El director ejecutivo se casó con una criada que tenía tres hijos de diferentes hombres… ¡pero cuando ella se desnudó en su noche de bodas, el hombre quedó atónito por lo que vio!
En una extensa mansión en los Hamptons, Nueva York, Olivia Bennett trabajaba como ama de llaves. Tenía veinticinco años: modesta, trabajadora y callada. Era la criada favorita del señor Ethan Blackwood, un soltero de treinta años y director ejecutivo de una corporación multinacional. Ethan era amable, pero exigente en el trabajo. Lo único que sabía sobre Olivia provenía de los chismes del resto del personal: que, supuestamente, Olivia había sido una “mujer fácil” en su pueblo rural de Kentucky.
Mes tras mes, Olivia enviaba casi todo su salario a casa. Cuando el personal le preguntaba adónde iba ese dinero, ella respondía: “A Tommy, Ryan y Sophie”. Por eso todos concluyeron que Olivia tenía tres hijos nacidos fuera del matrimonio.
A pesar de los rumores, Ethan se enamoró de Olivia. Ella cuidaba a las personas de una forma genuina. Cuando Ethan cayó gravemente enfermo y estuvo hospitalizado dos semanas en un prestigioso hospital de Manhattan, Olivia no se apartó de su lado. Lo bañaba, lo alimentaba y pasaba noches enteras despierta velando por él. Ethan vio la pureza de su corazón. “No me importa si tiene hijos”, se dijo a sí mismo. “Los querré tanto como la quiero a ella”.
Ethan cortejó a Olivia. Al principio, ella se negó. —Señor, usted viene de un mundo diferente y yo del mío. Además… tengo muchas responsabilidades —dijo con la cabeza inclinada.
Pero Ethan insistió, demostrándole que estaba dispuesto a aceptarlo todo. Al final, se convirtieron en pareja.
Esto causó un enorme escándalo. La madre de Ethan, la señora Victoria Blackwood, estalló. —¡Ethan! ¿Has perdido la cabeza? ¡Es una sirvienta… y tiene tres hijos de diferentes hombres! ¿Vas a convertir nuestra mansión en un orfanato? —gritó.
Sus amigos se burlaron de él. —Amigo, ¡padre instantáneo de tres! ¡Buena suerte con los gastos!
Pero Ethan se mantuvo firme al lado de Olivia. Se casaron en una ceremonia sencilla. En el altar, Olivia lloró. —Señor… Ethan… ¿estás seguro? Podrías arrepentirte. —Nunca me arrepentiré, Olivia. Te amo a ti y a tus hijos —respondió Ethan.
Luego llegó su noche de bodas: su luna de miel. Estaban en el dormitorio principal. Reinaba el silencio. Olivia estaba nerviosa. Ethan se acercó suavemente a su esposa. Estaba dispuesto a aceptar todo de ella: las cicatrices del pasado, las estrías del embarazo, cualquier signo de maternidad. Para él, eran símbolos de sacrificio.
—Olivia, no seas tímida. Ahora soy tu esposo —dijo Ethan con ternura mientras tocaba su hombro.
Lentamente, Olivia se quitó la bata. Bajó el tirante de su camisón.
Cuando Ethan vio el cuerpo de su esposa, se quedó congelado.
