Son las seis y cuarto de la tarde cuando abro la puerta de mi apartamento en el norte de Phoenix y la encuentro ahí: sentada en la silla del pasillo, con su abrigo azul marino puesto, la maleta de flores junto a los pies y las manos cruzadas sobre las rodillas como si esperara un autobús que no termina de llegar.
— Mamá, ¿qué haces así?
— Ernesto, llévame a una casa de retiro.
Me quedo con las llaves en la mano, sin soltar la puerta.
Hace siete meses la traje desde Yuma. Mi papá había muerto en enero y ella ya no podía sola con la casa, con las facturas, con las noches en las que se le olvidaba si había tomado la pastilla de la presión o no. Mis hijos ya son grandes, viven su vida — uno en Tucson, el otro terminando la universidad en Flagstaff — y Marisol y yo nos quedamos solos en un apartamento de dos cuartos que, pensé, alcanzaba de sobra para los tres.
Al principio Marisol no dijo nada. Le preparaba su café igual que siempre, le dejaba pasar la novela de las ocho en la sala. Pero a la semana algo cambió. La encontraba tensa cuando mi madre se sentaba a la mesa, apretando el tenedor más de la cuenta.
— Que coma después de nosotros — me dijo una noche, lavando los platos con más fuerza de la necesaria.
— ¿Por qué?
— Así es más cómodo. Se me quita el hambre viéndola masticar sin dientes. Perdón que te lo diga así, pero es la verdad.
— Marisol, todos vamos a llegar a viejos.
— Eso es distinto.
También le molestaba que mi madre tuviera problemas de estómago, que a veces roncara tan fuerte que se oía desde la sala. Empezó a decirle que no entrara a la cocina cuando ella estaba ahí, que se quedara en su cuarto la mayor parte del día. Y una noche, mientras yo guardaba el auto en el estacionamiento del edificio, subí y la encontré esperándome en la puerta, con los brazos cruzados.
— No pensé que se iba a quedar tanto tiempo. Ya no puedo más, Ernesto.
— ¿Y qué quieres que haga?
— Mándala de vuelta a Yuma.
— Sola no puede. Tú lo sabes.
— Todo el mundo vive así. Nadie carga con sus padres para siempre. ¿Por qué yo tengo que sentirme una extraña en mi propia casa? ¿Aguantando ese olor, esos ruidos?
No supe qué contestarle. Me fui a dormir al sillón esa noche, y las tres siguientes también.
Lo que no le dije a Marisol — lo que no le he dicho a nadie — es que mi madre, dos días antes de aparecer con la maleta en el pasillo, me había llamado aparte en la cocina, cuando Marisol había salido a Fry's a comprar despensa. Se sentó en la silla de siempre, la que da a la ventana, y me tomó de la mano con esos dedos que ya casi no tienen fuerza.
— Ernesto, yo los escucho. Las paredes de este apartamento son de cartón, hijo.
Y ahí entendí que llevaba semanas oyendo cada palabra. Cada "que se quede en su cuarto". Cada suspiro de Marisol al servir la mesa.
Por eso, cuando la vi con la maleta esa tarde, no me sorprendió tanto como debería.
— Mamá, ¿por qué esto? ¿A dónde vas a ir?
— No quiero que se divorcien por mi culpa. Yo ya viví mi vida. Llévame a un lugar donde no estorbe.
Me senté en el suelo del pasillo, frente a ella, como cuando yo tenía ocho años y ella me explicaba por qué no podíamos comprar los zapatos que yo quería. Olía a Vicks VapoRub y a ese perfume de lavanda que usa desde que tengo memoria. En la tele de la sala, apagada, se reflejaba la luz del pasillo. Un vecino, dos pisos abajo, tenía puesto un partido de los Suns; se oía el rugido de la multitud amortiguado por el piso.
— Mamá, tú no eres un estorbo.
— Para tu esposa sí.
No pude discutírselo. Porque era cierto.
Esa noche, cuando Marisol llegó de trabajar, no encontró la maleta — la había guardado yo mismo en el clóset, después de convencer a mi madre de que se quedara al menos un día más — pero sí me encontró a mí, sentado en la mesa de la cocina con la laptop abierta, buscando algo que llevaba semanas evitando buscar.
— ¿Qué haces?
— Estoy sacando cuentas.
Le mostré la pantalla. Un lugar en Mesa, especializado en cuidado de adultos mayores, con enfermería las veinticuatro horas. Cuatro mil doscientos dólares al mes. Otro en Glendale, más sencillo, con habitación compartida: dos mil ochocientos. Marisol se quedó viendo los números, y por primera vez en meses no dijo nada sarcástico.
— ¿Vas a mandarla?
— No. Voy a pagar un aide, alguien que venga cuatro horas al día a ayudarla con el baño, con la comida, con lo que tú no quieres hacer. Y ella se queda aquí.
— ¿Con qué dinero?
— Con el que iba a ser el enganche del Tacoma nuevo. Ese plan se cancela.
Marisol se sentó frente a mí. Por la ventana entraba el ruido del tráfico de la Cave Creek Road, ese murmullo constante que nunca para en esta ciudad. Ella miró la pantalla otra vez, después miró hacia el pasillo, hacia la puerta cerrada del cuarto donde mi madre ya dormía.
— Ernesto, yo no puedo vivir así.
— Entonces dime qué prefieres: que ella se vaya a un lugar donde nadie la conoce, o que tú y yo resolvamos esto como familia. Pero no la voy a mandar a ningún lado por incomodidad. Por necesidad, sí. Por incomodidad, no.
No hubo pelea grande esa noche. No hubo gritos ni portazos. Marisol se levantó, fue a la recámara y cerró la puerta despacio, sin dar el golpe que yo esperaba.
Al día siguiente llamé a la agencia de Mesa, no para internar a mi madre, sino para contratar a Yolanda, una aide que empezó esa misma semana: llega a las nueve, ayuda a mi madre a bañarse, le prepara el almuerzo aparte si hace falta, la saca a caminar por el parque de la cuadra cuando el calor de agosto lo permite antes de las nueve de la mañana. Marisol y mi madre siguen sin ser cercanas. Pero ya no hay maleta en el pasillo, ni negociaciones a puerta cerrada.
El sábado pasado firmé el contrato con la agencia: doce meses, con opción a renovar. Guardé la copia en una carpeta azul, junto a los papeles del apartamento, en el cajón de arriba del escritorio. Mi madre no sabe todavía cuánto cuesta, y no se lo voy a decir. Solo sabe que el martes, cuando bajó a tirar la basura con Yolanda, alguien del edificio le preguntó si esa señora tan amable era su hija, y ella dijo que no, que era su ayuda, y sonrió — eso sí lo vi, aunque no debía usar esa palabra — de una forma que no le veía desde antes de que muriera mi papá.
