Colgó el teléfono antes de arrepentirse

Don Ramón vivía en una casa de adobe al final de Calabasa Road, allí donde el asfalto se convierte en terracería y los postes de luz se acaban. Su rancho en Marfa no era gran cosa: cuatro paredes gruesas, un tejado de lámina que necesitaba pintura y una cerca de alambre de púas que ya no detenía ni al viento. Llevaba diecisiete años solo desde que enterró a su mujer, y en ese tiempo había perfeccionado tres cosas: preparar café de olla, maldecir en voz alta al primer gallo de la madrugada y mantener a raya cualquier intento de conversación con frases de no más de cinco palabras.

Su única compañía era Capirotada, una perra callejera color miel —mezcla de pitbull con lo que fuera que pasó por el barrio aquella noche— que dormía atravesada en el porche y gruñía a todo lo que se moviera más rápido que una carretilla. Ramón la había recogido cachorra de detrás del H-E-B, y desde entonces la bicha no le permitía a nadie acercarse al patio sin su permiso.

Con todos sus vecinos se llevaba más o menos. Menos con la del solar de enfrente.

Doña Carmen era viuda, menuda, con el cabello recogido en un chongo gris que parecía sostenido por pura voluntad. Tenía una parvada de gallinas ponedoras, un gallo giro que cantaba a las cuatro y media como si le debieran la vida, y la costumbre irritante de barrer la banqueta justo cuando Ramón sacaba a Capirotada a estirar las patas.

Cada vez que la perra cruzaba el camino de grava —nunca mordió a un animal, pero le encantaba verlas volar— se armaba la de Dios es Cristo.

—¡Otra vez el animal ese en mi solar, Ramón! —gritaba Carmen desde la reja, blandiendo la escoba como si fuera un machete.

—Son gallinas, no princesas —respondía él sin levantar la cabeza del motor de la Silverado que llevaba quince días desarmado en el cobertizo—. No se las va a comer.

—Usted nunca le pone cadena a esa criatura.

—Y usté nunca cierra la puerta del gallinero.

La escoba golpeaba la reja, las gallinas cacareaban escandalizadas, y Ramón volvía a lo suyo mientras Carmen se persignaba pidiendo paciencia.

Así estuvieron seis años. Sin dirigirse la palabra para otra cosa que no fuera quejarse.

La noche que todo cambió, Ramón estaba echado en el sillón viendo los highlights de las Chivas y rascándole la barriga a Capirotada. Eran como las once. El desierto de West Texas se había tragado el sol y el frío bajaba de los cerros de la Davis Mountains metiéndose por cada rendija. A través del televisor viejo escuchó un golpe seco. Luego el crujido de grava, despacio, como si alguien caminara sin querer hacer ruido.

Capirotada levantó las orejas. Un surco oscuro se le marcó en el lomo.

Ramón se incorporó. Escondió el control bajo el cojín —costumbre que le quedó de cuando sus hijos eran chicos y se peleaban por la tele— y se asomó por la ventana sin prender la luz.

El reflector del cobertizo iluminaba la Silverado. Y a dos sombras que cargaban la transmisión completa en peso hacia una pickup estacionada con las luces apagadas.

La transmisión que él llevaba meses reconstruyendo pieza por pieza. Nueva, de agencia. Dos mil ochocientos dólares.

—¡Ah, cabrones!

Salió descalzo, sin pensarlo, con el pecho desabrochado y el colmillo de Capirotada enseñado tras él. Los fulanos soltaron la caja de cambios —el golpe contra la grava retumbó en el pecho de Ramón como un disparo— y el más grande se le fue encima antes de que pudiera alcanzar la barreta que guardaba junto a la puerta.

El puñetazo le entró por el pómulo. Vio estrellas, un fogonazo blanco detrás de los ojos. Cayó sobre un hombro.

Capirotada gruñó, pero Ramón la tenía amarrada del collar porque el seguro de la correa se atascó hacía meses y nunca lo compuso. La perra tiraba, ahogándose, arrastrándolo por la tierra mientras el otro tipo levantaba la transmisión de nuevo.

Y entonces sonó el tubo.

Un tubo de PVC de dos pulgadas, para ser exactos. De esos que sobran de cualquier plomería casera y que hacen un ruido hueco y brutal cuando aterrizan sobre el cráneo de un ratero de dos metros.

El grandulón se fue de lado como pino recién cortado. Carmen estaba detrás, sosteniendo el tubo con las dos manos, los ojos muy abiertos, la bata de flores arremangada hasta los codos y las pantuflas de borrego llenas de tierra.

—¡El collar, Ramón, el collar! —gritó.

Y Ramón, sin saber de dónde, encontró fuerzas para jalar la correa, destrabar el seguro de un tirón y soltar a Capirotada, que salió como una bala disparada directo al muslo del segundo hombre, que ya se le echaba encima con una llave de cruz en la mano.

El tipo aulló. La llave cayó. Capirotada no aflojó el mordisco hasta que llegaron los patrulleros del sheriff, veinte minutos después, despertando al pueblo entero con las torretas azules y rojas.

El resto es archivo policial: los tipos eran de Odessa, traían historial por robo de autopartes y ya los andaban buscando en tres condados. El del tubo despertó esposado a la camilla de los paramédicos. El otro, con diecisiete puntos en la pierna.

Pero la historia no se acabó en la comandancia.

Ramón pasó tres días dándole vueltas al asunto. Se tocaba el pómulo inflamado, miraba la Silverado todavía en caballetes, la transmisión de vuelta en el piso del taller, y no podía quitarse de la cabeza la imagen de Carmen en chanclas, con un tubo de plomería, enfrentando a dos delincuentes en plena madrugada.

La mujer le caía mal. Eso era un hecho. Seis años de peleas por las gallinas, la perra y quién dejaba la basura más cerca del cerco del otro. Pero una cosa era caerle mal y otra muy distinta ignorar que alguien había cruzado la calle a las once de la noche con lo primero que encontró a la mano.

En Marfa la gente se conoce. El que no es compadre es primo del que se casó con la hermana del dueño de la gasolinera. Pero eso no explicaba lo de Carmen. Porque Carmen no era su gente. Carmen era "la vecina cagapalos", como le decía él en voz baja cuando tomaba demasiado café.

Al cuarto día, Ramón se bañó temprano. Se puso una guayabera limpia, la que guardaba para los funerales y las bodas. Agarró una bolsa de las marranitos que había comprado dos semanas atrás en el H-E-B y salió al porche. Luego se detuvo. Regresó. Volvió a salir.

Capirotada lo miraba con la cabeza ladeada, sin entender.

Cruzó la calle de grava. El gallo giro cantó al verlo, alzando un polvo rojizo del corral. Carmen salió con un delantal con bordados de flores azules, las manos llenas de masa para tortillas. Olía a comino y a leña.

—¿Se le perdió algo, Ramón?

Él alzó la bolsa. No dijo nada. La boca se le había secado como el algodón.

—Son marranitos. Pensé… pa'l café.

Carmen se limpió las manos en el delantal. Lo miró como quien mira a un coyote que de repente pide permiso para entrar a la cocina.

—Nomás tantito —añadió él—. Por lo del tubo.

—Ah, lo del tubo. Ya usted me dio las gracias tres veces.

—Pero no con marranitos.

Ella soltó una risa corta, de esas que se escapan sin permiso. Abrió la reja y le hizo un gesto con la barbilla.

Adentro, la cocina de Carmen era otra cosa. Tazas de barro colgadas en ganchos de madera, un altar chiquito a la Virgen con veladoras de vasito rojo, estampitas del Niño de Atocha y un olor a chocolate abuelita que a Ramón le recordó a su propia madre, cosa que no pensaba desde hacía una década. La mesa tenía mantel de hule con estampado de uvas y en el centro un frasco con flores de papel.

Se sentaron. El café humeaba entre los dos. Los marranitos seguían en la bolsa, intactos, como si abrirlos fuera a romper algún hechizo.

—Fíjese que yo nunca pensé que usted… —empezó Ramón, moviendo la cuchara sin levantar la vista—. Digo, un tubo. A las once de la noche.

—Era lo que tenía más cerca. Iba a salir con el rodillo, pero el rodillo pesa menos —dijo Carmen, y removió su café sin azúcar, despacio—. Además, su perra estaba atorada. ¿Qué clase de gente deja que le madruguen al vecino?

—No éramos muy vecinos que digamos.

—Cierto —concedió ella. Y luego, tras un silencio en el que solo se oyó el borboteo de la cafetera—: Pero uno no elige al vecino. Lo manda Dios.

Ramón no era hombre de Dios. Pero tampoco era hombre de soltar una buena taza de café. Dio un sorbo. Se quemó la lengua. Lo disimuló.

—Mire, Carmen. Yo sé que Capirotada le espanta las gallinas. Pero ella no las toca. Lo juro. Nomás las corre porque es perra de trabajo, no de lujo.

—Ya sé. Y yo sé que a usté le cae mal el gallo porque canta antes que el sol.

—Ese gallo no canta: toca la trompeta del Apocalipsis. Pero… —se rascó la nuca, buscando las palabras en algún rincón del cerebro donde nunca las guardaba— …me voy a acostumbrar.

Carmen arrugó los ojos, esas arrugas de quien ha pasado años bajo el sol tejano. Sirvió más café sin que él lo pidiera.

—¿Usté se quiere acostumbrar, Ramón?

Él soltó la cuchara. La dejó caer sobre el platito con un tintineo que sonó más fuerte de lo que debía.

—No sé hacer esto. Se lo aviso de una vez. Lo mío no es hablar. Y menos con… —movió la mano en el aire, abarcando todo: la cocina, las flores de papel, el altar, ella.

—Ya me di cuenta —dijo Carmen.

—Pero cuando usted le quebró ese tubo en la cabeza al grandulón… —Ramón se pasó la mano por la cara, apretó los dedos contra el pómulo todavía verde del golpe—. Yo sentí algo raro. No agradecimiento. O no solo eso.

—¿Entonces?

Hubo un silencio. De esos largos, de los que incendian las mejillas sin que nadie se mueva. Afuera, el viento del desierto alborotó la arena contra la ventana. A lo lejos, alguien encendió una troca de motor diésel.

—Que me importa —dijo Ramón, y la palabra le salió áspera, como si llevara años guardada en el pecho y se hubiera oxidado—. Que me importa usted, pues. Y es un problema porque no sé qué hacer con eso.

Carmen no respondió de inmediato. Agarró un marranito del paquete, lo abrió con los dedos, le ofreció la mitad.

—Pues para empezar —dijo— puede venir a ayudarme a componer el gallinero. Tiene un agujero en la malla. Por ahí se me escapan las ponedoras y acaban en su patio.

Ramón agarró el marranito. Se lo comió de un bocado, masticando más de la cuenta para no tener que hablar.

—¿Hoy? —preguntó al fin.

—Hoy.

El sol de la tarde caía oblicuo sobre los dos cuando Ramón apareció cargando un rollo de malla de gallinero, las tenazas de corte y un martillo de oreja. Capirotada iba detrás, suelta, moviendo la cola y sin siquiera mirar hacia el corral. Como si hubiera entendido que ese lugar ya no era territorio enemigo.

Ramón trabajó en silencio dos horas. Carmen le alcanzaba agua con limón en una jarra de plástico, y en una de esas, mientras él remachaba la última esquina de la malla, ella dijo:

—Falta el techo del porche. El mío. Se está cayendo a pedazos.

—Ya lo vi —dijo Ramón sin voltear.

—Pues si no está ocupado el sábado…

—No estoy.

—Entonces venga. Yo hago enchiladas.

Ramón apretó la última grapa con un golpe seco del martillo. Se incorporó. Los riñones le crujieron como madera vieja. Se sacudió las manos, miró el gallinero reparado, luego a Carmen, que esperaba recargada contra la cerca con la jarra vacía en una mano y la otra haciendo visera para el sol.

—¿Sabe qué, Carmen? —dijo.

—¿Qué?

—Que yo creo que ese tubo fue lo mejor que le ha pasado a este solar.

Y por primera vez en seis años, no sonó a queja. Sonó a algo que ni él mismo reconocía, pero que se parecía bastante a estar en casa.

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