Ximena nunca fue de lágrimas. A los cuarenta y nueve años, con veintiséis de matrimonio encima, había aprendido que un grito en el momento equivocado sale más caro que un silencio bien administrado. Su esposo, Sebastián, era el rostro del negocio: dueño de un taller de restauración de autos clásicos en las afueras de Houston que con los años se convirtió en referencia para clientes de toda la Costa del Golfo. Él hablaba con los dueños de los Corvettes, los Mustangs del sesenta y cinco, los Camaros que llegaban en plataformas desde Louisiana. Ximena, callada, revisaba los números en la oficina del fondo, firmaba los préstamos, negociaba con los proveedores de refacciones y mantenía al día los impuestos. El letrero decía «Galveston Classic Auto», pero el banco sabía perfectamente a nombre de quién estaba la línea de crédito.
A Sebastián se le notó el asunto antes de que ella preguntara nada. Primero fue la colonia: una fragancia dulce, barata, de centro comercial, que se quedaba pegada al cuello de sus camisas de trabajo. Después los mensajes. Él, que durante años dejaba el teléfono sobre el escritorio sin clave, comenzó a llevárselo hasta al baño. Una noche, Ximena estaba doblando una carga de ropa de la lavandería cuando sonó el aparato sobre la mesa. En la pantalla: «Cliente: Valeria – Chevy Malibú 78». El mensaje decía: «¿Cuándo le dices? Ya me cansé de esperar».
Ximena no aventó el teléfono contra la pared. Lo dejó exactamente donde estaba, con la pantalla hacia abajo. Siguió doblando una toalla blanca. La dobló en tercios, como siempre. Luego se sirvió un vaso de agua con hielo del refrigerador y se sentó a mirar el ventilador del porche.
Valeria era la recepcionista que Sebastián había contratado meses atrás, una muchacha de veintisiete años con pestañas de salón y uñas largas que tecleaba mal las órdenes de refacciones. Ximena lo supo sin espiar. Le bastó con recordar el día en que la vio cruzar el estacionamiento del taller hacia el auto de Sebastián, una camioneta Silverado negra del año, y arreglarse el cabello en el retrovisor lateral como si el espejo le perteneciera.
Durante tres meses, Ximena no reclamó. Preparó cenas, preguntó por la presión arterial de Sebastián y habló con el contador. Le explicó que era momento de proteger los activos ante cualquier demanda: que si un cliente se accidentaba con un auto restaurado, el seguro podía congelar cuentas, que era mejor separar las propiedades. Sebastián, que nunca leía contratos, firmó todo frente a notario un martes a las once de la mañana. La propiedad del taller, la bodega de refacciones, la casa de dos pisos en Sugar Land y las cuentas de ahorro para la universidad del hijo entraron a un fideicomiso a nombre de Ximena. Él ni se enteró.
Un jueves, Sebastián salió a San Antonio a ver un auto de colección. Ximena se quedó trabajando en la oficina del taller. A las dos de la tarde, sonó la campana de la entrada. En la cámara de seguridad se veía a Valeria parada bajo el toldo, con un vestido ceñido color rosa y zapatos de plataforma que se le enterraban en la grava del estacionamiento. Traía una cartera de imitación colgada del hombro, de esas que venden en los puestos de la pulga del norte. Ximena se acomodó la blusa, se pasó la mano por el cabello recogido en una coleta baja y abrió la puerta de la oficina.
—Pasa —dijo con voz tranquila, señalando una silla plegable junto al archivero.
Valeria entró sin saludar. Miró el escritorio, las llaves colgadas en un tablero, los calendarios de carreras de Nascar en la pared.
—Tú eres Ximena, ¿verdad? —preguntó la muchacha, con el teléfono apretado en la mano como si fuera un arma.
—Sí. Y tú eres Valeria. Siéntate, ¿quieres agua? Hay botellas en el refrigerador chico.
Valeria no se sentó. Empezó a hablar de corrido: que Sebastián estaba harto, que ella lo esperaba cada sábado por la noche en un departamento rentado del lado norte de la ciudad, que él le había prometido ponerle su propio taller de carrocería en un local de la calle Airline. Ximena la dejó terminar. Mientras la muchacha hablaba, ella revisó una factura sobre el escritorio, anotó algo con pluma azul y luego levantó la vista.
—Déjame ver si entendí —dijo Ximena—. Tú quieres que yo lo deje.
—Sí. Él ya no te quiere.
—Está bien. Hoy mismo le digo que tiene las maletas listas en la puerta. Pero antes dime, no por chisme, sino para planear las cuentas: ¿cuánto ganas al mes en el taller? ¿Cuánto tienes ahorrado?
Valeria parpadeó.
—¿Qué importa eso?
—Importa porque desde hace tres meses todo está a mi nombre. El taller, la camioneta, la casa. Sebastián es empleado. Un buen empleado, con sueldo fijo, pero empleado. Si él se va contigo, sale sin un solo activo. Y el contrato de fidelidad que firmó en el taller dice que si trabaja para otro negocio de restauración en los próximos cinco años, debe pagar una multa de ciento sesenta mil dólares.
Valeria soltó una carcajada.
—Eso es mentira. Sebastián es el dueño. Todo mundo lo sabe.
—¿Todo mundo? Pregúntale cuánto aparece en su cheque del viernes. O mejor, mira esto.
Ximena abrió el cajón superior del escritorio y sacó una carpeta de argollas negra. La puso entre las dos, sobre una pila de guías de refacciones. Ahí estaban las copias de los contratos que Sebastián había firmado sin leer, las escrituras, el poder de administración. Valeria miró las hojas como si estuvieran en otro idioma.
—No lo creo —dijo, pero la voz le salió delgada.
—Puedes creer lo que quieras. Como sea, mi oferta es esta: llévatelo. Lo que te toque, es lo que se ponga en la bolsa cuando cobre su última quincena. Yo me quedo con lo demás.
Valeria tomó la carpeta. Sus uñas largas se doblaron un poco contra la pasta. Afuera, en el estacionamiento, un perro callejero pasó trotando junto a la Silverado de Sebastián y se detuvo a beber de un charco. El sol de Texas pegaba duro, y el olor a gasolina y a asfalto caliente entraba por la rendija de la puerta.
—Eres una bruja —murmuró Valeria.
—Y tú una muchacha con prisa —dijo Ximena—. Práctica: si un hombre de cuarenta y tantos te promete un taller, pídele el depósito. No las llaves de la camioneta.
Valeria salió caminando sobre la grava, tropezó, se enderezó y se fue sin voltear. Ximena guardó la carpeta, cerró el cajón con llave y llamó por teléfono a la tienda de cortinas porque para el sábado siguiente quería cambiar las persianas de la sala. Una decoración, no una venganza.
Esa noche, Sebastián llegó al taller pasadas las nueve. Traía el teléfono en la mano, la camisa arrugada y una mirada de perro atropellado. Valeria le había mandado un mensaje de voz de tres minutos gritándole que era un mentiroso sin nada, que la había hecho perder el tiempo. Ximena fingió no saber. Le sirvió una taza de café de la cafetera que aún estaba encendida en el rincón.
—¿Pasó algo? —preguntó.
—No, nada. Clientes difíciles —dijo él, sin levantar la cara.
—Ah, pobrecito. Te veo cansado. ¿Quieres que pida comida china de la de Bellaire? Te gusta la sopa de wonton.
Él asintió. Ximena marcó al restaurante y pidió dos combos. Mientras hablaba con la operadora, Sebastián se sentó en el banco del taller, frente a un motor desmontado de un Chevrolet Bel Air del cincuenta y siete. Se quedó mirando las válvulas, las mangueras, el bloque oxidado. Por la radio del taller sonaba una estación de Tejano. El locutor anunció un festival de fajitas en Pasadena. Sebastián no se movió.
Al día siguiente, Ximena entró a la oficina de Sebastián con el calendario abierto en la mano.
—El martes a las diez tenemos cita en la notaría de Wilcrest —le dijo.
—¿Notaría? ¿Para qué?
—Firmamos el anexo del fideicomiso. No es nada tuyo, todo sigue igual. Solo necesitan mi firma y la tuya de enterado.
Sebastián buscó en su escritorio una excusa. No encontró. El ventilador de piso zumbaba y movía papeles cada tanto.
—¿Y si no quiero ir? —preguntó.
Ximena dejó el calendario sobre el escritorio, junto a la factura del seguro del taller.
—Entonces no vayas. Mañana te mando las copias del contrato con un mensajero para que las leas con calma. Y de paso te mandamos las llaves nuevas de la casa, porque el cerrajero va el lunes.
No era una amenaza. Era una agenda. Sebastián tomó el calendario, lo miró sin leer y lo puso a un lado.
—Está bien. A las diez.
El martes, a las diez y cuarto de la mañana, Sebastián firmó la transferencia de su quince por ciento restante del negocio a nombre de Marcos, el hijo mayor. Ximena esperó afuera, en la sala de la notaría, hojeando una revista de bienes raíces. Cuando Sebastián salió, traía la copia del papel doblada en la mano.
—Ya está —dijo, como si hubiera ido a pagar el agua.
—Gracias —respondió Ximena—. ¿Quieres ir a desayunar? Hay un Denny's en la esquina.
—No. Llévame al taller.
En el camino sonó en la radio una canción de Selena, «No me queda más». Sebastián estiró la mano y cambió de estación. Ximena no dijo nada. Unas cuadras antes del taller, se detuvieron en la gasolinera para llenar el tanque de la Silverado. Sebastián se quedó dentro, con la ventanilla cerrada. Ximena bajó, puso la manguera y observó los números correr: treinta, cuarenta, sesenta y dos dólares con ochenta centavos. El olor a gasolina le llenó la nariz. Pensó en los sábados de Valeria, en el departamento rentado, en lo fácil que había sido todo.
Cuando volvió al auto, Sebastián miró por la ventana hacia un letrero de «Se renta taller y bodega» al otro lado de la calle.
—¿Puedes pasarme el teléfono? Lo dejé en la guantera —dijo.
Ximena abrió la guantera. Adentro estaba la carpeta negra, la del archivo, que Sebastián se había llevado por equivocación de la oficina esa mañana. Él no dijo nada. Ella tampoco. Sacó la carpeta, la sostuvo un momento con las dos manos y luego se la puso en el regazo.
—No —dijo—. No es tu momento de llamadas.
Y arrancó la camioneta con una mano firme en el volante, la carpeta contra su muslo, el letrero del local rentado quedándose atrás por el retrovisor.
