Victoria, no te preocupes, cariño. Lucía no va a recibir nada. Todo el dinero se quedará en nuestra familia.

Victoria, no te preocupes, cariño. Lucía no va a recibir nada. Todo el dinero se quedará en nuestra familia.

Victoria se quedó callada a media frase. —¿Qué quieres decir? —Pues, ¿qué crees? Venderemos el apartamento, compraremos una vivienda para ti y para Emilia. Tu padre y yo necesitamos un coche nuevo, el viejo ya se está cayendo a pedazos. El resto lo guardaremos y empezaremos a ahorrar para una casa en el campo.

—¿Qué has vuelto a preparar? ¡Esto es incomible! ¡Pura bazofia! ¡Mejor alimentan a los cerdos! —protestaba Elena con asco, apartando el plato de sopa.

Victoria le quitó el plato justo de delante de las narices a su abuela. —¿Adónde te lo llevas? ¿Has perdido el juicio? ¿Vas a dejarme con hambre? —Si no te gusta, me lo como yo —replicó Victoria con sequedad—. O puedes cocinar tú misma lo que te apetezca. ¡Tú sola! Con tus propias manos de oro. Estoy cansada y hoy no pienso acercarme a los fogones.

Elena apretó los labios. Su mirada indignada pasó de su nieta al plato y viceversa.

—Está bien —cedió finalmente—, me comeré lo que hay. Yo tampoco tengo ganas de ponerme a cocinar hoy.

Victoria dejó el plato sobre la mesa con un fuerte ruido. —Así me gusta, abuela. Llamarlo bazofia…

Elena le lanzó una mirada capaz de agriar la leche en un segundo, pero de pronto esbozó una sonrisa maliciosa. —¿Y tú por qué no te sirves? ¿Tan horrible ha quedado? —Abuela, si ahora me llevo el plato te quedarás con hambre hasta mañana, ¡te lo juro!

Elena agarró el borde del plato con ambas manos. —Pero en serio, ¿por qué no comes tú? —Porque mientras cocinaba probé tanto que ya ni puedo mirar la comida.

La anciana resopló satisfecha con la respuesta y empezó a cenar. Victoria se fue a su habitación.

Se dejó caer en la cama y se quedó mirando el techo. Una sonrisa se dibujó sola en sus labios: qué mujer tan imposible, absolutamente imposible.

Sin embargo, las dos eran ridículamente parecidas: ambas mordaces, espinosas y con mucho carácter. Sabían pincharse de tal manera que el escozor duraba una semana. Pero siempre hacían las paces con rapidez y facilidad, como si nada hubiera pasado.

Con sus propios hijos, las cosas habían sido muy diferentes para Elena. Victoria dirigió la mirada a la vieja fotografía: la abuela, papá y tía Lucía. Todos jóvenes y sonrientes.

La tía Lucía llevaba casi diez años sin cruzar el umbral de aquella casa. Ni siquiera llamaba. El padre transmitía los saludos y el típico “cómo está de salud” a través de Victoria.

Su madre y su hermana visitaban dos veces al año: en Navidad y en el cumpleaños de la abuela. Media hora de conversación forzada y desaparecían.

—Al menos me tiene a mí —pensó Victoria, y ese pensamiento le produjo a la vez calor y amargura.

La abuela se estaba apagando. Sus fuerzas se desvanecían, su salud se deterioraba. Pero Victoria permanecía a su lado.

Llegó la primavera. El sol inundaba la habitación y los pájaros cantaban fuera de la ventana. Elena se fue en silencio, mientras dormía, como si simplemente hubiera decidido descansar. Para siempre…

Después de los funerales, cuando los familiares se marcharon, el notario leyó el testamento. El apartamento se lo dejó a su querida nieta, la que había permanecido a su lado hasta el final.

El espacioso apartamento de tres dormitorios en el centro histórico de Madrid resultaba demasiado grande para una sola persona. Victoria se sorprendía a sí misma cocinando para dos por costumbre. Sacaba dos tazas y las llenaba. Luego se quedaba paralizada en medio de la cocina cuando la realidad la golpeaba.

—Abuela, ¿con azúcar o sin? —se le escapó una vez, y el silencio que recibió como respuesta casi la hizo caer.

La abuela ya no estaba. Pero el apartamento seguía respirando su presencia: cada rincón, cada objeto, cada grieta en el viejo suelo de madera. Aquí era donde solía sentarse en su sillón favorito. Allí era donde gritaba que la sopa estaba demasiado salada. En esta estantería seguían sus gafas, que Victoria nunca había guardado.

Elena había tenido un carácter difícil, eso era cierto. Pero Victoria la había querido. Quizás la única de toda la familia que la quiso de verdad, no por obligación.

Aquella noche sacó el bordado de su abuela. Una obra inacabada: rosas, mitad rojas y mitad aún blancas, esperando su hilo. Victoria nunca había bordado, pero le parecía importante terminarlo.

Una hora de esfuerzo, dedos pinchados, hilos que se enredaban a propósito. Los nervios a flor de piel, pero no se rindió. Puntada tras puntada, torcida e inexperta, pero terminada.

El timbre de la puerta sonó tan de repente que Victoria dio un respingo y se pinchó de nuevo. En el umbral estaba la tía Lucía.

—¡Vicky, cariño! —La tía la envolvió en un fuerte abrazo—. ¿Cómo estás? ¿Te las arreglas? ¿Te mantienes fuerte? —Sí, bien —respondió Victoria automáticamente, mientras pensaba: diez años sin aparecer ni llamar, ¿y ahora tanta preocupación?

Pasaron a la cocina. Victoria puso la tetera y sacó dos tazas, esta vez a propósito. La tía Lucía observaba el apartamento con mirada calculadora.

—Escucha, Vicky —empezó mientras tomaba el té—, ¿cuándo piensas vender? —¿Vender qué? —El apartamento, ¡qué va a ser!

Victoria dejó lentamente su taza sobre la mesa. —¿Por qué iba a vender un apartamento de tres dormitorios en el centro histórico con vistas a la plaza? —¿Y cómo vamos a repartir el dinero si no? —La tía se encogió de hombros como si hablaran de algo sin importancia. —¿Qué dinero? ¿Repartir entre quién? —¿De verdad pensabas, querida, que un apartamento tan valioso iba a ser solo para ti? —La tía sonrió con condescendencia. —Existe un testamento. La abuela me lo dejó a mí. —¡Ay, por favor! —La tía hizo un gesto con la mano—. El testamento es cosa de su mente confundida. Mamá ya no estaba en sus cabales. Tú lo entiendes. —¡La abuela estuvo lúcida hasta su último día! —Vicky, no compliques las cosas. Somos familia. Hay que repartir los bienes de forma justa. —¡Yo no voy a vender el apartamento!

La expresión de la tía Lucía cambió al instante, como si hubieran apagado el modo “familiar cariñosa”. —¡Qué descarada eres! ¡Solo piensas en ti misma! ¿Quién va a cuidar de la familia? ¡Una propiedad así debe compartirse entre todos!

Se levantó de golpe, casi tirando la taza, y salió furiosa al pasillo. Victoria se quedó sentada, atónita por lo que acababa de ocurrir.

Cuando el impacto disminuyó un poco, Victoria cogió el teléfono y llamó a su madre. —Mamá, no te imaginas lo que acaba de pasar. La tía Lucía vino exigiendo que venda el apartamento y reparta el dinero.

—¿Qué? —Su madre se indignó—. ¡Qué víbora! ¿De dónde sacó que tiene derecho a algo? ¿Diez años sin aparecer y ahora viene arrastrándose? —¡Exacto! Fue horrible, me gritó y me llamó egoísta… —No te preocupes, hija. Lucía no va a recibir nada. Todo el dinero se quedará en nuestra familia.

Victoria se quedó callada a media frase. —¿Qué quieres decir? —Pues, ¿qué crees? Venderemos el apartamento, compraremos una vivienda para ti y para Emilia. Tu padre y yo necesitamos un coche nuevo, el viejo ya se está cayendo a pedazos. El resto lo guardaremos y empezaremos a ahorrar para una casa en el campo.

Se hizo un largo silencio en la línea. —Mamá —dijo Victoria lentamente, como explicando algo obvio—, ¡el apartamento es mío! ¡Según el testamento! ¡La abuela me lo dejó a mí! —¡Ay, basta ya! —Su madre se rio—. No vas a dejar a tu hermana sin nada, ¿verdad? Yo no te eduqué para ser tan cruel. Emilia acaba de terminar la universidad, no tiene dónde vivir, y tú… —¡Yo fui la que vivió con la abuela! —estalló Victoria—. ¡Yo la cuidé! ¡Yo cocinaba, limpiaba, la llevaba al médico mientras vosotros fingíais que no existía! ¿Y ahora queréis quitarme lo que ella me dejó? —Victoria, cuida tu tono. —¿Y vosotros cuidasteis de la abuela? ¿Alguna vez llamasteis para preguntar cómo estaba? ¿Vinisteis alguna vez solo porque sí, no solo en las fiestas? —¿Cómo te atreves…?

Victoria colgó. Caminaba en círculos por el apartamento, incapaz de parar, hablando con su abuela: —Abuela, mira lo que está pasando. Han venido como buitres. La tía Lucía, mi propia madre… Todos quieren este apartamento. ¡Pero tú me lo dejaste a mí! ¡A mí! ¿Por qué no lo entienden?

No hubo respuesta. Solo el viejo reloj de pared seguía tic-tac.

Victoria se agotó tanto que se quedó dormida vestida. En sueños vio a su abuela: viva, seria, con su bata favorita. —No permitas que nadie ponga las manos sobre este apartamento —le dijo mirándola fijamente a los ojos—. ¿Me oyes? ¡No te atrevas!

El timbre la despertó sobresaltada. Aún medio dormida, Victoria abrió la puerta y vio a su madre, su padre y su hermana menor Emilia. —Tenemos que hablar —declaró su madre, abriéndose paso al interior. —Vicky, entiende, somos familia… —¡Tú sola no necesitas un apartamento tan grande! —intervino Emilia—. ¡Yo no tengo dónde vivir! —El testamento es solo un papel —dijo su madre apelando a la culpa—. Tienes que pensar en los que aún estamos vivos. En tu hermana, en nosotros y en tu padre. —Necesitamos un coche. Emilia necesita vivienda. ¡Y tú estás sola en un apartamento de tres dormitorios! No eres egoísta, ¿verdad, hija?

Victoria miró a las personas que se suponía eran su familia. Y no las reconoció en absoluto. —No —dijo con calma—. No soy egoísta. Pero tampoco soy una chica ingenua a la que se puede presionar con sentimientos de culpa. Este apartamento es mi herencia. La abuela me lo dejó a mí porque yo estuve con ella. Vosotros no. —¡Vicky!… —¡Fuera! Los tres. ¡Este apartamento es mío! Os guste o no.

La puerta se cerró tras ellos. Victoria respiró hondo. Empezaba a comprender por qué su abuela no se había sentido especialmente triste de que nadie en la familia la quisiera de verdad.

Si los “familiares” aceptarían su rotunda negativa, el tiempo lo diría. Pero Victoria estaba segura de que no daría marcha atrás…

Like this post? Please share to your friends:
Uniad
Leave a Reply

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!: