala, junto al piano de cola que nadie tocaba desde que murió la abuela, y soltó una voz tan limpia y tan honda que a Gloria se le cayó el tenedor. Cantó una canción de cuna que le había enseñado su madre, una cosa sencilla con tres acordes, pero lo hizo con una dulzura que llenó todos los rincones del apartamento, que se metió debajo de los muebles y detrás de las cortinas, que desempolvó algo que Gloria tenía guardado en el pecho desde hacía años.

Cuando terminó, nadie aplaudió. El silencio era demasiado pesado para romperlo.

Carmen se quedó tres días. Gloria no volvió a corregirle el habla a Valeria en esas setenta y dos horas. No por cortesía — sino porque no encontraba el momento.

Las cosas empezaron a cambiar poco a poco. O quizás no fue poco a poco, sino de golpe, pero Gloria tardó en darse cuenta.

Alejandro ya no era el muchacho almidonado que su madre había moldeado. Valeria lo había agarrado, le había enseñado a freír plátanos sin quemarse los dedos, le había dicho que no era pecado reírse a carcajadas y que arreglar un grifo uno mismo no era cosa de pobres. Ernesto, el suegro, adoraba a su nuera con una devoción callada — ella lo sacaba a caminar por la playa al atardecer, ella le aguantaba las historias repetidas sobre la juventud, ella lo llamaba *papá* sin que nadie se lo pidiera.

Lo llamaba papá. Eso a Gloria le hizo algo.

Una mañana, en la redacción del periódico, sus compañeras estaban en el descanso tomando café.

— Pues mi hija anda en Nueva York haciendo una residencia — dijo Maricarmen —. Ni llama, la muchacha.

— El mío se acaba de divorciar otra vez — soltó Patricia, encendiendo un cigarro electrónico —. Segunda en tres años.

Gloria bajó la vista a su taza. Iba a soltar su frase de siempre, su *pues mi nuera qué les parece que hoy me dijo…*, pero las palabras no le salieron. Se acordó de Valeria preparándole caldo de pollo la semana pasada, cuando ella tuvo gripe. Se acordó de la trenza negra inclinada sobre la hornilla, del vapor, de aquella vocecita tarareando una canción mientras revolvía la olla.

— Pues la mía — dijo Gloria, y fue la primera vez que la llamó *la mía* — me contó ayer que va a dar clases de canto en la guardería. Le han pedido que prepare a los niños para el festival de primavera.

Las otras dos levantaron la ceja.

— ¿Y tú estás contenta con eso?

Gloria se quedó callada un segundo. Luego sonrió.

— Sí.

Cuando Valeria anunció el embarazo, en una cena de Navidad, Gloria se levantó de la silla tan rápido que tumbó la copa de vino tinto sobre el mantel. Abrazó a su nuera con una fuerza que no sabía que tenía y lloró en silencio, sin aspavientos, las lágrimas rodando por el canal de la nariz.

— Lo siento — murmuró al oído de Valeria, en un susurro que solo ella podía oír —. Lo siento mucho.

Valeria no preguntó por qué. Lo sabía. Le apretó la mano y siguió comiendo su lechón como si no hubiera pasado nada.

Pasaron quince años. Quince años de nietos correteando por el apartamento, de dibujos pegados en la nevera, de galletas de polvo que Gloria ya no se molestaba en barrer al instante. Quince años de comidas ruidosas donde ya nadie usaba los cubiertos en el orden correcto, donde el guarapo le había ganado la batalla al vino y donde las carcajadas de Valeria retumbaban contra las paredes llenas de libros.

Para el aniversario de bodas, Alejandro organizó una cena en el patio de la casa que ahora tenían en las afueras — una casa modesta, con un flamboyán en la entrada y un columpio colgando de una rama. Vinieron los vecinos, vinieron los compañeros de trabajo de Valeria de la guardería, vinieron los tres nietos con las rodillas raspadas y vino don Ernesto, ya muy mayor, apoyado en su bastón.

Gloria llegó la última. Traía un vestido estampado — nada que ver con los trajes sastre de antaño — y un regalo envuelto en papel de periódico porque se le había olvidado comprar papel de regalo.

— Es que andaba con prisa — se disculpó.

Valeria abrió el regalo delante de todos. Dentro había una foto enmarcada: una foto de aquella primera cena, hacía quince años. Las dos estaban en la mesa, Gloria con el ceño fruncido y Valeria con un tenedor en la mano, a punto de llevárselo a la boca. En el reverso, una letra menuda y precisa había escrito:

«Perdón por haber tardado tanto. — Mamá.»

Valeria alzó la vista. Gloria estaba al otro lado de la mesa, las manos apretadas una contra la otra, los ojos brillantes.

— Cántame algo — dijo Gloria, con la voz rota.

Y Valeria cantó.

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