Diego no le hizo caso a nadie. Ni a su mamá, doña Carmen, que le rogaba que no se apurara, ni a su papá, don Álvaro, que se quedaba callado pero movía la cabeza con esa desaprobación silenciosa que pesa más que un grito. Se casó con Valeria a los cuatro meses de conocerla en la fábrica textil de Carolina del Norte, donde él entró a trabajar de supervisor nocturno después de dejar el rancho familiar en las afueras de San Antonio. Ella era la muchacha del área de facturación, siempre con las uñas recién hechas, su café con leche en un termo Stanley que no soltaba, y una risa que sonaba como si acabara de salir de un comercial de shampoo.
—Mijo, si esa mujer nunca ha agarrado una escoba en su vida. Tú vienes de gente de campo, no sé cómo vas a aguantar eso —le dijo doña Carmen por teléfono la noche antes de la boda, con la voz tan pegada al auricular que parecía que se lo quería comer.
—Ay, mamá, ya deje eso. Usted lo que está es celosa porque me voy de la casa.
Pero su mamá no eran celos. Era otra cosa. Era ese instinto que tienen las mujeres que han parido entre surcos y han enterrado ombligos de sus hijos bajo la ceiba del patio. Algo en la muchacha aquella no le cuadraba. Valeria llegó al rancho a conocerlos un domingo de julio, con unos tacones blancos que se le hundían en la gravilla del camino cada tres pasos, y un sombrero de ala ancha que parecía prestado de una revista. Los vecinos se asomaron por las ventanas. El perro del compadre Rosendo le ladró desde lejos, y ella pegó un brinco como si hubiera visto una culebra.
—No se preocupe, mija, ese no hace nada —le dijo don Álvaro, secándose el sudor de la frente con un pañuelo rojo.
—Es que yo no estoy acostumbrada a animales tan… sueltos.
Doña Carmen y don Álvaro se miraron.
El primer año Diego estaba convencido de que había hecho el negocio del siglo. Viviendo en un complejo de apartamentos nuevecito al norte de Charlotte, con piscina y gimnasio que nunca usaban, pero que se veía bonito en las fotos. Valeria decoró la sala con cuadros de Target y cojines que olían a vela de vainilla.
—Aquí tienes aire acondicionado todo el día. En el rancho de tus papás te estabas friendo el lomo como un jornalero cualquiera —le soltó una noche ella, mientras se servía una copa de vino rosado.
—En el rancho se trabaja, Valeria. Es un oficio digno.
—Digno, pero no paga. Aquí en la ciudad hay futuro. Mira, si seguimos así, en un par de años nos compramos una casa de verdad, no ese ranchito de madera con baño afuera donde se crió tu abuelo.
Diego sintió un golpe seco en el pecho, pero se quedó callado. Era más fácil así.
Cada vez que viajaban a San Antonio para visitar a los papás de Diego, era un drama. Valeria se ponía de mal humor desde el jueves. Empacaba su propia comida en un cooler con hielos de gel, como si fuera a un campamento de refugiados. No comía la barbacoa del papá de Diego ni las tortillas de harina recién hechas que doña Carmen preparaba a las cinco de la mañana. Decía que le caían pesado. Y del jardín de verduras, ni hablar: le daba asco la tierra pegada a los tomates.
—Mijo, ¿y por qué no le dices que por lo menos se siente aquí con nosotros? Se la pasa encerrada en el cuarto como si fuéramos leprosos —le dijo doña Carmen un día, con las manos todavía llenas de masa para los tamales.
—Ella es así, tranquila. En la ciudad no se usa eso de estar en la cocina con la suegra.
Diego empezó a irse solo al rancho. Salía el viernes al mediodía en su troca roja y se echaba las seis horas de carretera sin música, con las ventanas abajo para sentir el calorcito pegajoso del este de Texas entrando por la interestatal. Llegaba oliendo a carretera y a ganas de abrazar a su mamá. Ayudaba a su papá a componer la cerca, a revisar el molino de viento, a vacunar a las cabras. Los sábados en la noche se sentaban en el porche a ver las estrellas y se tomaban una cerveza bien fría.
—¿Y la muchacha, Diego?
—Ahí está, apa. Trabajando.
Ya ni él se creía sus propias respuestas.
Fue por esas semanas que se reencontró con Esperanza. La había conocido de chico, iban a la misma iglesia. Ella ahora tenía su propio negocio de quesos artesanales. Un ranchito a unas diez millas, con cuarenta cabras y un cuarto de ordeña más limpio que una sala de hospital. Era menuda, de manos firmes y pelo negrísimo que se recogía en una trenza gruesa. Siempre olía un poco a leche fresca y a hierbabuena.
—Estás hecho un citadino, Diego —le dijo ella un domingo, mientras él le compraba queso panela y un galón de leche bronca para llevarle al niño.
—Qué va. El rancho tira, Esperanza. Uno nace con esto metido en la sangre.
—Eso sí. El que es de este polvo, no se acostumbra al asfalto.
A Valeria no le gustaba nada aquello. Ni la leche, ni el queso, ni la tal Esperanza. Una noche, después de que Diego llegó oliendo a humo de leña y con dos bolsas de nopales que le mandaba su mamá, ella explotó.
—Tú dime una cosa. ¿Tú te estás acostando con la quesera esa?
—¿Qué? ¿Estás loca? Es una amiga de la familia. Me conocía desde antes que tú.
—Ah, ¿sí? Porque allá en el rancho todo mundo habla maravillas de ella. La señora perfecta para el hijo perfecto. Y yo aquí, cargando con el niño, esperando a que llegues oliendo a cabra, mientras el papá de mi hijo se la pasa de hacendado los fines de semana.
—Valeria, cálmate. Pedro Antonio es mi prioridad. ¿Qué te pasa?
Lo que le pasaba, Diego lo supo una semana después. Encontró un ticket de un estacionamiento en el centro de Charlotte, de un martes a las once de la noche, en la guantera del carro que ella manejaba. El martes que él se había ido a una capacitación en Greensboro, y Valeria le dijo que se quedaba viendo series en la casa.
—Es mi instructor de pilates. Llevamos saliendo un año y medio. No te lo había dicho porque no sabía cómo.
Diego se quedó parado en la cocina del apartamento, con el ticket en la mano, viendo cómo el reloj de la estufa marcaba las doce y cuarto. El niño dormía en el otro cuarto con la luz apagada y el ventilador de techo zumbando bajito.
—Un año y medio, Valeria. Casi la mitad de nuestro matrimonio.
—Diego, tú y yo somos distintos. Yo necesito a alguien que esté aquí, que quiera crecer. No alguien que sueña con volver a un rancho que no vale ni veinte mil dólares.
Él se fue. Agarró la troca, metió cuatro mudas de ropa en una mochila del Costco que ni siquiera era suya, y manejó hasta San Antonio. Sin parar. Llegó al amanecer, con los ojos colorados y el corazón partido en pedacitos que ni doña Carmen, con todo su amor, pudo pegar así de rápido.
El divorcio tardó cinco meses. Dolorosos. Espinosos. Con una custodia compartida que le partía el alma cada viernes que lo dejaba en la casa de ella, con el tipo aquel del pilates, que ni saludaba. Diego se quedó en el rancho. Renunció a la fábrica y empezó a trabajar en un taller de soldadura a diez minutos, en la carretera que va hacia Lytle.
—El petróleo da más que las máquinas —le dijo don Álvaro—. Pero la soldadura nunca falla. Aprende bien y te forras.
Y aprendió. Como aprendió a respirar sin ella. Como Pedro Antonio aprendió que el fin de semana significaba ir a recoger huevos al gallinero con la abuela, bañarse con manguera en el patio cuando hacía calor, y comer queso asado en el comal de Esperanza.
Porque Esperanza seguía ahí. No empujando, no exigiéndole nada. Simplemente dejándole la puerta del ordeñadero sin cerrojo cuando él llegaba a comprarle queso Oaxaca para hacerle quesadillas al niño.
Una tarde de marzo, Pedro Antonio se quedó dormido en el regazo de doña Carmen. El cielo se estaba poniendo color durazno. Esperanza salió de la quesería con una jarra de horchata. Diego estaba sentado en un tocón, limpiando sus herramientas.
—Oye —dijo ella, sentándose a su lado—, ¿tú crees que exista alguien que le guste todo esto tanto como a mí? Digo, las cabras, el olor a establo, el trabajo de sol a sol.
—A mí —dijo él, sin levantar la vista del trapo sucio donde limpiaba la soldadora—. A mí me gusta. Mucho.
Ella se quedó callada un momento. Se oían los chivos balando y el viento entre los mezquites.
—Pues entonces no sé qué esperas.
La boda fue un sábado en el patio del rancho. Pusieron mesas largas con manteles de plástico a cuadros, carnitas en una cazuela enorme, y un señor de Poteet llegó con su hielera llena de paletas de fresa. Pedro Antonio fue el encargado de repartir los tenedores. Hacía un calor de los mil demonios, pero a nadie le importó. Esperanza llevaba un vestido blanco de algodón y las trenzas sueltas.
Doña Carmen observaba desde su mecedora, con un vaso de plástico en la mano y su nieto trepado en las piernas. A las diez de la noche, cuando ya todos estaban bailando y el compadre Rosendo se había quedado roncando en una silla de lona, ella se inclinó hacia don Álvaro.
—Viejo —le dijo en voz baja, sin dejar de mirar a Diego, que revoloteaba en la pista con Esperanza apretada contra su pecho—, esa Esperanza sí es de nuestra cosecha. No es como la otra, que nunca terminó de agarrar el paso en esta tierra.
Don Álvaro asintió despacio y le dio un sorbo a su cerveza.
—Era cuestión de tiempo. El chamaco se fue a buscar lo que ya tenía aquí.
En diciembre nació la niña. Le pusieron Luz María. Pedro Antonio le cantaba unas canciones inventadas mientras ella se dormía en la cuna que don Álvaro había tallado a mano, con madera de un nogal que se cayó en la tormenta del 98. Diego llegaba del taller, se quitaba las botas en el porche, y lo primero que hacía era cargar a la bebé para sentir ese olor a talco y a leche caliente que lo hacía olvidarse de cualquier cosa.
Una noche de enero, fría de a de veras, de esas en que los granjeros de por allá prenden fogatas entre los establos, doña Carmen estaba en la cocina haciendo chocolate caliente. Se asomó por la ventana. Afuera, bajo la luz amarilla del porche, Diego y Esperanza estaban sentados en la mecedora, tapados con una cobija de tigre. No estaban haciendo nada. Nada más se estaban meciendo, mirando el cielo lleno de estrellas. Él tenía el brazo alrededor de los hombros de ella. De vez en cuando, Esperanza soltaba una risa bajita, de esas que no molestan a nadie, y Diego se le quedaba mirando con una calma que no se le había visto en años.
Doña Carmen apagó la estufa. Echó el chocolate en tres tazas grandes y se quedó viendo la escena un ratito más. Pedro Antonio se despertó en el sofá, se talló los ojos.
—Abuela, ¿puedo salir al porche?
—Espérate, mi'jo. Deja que se mezan tantito ellos. Ya después sales.
Y Pedro Antonio, que había aprendido a conocer los silencios de la abuela mejor que las palabras, se volvió a acurrucar en el sofá y se quedó mirando el fuego de la chimenea eléctrica, escuchando el viento afuera y el rumor de las risas que entraban por la rendija de la puerta.
