El Anillo y el Gato Callejero

La boda era en tres meses, y Javier ya se había gastado hasta el último centavo. No era un hombre rico, pero llevaba casi un año apartando propinas de su trabajo en la pizzería de la Calle Ocho. Lo que compró no era un diamante de película, era un anillo de oro delgado con una circonita pequeña. Aun así, la cajita de terciopelo le pesaba en el bolsillo como un ladrillo. Se la había enseñado a su madre por videollamada y la mujer se puso a llorar; eso le bastó para saber que no era poca cosa.

Luz sospechaba lo que iba a pasar. Por eso se pasó la tarde en casa de su prima Yadira, planchándose el pelo y pidiendo prestado un vestido color vino. Se miraba al espejo y se acomodaba el escote. No quería que se le notara la ansiedad. Javier la recogió a las ocho en un Honda Accord del 2012 que sonaba como licuadora. La llevó a un restaurante cubano en Hialeah con manteles de plástico y ventanas empañadas. No era elegante, pero olía a lechón y a maduros fritos. Pidieron ropa vieja, dos cafés con leche y un flan para compartir.

—Te ves linda —dijo él, y se limpió las manos con la servilleta antes de tocarle los dedos por encima de la mesa.

Ella esperó el anillo con cada plato. Con el café. Con el flan. Y no llegó.

Para las once, ya estaban en el carro, subiendo por el puente Rickenbacker. Las luces de la ciudad se veían al otro lado del agua. Luz miraba por la ventana, callada. Se sentía ridícula con el vestido color vino y las pestañas postizas. Javier repetía en su mente lo que iba a decir. Lo tenía escrito en una nota del teléfono, pero no quería sacarlo. Quería que sonara natural.

Se detuvo en un pequeño mirador al costado del puente. Puso las intermitentes.

—Bájate un momento —dijo, con una voz que no le salía firme—. Quiero ver el agua.

Ella obedeció más por costumbre que por ganas. Se quedaron junto a la baranda, hombro con hombro. La brisa le alborotaba el pelo recién planchado. Javier se arrodilló detrás de ella, sobre la hierba seca. Abrió la cajita. Luz giró justo cuando él estiraba la mano. Y ahí fue cuando la vio: una cucaracha voladora enorme, de esas que en Miami aparecen en verano, vino directo a la lamparita de su teléfono. Luz pegó un brinco y le dio un manotazo al aire.

El anillo salió disparado de los dedos de Javier, rebotó contra el borde de cemento y desapareció en la oscuridad.

No se oyó el golpe en el agua. Solo el pitido de un carro a lo lejos.

Javier se levantó de golpe y se asomó por la barandilla. Se le veía la nuca sudada. Se pasó las dos manos por la cara, después se agarró a la barandilla con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.

—No puede ser —dijo, y la voz le salió rota—. No puede ser, no puede ser.

Luz lo agarró del brazo. Le costó trabajo porque el hombre temblaba entero. Estuvo a punto de treparse a la baranda.

—¡Javier, por favor! —le gritó—. ¡Mírame! ¡Solo es un anillo!

Él se dejó caer al suelo, de rodillas otra vez, pero no de propuesta. De derrota. Se tapó la cara con las manos. Luz se sentó al lado, en el cemento frío, y le puso el vestido color vino sobre las rodillas. No dijo nada. Le pasó una mano por la espalda, apretando la tela de la camisa con los dedos. Quería llorar, pero se mordió la parte de adentro del cachete. Si lloraba, confirmaba la superstición. Y ella creía en esas cosas, como creía en el mal de ojo y en no colgar un cuadro torcido antes de un viaje.

Pasaron un rato largo ahí, con el letrero del mirador iluminado y una botella de agua a medio tomar. Después Javier la llevó a su apartamento. Ella no quiso irse a su casa.

—Quédate —dijo él, sin mirarla—. No quiero dormir solo.

Luz se quitó los zapatos en la puerta y se durmió con el vestido puesto.

A la mañana siguiente, el gato apareció.

Era un animal gris, flaco, con las orejas mordidas y los ojos amarillos. Estaba sentado frente a la puerta del edificio de Javier, en la acera caliente. Sostenía algo en la boca. Luz fue la primera en verlo al bajar las escaleras.

—Mira —dijo, deteniéndose en seco.

—Un gato —gruñó él. Apenas había dormido.

—Tiene algo.

El gato no se movió. Dejó caer el objeto en el suelo, justo al lado de una bolsa de pan Bimbo arrugada. Luz se agachó. El objeto brillaba con el sol de la mañana. Era el anillo.

Luz no gritó. No pudo. Se quedó con la mano abierta, sin atreverse a tocarlo. Javier se acercó por detrás y soltó un ruido raro, como un hipo. Se agachó despacio, levantó el anillo con dos dedos y lo miró contra la luz.

—Es el mismo —dijo, y la voz se le quebró de nuevo—. Tiene el rayón de la parte de abajo. Es el mismo.

Se quedaron los dos de rodillas en la acera. El gato los observaba con la paciencia de un animal viejo. Javier alargó la mano para tocarlo. El gato se dejó. Tenía el lomo lleno de pulgas y un costado hundido.

—No entiendo —dijo Luz—. ¿Cómo…?

—¿Y si fue Dios? —dijo Javier, y se limpió la cara con el dorso del brazo.

Luz no contestó. Ella no creía que Dios usara gatos callejeros, pero no se atrevió a decirlo. En cambio, abrió la puerta del edificio.

—Ven —le dijo al gato—. Sube.

El gato entró caminando lento, como si conociera el lugar. Subió los tres pisos detrás de ellos y se sentó frente a la puerta del apartamento, esperando a que la abrieran. Adentro, se fue directo al sillón. Se hizo un ovillo. Cerró los ojos.

Javier se quedó parado en la sala, con el anillo en la palma de la mano. Después se arrodilló frente a Luz, pero esta vez en el piso de la sala, con una rodilla sobre una chancleta tirada.

—Vamos a hacerlo bien —dijo—. ¿Te casas conmigo?

—Sí —dijo Luz, y se agachó para besarlo antes de que él terminara.

Lo hicieron bien, en efecto. La boda fue en una iglesia pequeña en Westchester, con arroz y pétalos en la salida. El gato se quedó en el apartamento de Javier, que después fue de los dos. Le pusieron nombre: Fósforo. Porque apareció encendido, dijo la mamá de Javier en la fiesta. Luz quería llamarlo Milagro, pero le pareció cursi.

Durante los meses siguientes, Fósforo engordó. Le salió una panza blanda que le colgaba al caminar. Ya no tenía pulgas. Se quedaba dormido boca arriba en la cama, con las patas estiradas, y roncaba.

Una mañana, Luz encontró plumas en el alféizar de la ventana. Eran negras, pequeñas, con reflejos verdes. Las barrió con la mano y las tiró a la basura. A la semana, volvieron a aparecer. Junto a ellas, un hueso de pollo limpio.

El dueño del edificio se quejó una vez de que alguien dejaba comida en la cornisa. Luz juró que no eran ellos.

—Es el gato —dijo Javier, sin levantar la vista del teléfono—. Habrá hecho una amiga.

Luz se asomó por la ventana. Vio a Fósforo en el alféizar, sentado, con la cola moviéndose despacio. Frente a él, un cuervo negro aterrizó con algo en el pico. Se miraron un rato. Después el cuervo soltó el pedazo de pan en el alféizar y Fósforo lo olió. El cuervo se quedó un momento, se sacudió las plumas y voló hacia un árbol de la calle.

—Es un cuervo —dijo Luz—. Le trae cosas.

Javier se acercó a mirar. Se rió con la boca abierta.

—Qué raro —dijo—. El gato ese ni pajaritos caza.

Luz lo pensó un instante. Recordó la noche del puente. La cucaracha. El anillo volando. Y ahora las plumas.

—¿Tú crees que fue él? —preguntó—. ¿Que el gato sacó el anillo del agua?

Javier la miró como si le hubiera preguntado si la luna era de queso.

—Claro que fue él. ¿Quién más?

Luz no dijo nada. Se quedó mirando al cuervo, que todavía estaba en la rama, vigilando desde arriba. El sol le daba en las plumas y se le veía el azul metálico debajo del negro.

—Pues entonces le debemos el anillo —dijo Luz.

Ese sábado, compraron comida para gato y una bolsa de semillas de girasol. Llenaron dos platos y los pusieron en el alféizar, junto a la ventana. Fósforo llegó primero. Después el cuervo. Comieron uno al lado del otro, sin pelearse.

Javier se recostó en el marco de la puerta, con un café en la mano.

—Si el cuervo se muda aquí, esto va a ser un problema.

—¿Por qué?

—Porque ya no vamos a saber quién trae qué.

Luz se rió. Sacó el teléfono y le tomó una foto a los dos animales en la ventana. La guardó sin subirla a ningún lado.

El anillo, por cierto, no se lo puso nunca más en el dedo. Lo guardaron en una cajita de madera encima de la cómoda, junto a los recibos de la luz y un manojo de llaves viejas. Ahí se quedó, entre las cosas de todos los días, con la circonita mirando hacia arriba.

Esa noche, mientras Javier lavaba los platos del café, Luz pasó por la cómoda y abrió la cajita solo para verla brillar un segundo bajo la lámpara del pasillo. La cerró otra vez. Afuera, en el alféizar, dos platos vacíos esperaban la mañana, y Fósforo dormía boca arriba en la cama, con las patas estiradas, roncando como si fuera dueño de todo el apartamento.

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