El alma del contenedor

La perra llevaba semanas sobreviviendo detrás del viejo centro comercial, junto a los contenedores de basura que nadie vaciaba a tiempo. No era más que un manojo de costillas cubiertas de pelo color miel y unas orejas siempre alerta, aunque ya casi sin esperanza. La gente pasaba de largo. A veces un coche frenaba en seco y alguien le arrojaba una bolsa medio vacía, pero casi siempre le tiraban piedras para espantarla. Los gatos callejeros la arañaban y los mapaches le gruñían. Cuando el frío húmedo de diciembre en San Antonio se metía entre los huesos, ella se acurrucaba bajo el enorme contenedor verde y tiritaba sin hacer ruido.

Así la encontró Héctor un jueves de madrugada. Hacía más de un año que no era él mismo. Había llegado a los cuarenta y tres con el hígado castigado y el orgullo hecho polvo. Después de que Mónica se llevara a los niños a casa de su hermana en Austin, él se dejó caer. Primero faltó un lunes al trabajo, luego dos, y al tercer mes el supervisor de la obra lo llamó a la oficina y le dijo que ya no podía cubrirlo más. Perdió el puesto de capataz y, poco a poco, también las ganas de levantarse del colchón.

Esa noche, Héctor estaba especialmente desesperado. Llevaba dos días sin probar bocado y el estómago le pedía algo sólido. Se puso la chamarra más gruesa que tenía, una de mezclilla manchada de grasa, y caminó hasta la parte trasera del centro comercial, donde los restaurantes tiraban los sobrantes. Allí, entre cajas de cartón aplastadas y bolsas de plástico rotas, encontró un pan de ajo casi entero y dos empanadas de carne que todavía olían bien. En eso andaba, revisando con cuidado cada bolsa, cuando sintió una mirada clavada en la nuca.

Volteó y vio dos ojitos redondos, color caramelo, que lo observaban desde la sombra de una llanta abandonada. La perra no se movía, apenas respiraba. Un temblor le recorría el lomo y tenía el hocico reseco. Pero no suplicaba: solo miraba, como si estuviera demasiado cansada hasta para mover la cola.

Héctor se quedó quieto un instante. Luego, sin pensarlo mucho, partió una de las empanadas por la mitad y dejó el trozo más grande en el suelo, a un metro de distancia. La perra se incorporó con cautela, dio tres pasos y devoró la carne en segundos, sin dejar de mirarlo de reojo.

—Tranquila, no te voy a hacer daño —murmuró él, con la voz ronca de tanto callar.

Ella adelantó una pata, luego la otra, y se acercó lo suficiente para olerle los dedos. Tenía el lomo frío y la piel pegada a los huesos. A Héctor le temblaron las manos, pero esta vez no era por el alcohol. Hacía meses que nadie se acercaba a él así, sin miedo y sin asco. Se quitó la chamarra con torpeza, envolvió a la perra en ella y la cargó contra el pecho.

—Vámonos de aquí, chiquita —le dijo, y echó a andar hacia su apartamento, a unas ocho cuadras de distancia.

El lugar era un segundo piso en un edificio viejo de la calle Nogalitos. Olía a humedad y a latas de cerveza vacía. Cuando entraron, la perra olfateó el aire pero no se movió del rincón que Héctor le señaló junto al calentador apagado. Él encontró en la alacena una lata de atún abierta, la vació en un plato de plástico y se sentó en el suelo a verla comer.

Esa noche, Héctor se acostó sin beber. No porque no quisiera, sino porque se le olvidó. La perra se subió a la cama sin pedir permiso, dio dos vueltas sobre la manta raída y se acomodó justo encima de su pecho. Pesaba casi nada, pero el calorcito que desprendía se le metió por las costillas hasta el centro del pecho. Héctor sintió que algo duro se le aflojaba adentro. Durmió de corrido siete horas por primera vez en años. No soñó con gritos, ni con la cara de su hijo menor el día que Mónica se marchó.

A la mañana siguiente, al pasar frente al espejo del baño, se detuvo en seco. El tipo que lo miraba desde el otro lado tenía los párpados hinchados, las mejillas salpicadas de venitas rojas y una barba de semanas que le cubría casi toda la expresión. Héctor se tocó el rostro como si fuera ajeno.

—¿En qué me convertí, carajo? —susurró.

Se duchó con agua fría, se afeitó con una hoja que encontró en el botiquín y se puso la única camisa limpia que le quedaba. Luego empezó a recoger el desorden. Llenó tres bolsas negras de basura con botellas de cerveza y envoltorios vacíos. La perra lo seguía por todo el apartamento con pasitos cortos y las orejas tiesas, como si temiera que desapareciera de repente.

—¿Cómo te voy a llamar? —le preguntó Héctor mientras amarraba una bolsa—. Porque nombre tienes que tener.

Ella ladró bajito, un solo gañido casi mudo.

—Creo que te llamas Alma —decidió él—. Porque carita de ángel sí tienes.

Rebuscando en la cocina encontró, detrás de una caja de galletas saladas, un sobre arrugado que había olvidado por completo. Lo abrió y contó sesenta dólares en billetes de a veinte. Un dinero que su madre le había dado hacía años para un día de apuro. Se quedó mirando los billetes un largo rato. Luego agarró las llaves y salió con Alma pegada a los talones.

En la tienda de la esquina compró una bolsa de croquetas, dos latas de comida húmeda, un cepillo pequeño y un hueso de carnaza. Ya en la caja, añadió una brocha de afeitar nueva y un sándwich de jamón y queso para él. Mientras pagaba, una voz lo sobresaltó.

—¡Héctor! ¡Qué milagro! Soy Memo, de la obra. Te ando buscando, hermano.

Era un muchacho fornido al que Héctor había entrenado como ayudante. Lo agarró del hombro con una sonrisa ancha.

—Carlos no deja de preguntar por ti. Dice que hay una chamba grande en la Commerce y que te necesita. ¿Estás bien?

Héctor asintió, un poco aturdido.

—Dile que estoy bien. Que me llame.

Memo anotó su número en un recibo arrugado y salió de la tienda diciendo que lo llamaría en caliente. De regreso, Héctor pasó otra vez por el contenedor donde la había encontrado. Se detuvo, se agachó y vació un puñado de croquetas en tres montoncitos, junto a la base del contenedor. Un gato blanco y negro lo miró desde una caja y maulló, desconfiado.

—Ándale, come —le dijo Héctor—. También tú tienes alma.

Subió al apartamento cargando las bolsas y apenas abrió la puerta, Alma se puso en dos patas y le apoyó las pezuñas en la rodilla, moviendo el rabo como una batidora descontrolada. Él soltó las compras y se agachó para rascarle detrás de las orejas. En ese momento, sonó el teléfono.

Era un número que no reconocía. Contestó con un hilo de voz.

—¡Héctor! ¿Eres tú? —La voz era inconfundible: Carlos, su compadre de la obra, con el mismo tono acelerado de siempre—. Memo acaba de hablarme. ¿Estás vivo?

—Por ahora, sí —dijo él, sorprendido.

—Mira, no ando con rodeos. Se nos vino un proyecto grande en la avenida Commerce, un edificio de apartamentos de seis pisos. Necesito un capataz que le sepa, y el arquitecto preguntó por ti. ¿Te apuntas? Empiezas mañana a las siete. Pero me juras que vas limpio.

Héctor miró a Alma, que se había sentado sobre sus patas traseras y lo observaba con la cabeza ladeada, como si entendiera cada palabra.

—Te lo juro, Carlos. Mañana a las siete estoy.

Colgó y se quedó un minuto en silencio, con el auricular todavía en la mano. Alma se acercó y le lamió el dorso de los dedos. Él soltó un suspiro largo, de esos que cargan con más de un año.

A la mañana siguiente se presentó en la obra con su viejo casco amarillo y las botas de trabajo que aún le quedaban. Carlos lo esperaba con un termo de café y una palmada en el hombro que casi lo tumba. El primer día fue un infierno de sol y polvo, y el cuerpo le pedía a gritos una cerveza. Al salir, cruzó frente a una licorería y se detuvo a apenas dos metros de la entrada. El olor a alcohol lo envolvió como un abrazo conocido. Cerró los ojos, respiró hondo y siguió caminando con los puños apretados. Cuando llegó a casa al atardecer, Alma lo recibió con tal escándalo de saltos y lamidas que no le quedó espacio para pensar en otra cosa.

No fue fácil. El segundo viernes, después de un día de órdenes contradictorias y una discusión con el electricista que le calentó la sangre, Héctor entró a una licorería y compró una sola lata de cerveza. La llevó hasta el apartamento, la puso sobre la mesa de la cocina y se quedó mirándola un minuto entero. Alma se acercó, olfateó la lata y lo miró con esa fijeza color caramelo que parecía preguntar algo. Héctor abrió el refrigerador, agarró la lata y la vació por el fregadero, con el mismo gesto con que antes vaciaba la última gota de la botella. Esa noche, el olor a lúpulo se mezcló con el del guiso de pollo que preparó para los dos.

Así pasaron tres semanas. Héctor se afeitaba todas las mañanas, preparaba café y le daba a Alma su ración de croquetas. El apartamento empezó a oler a limpio y a comida hecha en casa. Una noche, después de guardar el plato, marcó el número de Mónica. Dejó sonar dos tonos y colgó, pero luego, con el pulso acelerado, volvió a marcar y habló en el buzón de voz: «Soy yo. Estoy bien. Estoy trabajando.» No hubo respuesta.

El jueves siguiente, mientras cortaba cebolla para un guiso, volvió a sonar el teléfono. Esta vez sí reconoció el número. El nombre «Mónica» apareció en la pantalla con la misma foto de hacía tres años. Le tembló el pulso un instante y luego deslizó el dedo para contestar.

—¿Héctor? —La voz de ella sonaba más suave que en sus recuerdos, pero también más cautelosa—. Recibí tu mensaje y luego una amiga me dijo que te vio en la obra, que estás trabajando. ¿Es cierto?

—Sí, Mónica. Estoy trabajando. Y estoy limpio.

Hubo un silencio largo, de esos que tienen sabor a preguntas sin hacer. Alma, que estaba echada a sus pies, se levantó y apoyó el hocico en su rodilla.

—¿Podemos vernos? —preguntó Mónica por fin—. No sé… un café. No prometo nada, solo hablar.

Héctor tragó saliva.

—El sábado. A las once. En el café de la calle Alamo. Te parece bien.

—Está bien. Te veo ahí.

El sábado amaneció soleado y fresco. Héctor se puso una camisa de cuadros planchada y se echó un poco de colonia. Justo antes de salir, dudó. Miró a Alma, que lo seguía con sus ojos color caramelo, siempre atenta.

—Tú vienes conmigo —decidió en voz alta—. Si ella va a conocer al hombre nuevo, también tiene que conocer a quien me trajo hasta aquí.

Agarró una correíta que había comprado en el supermercado y se la puso. Alma caminó a su lado todo el trayecto, sin tirar ni una sola vez.

Mónica ya estaba sentada en una mesa junto a la ventana. Tenía el cabello más corto y llevaba unos aretes que él no conocía. Cuando lo vio entrar con la perra, sus cejas se arquearon. Héctor se acercó, amarró la correa a la pata de la silla y se sentó frente a ella.

—¿Desde cuándo tienes perro? —preguntó Mónica, con una sonrisa tenue.

—Desde hace un mes. La encontré en un contenedor de basura —dijo él, sin adornarlo—. Una noche que fui a buscar algo de comer. Ahora se llama Alma.

Mónica bajó la vista hacia la perra, que se había sentado formal y no dejaba de mover el rabo. Notó el pelaje cepillado, la panza ya un poco llena, la tranquilidad con que apoyaba la cabeza sobre la rodilla de Héctor.

—Siempre quisiste tener un perro —murmuró Mónica—. Pero nunca te animaste porque decías que no tenías tiempo.

Héctor se encogió de hombros y le rascó la nuca a Alma, que cerró los ojos y suspiró.

—Ahora me levanta a las seis con el hocico frío. No hay manera de quedarse en la cama —dijo, y la perra lamió el reverso de su mano como si le diera la razón.

Mónica se mordió el labio. Se le humedecieron los ojos, pero no apartó la mirada.

—Puedes contarme cómo estás de verdad —dijo ella, y su voz ya no era cautelosa.

Héctor le contó todo. Las noches en el suelo, las botellas, el miedo a mirarse al espejo, el día que encontró a Alma, el sobre con los sesenta dólares, la llamada de Carlos. Se lo contó sin prisa, mientras pedían dos cafés negros y un plato con agua para la perra.

Cuando terminó, Mónica estiró la mano por encima de la mesa y le tocó los nudillos.

—Quiero intentarlo otra vez —dijo—. Pero despacio. Como si estuviéramos empezando.

Héctor asintió. Se quedaron un rato en silencio, mirando a Alma, que se había tumbado a sus pies con un suspiro profundo y feliz.

Esa tarde, de vuelta en el apartamento, Héctor se sentó en el sofá y Alma se subió a su regazo como hacía todas las noches. Él le rascó detrás de las orejas y sintió el calorcito del cuerpecito perruno contra su pecho. Alma levantó la cabeza y le lamió la mejilla con una lengua tibia. Afuera empezó a caer una llovizna ligera, pero dentro del apartamento hacía calor y olía a café recién hecho.

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